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Corrupción y control externo

El círculo sigue cerrándose alrededor de Zelensky, presionado por enemigos y aliados y sin poder contar ya con Andriy Ermak, una figura extremadamente dura, intransigente y percibida como abiertamente autoritaria, pero que servía al presidente de Ucrania de escudo contra ese tipo de críticas. El motivo por el que Ermak era tan importante para Volodymyr Zelensky es precisamente ese, la forma de desviar la atención de la actuación a la persona. Cualquier mínimo análisis de la actuación de Zelensky muestra que a lo largo de estos seis años de mandato, Andriy Ermak no ha sido una figura independiente, sino la extensión del presidente. Desde la Oficina del Presidente, un puesto de nombramiento directo sin necesidad de ser aprobado por la Rada -aunque en este caso nunca habría sido un problema, ya que el legislativo ucraniano ha actuado de mecanismo de ratificación de las decisiones de Zelensky desde su llegada al poder hasta la actualidad-, Ermak ha sido la persona que, con la capacidad ejecutiva que le otorgaba su cercanía al jefe de Estado, ha podido actuar de vicepresidente de facto, negociador, diplomático y barrera para llegar al presidente.

La importancia de Ermak para Zelensky puede medirse en el intento del presidente de rescatar a su mano derecha en el momento en el que comenzaba a quedar claro que el cerco se estrechaba a su alrededor. Incluso cuando se había difundido ya el alias de Ali Baba con el que Ermak aparecía en el caso Midas, con el que el entorno de Zelensky habría saqueado cien millones de dólares de la empresa pública de energía atómica, el presidente quiso proteger a su mano derecha nombrándole jefe de la delegación ucraniana en la negociación con Estados Unidos. Pero mucho antes, en verano, Zelensky fracasó en su intento de poner las estructuras anticorrupción al servicio de la Fiscalía, es decir, del Gobierno, que a día de hoy está centralizado en la Oficina del Presidente, entonces dirigida por su segundo de a bordo, Andriy Ermak.

“Ermak es Zelensky”, comentó el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski el día en el que la situación se hizo insostenible y Zelensky se vio obligado a sacrificar a su mano derecha y chivo expiatorio que había ejercido de saco de los golpes para protegerle. Sin Ermak, ahora todos los artículos que tratan la cuestión de la corrupción apuntan de forma mucho más directa al presidente. La operación Midas no ha sido la primera causa de corrupción que derriba a altos cargos del Gobierno de Zelensky en los últimos tres años -Oleksiy Reznikov perdió su puesto de ministro de Defensa por una investigación sobre los sobrecostes e irregularidades en las facturas del suministro de alimentación de las tropas-, pero sí ha sido el más grave, no solo por la magnitud, sino por la certeza de que gran parte de la trama está formada por el círculo personal del presidente.

 “Cuando las tropas rusas invadieron Ucrania, los aliados occidentales de Kiev se enfrentaron a un dilema: cómo gastar miles de millones en apoyar a un gobierno que luchaba contra Rusia sin ver cómo el dinero desaparecía en los bolsillos de gestores y funcionarios corruptos. Había mucho en juego, ya que las industrias vitales para Ucrania en tiempos de guerra —distribución de energía, compra de armas y energía nuclear— estaban controladas por empresas estatales que durante mucho tiempo habían servido como huchas para la élite del país. Para proteger su dinero, Estados Unidos y las naciones europeas insistieron en la supervisión. Exigieron a Ucrania que permitiera a grupos de expertos externos, conocidos como consejos de supervisión, controlar el gasto, nombrar a los ejecutivos y prevenir la corrupción. Según una investigación de The New York Times, durante los últimos cuatro años, el Gobierno ucraniano saboteó sistemáticamente esa supervisión, permitiendo que floreciera la corrupción”, afirma un durísimo artículo publicado este fin de semana por el diario neoyorquino. Las acusaciones ya no están dirigidas a personas cercanas a Zelensky, sino a su Gobierno e incluso a su persona. En el momento políticamente más comprometido de su mandato, el presidente ucraniano ha perdido a su mano derecha y también la protección que durante los últimos tres años le había proporcionado la prensa.

“Estas revelaciones significan, en esencia, que es seguro que grandes cantidades de cualquier «préstamo de reparaciones» a Ucrania acabarán siendo robadas por las élites favorecidas por Zelensky. Malas noticias para Europa, pero aún peores para los soldados ucranianos que dependen de que sus oficiales estatales utilicen el dinero para combatir a Rusia”, comentó Kevin Rothrock, uno de los más conocidos comentaristas de Meduza, un medio opositor ruso que opera desde los países bálticos. “Que la corrupción post-Maidan (especialmente la relacionada con la guerra) solo esté saliendo a la luz pública en el undécimo año de guerra es una crítica para los medios de comunicación occidentales y las comunidades de expertos, que se han obstinado en ignorar los problemas centrales de este conflicto en el lado ucraniano: la corrupción rampante, las fuerzas del orden con apariencia de estado mafioso, la captura del discurso político por la extrema derecha y el auge de ejércitos privados camuflados como batallones voluntarios”, añadió Leonid Ragozin, periodista opositor ruso independiente y que se desmarca cada vez más del discurso occidental oficial sobre Ucrania.

Sin embargo, las revelaciones muestran algo más que está siendo pasado por alto. Durante los años posteriores a la victoria de Maidan, cuando solo eran los medios alternativos los que calificaban como guerra proxy el conflicto ucraniano, entonces con la confrontación militar limitada a Donbass, tanto desde Rusia como desde los sectores opositores al nuevo régimen, que entonces mantenían aún cierta presencia mediática, se criticaba algo que se conocía como “control externo”.

Situada entre dos potencias políticas -la Unión Europea y la Federación Rusa- con aspiraciones a mantener al país bajo su esfera de influencia, Ucrania siempre ha contado con una cierta división entre quienes miraban al este y quienes únicamente aspiraban a avanzar hacia el oeste. Como Estado formado por provincias de habla rusa y otras de habla ucraniana, la cuestión de la lengua, que generalmente acarrea unas ciertas referencias culturales y sociales, había estado en el centro del debate político especialmente durante mandatos de vocación nacionalista como el de Viktor Yuschenko. La victoria de Maidan, con un cambio de régimen rechazado por parte de la población, creaba para la Unión Europea el riesgo de padecer una situación similar. La Revolución Naranja fue consciente de que carecía de la hegemonía para acabar con el bando opositor, entonces encabezado por Yanukovich y con gran poder económico en el este del país. El acuerdo político alcanzado permitió al Partido de las Regiones preservar su feudo de Donbass, le dio presencia parlamentaria y gracias a la pésima gestión de la administración Yuschenko, la victoria en los siguientes comicios presidenciales. El juego comenzó de nuevo, con un intento nacionalista de hacer percibir como fraudulentos los resultados electorales que dieron a Yanukovich una victoria previsible teniendo en cuenta la percepción de la actuación de Yushchenko, su enfrentamiento con Timoshenko y la mala situación económica.

Evitar que el resultado revolucionario pudiera ser revertido por la mala gestión del Gobierno de Maidan en unas futuras elecciones fue una prioridad desde el primer momento. De ahí que desde febrero de 2014 comenzara a utilizarse todo el repertorio de herramientas oficiales y extraoficiales para impedir la presencia política de todos aquellos sectores considerados contrarios al nuevo régimen, desde partidos y movimientos de izquierdas, socialistas, comunistas -aunque no anarquistas, que en general han actuado de la mano del nacionalismo- y todo aquello que pudiera ser entendido como vinculado a Rusia o prorruso, adjetivo utilizado para definir a quienes no se adhirieran a los postulados nacionalistas que iban a marcar el nuevo régimen.

Quizá por la experiencia de años atrás o simplemente para garantizar el éxito, los países occidentales comenzaron a crear organismos, instituciones y afiliaciones con las que asegurar que el camino que siguiera Ucrania fuera exactamente el previsto. No era suficiente que los diferentes países occidentales tuvieran a su candidato preferido -Yatseniuk era el de Estados Unidos, mientras que Klitschko era el de Alemania- o que las inteligencias civil y militar se reconstruyeran de la mano de la CIA y el MI6, sino que había que garantizar una presencia estable en las estructuras más importantes del país, el control externo que entonces solo se denunciaba desde Rusia, pero que a lo largo de los años ha quedado claro que existía. Así se puso de manifiesto en verano, cuando fueron las llamadas al orden por parte de Úrsula von der Leyen y otros altos cargos de la UE cuando Zelensky retiró su legislación para tratar de controlar las instituciones anticorrupción y ordenó a sus diputados votar una ley que contradecía completamente la que les había hecho aprobar apenas unos días antes. Eso que entonces se presentó como una victoria contra la corrupción era en realidad una derrota de Ucrania frente al control externo que ejerce la Unión Europea desde 2014 y que ha aumentado aún más desde 2022, momento en el que la financiación europea comenzó a ser existencial para el Estado de Ucrania.

Aunque su foco es la corrupción, el artículo de The New York Times muestra el funcionamiento de esas estructuras de control dentro del Estado. “La administración del presidente Volodymyr Zelensky ha llenado los consejos de personas leales, ha dejado puestos vacíos o ha impedido su creación. Los líderes de Kiev incluso reescribieron los estatutos de las empresas para limitar la supervisión, manteniendo el control del gobierno y permitiendo que se gastaran cientos de millones de dólares sin que nadie de fuera se entrometiera”, afirma el artículo en referencia a los consejos de supervisión, de los que insiste en que “desempeñan una función de control esencial, ya que permiten a expertos independientes, normalmente de otros países, examinar las decisiones importantes que se toman dentro de las empresas estatales ucranianas”. “El principio es que los expertos independientes siempre prevalecerán sobre los intereses del gobierno”, sentencia con una frase que, en realidad, no solo afirma que las personas procedentes de la UE son más de fiar que las ucranianas, sino que el sistema está pensado para priorizar los intereses del control externo. El artículo no se pregunta en ningún momento qué es de la soberanía ucraniana que tanto se defiende en lo que respecta a Rusia.

El punto de partida del artículo es el reciente escándalo en Energoatom. “La injerencia política en el consejo de supervisión de Energoatom es un ejemplo claro de cómo los líderes de Ucrania han bloqueado los esfuerzos para prevenir la corrupción. La administración de Zelensky retrasó la formación del consejo de Energoatom y, cuando finalmente se constituyó, el Gobierno dejó un puesto vacío, lo que impidió la capacidad de actuación del consejo”, explica The New York Times, que alega que, de haber funcionado de forma normal, ese consejo habría evitado la actual trama de corrupción que asola al entorno de Zelensky. El artículo acusa al Gobierno de actuar de la misma forma en otras empresas, como Ukrenergo, la principal empresa pública de energía. “La junta directiva de Ukrenergo está compuesta por siete personas que supervisan los proyectos importantes y los nombramientos ejecutivos. El Gobierno elige a los miembros del consejo de supervisión, pero cuatro de ellos son extranjeros seleccionados de una lista elaborada por la Unión Europea y los bancos occidentales. Los otros tres puestos corresponden a representantes del Gobierno ucraniano”, escribe, dejando claro qué intereses son los prioritarios. “A finales de 2021, el mandato de la junta directiva de Ukrenergo estaba llegando a su fin. Oficiales europeos y ucranianos comenzaron a reunirse para considerar nuevos miembros. Según los funcionarios europeos, en ese momento no se dieron cuenta, pero ahora creen que el Gobierno ucraniano se hizo con el control de esa junta y, al hacerlo, estableció una estrategia para utilizar con otras empresas”, añade The New York Times, que ve corrupción en el nombramiento de un nacional polaco que no se encontraba en la lista de la UE y que acabó votando con las personas que representaban al Gobierno ucraniano en lugar de con los banqueros extranjeros.

Sin embargo, la corrupción no se limita a Energoatom o Ukrenergo, sino que se da por hecho que está presente de forma masiva en todas las empresas públicas, utilizadas por las élites como feudos presupuestarios, todo ello bajo la mirada complaciente de la Unión Europea. “Los líderes europeos han criticado en privado, pero han tolerado a regañadientes, la corrupción ucraniana durante años, argumentando que apoyar la lucha contra la invasión de Rusia era primordial. Así, incluso cuando Ucrania socavó la supervisión externa, el dinero europeo siguió fluyendo. «Nos importa la buena gobernanza, pero tenemos que aceptar ese riesgo», afirmó Christian Syse, enviado especial a Ucrania de Noruega, uno de los principales donantes de Kiev. Añadió: «Porque es la guerra. Porque nos interesa ayudar económicamente a Ucrania. Porque Ucrania está defendiendo a Europa de los ataques rusos»”, escribe The New York Times, apelando a una fuente que insiste en la falacia de que Ucrania está defendiendo al continente. El control externo es también conocer la corrupción y permitirla mientras el país cumpla con su principal función de herramienta contra Rusia.

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