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Alto el fuego, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El riesgo de la paz

«Hay quienes en Occidente no se oponen a una guerra larga porque significaría agotar a Rusia, incluso si eso implica la desaparición de Ucrania y cuesta vidas ucranianas», afirmó, en un momento de especial lucidez, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky. Era marzo de 2022, apenas habían transcurrido unas semanas desde la invasión rusa, su portavoz Oleskiy Arestovich ya comenzaba a utilizar el discurso de que Rusia estaba a pocos ataques de quedarse sin misiles y Kiev y Moscú negociaban en Estambul y sin mediación internacional lo que a punto estuvo de ser un acuerdo de paz. Con la capital ucraniana prácticamente sitiada y sin signos de los aliados occidentales de dar a Ucrania el material y personal necesario para derrotar militarmente a Rusia en el frente, Ucrania había optado por negociar.  

Sin embargo, las palabras de Zelensky no eran un reproche a sus aliados por fomentar la continuación de la guerra en lugar de la paz, sino una manera de exigir un suministro masivo de armas que permitiera a Ucrania derrotar a Rusia de manera rápida. Cada semana que transcurría, con Rusia atascada en las trincheras de los alrededores de la capital e inmersa en una lucha urbana por Mariupol que se prolongaría durante semanas, Kiev comenzó a confiar en la capacidad de sus aliados de movilizar asistencia militar ofensiva y en las posibilidades de su ejército de detener la ofensiva rusa. La visita de Boris Johnson a Kiev no tuvo el objetivo de obligar a Ucrania a seguir luchando e impedir así un acuerdo, sino la promesa de que Zelensky y Zaluzhny dispondrían de la ayuda necesaria para hacer lo que deseaban, seguir luchando y evitar tener que realizar las duras concesiones que le exigía Rusia, especialmente en materia de seguridad.  

Prácticamente cuatro años después, la destrucción se acumula en Ucrania y parte de Rusia, los misiles rusos diezman las infraestructuras energéticas ucranianas y condenan a la población a temperaturas bajo cero incluso dentro de sus viviendas y los drones y artillería ucraniana intentan hacer lo propio en Belgorod o en los intereses petroleros rusos, y las palabras de Zelensky de marzo tienen la misma vigencia. Preguntada por si es el momento de que la Unión Europea recupere el diálogo directo con Rusia, entre otras cosas para no depender exclusivamente de la posición estadounidense en la guerra, Kaja Kallas insistió el mes pasado que las concesiones que está haciendo Washington son suficientes y no es preciso abrir más canales de diálogo que un nuevo paquete de sanciones. La dramática situación que vive la población civil ucraniana no ha cambiado el cálculo de la UE, que sigue viendo la guerra como un juego de suma cero en el que desgastar a su enemigo ruso. Como en 2022, no hay interés por favorecer una negociación que logre el acuerdo de mínimos con el que detener el avance ruso y el derramamiento de sangre y crear una arquitectura de seguridad que no suponga un escenario similar al de Corea. Continuar la guerra hasta poder obligar al Kremlin a una negociación de capitulación o, en su defecto, imponer una paz armada en la que Ucrania haga el papel que Israel supone para Estados Unidos son las prioridades claras de Bruselas y las capitales europeas, dispuestas a luchar contra Rusia hasta el último ucraniano, prometiendo constantemente que las nuevas sanciones van a lograr lo que la docena de paquetes anteriores no ha conseguido y Rusia, con bajas insostenibles, no podrá sostener la lucha durante mucho más tiempo.  

Desde el otro lado del Atlántico, ha tenido que ser el trumpismo el que ofrezca el mínimo realismo inexistente en Europa. Al contrario que los países europeos, Estados Unidos, que ha sabido aprovecharse de su posición de fuerza ante los aliados para conseguir que su aportación militar cause produzca lucro en lugar de gasto, ha sido capaz de ver que la guerra no puede durar eternamente. Washington se ha garantizado una ruptura continental que perdurará más allá de la guerra y que impedirá la reanudación de unas relaciones económicas normales entre Moscú y los países europeos, una situación de la que se beneficiará, sobre todo, el sector energético estadounidense. Por su status como principal potencia industrial, Estados Unidos se lucrará también del rearme europeo. La Casa Blanca ha conseguido además un acuerdo por el que accederá de forma privilegiada a las riquezas minerales de Ucrania. Más allá de Ucrania, Estados Unidos ha dado todos los pasos necesarios para tratar de arrebatar a Rusia una parte importantes de los clientes de su mercado energético. 

Quizá por haber obtenido ya todo lo que podía obtener en esta guerra, Estados Unidos es el actor con más prisa por lograr una resolución. Ayer, el presidente ucraniano afirmó que Donald Trump ha dado a Kiev y Moscú hasta junio para lograr un acuerdo, un intento de poner un tope temporal a una negociación que corre el riesgo de seguir el mismo camino que lo hiciera la de Estambul. Como pudieron constatar académicos y expertos como Sergey Radchenko y Samuel Charap, que tuvieron acceso a los documentos de trabajo, Rusia y Ucrania negociaban cuestiones muy concretas sobre las condiciones militares tras un alto el fuego. Quienes han obtenido información sobre las negociaciones de esta semana, el proceso es similar en estos momentos. Al igual que hace cuatro años, el riesgo que corren Rusia y Ucrania es centrarse en los aspectos más básicos de la forma en la que aplicar las medidas necesarias para sostener una tregua sin tener grandes opciones de crear el marco político que haga viable el acuerdo.  

Según el presidente ucraniano, la Casa Blanca ha convocado la próxima ronda de negociaciones entre Rusia y Ucrania, cuyas dos primeras reuniones se han producido en los Emiratos Árabes Unidos, en Estados Unidos, una forma de presión a las partes que implica también mantener el proceso bajo control estricto. Como indicó Zelensky, “las elecciones son más importantes para ellos”. La actuación del Estado en casos como el de Minnesota, la elevada inflación o los malos resultados que candidatos trumpistas han obtenido en los recientes procesos electorales parciales obligan a Donald Trump a centrarse en la política interna y a que su atención a la política exterior se limite a las cuestiones que se consideran prioritarias: China, Irán o el Caribe. “Dicen que quieren hacer todo para junio…para que la guerra acabe. Y quieren un calendario claro”, insistió Zelensky con unas palabras que presagian presiones tanto para Kiev como para Moscú.  

“Zelensky afirmó que Washington también había pedido a Kiev y Moscú que acordaran un nuevo alto el fuego que cubriera los ataques contra las infraestructuras energéticas de cada uno, como medida limitada de distensión durante las conversaciones de paz. Ucrania, dijo, estaba dispuesta a detener sus ataques contra las instalaciones petroleras y gasísticas de Rusia, así como contra su flota clandestina de petroleros que ha atacado en el mar Negro y el mar Mediterráneo”, explica Financial Times sin mencionar que Ucrania ya ha buscado un objetivo alternativo con el que sustituir sus ataques contra las refinerías rusas, la ciudad de Belgorod, blanco de constantes ataques contra objetivos fundamentalmente civiles.  

Como en cada ocasión en la que la posibilidad de paz se acerca, en Ucrania han comenzado a aparecer ciertos temores. Aunque la naturaleza bilateral de la negociación siempre ha implicado la posibilidad de un doble acuerdo de paz Estados Unidos-Ucrania y Estados Unidos-Rusia, las últimas visitas de Kiril Dmitriev al país parecen haber provocado la reacción de Zelensky, que el viernes alertaba del peligro de que Moscú alcance un acuerdo con Washington al margen de Kiev. En realidad, desde hace varias semanas, ese es el escenario más probable, aunque no a costa de Ucrania, sino en su beneficio, ya que se trataría de la única forma según la cual podrían determinarse las fronteras y la estructura de seguridad sin que Kiev tuviera que reconocer de iure o admitir de facto la pérdida de territorios. Sin embargo, la limitada confianza que Zelensky tiene en sus socios y el temor a que un acuerdo económico haga recuperar las relaciones políticas entre los países occidentales y Rusia han provocado la crítica de Ucrania. “Dados los riesgos potenciales, la delegación ucraniana transmitió la postura de que, si existen acuerdos bilaterales entre Rusia y Estados Unidos, las disposiciones relacionadas con Ucrania no pueden contradecir la Constitución”, afirmó Zelensky en clara referencia a la posibilidad de que Washington reconozca la soberanía rusa sobre alguno de los territorios ucranianos. Pero la preocupación ucraniana no se limita a cuestiones políticas sino también a la posibilidad de unas relaciones privilegiadas entre Rusia y Estados Unidos, que reducirían notablemente el interés económico de Ucrania para Washington.  

“«Los servicios de inteligencia me mostraron el llamado «paquete Dmitriev» que presentó en Estados Unidos, que asciende a unos 12 billones de dólares», dijo Zelensky, describiéndolo como un marco propuesto para la cooperación económica a gran escala entre Estados Unidos y Rusia. Zelensky añadió que Kiev también ha visto indicios de que los posibles documentos bilaterales entre Estados Unidos y Rusia podrían incluir disposiciones relacionadas con Ucrania. «Afirmamos claramente que Ucrania no apoyará ni siquiera posibles acuerdos sobre nosotros sin nosotros», afirmó”, escribía ayer The Kiyv Independent 

Con una fecha límite marcada para conseguir la paz, Ucrania debe asegurarse de que cualquier retraso o fracaso sea achacado a Rusia y de que las relaciones con Kiev sean percibidas en Washington como más importantes que con Moscú. En Moscú o en Miami, la labor de Kiril Dmitriev es utilizar el arma económica, el cebo de ofrecer enormes tratos para las empresas estadounidenses y así lograr precisamente lo contrario, que Estados Unidos vea en Rusia mejores oportunidades que en Ucrania. Ya sea para preparar la paz o para encontrarse en situación preferente en caso de fracaso de estos meses de intensificación de las negociaciones.  

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