“No permitir que el agresor ruso eluda su responsabilidad, exigirle cuentas, incluida la indemnización por los daños causados a Ucrania, a nuestros ciudadanos y a las personas jurídicas, es un componente inseparable y obligatorio de la paz futura”, ha afirmado en su última entrevista concedida a un medio ucraniano, Evropeiska Pravda, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania Andriy SIbiha. Sus palabras son una indicación clara de las aspiraciones de Ucrania y de sus aliados europeos en uno de los tres temas que van a determinar si habrá o no de acuerdo entre Moscú y Kiev. La guerra se juega en las cuestiones de la seguridad, territorios y reparaciones de guerra. Desde hace prácticamente un año, se sabe que Rusia está dispuesta a poner sobre la mesa sus activos retenidos en los países occidentales desde 2022 a causa de la invasión de Ucrania, una admisión de facto tanto de culpa como de responsabilidad por una reconstrucción que, debido a los daños producidos, será multimillonaria y llevará años. Sin embargo, las exigencias maximalistas han sido siempre parte del discurso de Ucrania, convencida de que el apoyo occidental hace posible imponer a Rusia unas condiciones de capitulación que no se corresponden con el equilibrio de fuerzas.
Aunque sobreestimar sus fuerzas y subestimar las contrarias ha sido un error en el que han caído ambos bandos, ha sido Kiev quien ha calibrado peor sus capacidades y sus exigencias públicas. Cuando preparaba la contraofensiva con la que esperaba romper el frente de Zaporozhie y poner contra las cuerdas a Rusia para negociar en posición de superioridad absoluta, Ucrania presentó unas exigencias de capitulación que meses después iban a sonar totalmente fuera de lugar. Actualmente, se repite la situación con la exigencia de reparaciones de guerra, una demanda que Ucrania plantea a sabiendas de que no obtendrá, principalmente porque Kiev no desea utilizar esos fondos rusos para la reconstrucción sino para la militarización, y espera obtener ambos, tanto los casi 300.000 millones de dólares retenidos como una cantidad que formalmente se presente como reparaciones de guerra. En la exigencia hay una parte de humillación a Rusia, de quien se espera que oficialmente acepte cargar con toda la culpa de la guerra a pesar de que la invasión de 2022 habría sido inconcebible sin la guerra de Donbass iniciada por el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk en 2014, y también el anuncio de que las reclamaciones no se detendrán en el momento en el que haya un acuerdo de alto el fuego.
Elevando su posición de proxy occidental a aliado indispensable, Ucrania se permite el lujo de dar órdenes, no solo a Rusia, sino también a terceros países. Como se observó en Davos, el presidente Zelensky no entiende de lealtades absolutas y no dudó en presionar y criticar duramente a sus principales proveedores, los países europeos, a quienes exige pasos concretos hacia un ejército europeo. La treta aquí es transparente: ningún ejército continental ha vivido en las últimas décadas un conflicto como el rusoucraniano, no ha pisado una trinchera y no es conocedor de las realidades de la guerra moderna. Eso implica que, pese a la completa dependencia de los países occidentales para obtener financiación y material militar con el que luchar, Kiev pueda presentar a sus fuerzas armadas como la vanguardia imprescindible para hacer creíble esa futura potencia militar que exige que se cree con la mayor rapidez.
Asumirse voz representante de la familia europea y con autoridad para dar órdenes hace que Zelensky se haya referido también a habituales rivales de los países europeos y Estados Unidos. El claro poscionamiento de Ucrania a favor del secuestro de Nicolás Maduro o a un posible ataque contra Irán son dos ejemplos recientes. A nivel continental, además de Rusia, el enemigo es claro, Alexander Lukashenko. “Creemos que llegará el momento en que Bielorrusia, la Bielorrusia democrática, se convierta en el cuarto miembro del Triángulo de Lublin”, afirmó SIbiha en referencia a la alianza Lituania-Polonia-Ucrania e identificando democrático con prooccidental. “He recibido la orden del presidente de nombrar a un representante especial y pronto presentaré una candidatura para su consideración. Todavía estamos determinando el título de este cargo, pero será un funcionario autorizado para contactar con las fuerzas democráticas bielorrusas”, continuó el ministro. Ucrania exige respeto a su soberanía, pero se permite dar lecciones y aspirar a un cambio de régimen en su país vecino.
Además del cambio de régimen en Bielorrusia, Kiev aspira también a jugar un papel en la liberación de Transnistria, una pequeña franja de territorio entre Ucrania y Moldavia cuya población no exige ser liberada y que actualmente sufre el doble bloqueo de ambos países. “La presencia de personal militar ruso en el territorio de Transnistria es inaceptable. Esto supone un riesgo para la seguridad de Moldavia, Ucrania y toda la región. Y apoyamos sin reservas el restablecimiento de la integridad territorial y la soberanía de Moldavia junto con Transnistria”, afirmó SIbiha, sin temor a la apertura de un nuevo conflicto, un segundo frente que Ucrania ha buscado en varias ocasiones y otra forma más de castigar a Rusia.
Con la confianza aparentemente por las nubes, dispuesta a reorganizar el mapa del este de Europa, Ucrania insiste también en sus objetivos territoriales. La realidad de los cuatro años de guerra, la actual dinámica del frente y las órdenes de Estados Unidos han limitado notablemente las aspiraciones territoriales de Kiev, que sabe que no recuperará su integridad territorial ni podrá regresar a las fronteras del 23 de febrero de 2022. A excepción de algunos comunicados del grupo Weimar+, incluso los países europeos son conscientes de que mantener el frente en sus condiciones actuales es el escenario más optimista. En la entrevista, Sibiha no entra al detalle en cuanto a las exigencias de Ucrania, sino que únicamente menciona “los territorios y la central nuclear de Zaporozhie”. La negativa a mencionar a Donbass o a plantear exactamente la fórmula con la quiere recuperar Kiev el control de la central de Energodar deja claro que es en este aspecto en el que Ucrania quiere negociar duramente. Y Zelensky aspira a hacerlo directamente con Vladimir Putin, un deseo que el presidente ucraniano mantiene desde 2022 y que Rusia ha considerado siempre un signo de que Kiev no busca una resolución sino una continuación del proceso de Minsk, en el que Ucrania afirmaba negociar, pero fundamentalmente buscaba dejar pasar el tiempo para seguir exigiendo concesiones. Pero es aún más importante el comentario del ministro a la siguiente pregunta del periodista.
Al ser preguntado por si el plan de 20 puntos de Zelensky es la base de la posible resolución de la guerra, Sibiha afirma que “si hablamos específicamente de este marco de 20 puntos, actualmente se trata de un documento bilateral que firmarán Estados Unidos y Ucrania. Y Estados Unidos debería firmar otro con Rusia”. Las palabras de SIbiha apuntan en la misma dirección que podía intuirse de la negociación, un doble acuerdo Washington-Kiev y Washington-Moscú sin que haya ninguna firma de Rusia y Ucrania en un tratado que vincule a las dos partes en la guerra en un documento común. Ese formato hace más probable un acuerdo, ya que es más sencillo firmar un acuerdo con un tercer país en lugar de con la otra parte de la guerra, pero complica notablemente la posguerra, ya que puede resultar fácilmente en reclamaciones territoriales o de seguridad.
Ucrania ya ha dejado claro que no reconocerá “ni de iure ni de facto” el control ruso sobre ningún territorio, incluida Crimea, perdida hace casi doce años sin que Rusia tuviera que disparar un solo tiro. De esa afirmación se puede deducir que la lucha política por la integridad territorial continuará más allá de un alto el fuego, como lo hará también el “camino euroatlático” de Ucrania. “El objetivo de adherirnos a la OTAN está definido en la Constitución; es la elección de nuestro pueblo”, afirma SIbiha en referencia a la introducción de esa idea en el Preámbulo de la Constitución de Ucrania en las últimas semanas de la presidencia de Poroshenko, cuando ni siquiera las encuestas ucranianas mostraban que existiera una mayoría que exigiera ese objetivo. Sea lo que sea que se esté negociando actualmente en Abu Dabi, las exigencias de Ucrania a largo plazo siguen siendo las mismas: recuperar todo su territorio y llevar la OTAN a la frontera occidental de Rusia.
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