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Ucrania, Groenlandia y el vasallaje europeo

Perdido en la vorágine en la que se han convertido las relaciones internacionales y su discurso mediático ha quedado esta semana el intento de Francia de destacar la importancia de la colaboración dentro del bloque atlantista en busca de los objetivos comunes.  “Sé que es muy pronto para ti”, se disculpa Emmanuel Macron, de pie, exultante de felicidad, en una sala llena de hombres trajeados mientras saluda a Donald Trump, hablando al manos libres de su teléfono móvil. “Estoy con Starmer, Merz y Zelensky”, continúa el presidente francés, “Zelensky ha aceptado tu propuesta de alto el fuego incondicional”. Era el 10 de mayo, al día siguiente de la celebración en Moscú del Día del a Victoria, desfile al que Vladimir Putin había acudido junto al presidente chino Xi Jinping en un gesto que, sin duda, quería desmentir de la forma más gráfica posible el aislamiento internacional de Rusia que los países europeos llevaban tres años proclamando. A apenas unos centenares de kilómetros, Zelensky realizó un ejercicio similar, en este caso acompañado de los jefes de Estado o de Gobierno de las potencias europeas, que aprovecharon el viaje para presentar un ultimátum de 48 horas a Rusia, a quien se exigía la aceptación incondicional de un alto el fuego impuesto por los países occidentales, prerrequisito para un futuro proceso de negociación que no esbozaban, pero en el que tendrían el control.

Lo que se jugaba entonces era qué tipo de proceso diplomático iba a imponerse: la idea europea de valorar las intenciones rusas a partir de un alto el fuego y una negociación futura o el inicio del diálogo en busca de un resolución y alto el fuego final. En términos políticos, el principal objetivo de las tres partes en liza –Rusia, Ucrania y los países europeos- era conseguir el beneplácito de Donald Trump, cuya opinión era la más determinante para todos ellos. En la parte colectiva de la llamada de Macron, con el teléfono en la mesa mostrado el nombre del receptor, Donald Trump, todos los participantes insisten en la necesidad de continuar presionando a Rusia. Eran los tiempos en los que, con la estrategia de incentivos y amenazas del plan Kellogg-Fleitz, la parte considerada un obstáculo para la paz podía recibir el castigo estadounidense. Esa era, al menos, la esperanza de Volodymyr Zelenksy al solicitar a su homólogo estadounidense más sanciones contra Rusia en caso de que Vladimir Putin no aceptara el alto el fuego que se le intentaba imponer. La respuesta de Rusia fue similar a la europea, apelar a Donald Trump a base de un gesto, convocar una primera reunión del formato Estambul para retomar las negociaciones abandonadas en 2022 y que incluso académicos o think-tankers estadounidenses como Samuel Charap o Sergey Radchenko consideraron una base sobre la que retomar la diplomacia interrumpida en busca de un acuerdo.

Desde entonces, alabar a Donald Trump ha sido el principal elemento de la negociación, algo especialmente evidente en el caso de los países europeos, participantes indirectos en la guerra, pero encargados por Estados Unidos de hacerse cargo del coste de la guerra y la posguerra. Así lo comunicó Pete Hegseth hace casi un año en un discurso en el que los aliados europeos de la OTAN no quisieron ver el inicio de una relación vertical en la que quien consideraban un aliado al que tratar como iguales, se presentaba como un rival que pretendía imponer sus condiciones desde arriba. El terror que causó durante semanas la posibilidad de que Estados Unidos abandonara el continente a su suerte en unas condiciones de guerra y dejara a Ucrania a merced de Rusia obligó a reconducir el discurso y la política europea. El rearme decretado por von der Leyen fue justificado ante el peligro ruso. Si Rusia triunfa en Ucrania, se ha advertido constantemente desde entonces, los países de la OTAN y la UE serán los siguientes. Sin embargo, el cambio que provocó el inicio de la política de rearme no fue un fortalecimiento o muestras de mayor agresividad por parte de Rusia, sino la amenaza estadounidense de abandono del papel de principal proveedor de la seguridad del continente ante la aparición de otros escenarios prioritarios.

Ni el miedo ni las advertencias estadounidenses han desaparecido desde entonces. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos deja claro que los países europeos han de tomar el control de la seguridad de un continente que ya no es escenario protagonista o secundario, sino terciario de la lucha de grandes potencias. Europa es un gran mercado en el que vender armas, productos energéticos, agrícolas y tecnológicos y un continente en el que promocionar a fuerzas de extrema derecha afines a la visión social y cultural del trumpismo. Pero a pesar de lo explícito del abandono de la alianza intercontinental como prioridad, la reacción europea fue la de negar el cambio. “He leído que seguimos siendo aliados”, afirmó Kaja Kallas en un foro celebrado en Qatar. Negar la realidad se sumaba a la política de dar a Estados Unidos todo aquello que pidiera, una actitud perfectamente ilustrada por la imagen de von der Leyen y otros representantes europeos con el pulgar hacia arriba en el campo de golf de Donald Trump, donde el presidente de Estados Unidos los había convocado para ratificar un acuerdo comercial en el que se garantizaban todas las exigencias de Washington. Lo mismo ocurrió en el caso de la financiación de Ucrania. Sin rechistar, los países europeos aceptaron la propuesta estadounidense para un mecanismo en el que Estados Unidos suministra las armas para que los países europeos las adquirieran y enviaran a Ucrania. La actitud de vasallaje se debía fundamentalmente a la necesidad de conseguir que, a cambio de esas concesiones, Estados Unidos no abandonara la causa de Ucrania, principal, si no único, proyecto geopolítico de la Unión Europea.

Para disgusto de las capitales europeas, la respuesta estadounidense no ha sido la esperada. Apartados de las negociaciones directas, los aliados europeos luchan vía el proxy ucraniano contra una resolución de la guerra que haga perder a Ucrania más territorio que el deseado y tenga en cuenta las exigencias de seguridad de la Federación Rusa. A las dificultades para financiar el Estado y las Fuerzas Armadas de Ucrania y mantener el interés de Donald Trump hay que añadir ahora las ambiciones estadounidenses por adquirir Groenlandia y las amenazas de introducción de aranceles contra varios países europeos a los que el presidente de Estados Unidos acusa de intransigencia.

“Los tres mayores grupos proeuropeos del Parlamento Europeo, el Grupo Popular, el Progresista y Renew Europe, pospondrán la ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos del año pasado. El Parlamento Europeo importa. Los parlamentos importan en las democracias”, escribió Siegfried Mureasan, vicepresidente del Parlamento Europeo a raíz del anuncio de Donald Trump, que propone ignorar el acuerdo comercial alcanzado el año pasado como herramienta para conseguir sus objetivos, una deslealtad que ha conseguido enfadar a una parte del establishment europeo.

“Hay que empezar a pensar bien en todos los elementos de resistencia —de disuasión y represalia dura— ante las agresiones, los abusos, los chantajes. Pensarlo bien y, sin provocar, hacerlo ver bien. No es fácil. Podemos infligir represalias dolorosas para Estados Unidos pero todas acarrean peligrosas consecuencias —golpeo a los gigantes tech, expulsión de tropas estadounidenses en Europa, fin de la compra de armamento estadounidense—. Es hora de trabajar en ese pensamiento, afinarlo, cristalizarlo, usarlo como elemento disuasorio. Nosotros tenemos graves dependencias, pero para Estados Unidos perder sus alianzas por completo es un suicidio, y una acción concertada y verdaderamente decidida sobre un plan bien elaborado puede conseguir mucho. No somos tan débiles si actuamos juntos con tino y decisión”, escribe en un artículo publicado por El País este domingo el analista Andrea Rizzi. Aunque el artículo está destinado a ser una crítica severa a la política nacional de Donald Trump y a las ameanzas a Europa, el texto está ilustrado con una imagen del presidente de Estados Unidos saludando a Vladimir Putin, ya que, según esta versión, “el asalto que sufre Europa desde Oriente y Occidente tiene de manera cada vez más evidente los rasgos de esa nebulosa ideológica que cuajó en Italia hace un siglo”.

Hace solo dos semanas, los países europeos se negaban a condenar la agresión ilegal y no provocada contra Venezuela en la que Estados Unidos secuestró a Nicolás Maduro y Cilia Flores. El periódico en el que ahora se clama que “ha llegado la hora de la resistencia antifascista”, porque “ya no es la hora de autonomía estratégica o reducción de dependencia” ha celebrado la operación estadounidense como la liberación de Venezuela sin más crítica que no instalar en el poder a María Corina Machado. La reacción europea a lo ocurrido en Caracas es perfectamente representativa de la tendencia de los últimos meses. Tanto es así que incluso la cobarde postura del Gobierno de España, ni con Maduro ni con la intervención de Donald Trump, ha sido considerada un ejemplo de resistencia a la actuación unilateral de Estados Unidos completamente al margen del derecho internacional. La tónica general europea ha oscilado entre la celebración explícita de Macron, que se congratuló ya que “el pueblo venezolano ha sido liberado” y la ambigüedad de quienes, como Starmer o Merz, han querido resaltar que todo es legalmente muy complejo y es mejor dejar pasar el tiempo, una fórmula perfecta para evitar posicionarse que habría funcionado si el siguiente objetivo de Donald Trump hubiera sido Cuba, Colombia o Irán en lugar de Groenlandia.

“La integridad territorial y la soberanía son principios fundamentales del derecho internacional. Son esenciales para Europa y para la comunidad internacional en su conjunto. Hemos subrayado constantemente nuestro interés transatlántico compartido en la paz y la seguridad en el Ártico, incluso a través de la OTAN. El ejercicio danés, coordinado previamente y realizado con aliados, responde a la necesidad de fortalecer la seguridad en el Ártico y no representa ninguna amenaza para nadie. La UE se solidariza plenamente con Dinamarca y el pueblo de Groenlandia. El diálogo sigue siendo esencial y nos comprometemos a continuar el proceso iniciado la semana pasada entre el Reino de Dinamarca y Estados Unidos. Los aranceles socavarían las relaciones transatlánticas y provocarían una peligrosa espiral descendente. Europa permanecerá unida, coordinada y comprometida con la defensa de su soberanía”, escribió Úrsula von der Leyen. En su tendencia habitual, los países europeos descubren el derecho internacional, la importancia de la integridad territorial y lo nocivo de las guerras comerciales cuando se perciben como la parte agredida.

“China y Rusia deben estar disfrutando al máximo. Son ellos quienes se benefician de las divisiones entre los aliados. Si la seguridad de Groenlandia está en riesgo, podemos abordarlo dentro de la OTAN. Los aranceles corren el riesgo de empobrecer a Europa y a Estados Unidos y socavar nuestra prosperidad compartida. Tampoco podemos permitir que nuestra disputa nos distraiga de nuestra tarea principal: ayudar a poner fin a la guerra de Rusia contra Ucrania”, se lamentó ayer Kaja Kallas, para quien cada conflicto parece enmarcarse en la disputa con Rusia. “Cuando el tren ya se estrelló pero aún tienes esperanza de poder cenar en el vagón restaurante. Las garantías de seguridad estadounidenses eran como el gas soviético/ruso barato: un pilar de la feliz y próspera existencia de Europa durante décadas. Ahora ambos han desaparecido y, siendo realistas, no se restaurarán por completo. El liderazgo europeo necesita aprender a desenvolverse en esta nueva realidad. La rigidez ideológica robótica, diseñada para la época anterior y para políticas fallidas y autodesacreditadas, no son el camino a seguir”, escribió, en respuesta al mensaje de la jefa de la diplomacia europea, Leonid Ragozin. Pero, aunque el enfado europeo comienza a ser perceptible y líderes como Macron proponen la activación del mecanismo anticoerción de la UE, el espectro de la subordinación sigue siendo palpable. Apenas unas horas después de la amenaza de aranceles, los países europeos retiraron la veintena de tropas que habían enviado a Groenlandia. El continente europeo no puede asumir una guerra comercial con su principal aliado.

“La relación entre Canadá y China ha sido distante e incierta durante casi una década. Estamos cambiando eso, con una nueva asociación estratégica que beneficia a los pueblos de ambas naciones”, ha anunciado Mark Carney, primer ministro de Canadá, país que hace no tanto colaboró con Estados Unidos para detener a una ejecutiva de Huawei en plena guerra comercial de los países occidentales contra la marca china, cuyo crecimiento era una amenaza. La relativa claridad con la que Canadá ha visto la necesidad de una apertura a China aún no se ha producido en el continente europeo, cuya capacidad de ofender a Donald Trump es mucho más limitada, ya que Francia, Alemania o el Reino Unido se juegan algo más que la integridad territorial de Dinamarca y no pueden permitirse perder a su aliado indispensable para poder poner en marcha la deseada misión de paz de la Coalición de Voluntarios en Ucrania, aún el centro de la política exterior continental.

“La Tercera Guerra Mundial comienza cuando Trump anexa Groenlandia y luego los europeos se movilizan contra Rusia, porque ese es el único plan que tienen”, escribió sarcásticamente la semana pasada la activista Almut Rochowanski. La reacción europea ha demostrado que su enfoque no era incorrecto y que cada cuestión de política internacional se plantea en términos del enfrentamiento con Rusia. El problema de que Donald Trump amenace indiscriminadamente a oponentes y aliados no es la muestra de imperialismo o el intento de desmantelar el sistema de Naciones Unidas para imponer un orden basado en sus órdenes y  fuerza, sino que puede hacer felices a Vladimir Putin o Xi Jinping.

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