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Donbass, Ejército Ucraniano, Jerson, Rusia, Ucrania

Krynky y la forma de hacer la guerra

Miles de personas murieron”, afirma Serhiy Volinsky, más conocido como Volina, que añade que “fue un gran fracaso, una tragedia, un infierno en la tierra”. El soldado, que alcanzó la fama al quedar sitiado en el subsuelo de Azovstal junto al resto del contingente ucraniano en la batalla perdida de Mariupol, se refiere a la lucha ucraniana en la zona de Krinky, una de esas operaciones que ponen en cuestión gran parte del discurso occidental sobre la guerra. Situado en la margen izquierda del rio Dniéper, en la parte de Jersón bajo control ruso, Krinky es un símbolo de la forma en la que Ucrania ha optado por hacer la guerra. Porque, pese al discurso actual de Ucrania y sus aliados occidentales, que insisten en que su victoria está en lograr las garantías de seguridad que Estados Unidos está dispuesta a prometer, la guerra se juega en el territorio. Los conflictos bélicos son, ante todo, sufrimiento humano, muerte y destrucción, pero su resolución depende en gran parte de cuánto territorio controla cada uno de los bandos en conflicto. El control territorial es el reflejo de la fuerza, que posteriormente intenta proyectarse en los procesos de negociación.  

Esa realidad era especialmente clara en los primeros años de la guerra, cuando cualquier avance era considerado signo de fortaleza. Así ocurrió en agosto de 2024, cuando Ucrania sacrificó la posibilidad de negociar una tregua parcial que excluyera de los objetivos aceptables las infraestructuras energéticas. En aquel momento, en la balanza coste-beneficio que suponía garantizar mantener el suministro de luz, agua y calefacción a la población y la industria había que colocar también la posibilidad de realizar ataques de larga distancia contra refinerías y buques de la flota fantasma rusa. La guerra no se gana defendiendo, ha insistido este año Oleksandr Syrsky, que promete seguir atacando. Su solución al problema del avance ruso en Donbass fue el ataque contra Kursk, una gran operación terrestre –posiblemente la última de este conflicto- con la que capturar una parte importante de un oblast ruso, humillar al Kremlin, incapaz de defender sus fronteras, y conseguir un éxito mediático que justificara un nuevo aumento del suministro militar.  

El éxito inicial, con una retirada rusa sin tratar de responder a un ataque que superaba a la defensa en número de efectivos, llevó a unos meses de preparación rusa, la llegada de miles de soldados de la República Popular de Corea y finalmente la ofensiva con la que Rusia consiguió expulsar a las tropas ucranianas de su territorio. Como han mostrado a lo largo de este tiempo reportajes publicados por medios ucranianos críticos con Zelensky –y con Sirsky, chivo expiatorio para todas las culpas-, la situación era extrema, insostenible y hacía semanas que no tenía sentido seguir perdiendo vidas para aferrarse a un territorio cuyo destino estaba sentenciado. Algo similar había ocurrido en 2022 en Mariupol, donde la lucha continuó una vez que, sitiada la ciudad, no había ninguna opción de ganar la batalla. En ambos casos, la única lógica era mantener la ficción de futura victoria en términos mediáticos y causar bajas en el lado ruso en el plano militar. La justificación de Syrsky para defender su operación en Kursk cuando incluso gran parte de la sociedad ucraniana lo veía como un terrible error, fue precisamente esa: el éxito estaba en causar bajas rusas. Poco importa que, desde entonces, los problemas para reponer las filas no hayan venido del lado ruso sino del ucraniano, que sacrificó a miles de soldados por un resultado efímero que solo podría haber capitalizado en caso de forzar entonces una negociación que Kiev ni buscó ni deseó.  

Actualmente, el argumento sigue siendo el similar. El mismo día que Volodymyr Zelensky anunciaba haber dado orden de reformar el proceso de reclutamiento, -una forma sutil de admitir los excesos de la movilización, la busifiación y el acoso a los hombres en edad militar, Oleksandr Syrskty anunciaba que los problemas de personal habian terminado, una alegación aún menos creíble que las cifras de bajas que estos días ha dado el presidente de Ucrania. A la saga de noticias cuestionables dadas por el jefe de Estado y la máxima autoridad militar hay que añadir las falsas esperanzas que siguen propagando otros representantes políticos. “Las negociaciones no son beneficiosas para Ucrania en este momento: si podemos aguantar hasta la primavera, la situación ya será diferente”, afirmó ayer Roman Kostenko, presidente del Comité de Seguridad Nacional, Defensa e Inteligencia del Parlamento de Ucrania, aferrándose a la esperanza de conseguir un resultado diferente pese a seguir repitiendo aquello que no ha funcionado hasta ahora. Pese a las evidentes dificultades que está sufriendo Ucrania y la condena que supondría para la población civil la continuación de la guerra más allá del tope temporal que aparentemente ha puesto Donald Trump, junio, la esperanza ucraniana sigue siendo castigar a Rusia hasta conseguir lo que busca.  

Para ello, al igual que Rusia, Ucrania ha elegido el sector de la energía para infligir un castigo colectivo a la población y la economía rusa. “No tenemos que elegir entre atacar un objetivo militar o energético. Él vende esta energía. Vende petróleo. Entonces, ¿es energía o un objetivo militar? Honestamente, es lo mismo. Vende petróleo, se lleva el dinero, lo invierte en armas. Y con esas armas, mata a ucranianos”, afirmó ayer Zelensky con un argumento que Rusia puede aplicar también a Ucrania. Es más, la intensificación de la campaña rusa contra las infraestructuras energéticas rusas se produjo a raíz del aumento de los ataques ucranianos –con asistencia estadounidense- contra las refinerías y flota petrolera rusa. Actualmente, los ataques ucranianos han causado grandes daños en las infraestructuras energéticas de Belgorod, que ha declarado la situación de emergencia, algo que, sin duda, provocará nuevos ataques rusos contra las infraestructuras ucranianas en un ciclo que nadie parece tener la capacidad o la voluntad de interrumpir. Rusia es consciente de que su fuerza negociadora depende de su fuerza militar y Ucrania está dispuesta a seguir perdiendo vidas civiles y militares en busca de una mejor situación en la que sus concesiones de paz no sean tan duras como lo serían actualmente. 

Desde 2022, e incluso desde la guerra de Donbass, Ucrania ha alegado que Rusia lucha de tal manera que no se preocupa por el número de víctimas. Con un discurso que la prensa ha adoptado íntegramente, Kiev ha repetido hasta la saciedad el bajo valor que la vida de los soldados tiene para Rusia. Moscú, ha declarado Zelensky en un claro ejemplo de proyección, abandona los cuerpos de sus soldados caídos en el campo de batalla. Ucrania, por el contrario, busca preservar las vidas de las tropas y no deja atrás a nadie, algo que contradicen los datos de los más de 15.000 cuerpos de soldados caídos en el frente que Rusia ha devuelto a Kiev en el último año. Mucho se ha dicho también de las inmensas bajas sufridas por el bando ruso en batallas como la de Aryomovsk (Bajmut) o Ugledar, que se prolongaron durante meses y de las que Ucrania se mofó hasta que se vio obligada a retirarse cantando victoria y alegando que se trataba únicamente de victorias pírricas de Rusia logradas a costa de bajas insostenibles.  

Los hechos, e incluso las denuncias públicas de quienes han obtenido en la guerra el estatus de héroes, desmienten que Ucrania luche de diferente manera que aquella que denuncia en el enemigo. La operación de Krynky es el ejemplo perfecto. Al contrario que en el caso de Kursk, donde Ucrania obtuvo un éxito rápido que al menos pudo explotar como victoria de propaganda, Krynky fue siempre una operación suicida en la que los soldados fueron enviados a un entorno en el que sus posibilidades de avance eran nulas y su simple presencia en esa estrecha franja de territorio pantanoso a orillas de la margen izquierda del río Dniéper en la zona rusa de Jersón era un riesgo constante de muerte. 

“En cada etapa de esta operación, todo el país estaba recolectando botes, motores, chalecos salvavidas… La infantería estaba parada en las orillas, en suelo húmedo. No se pueden construir fortificaciones adecuadas allí porque todo está inundado. Es un trabajo terriblemente difícil. Si no podíamos proporcionar defensa aérea, si no podíamos proporcionar apoyo con aviación, misiles, si no podíamos garantizar el fuego de artillería, ¿de qué tipo de éxito estamos hablando?”, denuncia ahora Volina sobre una operación que nunca tuvo más lógica que la mediática. Tras meses de contraofensiva, cuando ya había quedado claro que Ucrania no iba a romper el frente de Zaporozhie en dirección a Crimea, el comando ucraniano buscó lo que meses después haría en Kursk, una operación rápida con la que obligar a Rusia a desviar recursos a una zona inesperada. Una cantidad insuficiente de tropas ucranianas, sin posibilidad real de suministro fiable y continuo y con nulas posibilidades de poner contra las cuerdas a las tropas rusas en Jersón, cruzaron el Dniéper en un ataque rápido e inútil que, en aquel momento, recibió apoyos y causó falsas esperanzas, pero que, al final, no hizo más que prolongar una batalla inútil a costa de bajas que habrían podido evitarse.  

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