Una de las noticias del fin de semana es el viaje de Steve Witkoff -y se cree que también de Jared Kushner- a Europa para tratar de avanzar en el proceso político con el que el trumpismo quiere poner fin a la guerra de Ucrania por medio de su plan de 28 puntos, ahora reducido a 20, que los socios continentales de Zelensky consideran inaceptable. Según Politico, el encuentro entre Zelensky, líderes europeos como Friedrich Merz, Keir Starmer, Emmanuel Macron y el enviado de Trump, tendrá lugar mañana en Berlín. Las capitales europeas han conseguido por fin llamar la atención de Estados Unidos y hacerse imprescindibles en una negociación en la que, al igual que Estados Unidos, buscan fundamentalmente conseguir sus propios objetivos.
“Un punto conflictivo importante en las negociaciones es el destino del territorio del este de Ucrania, que Kiev se niega a ceder tras la ocupación de Moscú. Los líderes europeos se apresuran a reafirmar su relevancia en el proceso, ante la preocupación de que las propuestas de Washington se inclinen hacia Rusia y planteen exigencias a Ucrania que Zelensky no podrá aceptar”, afirma Politico, que prefiere centrarse en la cuestión territorial, obviando que los otros dos grandes temas de la negociación, las garantías de seguridad y el uso de los activos rusos retenidos en Occidente, son igual de problemáticos para los socios europeos de Zelensky.
“El problema para la paz es Rusia”, ha afirmado Kaja Kallas en una entrevista concedida este fin de semana al Corriere della Sera en la que repitió la misma idea que utilizó hace una semana en Doha, que “incluso si Ucrania recibiera garantías de seguridad, sin concesiones de la parte rusa, tendríamos otras guerras, quizás no en Ucrania, sino en otros lugares”. La estonización de la política exterior de la Unión Europea se traduce en que ya no hace falta simular que lo más importante es conseguir la paz y evitar futuros conflictos, sino que puede admitirse abiertamente que el objetivo no es proteger a Ucrania sino castigar a Rusia y derrotarla. “Una paz justa y duradera sólo llegará después de la derrota de Rusia en su guerra de agresión”, afirmó, por ejemplo, el presidente del Comité de Política Exterior del Parlamento estonio Marko Mihkelson tras su reciente viaje a Estados Unidos. Los objetivos que la Unión Europea se marcó en febrero de 2022 no solo no han cambiado, sino que actualmente lucha por hacerlos posible. La realidad del frente ha hecho imposible derrotar a Rusia en el terreno militar, por lo que la UE se ha centrado en los aspectos político y económico. En ambos casos, la pérdida relativa del control que Occidente ostentó en etapas anteriores ha permitido que Rusia reorganice su comercio y sus relaciones internacionales para sobrevivir a las sanciones. 19 paquetes de sanciones después, la UE sigue jactándose de cada nueva medida impuesta contra Rusia pese a que, como proclamó en una entrevista Scott Bessent, secretario del Tesoro de Trump, cada nuevo paquete es una admisión de que el anterior no ha funcionado.
Centrada en conseguir su objetivo de no realizar ninguna concesión geopolítica a Rusia, la Unión Europea ha tomado finalmente el camino de la amenaza y la presión no solo a Moscú, sino también a Washington. Aunque la opinión de Trump sobre la Unión Europea era perfectamente conocida y se sabía también que los países europeos son para el trumpismo un mercado en el que imponer sus productos, la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional ha supuesto todo un shock para las capitales europeas, que contraatacan ahora tratando de imponer unas condiciones que harían absolutamente inviable un acuerdo con Rusia, principal objetivo de Donald Trump.
“No creo que tengamos la clave, pero sí que tenemos muchos de los activos rusos”, afirmó hace unos días Bart De Wever, primer ministro de un país, Bélgica, que a lo largo de las dos últimas semanas ha sido calificado por los medios occidentales de “activo ruso” y al que se ha amenazado con recibir de la Unión Europea un trato similar al de Hungría. El pecado de De Wever fue exigir la colectivización de unos riesgos que la UE negaba que existieran, pero que prefería centralizar en Bélgica, sede de Euroclear, que aloja gran parte de los fondos rusos retenidos, lo que expone a Bélgica a las previsibles represalias rusas. “¿Qué tribunal va a dar la razón a Rusia?”, se quejó hace varias semanas Kaja Kallas a pesar de la ilegalidad de incautar los activos de un país al que no se ha declarado la guerra, aspecto contra la que han advertido incluso los bancos centrales. La guerra de Ucrania, principal, o quizá único, proyecto geopolítico de la Unión Europea merece el riesgo, especialmente si se confía en que los tribunales vayan a actuar de forma política, como lo han hecho en Polonia en el caso del rechazo de la petición de extradición de uno de los acusados por el atentado contra el Nord Stream.
La inesperada resistencia de Bélgica, que simplemente exige que el resto de países de la UE asuman colectivamente el riesgo, ha hecho que las autoridades comunitarias busquen una vía que esquive la posibilidad de vetos. Hasta ahora, una votación prorrogaba seis meses la incautación de esos fondos rusos retenidos. El temor a disidencias siempre ha sido exagerado, ya que pese a las críticas, países como Hungría o Eslovaquia se han limitado a retrasar medidas, pero jamás las han vetado. Sin embargo, el espectro de esa posibilidad ha aumentado especialmente desde el momento en el que se publicó el plan de Donald Trump, que alarmantemente para la UE, preveía que una parte importante de los activos rusos fueran utilizados para la reconstrucción de Ucrania y el resto, en proyectos conjuntos de Estados Unidos y Rusia. En la práctica, ese uso supondría una forma de reparaciones de guerra a Ucrania tal y como la UE lleva tres años exigiendo. Sin embargo, el hecho de que esos fondos pudieran ser utilizados para la paz y no para la guerra o militarización posterior fue un signo de alarma exacerbado por la posibilidad de su uso para recuperar las relaciones económicas entre Moscú y Washington, algo percibido como una traición a Ucrania y a la UE.
El camino para incautarse de facto de los fondos y ponerlos en manos de Ucrania para sus necesidades militares en forma un “préstamo de reparación” garantizado por los activos rusos -y que no es ni préstamo, ya que Ucrania no va a devolverlo, ni de reparación, ya que se utilizaría para la guerra, no para la paz- no ha terminado todavía y tendrá que superar diferentes barreras. La fecha decisiva es la próxima cumbre de la Comisión Europea, que se celebrará el 18-19 de diciembre. Sin embargo, la UE ha dado un paso decisivo en el uso de esos activos como su herramienta de veto en su intento de reinsertarse con poder de decisión en las negociaciones entre Estados Unidos y Ucrania.
“En octubre”, escribió António Costa, “los líderes de la UE se comprometieron a mantener inmovilizados los activos rusos hasta que Rusia ponga fin a su guerra de agresión contra Ucrania y compense los daños causados. Hoy cumplimos con ese compromiso. Próximo paso: asegurar las necesidades financieras de Ucrania para 2026-27”. Su mensaje se debía a la aprobación por mayoría -sin requerir la unanimidad que generalmente rige las decisiones del bloque- y con el rechazo solo de Hungría y Eslovaquia de la inmovilización de los activos rusos. De esta forma, la UE evita tener que votar cada seis meses y exponerse al peligro de un veto que obligue a los diferentes países a devolver a Rusia el acceso a sus fondos.
“Acojo con satisfacción la decisión del Consejo sobre nuestra propuesta de continuar la inmovilización de los activos soberanos rusos. Estamos enviando una fuerte señal a Rusia: mientras continúe esta brutal guerra de agresión, los costos para Rusia seguirán aumentando. Este es un mensaje poderoso para Ucrania: Queremos asegurarnos de que nuestro valiente vecino sea aún más fuerte en el campo de batalla y en la mesa de negociaciones”, escribió Úrsula von der Leyen. Ucrania será más fuerte, o esa es la esperanza de la UE, gracias a las armas que pueda seguir adquiriendo para la guerra o la militarización posterior y la UE será más fuerte en sus negociaciones con Estados Unidos. Con su actuación, la UE elimina los fondos rusos de la mesa de negociación y exige a Rusia otro tipo de reparaciones de guerra en cuya determinación quiere tener algo que decir.
“La UE acaba de decidir inmovilizar indefinidamente los activos rusos. Esto garantiza que hasta 210.000 millones de euros de fondos rusos permanezcan en suelo de la UE, a menos que Rusia pague completamente las reparaciones a Ucrania por el daño que ha causado. Seguimos aumentando la presión sobre Rusia hasta que tome en serio las negociaciones. El Consejo Europeo de la próxima semana será crucial para asegurar las necesidades financieras de Ucrania para los próximos años”, ha escrito Kallas, dejando claro el objetivo de financiar dos años más de sostenimiento del Estado ucraniano para mantener la guerra. Pero quizá el mensaje más significativo es el publicado por Kira Rudik, diputada por el partido nacional-liberal Holos, que escribió que “el Consejo Europeo ha decidido prohibir la devolución de activos rusos a Rusia. Esto los eliminaría del grupo de negociación con Rusia”.
En su intento de hacerse importante en la negociación, la Unión Europea ha planteado las tres condiciones según las cuales devolvería a Rusia el control de los 210.000 millones de dólares de activos rusos que mantiene retenidos: “que Rusia cese su guerra de agresión contra Ucrania; que Rusia entregue reparaciones de guerra en la cantidad necesaria para permitir la reconstrucción sin consecuencias económicas o financieras adversas para la Unión y que las acciones rusas en el contexto de la guerra de agresión contra Ucrania hayan dejado objetivamente de suponer un serio riesgo de dificultades para la economía de la Unión o sus Estados miembro”. En otras palabras, la UE exige unas reparaciones de guerra a su medida y que garanticen que las empresas europeas puedan hacer negocio, pero que los Estados no tengan que aportar fondos para la reconstrucción -como sí exigía el plan de 28 puntos de Trump, en el que solo Estados Unidos hacía negocio- y se reserva la decisión de determinar el momento en el que Rusia haya dejado de ser un peligro económico.
El arma económica siempre ha sido la herramienta más clara a disposición de la Unión Europea en su objetivo de derrotar a Rusia, un sueño al que las capitales europeas no han renunciado y que ahora mismo pasa por dificultar al máximo el avance de la negociación de un acuerdo de paz que les condenaría a costear una parte de la reconstrucción de Ucrania y, lo que parecen ver como aún más humillante, a readmitir a Rusia en las relaciones internacionales occidentales como un país más. Mientras Rusia, Ucrania y Estados Unidos, cada actor a su manera y según sus intereses, hablan de paz, la UE da un paso hacia financiar dos años más de guerra y se garantiza que no pueda haber acuerdo en uno de los tres temas principales de la negociación.
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