Instaladas desde febrero de 2022, o incluso antes, en un estado mental de guerra que trasciende al escenario militar de Rusia y Ucrania, las autoridades de los países de la Unión Europea continúan buscando argumentos para ahondar aún más en esa situación. Una guerra de alta intensidad en el continente, a la que hay que sumar otros ocho años de otra de baja intensidad en Donbass han supuesto más de una década de escenario militar que ha provocado numerosos cambios. 2014, con el cambio irregular de Gobierno apoyado por los países occidentales, la intervención rusa en Crimea y el estallido de las protestas de Donetsk y Lugansk dando lugar a la Operación antiterrorista decretada por Yatseniuk y Turchinov –lo que ahora se conoce en los medios como invasión rusa-, trajo consigo las primeras sanciones sectoriales, un notable empeoramiento de las relaciones diplomáticas entre Rusia y el resto del continente y el inicio del rearme.
Como explicaba el año pasado el economista Adam Tooze en un artículo publicado por Financial Times, en la conocida como “década perdida”, “según datos del SIPRI, el gasto acumulado de los miembros europeos de la OTAN durante ese periodo ascendió a más de 3.150 millones de dólares, en dólares de 2023. Una cifra muy superior a la de Rusia. Hoy en día, existe un consenso generalizado en que Europa necesita más fuerzas de combate desplegables. Pero Europa ya cuenta con 1,47 millones de hombres y mujeres uniformados, es decir, más tropas en servicio activo que Estados Unidos. El escándalo no es que los presupuestos de defensa europeos no se hayan duplicado ya. El escándalo es que Europa gasta tanto y obtiene tan poco a cambio: ninguna disuasión eficaz, pocas tropas desplegables, ningún arsenal de armas para suministrar a Ucrania”. El rearme decretado por Úrsula von der Leyen y aceptado con entusiasmo por los países miembros no se correspondía con necesidades objetivas de aumento presupuestario, con un gasto colectivo muy superior al ruso –los presupuestos de Francia y Alemania en paz superan al de Rusia en guerra-, ni a una falta de soldados que desplegar en un frente imaginario contra un ejército que según los medios occidentales está siempre al borde del colapso final.
Iniciado en 2025, sin un cambio sustancial en la guerra con el que justificar el nerviosismo, el rearme se produjo unos meses después del retorno de Donald Trump al poder y tras el anuncio de Pete Hegseth de que Europa ya no es un escenario prioritario para Estados Unidos, por lo que los aliados continentales debían hacerse cargo de la seguridad del continente. A medida que transcurrió el año, Trump añadió una exigencia más: que sus socios continentales se hicieran también cargo del coste económico de la guerra contra Rusia. Aunque el rearme está más marcado por ese componente geopolítico, disponer de un enemigo fácil de demonizar y excelente argumento para elevar la tensión y exagerar el peligro hasta niveles insospechados es una gran herramienta al servicio de quienes buscan utilizar el sector militar-industrial para dinamizar la economía o simplemente buscan crear una barrera infranqueable entre el este y el oeste del continente. Ayer, según recogía Europa Press, el comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, realizaba un «llamamiento para la creación de una «Unión Europea de defensa» para reducir la dependencia de los 27 del paraguas de seguridad que ofrece Estados Unidos y, a su vez, para «fortalecer la OTAN», alegando que Bruselas sea «más responsable» con su defensa «no significa prescindir» de la alianza”. Bajo pretexto del aumento de la autonomía estratégica, el jefe de la política de Defensa de la UE propone abiertamente reforzar la OTAN, algo difícilmente compatible, pero aceptado siempre que se argumente en el contexto del gran peligro ruso.
En el último año, la prensa y las autoridades políticas han combinado los anuncios del cercano colapso ruso con declaraciones que anunciaban futuras invasiones de Estonia, presagiaban la muerte de “nuestros hijos” en la guerra contra Rusia o se lamentaban que Europa ya ha vivido el último verano en paz. Este discurso, que busca legitimar la necesidad de priorizar el gasto militar sobre otras políticas, incluidas la educación, sanidad y pensiones, requiere también de ejemplos más prácticos. La guerra de Ucrania continúa en su fase de guerra de posición sin grandes ofensivas ni avances profundos, por lo que no puede ser utilizada por sí sola como un ejemplo con el que argumentar la necesidad de militarización urgente. Los países europeos necesitan artillería más pesada para poder defender que existe un peligro que solo puede eliminarse por medio de la adquisición de más armamento, creación de nuevos ejércitos e inversión rápida.
“Los gobiernos europeos se están preparando para la guerra con Rusia”, escribe esta semana un artículo publicado por The Wall Street Journal cuyo objetivo es alertar sobre la escasa preparación europea para un posible enfrentamiento con Rusia que una parte del establishment europeo parece desear. “Un juego de guerra recientemente lanzado sugiere que no están preparados”, alerta el medio, que explica que “en el ejercicio, Rusia utilizó el pretexto de una crisis humanitaria en el enclave ruso de Kaliningrado para apoderarse de la ciudad lituana de Marijampole, un cruce de caminos clave en el estrecho paso entre Rusia y Bielorrusia. Las descripciones rusas de la invasión como una misión humanitaria fueron suficientes para que Estados Unidos se negara a invocar el artículo 5 de la OTAN, que exige la asistencia de los aliados. Alemania se mostró indecisa y Polonia, aunque se movilizó, no envió tropas al otro lado de la frontera con Lituania. La brigada alemana ya desplegada en Lituania no intervino, en parte porque Rusia utilizó drones para colocar minas en las carreteras que salían de su base”. Diseñado para perder, el simulacro, como su descripción mediática, es un ejercicio ideológico de aumento de la tensión para justificar la actuación ya en marcha de rearme y exaltación del peligro.
“Muchos líderes políticos y de seguridad europeos afirman que una incursión rusa, o una invasión directa, en países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Unión Europea es ahora más probable debido a las tensiones entre Europa y el presidente Trump en relación con Groenlandia, Ucrania, el comercio y otros asuntos”, señala el medio, que insiste en descifrar el momento en el que Rusia atacará un país de la OTAN o la UE. “La pregunta clave es: ¿cuándo? La creencia anterior en Berlín y otras capitales era que Rusia no podría amenazar a la OTAN hasta 2029 aproximadamente. Ahora existe un consenso cada vez mayor de que esa crisis podría llegar mucho antes, antes de que Europa, que está ampliando su propia inversión en defensa, esté en condiciones de contraatacar”, sentencia el artículo, que no se pregunta si Rusia atacará otro país, sino que se limita a tratar de adivinar cuándo, una valoración que contradice incluso el reciente informe publicado por uno de los países más beligerantes de Europa, Estonia, cuyo Servicio de Inteligencia Exterior afirmaba ayer que “en nuestra opinión, Rusia no tiene intención de atacar militarmente a Estonia ni a ningún otro estado miembro de la OTAN en el próximo año. Es probable que lleguemos a una evaluación similar el próximo año, ya que Estonia y Europa han tomado medidas que obligan al Kremlin a calcular con mucho cuidado qué puede arriesgarse a intentar, si es que puede intentar algo. Incluso si no existe tal intención hoy, nuestra tarea es garantizar que siga siendo así mañana y en el futuro”.
Contra un peligro inminente o para mantener la situación actual, todo el establishment europeo insiste en la militarización mientras, al mismo tiempo, intenta evitar cualquier paso hacia la rebaja de tensiones que supondría lograr el final del conflicto. Aunque la mejor forma de evitar futuras guerras es acabar las existentes y crear una estructura de seguridad sostenible para todas las partes, el liderazgo europeo se mantiene firme en su idea de derrotar a Rusia y dictar los términos, una forma de poner a Moscú contra las cuerdas y forzar que su militarización continúe.
Mientras Estados Unidos insiste en acelerar los tiempos para lograr el acuerdo de garantías de seguridad a cambio de territorio como base de la resolución de la guerra de Ucrania, la Unión Europea sigue anclada en esas recetas fallidas que han hecho posible que la situación política y mediática haya llegado a la especulación sobre qué país europeo invadirá Rusia a continuación. “El tamaño del ejército ucraniano no es el problema. El tamaño del ejército ruso y su presupuesto militar son un problema para todos sus vecinos”, ha afirmado Kaja Kallas, siempre sonriente al hablar de la guerra. Con sus palabras, la líder de la diplomacia europea recupera, como hace habitualmente, una de las ocurrencias de Mijailo Podolyak, que pasó los primeros años de la guerra rusoucraniana exigiendo la desmilitarización de Rusia, una zona de amortiguación en las regiones rusas fronterizas con Ucrania y la reducción de su ejército.
Esas exigencias, que nunca llegaron a plantearse de forma seria en ninguna de las propuestas de Zelensky -ni siquiera en su Fórmula de Paz, una hoja de ruta de los términos de capitulación de la Federación Rusa publicada en el momento de mayor delirio ucraniano antes de que la contraofensiva de 2023 le devolviera a la realidad-, siempre fue una salida provocadora a las demandas rusas y no algo que nadie se tomara en serio. Ni Ucrania ni la Unión Europea han estado nunca en posición de dictar los términos políticos o militares a Rusia. Palabras como esas contribuyen a que los países europeos y la Unión Europea como bloque hayan sido excluidos de las negociaciones trilaterales que dirige Estados Unidos. Aun así, quien no ha sido invitado a las negociaciones se permite el lujo de despreciar el proceso diplomático alegando, en referencia a Rusia, que “no tienen gente seria, ya sabes, detrás de esa mesa”.
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