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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Negociaciones en Abu Dabi

Acostumbrado a ser el centro de atención, Volodynyr Zelensky llegó a Davos consciente de que no iba a producirse ninguna ceremonia de firma de los dos grandes acuerdos que Ucrania y Estados Unidos llevan meses negociando, las garantías de seguridad y el plan económico, bautizado como Plan de Prosperidad. Las prioridades de la semana eran otras –Groenlandia y la presentación de la Junta de Paz de Donald Trump- y Washington no comparte las prisas que Ucrania tiene por firmar esos documentos. En estos cuatro años, Estados Unidos ha conseguido todo lo que esperaba de esta guerra cuyo final está buscando y que le está reportando enormes beneficios. La ruptura continental que ha supuesto la guerra ha creado una barrera que no se eliminará con el alto el fuego. Los países europeos han sustituido la dependencia del gas ruso por el estadounidense, han duplicado el gasto militar y han pasado a adquirir a Estados Unidos las armas que posteriormente envían a Ucrania.  

El acuerdo comercial alcanzado por Úrsula von der Leyen en verano y negociado íntegramente según los términos estadounidenses, implica un compromiso de fuertes inversiones europeas en armas y productos energéticos estadounidenses, promesas imposibles que Estados Unidos exigirá que se cumplan. Instalado en los beneficios, Washington ha dejado de tener prisa por conseguir acuerdos parciales que no entrarán en vigor antes de la resolución final.  

Para Ucrania, cualquier firma de un acuerdo con Estados Unidos es una señal de apoyo de su aliado más importante, una herramienta que explotar en las negociaciones con Rusia que, tras un año de pasos previos, han comenzado este fin de semana en Abu Dabi y a las que Ucrania habría deseado llegar habiéndose garantizado ya la presencia estadounidense en las garantías de seguridad más allá del alto el fuego y un paquete económico con el que alardear de la prosperidad futura.  

El anuncio del inicio de las primeras conversaciones directas entre Rusia y Ucrania desde los breves encuentros de Estambul el año pasado llegó el jueves por la noche, tras la breve reunión entre Trump y Zelensky para la que el presidente ucraniano había acudido a Davos y antes de que Steve Witkoff llegara a Moscú para notificar a Vladimir Putin. “Espero que lo sepan”, afirmó Zelensky en referencia a los Emiratos Árabes Unidos, que tenían que preparar el encuentro con apenas unas horas de margen. El viernes, la Federación Rusa confirmó su participación y la llegada de la delegación al emirato y precisó que no había aún lugar ni hora para el encuentro. Las conversaciones se iniciaron por la tarde y se prolongaron hasta el día de ayer, cuando se dieron por concluidas para su reanudación la próxima semana.  

Ucrania se presentaba en Abu Dabi en un momento de crisis absoluta. Aunque no se han repetido los rápidos avances con los que Rusia consiguió en unos pocos días tomar dos ciudades importantes sobre las que no había podido avanzar durante años, Seversk y Guliaipole, la situación de Ucrania en el frente sigue siendo comprometida. En su avance del año, el comandante en jefe Oleksandr Syrysky ha insistido en que sus tropas no se limitarán a la defensa, sino que pasarán al ataque, un deseo para el que Ucrania precisaría de un fuerte aumento de la asistencia militar de sus socios y una capacidad de reclutamiento de la que carece. La iniciativa estratégica en el frente sigue estando en manos de Rusia, principal fortaleza de Moscú en la mesa de negociación. Al contrario que Ucrania, Rusia puede alegar que será capaz de obtener sus objetivos por la vía militar en caso de fracaso de las negociaciones y continuación de la guerra, algo que no solo se debe al equilibrio militar.  

Pese a la insistencia ucraniana y occidental en que el Kremlin persiste en los objetivos maximalistas con los que entró en la guerra, a día de hoy, las exigencias rusas parecen limitarse a Donbass. La captura de ciudades como Slavyansk y Kramatorsk exigiría un enorme esfuerzo y probablemente llevaría un largo periodo de tiempo, pero, frente al sueño de recuperación masiva de territorio para volver a las fronteras de 2014 o incluso las de 2022, sería un objetivo factible a medio plazo. Para Ucrania, incluso mantener aquello que controla actualmente supone un gran esfuerzo, especialmente teniendo en cuenta el duro empeoramiento de las condiciones para la población civil en la retaguardia a causa de los ataques rusos contra las infraestructuras energéticas. Si Ucrania aguanta el invierno, ha alegado estos días Keith Kellogg, las condiciones serán más favorables que para Rusia en primavera.  

Esa falsa esperanza manifestada por el hasta ahora enviado de Trump para Ucrania, es la misma que mostró Volodymyr Zelensky en el otoño de 2022, cuando se preparaba la fallida contraofensiva terrestre que desarmó los planes políticos de Ucrania y sus aliados occidentales de derrotar militarmente a Rusia en el campo de batalla. En aquel momento, la guerra se centraba fundamentalmente en la línea del frente, los medios resaltaban la normalidad con la que se vivía en las grandes ciudades y alababan la capacidad de la población ucraniana de continuar viviendo una vida aparentemente normal. Con centenares de miles de personas sin electricidad o calefacción, la situación actual es dramática e implica cortes de luz incluso al margen de los ataques rusos, cada vez más frecuentes y centrados fundamentalmente en las infraestructuras energéticas. Mejorar la situación requeriría para Ucrania el alto el fuego parcial que los países occidentales buscaban en las reuniones de este fin de semana en Abu Dabi. Más allá de forzar el inicio de las conversaciones directas entre Rusia y Ucrania para gestionar las cuestiones finales –los últimos flecos que, según Estados Unidos, quedan por concretar para obtener un tratado con el que se ponga fin a la guerra-, el principal objetivo era conseguir el compromiso de cese de ataques al sector energético ambos países. Como se especuló el jueves por la noche, se buscaría un compromiso según el cual Rusia cesara sus ataques a las infraestructuras de producción y distribución eléctrica y Ucrania, a las refinerías y la flota de petroleros rusos en los mares.  

Sin más anuncio que la convocatoria de una nueva ronda de negociaciones para la próxima semana, quizá lo más relevante haya sido la completa ausencia de filtraciones, lo que contrasta, como constataron ayer varios diputados ucranianos, con los tiempos en los que Andriy Ermak era el principal sospechoso de desvelar detalles a los medios. Incluso quienes disfrutan del mayor acceso a fuentes estadounidenses, como Axios, se limitaban ayer a resaltar el carácter constructivo y positivo de la reunión. La delegación rusa, en declaraciones a TASS, insistió en que “no se puede decir que no haya habido resultados, los ha habido”. “El enfoque central de las discusiones fueron los posibles parámetros para el fin de la guerra. Valoro mucho la comprensión de la necesidad de que Estados Unidos supervise y monitorice el proceso para poner fin a la guerra y garantizar una seguridad genuina”, destacó Zelensky. El inicio de las conversaciones directas y el compromiso de continuar negociando es, en sí, un paso positivo, pero todo apunta a resultados escasos. “Como resultado de las reuniones celebradas estos días, todas las partes acordaron informar en sus capitales sobre cada aspecto de las negociaciones y coordinar los pasos a seguir con sus líderes. Los representantes militares identificaron una lista de temas para una posible próxima reunión”, añadió el presidente ucraniano apuntando al principal resultado de la reunión.  

Los comentarios de Yuri Ushakov tras la reunión del jueves por la noche entre Vladimir Putin y Steve Witkoff son el principal indicio para especular sobre los temas que van a tratarse en estas reuniones. La insistencia rusa en conseguir el control de todo Donbass implica la necesidad de buscar soluciones creativas por parte de Estados Unidos para que Kiev pueda justificar a su población algo que considera inaceptable. Es así como han aparecido ideas como la de la zona desmilitarizada o de libre comercio, argumentos a los que Rusia ha respondido de forma previsible: aceptando las ideas, pero insistiendo en saber quién tendrá la soberanía de esos territorios.  

La reunión de estos días, el compromiso de seguir trabajando y la forma en la que las dos delegaciones han respondido a la propuesta estadounidense de diálogo directo bajo su mediación indica que las tres partes tienen claro que el proceso diplomático va a producirse inexorablemente según los términos marcados por la revisión del plan de 28 puntos de Steve Witkoff. En ese marco de paz y garantías de seguridad para Ucrania a cambio de territorios para Rusia los comentarios de Kiev y Moscú confirman que el principal tema de negocaciación en este punto no es la seguridad, sino la cuestión territorial. La insistencia rusa de obtener el control de todo Donbass, a priori un objetivo menos importante que evitar la militarización de Ucrania o la expansión de la OTAN a Ucrania camuflada de sus banderas nacionales, es una señal clara de que es ahí donde Rusia considera que puede obtener concesiones de Estados Unidos, dispuesto a presionar a Ucrania en ese aspecto, pero menos receptivo a detener la idea europea de una misión de disuasión formada por un contingente de los miembros europeos de la Alianza. Sin haber logrado aún la promesa en firme de una protección militar y económica de Estados Unidos una vez se produzca un alto el fuego, tampoco Ucrania está en condiciones de poder lograr lo que pide, mantener todo el territorio ahora bajo su control y recuperar, por ejemplo, la central nuclear de Energodar. 

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