La caída de Andriy Ermak, cesado tras el estallido de un caso de corrupción que afectó directamente al círculo más cercano al presidente de Ucrania, ha resultado ser aún más relevante de lo que aparentó en un principio. El caso no solo se ha llevado por delante al consejero más importante de Volodymyr Zelensky, sino que ha resultado ser el inicio de una transformación mucho más amplia. El caso obligó a uno de los amigos más cercanos de Zelensky a huir del país -una salida permitida y privilegiada, por lo que, al contrario que otros hombres en edad militar, no tuvo que huir del país por los Cárpatos ni jugarse la vida cruzando ríos en los que decenas han perdido la vida- y apartó definitivamente del poder a Ermak, que hasta entonces había resultado intocable. A priori de forma contradictoria, la causa no ha afectado a Rustem Umerov, presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un puesto que puede equipararse al de asesor de seguridad nacional y en el que no solo se ha mantenido, sino que ha ampliado sus poderes al heredar de Andriy Ermak el rol de encabezar las delegaciones negociadoras con los aliados europeos y estadounidenses.
Desde la caída de Ermak, Zelensky no se ha limitado a sustituir a quien hasta entonces había sido su confidente y asesor ejecutivo más cercano, sino que se ha producido un cambio de rumbo claro acorde a la coyuntura y necesidades actuales. Ayer, Zelensky volvió a reunirse con los jefes de Estado o de Gobierno de los países que integran la Coalición de Voluntarios, dispuestos a enviar un contingente de tropas a la Ucrania posterior a un posible alto el fuego siempre que Estados Unidos aporte una cobertura y garantías de seguridad. Estas reuniones, que se prolongan desde hace meses y en las que no se pueden tomar las decisiones definitivas, son, en realidad, una herramienta de presión a Washington en busca de concesiones en materia de seguridad.
Las cumbres -la de ayer celebrada en el peor momento posible, con toda la atención puesta en América Latina- buscan ser una demostración de fuerza de unidad y un espectáculo de relaciones públicas con el objetivo de llamar la atención del país imprescindible, Estados Unidos, y la de su presidente, el hombre que ha de tomar la decisión de enviar o no tropas a Ucrania y aceptar o no la idea de la cobertura aérea y garantías de seguridad para el contingente de la OTAN camuflado en sus banderas nacionales. En la de ayer, más importante que el resto por la presencia de Steve Witkoff y Jared Kushner, el objetivo era convencer a Estados Unidos de la necesidad de que el país excepcional envíe tropas a Ucrania, mostrando siempre que tal acto supondría un beneficio también para Washington en su intento de imponer la paz a través -o por medio de- la fuerza. Para mostrar un resultado relevante, los asistentes firmaron la Declaración de París, una declaración de intenciones de enviar un contingente de tropas en el futuro.
La prioridad de mejorar las relaciones con Estados Unidos ha marcado claramente los cambios realizados estas semanas por Volodymyr Zelensky desde que se vio obligado a cesar a Andriy Ermak en medio de lo que amenazaba con convertirse en una rebelión interna de ministros y asesores, que a pesar de haber obtenido sus ascensos gracias al hasta entonces jefe de la Oficina del Presidente, exigían su despido. Considerado un hombre más cercano al Reino Unido, Londres fue uno de los últimos lugares que visitó Andriy Ermak antes de que se consumara su cese. Allí publicó una imagen en la que posaba junto a Valery Zaluzhny, el eterno candidato a sustituir a Zelensky, que sigue realizando algunos movimientos que apuntan a sus aspiraciones políticas, pero que no acaba de retar al presidente Zelensky. Al contrario que Ermak, que había sufrido una campaña de desprestigio en los medios norteamericanos, se considera a Rustem Umerov, del que se sospecha que cuenta con un pasaporte estadounidense, más cercano a Washington, un punto a su favor en comparación con el denostado Ermak. Esa capacidad de comunicación con Estados Unidos ha valido a Umerov, no solo el puesto como jefe negociador, sino la aparente inmunidad incluso mediática pese a aparecer, igual que Ermak, en las escuchas del caso Mindich. La sombra de la corrupción solo afecta a quienes han dejado de ser útiles para los objetivos del momento.
Actualmente, la principal prioridad es lograr una mejor posición ante Estados Unidos, algo que también ha favorecido el nombramiento de Kirilo Budanov al frente de la Oficina del Presidente. Como han mostrado varios artículos publicados estos años por The New York Times y The Washington Post, la colaboración –que quizá podría calificarse de infiltración- de inteligencia entre Estados Unidos, es decir, la CIA y Ucrania es uno de los factores políticos a tener en cuenta desde el cambio de régimen de 2014. Budanov, que recibió tratamiento en Estados Unidos cuando resultó herido en el frente de la guerra de Donbass, ha recibido instrucción de Washington y ha liderado hasta su reciente ascenso la agencia de inteligencia militar que Washington considera “su pequeño bebé” y que moldeó a su imagen y semejanza para actuar como proxy contra Rusia muchos años antes de que las tropas rusas violaran las fronteras ucranianas en 2022.
El nombramiento de Budanov no solo responde a la necesidad de contar con personas afines a Estados Unidos en los puestos clave, sino a apuntalar la seguridad y posicionarse políticamente ante unas potenciales elecciones. La guerra ha hecho emerger una serie de figuras que destacan en las encuestas de intención de voto, en las que no obtienen buenos resultados representantes de la vieja clase política como Poroshenko o Timoshenko. Enfrentado a Andriy Ermak, Budanov, que en varias ocasiones estuvo a punto de perder su puesto en esa lucha política, es una de las figuras en alza. Su trabajo como agente de la desinformación y su capacidad de presentar como enormes victorias sus actos de sabotaje en la retaguardia –entre ellos enviar a un trabajador a la muerte sin saber que la carga que transportaba tenía que convertirse en un camión bomba para destruir el puente de Crimea- le ha valido un meteórico ascenso en su popularidad, especialmente en el sector de los medios, que siempre se han mostrado dispuestos a presentar como hechos sin necesidad de verificación las alegaciones de Budanov, tanto las creíbles como las que parecían creadas por la propaganda de la agencia.
El acercamiento entre Budanov y Zelensky tiene un claro componente político. Alejado del día a día de la guerra y también de la política nacional, la figura de Valery Zaluzhny ya no es tan destacada en términos de potencial electoral, especialmente si ha de enfrentarse a otra persona encumbrada por la guerra, que se ha mantenido en el país y a quien no se ha visto de vacaciones en las Maldivas. Aliarse con Budanov es posiblemente el movimiento político más eficiente que podría realizar Zelensky para potenciar sus aspiraciones políticas futuras, pero también en términos de su seguridad.
La reconfiguración de seguridad no se limita a sustituir a Budanov al frente del GUR y posiblemente a Umerov en el Consejo de Seguridad y Defensa para pasar a asesorar directamente a Zelensky, sino que supone también un cambio en la inteligencia civil, el SBU. “Así, el jefe del SBU, el general Vasyl Maliuk, uno de los arquitectos clave de la Operación Telaraña, fue destituido. Desde los primeros meses de su presidencia en 2019, Zelensky se ha visto afectado por el mismo problema: interminables reorganizaciones, reelecciones y despidos que muy a menudo desafían cualquier explicación racional. Y ese es un hábito particularmente extraño”, escribía, contrariado, el periodista nacionalista ucraniano Ilia Ponomarenko. La destitución de Maliuk al frente de la mayor agencia de inteligencia de Ucrania era previsible, especialmente por su mala relación con el ahora jefe de la Oficina del Presidente.
“Zelensky vio que Malyuk estaba jugando su juego político, alejando efectivamente al SBU de la influencia del presidente. Y la campaña contra su dimisión no ha hecho más que reforzar esta impresión. Por lo tanto, el presidente, tras esperar una pausa, lo destituyó. Además, Malyuk tiene una relación tensa con Budanov”, afirma una fuente citada por el diario ucraniano Strana, que recuerda el notable aumento de la influencia del SBU desde 2014 -año en el que, según los medios estadounidenses, comenzó la colaboración activa, sobre el terreno y siempre contra la infiltración rusa (o prorrusa, es decir, no nacionalista) de la inteligencia ucraniana con la estadounidense y británica- e insiste en que el cese de Malyuk es tan relevante políticamente como el de Ermak.
En realidad, se trata de consolidar esa sociedad Budanov-Zelensky y eliminar a los enemigos del actual jefe de la Oficina del Presidente de la misma forma que se hizo durante los tiempos de Ermak. Patrón de los grupos armados más radicales, contar con Budanov para impedir cualquier intento revolucionario de la extrema derecha en caso de un acuerdo de paz que los radicales consideren indigno es un seguro con el que el presidente que negocia ese acuerdo tiene que contar. La alianza, si es que se consolida, entre una figura política que aún mantiene apoyos y otra en alza por su papel en la guerra reduce notablemente las posibilidades de Zaluzhny, cuyo sector político, el de Poroshenko, nunca ha conseguido recuperar la presencia política perdida.
Además de aliados internos y socios extranjeros, Zelensky busca también ganarse el favor de la diáspora, de la que espera participación en la reconstrucción económica del futuro y a la que tiene que controlar para prevenir futuras protestas (como ocurrió tras la victoria electoral de Zelensky, cuando el movimiento “contra la capitulación” fue instigado desde la diáspora). Para ello, Zelensky no podía mirar a otro país que no fuera Canadá, donde ha encontrado a la persona más previsible. “Ucrania está a la vanguardia de la lucha mundial actual por la democracia, y agradezco esta oportunidad de contribuir de forma no remunerada como asesora económica del presidente Zelensky”, escribió Chrystia Freeland, posiblemente la nacionalista ucraniana más conocida de la diáspora tanto por su historia familiar y defensa de su abuelo colaboracionista, como por su intento de acusar de ello a la “propaganda rusa”. Freeland aplaudió, en pie y sonriente, al veterano de las SS Yaroslav Hunka cuando fue presentado en el Parlamento canadiense como un hombre que había luchado “contra Rusia en la Segunda Guerra Mundial”. “Al aceptar este cargo voluntario, dejaré mi función como Representante Especial del Primer Ministro para la Reconstrucción de Ucrania. En las próximas semanas también dejaré mi escaño en el Parlamento. Quiero agradecer a mis electores la confianza depositada en mí durante tantos años. Estoy muy agradecida de haber sido su representante”, añadió. Agotada su carrera en Canadá tras una última legislatura de Trudeau de la que intentó fallidamente desmarcarse y una catastrófica derrota en las primarias, Freeland ha buscado otro lugar en el que ejercer su influencia y utilizar sus contactos en la diáspora ucraniana en Canadá, principal motivo del interés de Zelensky en su intento de conseguir inversiones para la Ucrania del futuro, esa en la que sigue teniendo ambiciones políticas.
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