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Las Naciones Unidas de Trump: el Gobierno mundial de un hombre 

“Este acuerdo será legalmente vinculante. Su aplicación será supervisada y garantizada por el Consejo de Paz, presidido por el presidente Donald J. Trump. Se impondrán sanciones en caso de incumplimiento”, afirmaba el penúltimo punto del plan de 28 puntos negociado por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev filtrado a finales de noviembre y que se ha convertido en la base sobre la que se está negociando actualmente la resolución a la guerra rusoucraniana. Aunque gran parte de los puntos de ese plan inicial han sido eliminados o modificados, el penúltimo de los 20 puntos presentados por Zelensky como la revisión ucraniana del plan sigue siendo la presidencia de Donald Trump en ese Consejo de Paz encargado de monitorizar la paz y castigar las infracciones. Como siempre quedó claro, el modelo de ese Consejo es el plan presentado por Steve Witkoff para el alto el fuego en Gaza, territorio cuyo Gobierno quedaría en manos de un conejo ejecutivo que supervisaría una administración tecnocrática aprobada por los poderes mundiales, un planteamiento colonial que se ha confirmado de forma definitiva en el momento en el que se ha comprobado que no hay una sola persona palestina como representante en ese cuerpo más similar a un virreinato colonial que a un intento de lograr la paz.  

Ni Rusia ni Ucrania se encuentran en una situación equiparable a la de Hamas, una milicia que se ha enfrentado a una potencia nuclear con total control de los cielos en una lucha tan desigual que durante una larga fase Israel luchaba únicamente contra edificios y población desarmada sin que sufriera siquiera la respuesta de los cohetes de las facciones palestinas. Las diferencias entre la situación en Gaza y en Ucrania son notorias, por lo que llama la atención la voluntad de Estados Unidos de utilizar esa misma idea e imponerla a dos Estados internacionalmente reconocidos y que a priori no deberían prestarse a dejar en manos de un actor externo sus asuntos internos. Hace tiempo que Estados Unidos dejó de ser la única superpotencia y el momento unipolar quedó en el pasado. Sin embargo, en esta nueva era de la paz por medio de la coerción económica y la amenaza de uso de la fuerza, nadie quiere ofender a Donald Trump y ofrecerle aviones de lujo, medallas del Nobel de la Paz, otorgarle premios o proponerle como virrey de los diferentes conflictos mundiales se ha convertido en la norma.  

Las negociaciones de este fin de semana entre Estados Unidos y Ucrania en Miami no parecen haber logrado grandes avances, pero la diplomacia continuará esta semana en Davos, foro del que Donald Trump pretende hacer su show personal y en el que continuará presionando a los países europeos en relación con el tema que más le ocupa en estos momentos, el intento de obligar a los países europeos a vender Groenlandia a Estados Unidos. Los países europeos, por su parte, esperaban disponer del foro para presionar a Donald Trump en relación con la resolución del conflicto ucraniano, para lo que exigen mejores condiciones territoriales para Ucrania y más sanciones contra Rusia. “La principal amenaza de seguridad para Europa actualmente viene de Rusia por medio de la guerra de Ucrania, no de Groenlandia”, afirmó ayer el canciller Merz, que aún aspira a convencer a Estados Unidos de cesar en sus intentos de adquirir un territorio soberano de un aliado de la OTAN –siempre sin preguntar a su población- a base de insistir en que el peligro ruso no está en el Ártico sino en Ucrania, algo a lo que Donald Trump nunca ha sido especialmente receptivo.  

“América Primero no es América sola”, afirmó ayer Scott Bessent negando nuevamente el aislacionismo de Donald Trrump, para quien ese eslogan de su campaña parece significar Estados Unidos por encima de todo. Así lo demuestra la idea del Consejo de Paz que Rusia y Ucrania parecen aceptar como parte de la resolución del conflicto en Europa y cuya base está en el acuerdo para Oriente Medio. La carta fundacional de dicha organización ejecutiva se ha conocido estos días publicada en la prensa israelí y las invitaciones que numerosos líderes mundiales han recibido confirman la intención estadounidense de su puesta en marcha a la mayor brevedad. Lo publicado hasta ahora indica que el Consejo de Paz de Donald Trump no es un mero Gobierno para la ocupación de Gaza, sino un planteamiento con el que Estados Unidos pretende gestionar la resolución de conflictos y ejercer un control del que carece en la Asamblea General o el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y aunque son países como Rusia o China los que son habitualmente calificados de potencias revisionistas, esa idea está presente ya desde el preámbulo del documento del Consejo de Paz, una enmienda a la totalidad del sistema de legalidad internacional implantado tras la Segunda Guerra Mundial y en el que Estados Unidos parece creer que no dispone del poder suficiente.  

Declarando que una paz duradera requiere un juicio pragmático, soluciones sensatas y el valor de alejarse de enfoques e instituciones que con demasiada frecuencia han fracasado;  

Reconociendo que la paz duradera se afianza cuando se empodera a las personas para que se hagan cargo y asuman la responsabilidad de su futuro; 

Afirmando que solo una asociación sostenida y orientada a los resultados, basada en cargas y compromisos compartidos, puede garantizar la paz en lugares donde durante demasiado tiempo ha resultado difícil de alcanzar; 

Lamentando que demasiados enfoques de la consolidación de la paz fomenten la dependencia perpetua e institucionalicen la crisis en lugar de ayudar a las personas a superarla; 

Haciendo hincapié en la necesidad de un organismo internacional de consolidación de la paz más ágil y eficaz; y 

Decididos a reunir una coalición de Estados dispuestos a comprometerse con la cooperación práctica y la acción eficaz, 

Guiados por el juicio y honrando la justicia, las Partes adoptan por la presente la Carta de la Junta de la Paz”, reza el inicio del documento, que define como misión de la Junta de Paz “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y respetuosa con la ley, y garantizar una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos”. Aunque teóricamente pensada para Gaza, esta Carta no menciona en ningún momento ese territorio palestino y parece aspirar a ser un actor ejecutivo no solo en ese conflicto, sino a nivel global. Este organismo creado por y para Donald Trump ya ha comenzado a notificar las invitaciones a participar. La ecléctica lista de invitados –la Unión Europea, Turquía, Qatar, Francia, únco país que ha dado a entender que rechazará la posición, Argentina, Paraguay, Italia, Vietnam, Brasil, Egipto como único país africano confirmado, Austria, India, Rusia o Bielorrusia son algunos de ellos- muestra la aleatoriedad y discrecionalidad de la actuación de Estados Unidos y su voluntad de rodearse de líderes fuertes y países incapaces de decir no a Washington. Según el Capítulo II, el Consejo de Paz estará compuesta por los jefes de Estado o de Gobierno de los países miembros. “La pertenencia a la Junta de Paz está limitada a los Estados invitados a participar por el Presidente, y comienza tras la notificación de que el Estado ha aceptado quedar vinculado por la presente Carta, de conformidad con el Capítulo XI”, afirma la Carta, que designa a Donald Trump presidente de un organismo que da signos de querer sustituir al sistema de Naciones Unidas.  

EL presidente del Consejo de Paz obtiene 35 menciones en el documento, que le otorga el mando para determinar los países participantes, nombrar a su sucesor, vetar o aprobar aquello votado por los países miembros, suspender o expulsar a miembros, renovar al Consejo, convocar reuniones o tener “la autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias necesarias o apropiadas para cumplir con la misión del Consejo de Paz. Por supuesto, el presidente tienen también el poder para seleccionar, nombrar y cesar a los miembros del Consejo Ejecutivo, ese que en el caso de Gaza ha llenado de multimillonarios, amigos, su yerno o el exprimer ministro británico Tony Blair.  

Como todo en este organismo multilateral solo en apariencia y absolutamente dictatorial en su planteamiento real, también la actuación de ese Consejo Ejecutivo depende de Donald Trump, que aspira a crear unas Naciones Unidas o un Gobierno mundial en el que ostente el máximo poder. También las decisiones del Consejo Ejecutivo, cuyos miembros son nombrados por Donald Trump, estarían sometidas al derecho de veto de Donald Trump.  

Aunque el discurso político del momento continúa instalado en Groenlandia y en las amenazas estadounidenses a los países europeos, las ambiciones imperiales del presidente de Estados Unidos no se limitan al continente americano. Ejemplos como el intento de suplantar el sistema de legalidad internacional y de organismos multilaterales como las Naciones Unidas en favor de un organismo en el que Donald Trump pueda rodearse de incondicionales y se otorgue la capacidad de veto de cualquier decisión o votación indica un cambio sustancial en las intenciones de Estados Unidos, una administración dispuesta a imponer su voluntad en Gaza, en Ucrania o en cualquier otro conflicto en el que considere que sus intereses están en juego. Como se confirmó ayer, Estados Unidos exige un pago mínimo de mil millones de dólares a cualquier Estado que aspire a ser miembro permanente del Consejo de Paz, una aportación que se insiste en que, en el caso de Gaza se destinará a la reconstrucción. Sin embargo, los precedentes de los últimos días tanto en Ucrania como en Venezuela dejan claro a qué se pretende dedicar los ingresos obtenidos en los territorios que, voluntariamente o no, están siendo administrados a modo de colonia. En Ucrania, el primer contrato de explotación de minerales ha recaído en un aliado de Trump, Ronald Lauder. El primer pago obtenido de los ingresos que Estados Unidos expropia de la venta de petróleo venezolano ha ido a parar a Vitol, la empresa de otro, John Addison. Parece difícil imaginar que una parte importante de los contratos de construcción que pudieran iniciarse en Gaza no fueran a parar a personas como Jared Kushner o Steve Witkoff, que ya han mostrado su interés por participar en el boom de la construcción -al servicio del turismo y del gran capital occidental- del territorio palestino. Ese es el modelo de relaciones internacionales y cooperación internacional que propone Donald Trump y que Rusia y Ucrania se han mostrado abiertas a permitir como vía de resolución de la guerra que les enfrenta.  

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