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¿Qué hacer con 90.000 millones de euros?

Frenético en sus ritmos y con todo tipo de frentes abiertos –la agresión contra Venezuela, las amenazas a Cuba, el anuncio de Trump de que “la ayuda está de camino” para alentar las protestas en Irán, la continuación de los ataques en la guerra rusoucraniana y las dudas europeas sobre qué hacer para evitar un enfrentamiento político interno dentro del bloque de la OTAN por Groenlandia-, los países europeos intentan seguir el curso de los acontecimientos tratando de darse la mayor importancia posible. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos los ha degradado a teatro secundario de las relaciones internacionales y ni siquiera la blanda respuesta de las capitales europeas –callando, publicando comunicados insulsos de condenas que no lo eran o simplemente calificando la cuestión de “muy compleja”- ha conseguido sorprender positivamente a Donald Trump. Tras celebrar lo que considera un éxito rotundo y definitivo, el presidente de Estados Unidos ha puesto su mirada en Groenlandia sin pararse a pensar en el potencial conflicto que ello supone con sus teóricos socios europeos, con los que se ha comprometido a gestionar las garantías de seguridad que colectivamente pretenden ofrecer a Ucrania en caso de alto el fuego.

Incapaces de responder a ninguno de los grandes conflictos internacionales aportando ideas, vías de resolución o medidas constructivas, los países europeos se han aferrado a las cuestiones que les son más cómodas, defender las protestas en Irán y amenazar a Teherán con más sanciones y continuar aprovechándose de la coyuntura para exagerar el peligro ruso y dar así una respuesta a la cuestión de Groenlandia y justificar la continuación de su política en relación a la guerra en Europa. Francia y el Reino Unido siguen trabajando para crear ese contingente de 15.000 tropas que enviar a la Ucrania del futuro, en la que un alto el fuego y prudencial distancia del frente protejan a los efectivos europeos de un enfrentamiento con Rusia para el que ninguno de los dos ejércitos está preparado. Sin embargo, ante lo improbable de una aceptación inmediata por parte de Moscú de ese despliegue europeo, el anuncio es, por el momento, un brindis al sol sin ningún compromiso de crear realmente la logística de esa hipotética misión ni de enviar tropas ante el riesgo de un ataque ruso.  

Mucho más real, al menos por ahora, es la cuestión económica. Ucrania lleva años insistiendo en que Rusia se encuentra al borde del colapso y Zelensky se ha sumado al entusiasmo por las protestas en Irán anunciando que la caída del régimen debilitaría aún más la posición internacional de Rusia. Sin embargo, el presidente ucraniano sigue exigiendo sanciones contra Moscú precisamente porque quien padece más dificultades económicas no es el país que, financia el esfuerzo militar por sus propios medios, sino el que ha contado con la inestimable ayuda militar, económica y financiera de los países de la OTAN y la Unión Europea.

Solventar ese grave problema, ya que como pudo leerse en varios alarmistas artículos publicados por medios como The Times, Ucrania corría el riesgo de quedarse sin dinero, fue uno de los grandes objetivos de los países europeos en 2025. Fracasada la idea de la expropiación de facto de los activos rusos, los países europeos optaron por acudir al mercado de deuda para financiar un préstamo de 90.000 millones de euros que Ucrania ni puede ni tiene intención de devolver. Con esta cantidad, los países europeos aspiran a financiar el Estado y el ejército de Ucrania durante dos años más, sea un tiempo de guerra o de futura reconstrucción.

Aprobado el préstamo, quedan los detalles más importantes y, a juzgar por las informaciones que han aparecido en la prensa, más polémicas. La guerra de Ucrania no es solo el principal proyecto geopolítico de la Unión Europea, sino una herramienta económica con la que favorecer al complejo militar industrial. En estos años, el frente ucraniano ha sido un laboratorio de pruebas para la guerra moderna y, sobre todo, una fuente de riqueza para las grandes empresas armamentísticas. Lo mismo ha ocurrido con el rearme decretado el año pasado por Úrsula von der Leyen y recibido con entusiasmo por parte del establishment continental y se repite ahora, cuando hay que gestionar cómo utilizar esos fondos. “Alemania y los Países Bajos están en desacuerdo con Francia en su intento de garantizar que Kiev pueda comprar armas estadounidenses utilizando el préstamo de 90.000 millones de euros concedido por la UE a Ucrania.”, escribía ayer Politico en un artículo que detalla el choque que se está produciendo entre París y Berlín, las dos principales potencias económicas de la UE.

La disputa es un signo más de la escasa autonomía de la que disfruta Kiev, que va a recibir esa financiación con una serie de límites y no va a tener capacidad de elegir cómo emplear ese préstamo, que parece que va a actuar como una herramienta más del control externo al que está sometida Ucrania. Las capitales europeas insisten en su confianza en Kiev y halagan constantemente los esfuerzos para eliminar la lacra de la corrupción, pero no confían en exceso en el buen criterio de su proxy ucraniano a la hora de emplear los miles de millones de dinero europeo que sus socios se han comprometido a enviar.

Politico señala “tensas negociaciones con París, que lidera una ofensiva de retaguardia para impedir que el dinero fluya hacia Washington en medio de una creciente brecha en la alianza transatlántica”. Ucrania es ahora mismo presa de la coyuntura geopolítica y de la repentina preocupación de algunos de los países europeos al darse cuenta de que su principal aliado amenaza la integridad territorial de uno de ellos. Según Politico, la mayor parte de los países europeos considera que Ucrania ha de tener manga ancha a la hora de decidir cómo emplear los fondos de ese paquete financiero cuyo objetivo es el sostenimiento militar de Ucrania. Contra ese criterio mayoritario en términos numéricos, según el medio “el presidente francés Emmanuel Macron está dispuesto a dar un trato preferencial a las empresas militares de la UE para fortalecer la industria de defensa del bloque, incluso si eso significa que Kiev no pueda comprar inmediatamente lo que necesita para mantener a raya a las fuerzas rusas”. “Alemania no apoya las propuestas de limitar la adquisición de terceros países a determinados productos y le preocupa que esto imponga restricciones excesivas a Ucrania para defenderse”, ha respondido Alemania según una carta a la que ha tenido acceso Politico. “Ucrania también necesita urgentemente equipos fabricados por terceros países, en particular sistemas de defensa aérea e interceptores fabricados en Estados Unidos, munición y repuestos para aviones F-16 y capacidades de ataque en profundidad”, añaden los Países Bajos.

Esos tres ejemplos ilustran a la perfección tanto la situación como la postura de los países europeos. Para Francia, la prioridad es utilizar la oportunidad para beneficiar a las empresas armamentísticas europeas, mientras que otros países, aunque también defienden que exista una “cláusula europea”, insisten en dar más margen a Kiev para adquirir el armamento que precisa para la guerra. La mención neerlandesa a los F-16 es especialmente relevante. En un momento de disputa interna en la OTAN, gran parte de los países europeos reconocen la inferioridad de la industria europea en términos de producción en sectores clave como la aviación. Francia, por su parte, parece querer lograr buenos resultados económicos promocionando, por ejemplo, sus Rafale, cuya actuación no fue estelar durante el enfrentamiento del año pasado entre India y Pakistán. La realidad de la industria militar es que los países europeos dependen de la cobertura aérea de Estados Unidos para esa misión de paz que preparan para Ucrania. En general, esa cláusula de priorización del armamento europeo apunta al interés económico de los países europeos, pero la propuesta de Francia de limitar a armamento europeo el uso de la parte militar de los 90.000 millones de euros es una muestra inapelable de que la prioridad no es rescatar a Ucrania de un peligro existencial, sino utilizar la guerra para el beneficio económico de ciertas empresas. Ese ha sido el juego de Donald Trump con el acuerdo de minerales, el mecanismo según el cual la OTAN adquiere armamento a Estados Unidos para enviarlo posteriormente a Ucrania y el intento de obtener un pago a cambio de las garantías de seguridad como parte de un acuerdo de paz. Con su postura, Francia aspira, de una forma un tanto ingenua y que deja claro que Ucrania es una herramienta más en la lucha económica y geopolítica y no un aliado, a actuar de la misma manera.

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