“Martín Lutero dijo una vez: «Un pedo feliz nunca sale de un culo miserable». No nos sirve de nada andar constantemente con la cabeza gacha y quejarnos de lo terrible que es la situación con los enemigos de la democracia. No, depende de nosotros, de la pasión con la que defendamos esta democracia”, afirmó el domingo el ministro de Defensa de Alemania Boris Pistorius, que a pesar del cambio de liderazgo en el Gobierno mantuvo su cartera tras la derrota electoral de Olaf Scholz y la llegada al poder de Friedrich Merz. Mucho más favorable a aumentar el gasto militar y a liderar el esfuerzo de movilización de recursos militares para la guerra de Ucrania, Pistorius destacó más en el Gobierno del socialdemócrata Scholz, que aún mantenía cierto reparo a abrazar el régimen de guerra a causa de sus muchos años de militancia pacifista, que en el de Merz, en el que su postura beligerante es la única postura. Considerado débil, ya que su primer instinto fue enviar a Ucrania material de protección para los soldados en lugar de munición, Scholz dio paso a un hombre mucho más duro y que se ha propuesto que Alemania lidere, no solo el suministro de armas a Ucrania, sino el esfuerzo de rearme a nivel europeo.
En la Europa del rearme, la guerra implica tanto el aumento de la producción del material bélico del pasado como el diseño y fabricación de aquellos elementos que han modificado la forma de luchar. La contraofensiva terrestre de 2023 dejó claros los límites de los modos en los que los países europeos creían que aún se libraba la guerra. Mucho antes de que la operación ofensiva se pusiera en marcha, Ucrania cantó victoria con el anuncio de Alemania de la aprobación del envío de los deseados tanques Leopard, considerados los mejores de Occidente y, por supuesto, muy superiores a cualquier modelo que Rusia pudiera enviar al frente. Scholz, que durante meses había intentado impedir el momento en el que tanques alemanes se dirigieran al este para luchar contra las tropas rusas, fue sometido a una campaña política y mediática internacional hasta que finalmente accedió al deseo ucraniano que, sin embargo, nunca se hizo realidad del todo. Los tanques alemanes, británicos y blindados estadounidenses no pudieron, como esperaban, romper el frente de Zaporozhie y aproximarse a Crimea para obligar a Rusia a negociar una paz en condiciones de capitulación. La guerra ha evolucionado notablemente desde ese momento, pero las innovaciones existentes hacían ya de este un conflicto moderno que implica un cambio a la hora de planificar la defensa de la paz y el peligro de la lucha.
Atrasada en el sector más importante, el de los drones, una Rusia que corría el riesgo de quedar acorralada tuvo que acudir a uno de sus aliados, Irán, para compensar sus carencias. Los Geran-2, conocidos como Shahed, fueron una de las innovaciones que equilibraron un aspecto en el que Ucrania, con ocho años de ventaja en las trincheras y apoyo de países como Turquía, que había empleado esfuerzo y fondos para desarrollar este sector, tenía ventaja. Los drones no explican todo el cambio que se ha producido en esta guerra, ni son la única causa por la que el frente ha permanecido prácticamente estático durante años, pero sí ayudan a entender la reacción de los países que han visto la lucha desde la distancia.
Hace unos meses, The Economist publicaba un reportaje sobre el intento de numerosos países de actualizar su sector de desarrollo y producción de drones teniendo en cuenta la experiencia de la guerra rusoucraniana. Aunque los drones han sido parte de la guerra mucho antes de la invasión rusa de Ucrania, como prueba, por ejemplo, su uso determinante por parte de Azerbaiyán contra Armenia en Nagorno Karabaj, ningún conflicto había contado con un uso de drones tan amplio, variado y determinante. La conclusión a la que llegaba The Economist era incómoda para Occidente, que no suele aceptar la inferioridad de su ingenio y capacidad de adaptación. El artículo repasaba los diferentes modelos de drones desarrollados por países occidentales, entre ellos Estados Unidos, para concluir que, por su efectividad, facilidad de producción y reducido coste, el Shahed iraní, posteriormente modernizado por la Federación Rusa, supera a aquellos modelos que han surgido para competir con él.
Aspirar a liderar militarmente el continente europeo implica también actualizar el desarrollo de drones. Las imágenes de los tanques Leopard volcados y quemados en los campos de minas de los campos de Zaporozhie o aplastados por la artillería al ser fácilmente detectados por los omnipresentes drones de vigilancia ha dejado claro que aumentar la producción tradicional no prepara a los países para una potencial implicación directa en un conflicto de alta intensidad similar al ucraniano. Aun así, ese ha sido el primer instinto de países como Alemania, que se han apresurado a buscar la forma de aumentar su producción de munición de artillería y de vehículos blindados, cuya relevancia ha descendido notablemente ante la realidad de la vigilancia continua del frente y de la retaguardia.
La guerra de Ucrania no solo ha servido como fuente de aprendizaje sobre el uso de nuevas armas, la adaptación de los grandes ejércitos a un conflicto que incluye la tecnología más novedosa pero también lo más rudimentario o el uso de material innovador, sino que está siendo utilizada también como laboratorio de pruebas al servicio de los países que han aportado material y financiación a Kiev. Es más, ese papel de escenario de fuego real en el que probar las armas occidentales contra las rusas en situación de combate de alta intensidad ha sido uno de los reclamos que ha utilizado Ucrania para animar a sus proveedores a innovar y probar –en muchos casos de forma prematura- el nuevo material en el frente.
“Alemania se dispone a gastar centenares de millones de euros en un nuevo sistema de drones armados, justo cuando los datos del campo de batalla en Ucrania plantean dudas sobre su eficacia. La compra prevista, por valor de 267,7 millones de euros, a la empresa emergente de defensa Helsing, es una pieza clave del impulso de Alemania para modernizar su ejército y convertir a la Bundeswehr en una fuerza capaz de librar una guerra, un esfuerzo multimillonario que se ha vuelto urgente debido a la amenaza rusa y al retroceso de Estados Unidos de su tradicional papel de seguridad en Europa”, explicaba la semana pasada Politico en referencia al start-up alemán fundado en 2021 y cuya especialidad es el uso de inteligencia artificial en sistemas militares, también en drones.
En tiempos de militarización, las empresas de innovación militar rápidamente se transforman en destino de grandes inversiones. “Con un valor estimado de unos 12.000 millones de euros, se ha convertido en una de las nuevas empresas de defensa más destacadas de Alemania, atrayendo 600 millones de euros en nueva financiación el año pasado, entre otros, del antiguo director ejecutivo de Spotify, Daniel Ek, ahora presidente de la empresa”, escribe Politico, que recoge la valoración de Helsing sobre su participación en la guerra. “Helsing ha destacado públicamente el despliegue de sus drones merodeadores HX-2 como prueba de su fiabilidad. Alemania tiene previsto adquirir 4350 de estos vehículos no tripulados, junto con simuladores, equipos de entrenamiento y accesorios técnicos”, explica el artículo, que cita a la empresa afirmando que “el HX-2 ha sido probado con éxito en operaciones de primera línea en Ucrania y el rendimiento del sistema ha sido documentado”.
La valoración ucraniana difiere notablemente de la de la empresa. Al contrario que para Helsing, que está utilizando el escenario militar para probar unos modelos que aún requieren mejoras, Kiev necesita resultados inmediatos y no promesas de futuro. “Según las misiones evaluadas, la tasa de éxito del HX-2 fue solo del 36%, lo que significa que el dron alcanzó su objetivo en cinco de las 14 misiones en las que se utilizó. Según los datos, las pérdidas se debieron principalmente a problemas relacionados con el sistema”, indica Politico, aportando la opinión ucraniana de un sistema que no soluciona sus problemas. Pero quizá la parte más importante de las declaraciones de Helsing están en su valoración de la actuación de los drones despreciando los datos obtenidos en el frente y aferrándose a las pruebas realizadas en un ambiente controlado. “Según Helsing, el HX-2 alcanzó índices de acierto «cercanos o iguales al 100%» durante las pruebas realizadas en Alemania, el Reino Unido y con el ejército británico en Kenia, resultados que, según afirma, están documentados en informes de pruebas escritos”, afirma la empresa, que prefiere quedarse con el mensaje de sus ensayos en situaciones teóricas, que la realidad de las pruebas en el frente, reflejo perfecto de la actitud de los países europeos ante la guerra.
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