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Nuevo año, mismas acusaciones

“Zelensky afirma en su discurso de Año Nuevo que el acuerdo de paz está listo al 90”, titulaba ayer la BBC en su noticia sobre las palabras del presidente ucraniano, que al contrario que hace una semana, no deseó la muerte a Vladimir Putin. Las palabras de Zelensky en referencia al acuerdo de paz vinieron acompañadas de los habituales matices. En primer lugar, ese 90% lleva semanas estático pese al optimismo mostrado por Kiev y Washington y las maratonianas sesiones de negociaciones que se han producido en Kiev, Moscú, Ginebra y Miami durante los últimos meses. En segundo lugar, en esos “últimos diez metros” mencionados hace un tiempo por Keith Kellogg, es donde se encuentran los aspectos más complicados de la resolución, que son también aquellos que han definido la guerra durante todo este tiempo: el territorio, la seguridad y la reconstrucción, directamente vinculada a la exigencia ucraniana y europea de recibir reparaciones por parte de Rusia.

Como era de esperar teniendo en cuenta que los activos rusos siempre han sido vistos como una forma de financiación de la guerra y no de la paz, ni Kiev ni las capitales europeas han aceptado la idea estadounidense de su uso para la reconstrucción de Ucrania. Inmovilizados hasta que la Unión Europea decida que Rusia no supone un peligro militar, político o económico, los activos rusos han dejado de ser parte de la negociación. En paralelo, y sin necesidad de ganar la guerra, prerrequisito habitual para imponer las condiciones de paz, Ucrania ha aumentado el volumen de sus exigencias de obtener reparaciones por parte de Rusia. “Nos interesa que Rusia nos dé el dinero, y que sea en concepto de reparaciones. Para nosotros, lo importante es recibir el dinero para reconstruir nuestro Estado”, escribió Zelensky después de exigir a sus aliados hacer todo lo posible por eliminar del plan de paz los 100.000 millones de dólares de dinero ruso que la propuesta de Witkoff preveía para la reconstrucción de Ucrania.

El caso de las reparaciones de guerra es representativo de las expectativas de Kiev, que gracias al apoyo que le ofrecen sus aliados, se siente fuerte para tratar de imponer unas condiciones de paz muy diferentes al resultado que se observa en el frente. “Queremos el final de la guerra, no el final de Ucrania”, afirmó Zelensky en su discurso, elevando el nivel de riesgo de la negociación y también sus exigencias. “El papel de Budapest no va a satisfacer a Ucrania. Las firmas de acuerdos débiles solo alimentan la guerra. Mi firma estará bajo un acuerdo sólido. Dada reunión, cada llamada, cada decisión es para asegurar una paz sólida para todos”, insistió. En esa negociación, el presidente ucraniano ha introducido esta semana un aspecto más.

Aunque son pocos los detalles que se conocen del acuerdo bilateral de garantías de seguridad, parece evidente que la delegación negociadora ucraniana ha conseguido ahora lo que no consiguió hace tres años, que Estados Unidos ofrezca esas garantías a Ucrania y participe directamente en ellas, dejando atrás la fase en la que Donald Trump daba a entender que tendrían que ser los países europeos los que se encargaran de la financiación y gestión de las cuestiones militares de la guerra y de la paz. “Le dije a Trump que nos gustaría mucho considerar la posibilidad de 30, 40 o 50 años. Y esa sería una decisión histórica del presidente Trump”, comentó Zelensky en una entrevista concedida a Fox News durante su viaje a Estados Unidos. Ucrania no se conforma con los 15 años que ahora ofrece Trump, y que BIden le negó en 2022, y desea estar bajo el paraguas de Estados Unidos durante décadas. Pero más allá del tiempo de duración de esas garantías de seguridad para las que Washington exige a Zelensky un sacrificio territorial que Ucrania rechaza plenamente y tiene la intención de seguir renegociando –quizá a costa de que el paso del tiempo y el avance ruso suponga que la cesión territorial sea menor-, el presidente ucraniano ha querido jugar otra carta.

Si desde 2022 la presencia de empresas estadounidenses se consideraba una garantía de que Washington no pudiera abandonar a su suerte a Ucrania y el acuerdo de extracción de minerales debía involucrar directamente a la Casa Blanca en la defensa de los recursos naturales y estratégicos, el objetivo ahora es que sean las tropas estadounidenses las que directamente protejan el frente, un nuevo escudo al que aspira el presidente ucraniano. “Estamos discutiendo con el presidente Trump y los representantes de la Coalición de Voluntarios. Esta sería una posición fuerte en garantías de seguridad”. Aunque las palabras de Zelensky apuntan a una nueva ocurrencia ucraniana con la que negociar unas mejores condiciones de posguerra, líderes como Donald Tusk han tenido en cuenta la idea un hecho consumado. “El resultado clave de los últimos días es la declaración estadounidense de disposición a participar en las garantías de seguridad para Ucrania tras un acuerdo de paz, incluida la presencia de tropas estadounidenses, por ejemplo, en la frontera o en la línea de contacto entre Ucrania y Rusia”, escribió el primer ministro polaco, uno de los grandes exponentes de la militarización masiva de lo que suele calificarse, en claro tono prebélico, de “frente oriental”.

“Nos dicen que dejemos Donbass y se acabará todo. Traducido del ruso, eso quiere decir engaño”, insistió Zelensky en su discurso, en el que añadió que “cuando Putin dice: “No vamos a atacarlos”, esa es la primera advertencia de exactamente dónde irán sus tanques y dónde volarán sus drones. Y hoy tenemos todo el derecho a decirlo claramente: Ucrania es el único escudo que separa el cómodo modo de vida de Europa del mundo ruso”. Mientras anuncia que el acuerdo de paz está prácticamente listo y el primer ministro de Polonia habla de su firma en semanas, no meses, el espectro de la gran guerra sigue siendo un argumento útil para Ucrania, los países fronterizos e incluso aquellos que, aunque más lejanos, están utilizando la guerra como elemento con el que justificar priorizar el gasto militar. En este sentido, cualquier anuncio de compra de armas o compromiso de aumento del gasto militar se presenta como una inversión en la paz, una paz armada y definida como ausencia de guerra, pero no de conflicto, base sobre la que continuar por la deriva actual.

“Los Tomahawk en manos ucranianas probarían, de hecho, solo una cosa: que no hay alternativa a la paz”, insistió Zelensky en su discurso de Año Nuevo, una noche en la que se produjeron ataques rusos con drones y misiles, pero también un bombardeo ucraniano con drones que, según las autoridades rusas, causó la muerte a 24 personas, entre ellas un niño, en un hotel en el que se celebraba el nuevo año. Guerra y paz se entremezclan en una narrativa cada vez más al margen de la realidad y que solo busca imponer una determinada visión del mundo que generalmente implica su militarización.

Defendiendo que hay que mirar “más allá de Ucrania”, el último editorial de 2025 publicado por The New York Post afirmaba que “Rusia ha apoyado a Irán durante mucho tiempo, y esta semana lanzó tres satélites para el régimen islámico. Putin respalda al régimen corrupto y narcotraficante de Nicolás Maduro en Venezuela. Un carguero ruso que se hundió frente a España el año pasado probablemente transportaba componentes nucleares a Corea del Norte”. La visión del tabloide neoyorquino coincide con la de la líder de la UE,  Kaja Kallas, que en un acto en Qatar insistió en que, incluso aunque se consiguiera un alto el fuego en Ucrania “empezaría en otro sitio”. “Solo hay dos opciones: o el mundo detiene la guerra de Rusia o Rusia arrastra al mundo a su guerra”, sentenció Zelensky, instalado definitivamente en la dinámica del riesgo de la “profecía autocumplida” que advertía el mes pasado un artículo d la think-tanker Hanna Notte publicado por Financial Times. “En noviembre, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, invocó las advertencias de los historiadores militares de que «ya hemos vivido nuestro último verano de paz». Poco después, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, profetizó que «somos el próximo objetivo de Rusia» y que «debemos estar preparados para una guerra de la misma magnitud que la que sufrieron nuestros abuelos o bisabuelos». Sir Richard Knighton, jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido, se hizo eco de estos sentimientos cuando pidió a los «hijos e hijas» de la nación que estuvieran preparados para luchar en caso de un ataque ruso contra Gran Bretaña”, escribía Notte para criticar esa postura y advertir de la posibilidad de provocar el enfrentamiento directo con Rusia que dicen estar tratando evitar.

A esas declaraciones, ejemplo de la actitud que han mantenido durante todo el último año los países europeos –reaccionando, no a la guerra de Ucrania, sino al anuncio estadounidense de abandono de su papel de paraguas de seguridad para el continente- hay que añadir las actuaciones de los países más avanzados en términos de búsqueda de conflicto con Rusia. Lituania ha afirmado estar preparada para hacer estallar los puentes que conectan su territorio con el ruso (en Kaliningrado) y bielorruso. “Los países bálticos se están preparando para la invasión rusa”, escribía una conocida cuenta de propaganda proucraniana. Barreras antitanque, construcción de trincheras, fronteras minadas o un muro de 280 kilómetros en la frontera entre Letonia y Rusia son algunas de las actuaciones previstas por los tres Estados bálticos y Finlandia ante lo que parecen presentar como un ataque que podría se inminente.

La propaganda mediática, eco de las declaraciones de los sectores más radicales de la política de esos países, contrasta con la valoración que hacen incluso sus propios servicios de inteligencia. “Lo que seguimos observando hoy en día es que Rusia no tiene actualmente ninguna intención de atacar a ninguno de los Estados bálticos ni a la OTAN en general. Hemos visto que, como resultado de nuestras respuestas, Rusia ha modificado su comportamiento tras diversos incidentes que se han producido de forma más generalizada en la región. Hasta ahora, sigue estando claro que Rusia respeta a la OTAN y que actualmente está tratando de evitar cualquier conflicto abierto”, afirma en una entrevista publicada estos días Kaupo Rosin, director general del Servicio General de Inteligencia Exterior de Estonia.

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