“Lo que decidamos ahora determinará el futuro de Europa: la particular vulnerabilidad de Bélgica en la cuestión de la utilización de los activos rusos congelados es innegable y debe abordarse de tal manera que todos los estados europeos corran el mismo riesgo”, escribió ayer en las redes sociales Friedrich Merz, encargado de visitar al primer ministro belga para convencerle (u obligarle) a aceptar la idea del famoso préstamo de reconstrucción, la treta de legalidad creativa con la que los países europeos quieren hacerse con el control de los activos rusos retenidos en la Unión Europea. La negativa de Bélgica, el país claramente más expuesto a la previsible litigación rusa, a aceptar unilateralmente un riesgo que la Unión Europa sigue afirmando falsamente que no existe, había puesto contra las cuerdas lo que Financial Times ha calificado de “intento desesperado por mantener la solvencia de Ucrania utilizando la riqueza inmovilizada de Moscú”. “Europa agota los trucos legales sobre los activos rusos congelados”, titulaba el medio, que no escondía la alarma que a día de hoy existe en los países europeos, que trabajan a contrarreloj.
El mensaje del canciller alemán se producía horas después de su visita a Bruselas, aunque Merz ha preferido enmarcar su argumento, no tanto en las necesidades económicas de Ucrania, como en la necesidad común de utilizar esos fondos para garantizar la seguridad. “Rusia se prepara militarmente para un conflicto con Occidente y amenaza la libertad y la seguridad europeas. Está en nuestras manos enviar una señal inequívoca a Moscú”, afirmaba el texto de Frankfurter Allgemeine reposteado por Merz con su enésima apelación a lograr la expropiación de facto de los fondos rusos retenidos. “El problema es que Rusia tiene un ejército muy grande, su presupuesto militar es inmenso y lo querrá utilizar en el futuro, sea en Ucrania o en otro sitio”, afirmó, en la misma línea una sonriente Kaja Kallas en su intervención en el Foro de Doha, donde insistió en el discurso europeo de mantener la presión -y la batalla- hasta que Ucrania pueda conseguir sus objetivos y posiblemente los de la Unión Europea. La presión, por lo tanto, ha de dirigirse contra “el agresor”, ya que ”si la agresión se premia, ocurrirá otra vez”. “Y no solo en Ucrania o en Gaza, sino por todo el mundo, porque se vería que se premia la agresión. Por eso tenemos tantas guerras ahora mismo y el derecho internacional está tan amenazado”, sentenció la satisfecha Kallas, exprimera ministra de Estonia, un país con poder militar insignificante, pero que eligió participar en la invasión de Irak como forma de acercarse a Estados Unidos.
Rechazando nuevamente la idea de presionar a Ucrania en busca de concesiones para lograr la paz, Kallas afirmó que “vale, damos garantías de seguridad, pero si se para ahí, comenzará en otra parte”. Su discurso, como el de Merz, implica ver a Ucrania tal y como Volodymyr Zelensky la ha presentado en tantas ocasiones, como herramienta para entretener a Rusia mientras los países occidentales se rearman para un ataque que sería prácticamente inevitable en caso de derrota ucraniana. Los equilibrios militares, el coste que supondría y el evidente riesgo de encontrarse rápidamente en el escenario nuclear que Vladimir Putin -un hombre marcado por la educación que recibió en la infancia en un país, la Unión Soviética, que utilizó las imágenes de Hiroshima y Nagasaki para mostrar por qué ese escenario no debía repetirse jamás- pretende evitar a toda costa hacen impensable el ataque contra la Unión Europea que Alemania, Polonia y los países bálticos y escandinavos llevan tiempo presentando como terapia de choque a favor de la militarización.
No es casualidad que el giro militarista de la Unión Europea coincidiera con cambios políticos y no con cambios militares. Habían pasado tres años desde la invasión rusa, las tropas de Moscú no habían logrado salir de Donbass, Ucrania mantenía aún presencia en Kursk y nada indicaba que fuera a producirse ningún cambio en el aspecto militar de la guerra. El detonante del rearme y de la política informativa de exagerar el peligro ruso contra Ucrania y el continente europeo en general no fue ninguna ruptura del frente, sino el discurso de Pete Hegseth ante los ministros de Defensa de los países miembros de la OTAN. La causa del cambio de rumbo de la Unión Europea en materia de seguridad no fue la amenaza de un enemigo, Rusia, sino de un aliado, Estados Unidos, que por primera vez pronunciaba de forma clara que Europa ha dejado de ser una prioridad para Washington, que los países europeos han de encargarse de la seguridad del continente y del coste de la guerra y que la voluntad de Trump de financiar la aventura ucraniana hasta el infinito simplemente no existía.
Merz o Kallas pueden continuar argumentando que la financiación de armas para Ucrania responde a una estrategia de seguridad continental, aunque la realidad es siempre mucho más prosaica. La financiación que los países europeos tratan de obtener haciéndose con los fondos rusos retenidos en diferentes países no busca defender a Europa, sino garantizar el statu quo ante la retirada económica de Estados Unidos de la guerra real actual, no las necesidades de una guerra futura que, por el momento, es totalmente imaginaria. Preguntada por la capacidad de presión de la Unión Europea contra Rusia, Kaja Kallas respondió a la moderadora del debate, Christian Amanpour, que “tenemos herramientas de presión y son económicas. Las guerras también acaban cuando el agresor se queda sin dinero para financiar esta guerra”. “¿Y lo veis”?, insistió, con tono de sorpresa, Amanpour. “Sí”, respondió con la confianza de disponer de su plan de dos puntos, Kaja Kallas. “lo vemos”. La encargada de la diplomacia comunitaria se jactó de los altos tipos de interés rusos y de la reducción de los ingresos derivados del precio del petróleo y de cómo “las sanciones a la flota fantasma les están golpeando duro”. 19 paquetes de sanciones después, la UE prepara el siguiente, demostrando tanto que sus medidas no han conseguido el objetivo como que no hay más ideas que seguir repitiendo lo mismo esperando un resultado diferente. Finalmente, Kallas se centró en el intento de utilizar los fondos rusos a favor de Ucrania. “Somos 27 democracias y lleva tiempo conseguir las cosas”, afirmó en referencia a la postura belga antes de insistir en que las conversaciones continúan. Prosigue también el intento de demonizar a Bélgica con titulares como el de Politico, que el jueves calificaba al país de “activo ruso” para promocionar su artículo, “Cómo Bélgica entregó a Putin una victoria inesperada”.
“¿Por qué es tan importante?”, trató de explicar Kallas. “Para demostrar que [la agresión] no se recompensa”, continuó para ofrecer ejemplos “de esta parte del mundo”. Evidentemente, Kallas no utilizó la agresión estadounidense contra Irak, sino el ataque de Irak contra Kuwait. Lo hizo antes de recuperar la idea de que las agresiones terminan cuando el agresor se queda sin dinero. “Por cierto, Rusia acabó la guerra en Afganistán cuando se quedó sin dinero”, sentenció. Como muestra al detalle Diego Córdovez, el diplomático ecuatoriano que medió durante años en la negociación para la retirada soviética -no rusa- de Afganistán, la motivación soviética siempre fue política y su intento de retirada precede en varios años a la llegada al poder de Gorbachov y al empeoramiento económico de los últimos años de la URSS. Es más, Moscú siguió financiando al ejército afgano y al Gobierno de Najibullah, que sobrevivió a la retirada soviética e incluso a la caída de la URSS, pero que cayó cuando Boris Yeltsin, años después de la retirada rusa, cesó la financiación.
Los comentarios de Kallas, que parece seguir soñando con que esta guerra tenga un resultado parecido a la de Afganistán, la disolución del país, son inequívocos: los fondos rusos han de servir para derrotar a Rusia, algo que la UE se planteó como objetivo estratégico en febrero de 2024. Sin embargo, tres años y medio de financiación continua, movilización masiva de recursos militares y un apoyo ininterrumpido y sin precedentes en una guerra proxy dejan claro que los deseos de Kallas difieren notablemente de la realidad. La necesidad europea de hacerse con los activos rusos responde a la falta de financiación estadounidense y a las dificultades de financiar eternamente la guerra a costa de los presupuestos nacionales. A ello hay que añadir un detalle más. Disconformes con la fórmula elegida por Estados Unidos para lograr un acuerdo -paz y garantías de seguridad para Ucrania a cambio de territorios y la readmisión de Rusia como un país más en las relaciones internacionales de Occidente-, la Unión Europea busca la forma de obstaculizar el proceso. Apartadas de las negociaciones, las capitales europeas ven con inquietud que las conversaciones entre Steve Witkoff y Rustem Umerov se prolonguen durante tres días en los que no ha trascendido nada, pero que dejan claro que von der Leyen, Macron, Starmer y Merz no han logrado detener el proceso como sí lo hicieron el pasado mes de agosto, cuando una visita a Washington detuvo el “entendimiento” de Trump y Putin supuestamente alcanzado en Alaska.
“Ucrania se encuentra en un momento crítico. Rusia está intensificando sus ataques y las necesidades de financiación de Ucrania están creciendo. Proponemos dos soluciones, incluido un préstamo de reparaciones utilizando activos rusos inmovilizados, como salvaguardias para que los países de la UE aumenten el coste de guerra de Rusia e impongan la paz”, escribía ayer la Comisión Europea. Ucrania no necesita paz, necesita financiación para continuar la guerra. Los países de la UE son conscientes de que la expropiación de facto de los activos rusos para su uso militar supondría un paso destacado para lograr que Rusia rechazara un acuerdo con Occidente. Teniendo en cuenta la postura de Estados Unidos, parece que también Washington es consciente de ello. “Según diplomáticos europeos familiarizados con el asunto, Estados Unidos presionó a varios países de la Unión Europea con el fin de bloquear los planes de la UE de utilizar los activos congelados del banco central ruso para respaldar un préstamo masivo a Ucrania. Los oficiales estadounidenses argumentaron ante los Estados miembros que los activos son necesarios para ayudar a garantizar un acuerdo de paz entre Kiev y Moscú y que no deben utilizarse para prolongar la guerra”, afirmaba el viernes Bloomberg.
La disputa radica en cuál ha de ser el uso de esos activos: como parte de la paz o parte de la guerra. “Rusia podría aceptar utilizar 300.000 millones de dólares de activos soberanos congelados en Europa para la reconstrucción de Ucrania, pero insistirá en que parte del dinero se destine a la quinta parte del país que controlan las fuerzas de Moscú”, escribía Reuters en una exclusiva en la que se citaba a fuentes rusas y que se publicó el 21 de febrero de 2025, tres días después de la primera reunión entre Estados Unidos y Rusia. Desde ese momento, la UE ha sido consciente de que Rusia no solo ha dado por perdidos esos fondos, sino que está dispuesta a ponerlos sobre la mesa para su uso en la principal necesidad de Ucrania, la reconstrucción. La noticia pasó totalmente desapercibida, posiblemente porque para la UE la reconstrucción es una preocupación del futuro, no del presente, cuando toda la financiación ha de ser empleada en armas para la guerra o para la militarización del día después del alto el fuego.
“Rusia ha renunciado informalmente a recuperar el acceso a 280.000 millones de dólares en activos que fueron congelados por los países occidentales al comienzo de la invasión a gran escala de Ucrania, y está preparada para llegar a un acuerdo sobre el tema como parte de un acuerdo de paz negociado por Estados Unidos, dijeron a Faridaily esta semana dos fuentes de alto nivel en Moscú”, escribía ayer, presentando la información como exclusiva, la periodista Farida Rustamova. Esta es la causa por la que hayan vuelto las prisas a la UE, que trata de evitar a toda costa que los activos rusos sean utilizados para algo, la paz, para lo que no estaban destinados.
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