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La Doctrina Donroe: agresión continental, amenaza internacional

“Os dije que dejarais de de decir aislacionista”, titulaba ayer TIm Barker, cuyo reciente libro es la crónica de cómo Estados Unidos ha basado su crecimiento económico en una versión muy particular del keynesianismo militar, concretamente en el uso del conflicto militar o la amenaza de guerra, entre ellas la nuclear, para favorecer las inversiones, pero sin ofrecer a la población la parte social que preveía el keynesianismo original. El académico reaccionaba, no solo a la agresión estadounidense de ayer contra Venezuela, sino a la interpretación malintencionada de la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump. “La Estrategia de Seguridad Nacional recientemente publicada por la Casa Blanca vuelve a hacer surgir la pregunta de si los americanos se están volviendo aislacionistas”, había escrito, por ejemplo, Karl Rove, una de las personas más cercanas a George W. Bush, el hombre que hizo de la guerra contra el terror el centro de la política y la economía de Estados Unidos.

La base de esa visión del mundo era el nationbuilding, la construcción nacional con la que el mesianismo cristiano evangélico, que aún no se había convertido tan claramente en el nacionalismo cristiano del que hoy hace bandera el trumpismo, iba a expandir los ideales democráticos y la economía capitalista. La construcción nacional era también la idea-fuerza que sustentaba el intervencionismo humanitario, ese que dio lugar a eufemismos como el bombardeo humanitario y que hizo de la guerra eterna, en aquel momento centrada en Oriente Medio, una cuestión bipartidista en la que las disidencias pacifistas eran la excepción en el consenso liberal y conservador.

Lo ocurrido ayer en Caracas, donde Estados Unidos realizó bombardeos contra objetivos militares venezolanos y capturó al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, una agresión no provocada basada en un relato que, como el de las armas de destrucción masiva, fue creado ad hoc para justificar el uso de la fuerza militar, es el reflejo de lo expresado por Donald Trump y su equipo en la Estrategia de Seguridad Nacional, que tanto en la teoría como en la práctica, ha demostrado ser tan intervencionista como lo fueron los gobiernos y estrategias anteriores. La lógica del documento es la búsqueda de la hegemonía sin ejercer de forma tan directa como hasta ahora el dominio.

Desde su llegada al poder, Donald Trump ha dejado clara su intención de realizar cierto repliegue, renunciar a una parte de las centenares de bases militares que Estados Unidos ha mantenido por todo el mundo, de forma absurda si el dominio puede subcontratarse a proxis regionales a los que exigir actuación política e incluso militar e imponer condiciones comerciales a base de amenazas de imposición de aranceles. Como queda claro en la Estrategia de Seguridad Nacional, y se ha puesto de manifiesto con los bombardeos estadounidenses de Irán, Yemen, Siria, Somalia, Nigeria y ahora Venezuela, Washington se reserva el derecho de utilizar su imponente fuerza militar en cada caso en el que considere que sus intereses no están siendo tenidos en cuenta. Estados Unidos ha atacado todos ellos, pero es en dos, Irán y Venezuela, en los que más claramente se ha puesto de manifiesto el corolario Trump.

“El presidente ofreció múltiples salidas, pero fue muy claro durante todo el proceso: el narcotráfico debe cesar y el petróleo robado debe ser devuelto a Estados Unidos. Maduro es la persona más reciente en descubrir que el presidente Trump habla en serio. Felicitaciones a nuestros valientes operadores especiales que lograron una operación realmente impresionante”, escribió ayer JD Vance, actualmente considerado el principal candidato a suceder a Donald Trump al frente del Partido Republicano y un hombre a quien suele colocarse en el ala aislacionista de esta administración. Sus palabras son el reflejo de lo ocurrido en Caracas, pero también en Irán. En el momento en el que la negociación, es decir, la acepción incondicional de las condiciones impuestas por Estados Unidos, no da los resultados esperados, Donald Trump pone sobre la mesa la opción del castigo, que puede oscilar entre las amenazas de aranceles para proxis y aliados hasta la agresión militar sin provocación previa como ocurrió ayer en Caracas y en junio en Irán pasando por el intento de ahogar el sector energético ruso como estrategia para conseguir el final de la guerra de Ucrania y reducir a la mínima expresión la cota de mercado de la Federación Rusa.

Desde hace meses, Donald Trump no ha escondido que el petróleo era uno de los factores esenciales de la inminente agresión contra Venezuela, iniciada bajo pretexto de una lucha contra la droga que siempre fue imaginaria y continuada alegando terrorismo, colaboración con Hezbollah o Irán, lista a la que ayer se incluyó oficialmente a Rusia y China. Sin embargo, el ataque contra Venezuela y la declarada intención de cambio de régimen -Donald Trump declaró que Estados Unidos participará activamente en la gestión del petróleo y del país- son mucho más que un mero intento de controlar el flujo de esa materia prima. El bombardeo de Caracas y el secuestro de un jefe de Estado bajo un pretexto manufacturado busca el control del comercio y la imposición de una potencia superior que proclama para sí misma el derecho de intervenir directa o indirectamente en cualquier conflicto del planeta, advirtiendo a aliados y enemigos del riesgo que supone decir no a Estados Unidos.

Aunque parte de una jugada geopolítica y económica mucho más amplia, el petróleo proporciona una visión clara del tipo de mundo que propone Estados Unidos, un modelo en el que el aislacionismo que presuponen analistas y lobistas de todo tipo, se traduce en un control a distancia siempre bajo la amenaza de la fuerza. “El multimillonario ruso Oleg Deripaska advierte que si Estados Unidos se asegura el control de los yacimientos petrolíferos venezolanos, tras su incursión en Guyana, podría acabar controlando más de la mitad de las reservas mundiales. En su opinión, Washington podría entonces mantener los precios del petróleo cerca de los 50 dólares por barril, lo que ejercería una fuerte presión sobre el modelo económico capitalista de Estado ruso”, escribió ayer, recogiendo la opinión de uno de los princiales magnates rusos, Brian MacDonald, periodista irlandés afincado en Rusia. Al igual que Bush en Irak, el interés de Trump por el petróleo venezolano para uso propio, sino el control –ejercido de forma directa o por medio de sus aliados- de los flujos de una materia prima que, pese a la emergente descarbonización, sigue siendo uno de los motores de la economía mundial y que, durante al menos unas décadas más, seguirá proporcionando control político del tablero político mundial.

En términos puramente políticos, esta primera agresión militar de la historia de Estados Unidos en el cono sur supone, por una parte, el mantenimiento de la amenaza explícita de utilizar nuevamente la fuerza si el desarrollo de los acontecimientos no satisface a Donald Trump, es decir, si no se produce el cambio de régimen que, de momento, no se ha consumado. Por otra, cada ataque militar estadounidense es la reivindicación del intento de mantener vivo el mundo del consenso de Washington, en el que Estados Unidos imponía su ley sin que ninguna otra potencia pudiera hacer mucho al respecto.

A lo largo del día de ayer, mientras se confirmaba la aparición de algunas de las grandes figuras del chavismo –Delcy Rodríguez por teléfono, Vladimir Padrino en un búnker y Diosdado Cabello armado y apoyado en las calles de Caracas- y Rusia mostraba su apoyo al Gobierno venezolano, analistas y periodistas planteaban el problema de la doble vara de medir. “Entonces, cuando China lanza una oferta especial, ¿O si Rusia intenta hacer lo mismo con Zelenski? ¿Qué decimos exactamente? ¿No pueden hacerlo? Es ilegal”, escribió Gideon Rachman, periodista de Financial Times. En paralelo a ese tipo de mensajes, otra tendencia quería compensar la felicidad por la caída de una figura que han denostado desde su llegada al poder con el temor a la desaparición del “espíritu de 1945”, ese idealizado mundo de posguerra forjado en la amenaza de destrucción mutua, la participación de Estados Unidos –y en ocasiones de su aliado británico- en golpes de estado desde Irán a Chile, la connivencia en la violencia genocida contra la población china y/o comunista en Indonesia, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid, el apoyo a los muyahidines que dieron lugar tanto al talibán como a al-Qaeda o la guerra sucia contra la izquierda centroamericana de la mano de personas como Manuel Noriega, ejemplo de lo que espera ahora mismo a Nicolás Maduro. “Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido imputados en el Distrito Sur de Nueva York. Nicolás Maduro ha sido acusado de conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos, y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos”, escribió en las redes sociales Pam Bondi, la fiscal general de Estados Unidos a la que, al estilo de Nayib Bukele, Donald Trump da órdenes a través de las redes sociales. Nicolás Maduro y Cilia López tendrán que enfrentarse ahora al sistema de justicia que condenó a la silla eléctrica a Ethel Rosenberg por negarse a denunciar a su marido como espía soviético, la misma que condenó por conspiración para traficar 400 toneladas de cocaína al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, indultado por Donald Trump el pasado año.

A diferencia de Hernández o de Noriega, cuyo narcotráfico siempre fue conocido, pero no molestó mientras Panamá fue un activo importante en la lucha anticomunista, la causa contra Maduro es una fabricación con la que justificar una intervención militar. Maduro no es un jefe de Estado, alegó ayer Marco Rubio, un hombre cuya cruzada política de venganza está basada en su historia familiar, para dar a entender que el bombardeo de Caracas no era un acto de guerra, una injerencia externa o un flagrante intento de cambio de régimen, sino una operación de las fuerzas de seguridad para detener a un criminal común. El hecho de que para ello haya tenido que inventarse un cártel de la droga y proclamar a Nicolás Maduro como su líder es un detalle sin importancia en una administración en la que la leyenda es preferible a la realidad.

La acción de ayer, así como todo aquello que Trump tenga planeado para Venezuela –previsiblemente la instalación de un gobierno títere encabezado por María Corina Machado, aupada al estrellato por el Premio Nobel de la Paz-, es el reflejo de la impunidad de una potencia que, por potencial económico, ya no debería ser hegemónica, pero que ante la ausencia de alianzas internacionales eficientes sigue manteniendo su capacidad de intervención e impunidad a nivel mundial. A la ausencia de un bloque contrahegemónico con capacidad de dificultar la injerencia política, económica o militar de Estados Unidos hay que añadir la postura de los aliados tradicionales de Washington y sus nuevas adquisiciones, capaces de justificar cada acto de su apreciado socio norteamericano.

Todo es diferente según el actor se encuentre del lado del agresor o del lado del agredido. Así pudo comprobarse ayer con la posición que, tras muchas horas desde que comenzara el bombardeo de Caracas, Ucrania mostró por medio de un tuit de su ministro de Asuntos Exteriores. “Ucrania ha defendido constantemente el derecho de las naciones a vivir en libertad, libres de dictaduras, opresión y violaciones de derechos humanos. El régimen de Maduro ha violado todos estos principios en todos los sentidos. Los países democráticos y las organizaciones de derechos humanos de todo el mundo han destacado los crímenes generalizados, la violencia, la tortura, la opresión, el abuso de todas las libertades básicas, los votos robados y la destrucción de la democracia y el estado de derecho cometidos por su régimen. Ucrania no ha reconocido la legitimidad de Maduro tras las elecciones fraudulentas y la violencia contra los manifestantes, junto con docenas de otros países en diferentes partes del mundo. El pueblo venezolano debe tener la oportunidad de una vida normal, seguridad, prosperidad y dignidad humana. Seguiremos apoyando su derecho a dicha normalidad, respeto y libertad. Defendemos un mayor desarrollo conforme a los principios del derecho internacional, priorizando la democracia, los derechos humanos y los intereses de los venezolanos”, escribió SIbiha, que esperó hasta que fueran las cancillerías europeas las que marcaran el rumbo que se disponía a seguir, sustituyendo las palabras de ambigüedad de los comunicados europeos con justificaciones y halagos a su principal proveedor de armas sin necesidad siquiera de mencionar a Estados Unidos. “Gracias a todos los que en el mundo ayudan a proteger la vida”, sentenció.

Subordinada gracias a los hechos en términos económicos y militares y por voluntad propia en lo político e ideológico a Estados Unidos, Ucrania no podía no celebrar lo que, en caso de producirse en Kiev, sería considerada una muestra más de genocidio, ataque contra civiles o voluntad rusa de destruir la nación ucraniana y la soberanía del Estado. Lo mismo puede decirse de la Unión Europea. “Seguimos muy de cerca la situación en Venezuela. Respaldamos al pueblo venezolano y apoyamos una transición pacífica y democrática. Cualquier solución debe respetar el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas”, afirmó von der Leyen, con un mensaje vacío en el que remitía al trabajo de Kaja Kallas. “He hablado con el secretario de Estado Marco Rubio y nuestro Embajador en Caracas. La UE sigue de cerca la situación en Venezuela. La UE ha declarado reiteradamente que Maduro carece de legitimidad y ha defendido una transición pacífica. En cualquier circunstancia, deben respetarse los principios del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Hacemos un llamamiento a la moderación. La seguridad de los ciudadanos de la UE en el país es nuestra máxima prioridad”, habría escrito antes la jefa de la diplomacia de la UE, siempre dispuesta a utilizar la doble vara de medir con la que valora positivamente los bombardeos de Yugoslavia para independizar Kosovo, pero deplora la independencia de Abjasia o la intervención rusa para anexionarse, sin necesidad de disparar un solo tiro, la península de Crimea.

Negando la legitimidad de María Corina Machado para gobernar el país, en el que afirma que no tiene apoyo, Donald Trump pretende dirigir personalmente y a distancia Venezuela hasta instalar un Gobierno a su gusto. «La Doctrina Monroe es muy importante, pero la superamos con creces. Ahora la llaman la Doctrina Donroe”, afirmó en la rueda de prensa vespertina. Esa doctrina, la de la impunidad del más fuerte, es a América lo que el “orden internacional basado en reglas”, concretamente las de Estados Unidos y aplicadas a su discreción, es al resto del mundo. Consciente de que actúa con impunidad, un Estados Unidos desatado, que recoge las prácticas heredadas de décadas anteriores para imponer su derecho a ser juez, parte y verdugo, tiene la libertad de imponer su ley y su desorden más allá de sus fronteras y más allá de su hemisferio. Aliados y oponentes conocen ya cuáles son los términos de negociación de una administración que parece guiarse por los principios de la mafia.

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