Ayer, en uno más de los muchos intercambios similares que se han realizado, Rusia y Ucrania intercambiaron cuerpos de soldados caídos en el frente. Ucrania entregó a la Federación Rusa los restos de 30 soldados, mientras que Moscú entregó a Kiev 1000. Esta diferencia es un ejemplo de la actual dinámica tanto militar como política. Al contrario que en 2022, cuando eran más los cuerpos de soldados rusos entregados, se ha consolidado un notable desequilibrio entre la cantidad de cuerpos que Rusia entrega y los que recibe. El dato actual no es una excepción sino la norma. Aunque desde el lado ucraniano se argumenta que el desequilibrio no puede entenderse como una muestra de mayor cantidad de bajas por parte de Ucrania, sino que representa todo lo contrario -los soldados rusos mueren en su lado del frente, ya que tratan de avanzar sobre territorio ucraniano y mueren en el intento-, esa explicación deja de tener sentido desde el momento en el que el frente se mueve, como ocurre ahora, en dirección favorable a Rusia. Los datos son también la negación de otro dogma de esta guerra, la acusación de que Rusia abandona los cadáveres de sus soldados en el frente.
Rusia avanza y es capaz de recuperar los cadáveres de sus soldados y los dejados atrás por las Fuerzas Armadas de Ucrania, que pese a los partes de guerra del comando ucraniano, cada vez más alejados de la realidad, pierde territorio en varias zonas del frente, en algunos casos a una velocidad que ha causado alarma. “El frente está colapsando”, escribió la semana pasada el exlíder del Praviy Sektor en Odessa, ahora activista y figura política en alza, Serhiy Sternenko. La declaración causó cierta sensación en las redes sociales, tanto por contrastar con el todo se encuentra bajo control de Oleksandr Syrsky, como por el cambio con respecto a sus declaraciones pasadas. El miércoles, Clement Molin, cuyo seguimiento diario de la dinámica del frente es considerado preciso -tanto como lo permite la naturaleza de la actual guerra, en la que la batalla de drones ha limitado la lucha de trincheras y ha hecho más fluida la línea de separación-, daba por capturada la localidad de Pokrovsk (Krasnoarmeisk en los partes de guerra rusos), la calificaba como el mayor éxito de Rusia desde la toma de Bajmut (Artyomovsk) y anunciaba que la lucha se encuentra ahora en la cercana ciudad de Mirnograd (Dimitrov).
Sentenciado el destino de la batalla por Pokrovsk, donde pese a la arrogancia ucraniana sobre su capacidad de desarrollar drones y mejor calidad de infantería, Rusia le ha superado tanto en el aire como en táctica, la principal preocupación de Kiev hace tiempo que dejó de ser esa aglomeración urbana. “Los bastiones urbanos de Seversk y Guliaipole, que han resistido durante tres años, ahora se encuentran amenazados”, añadía Molin en referencia a los dos sectores del frente que actualmente preocupan a Ucrania y sus aliados. Ambas localidades son importantes por lo que representan. El primer caso, Seversk, el frente sin duda más gafado para Rusia, muestra el intento de las tropas de Moscú de avanzar hacia Slavyansk-Kramatorsk, la que se prevé como batalla definitiva por el control de Donetsk, por el norte. La segunda, Guliaipole, situada al sur de Pokrovsk, en la región de Zaporozhie, es el indicador de la amenaza rusa de tratar de avanzar hacia la capital regional. La ciudad ejerce de barrera para aislar del peligro a la ciudad de Zaporozhie, seguridad que desaparecería de forma prácticamente automática en caso de peligrar el control de Guliaipole.
La dinámica del frente y de la retaguardia es clara y se manifiesta tanto en los avances y retrocesos militares como en la relación que mantienen Kiev y Moscú, cuyas conversaciones, generalmente mediadas por terceros países, nunca han desaparecido completamente, aunque hoy en día se limitan a cuestiones humanitarias tan básicas como el intercambio de prisioneros -carne de cañón que enviar al frente- y restos mortales de soldados caídos y el retorno de niños a sus familias al otro lado. Pese al anuncio de Zelensky de reanudación de la diplomacia apenas una semana después de que Ucrania la diera por suspendida, ese sigue siendo el estado de las negociaciones directas en este momento en el que ha vuelto a saltar la sorpresa. Con su estilo habitualmente tosco y en ocasiones carente de sentido, el trumpismo vuelve a intentar remover la diplomacia en busca de una resolución que la parte ucraniana está viendo como una exigencia de capitulación.
“El plan de 28 puntos de Trump exige que Rusia obtenga el control total de facto de Lugansk y Donetsk (conocidas conjuntamente como Donbás), a pesar de que Ucrania sigue controlando alrededor del 14,5% del territorio, según el último análisis del Institute for the Study of War. A pesar de estar bajo control ruso, las zonas de Donbás de las que se retiraría Ucrania se considerarían una zona desmilitarizada, en la que Rusia no podría desplegar tropas. En otras dos regiones devastadas por la guerra, Jersón y Zaporozhie, las líneas de control actuales se mantendrían en su mayoría congeladas, y Rusia devolvería algunos territorios, sujeto a negociaciones”, escribe Axios en referencia al nuevo intento de diseñar un plan de “territorio por garantías de seguridad” que ambos países en conflicto tengan que aceptar. El dato dado por el think-tank neocon indica una seria posibilidad de que Rusia pueda obtener por la vía militar su exigencia de controlar todo Donbass. Según el Institute for the Study of War, Rusia controlaría ya el 85,5% de Donetsk y Lugansk, lejos de la derrota estratégica que los aliados más desenfrenados de Ucrania quieren ver en la situación, que muestra con claridad que solo Moscú está en condiciones de conseguir sus objetivos. De ahí que los intentos de lobistas proucranianos o medios afines, que tratan de presentar a Putin como un hombre contra las cuerdas, sean ahora simples ejercicios de propaganda.
Claro ejemplo de ello es lo escrito por el medio bieloruso de tendencia propolaca Nexta, que escribía el miércoles que “Putin ve el fin de la guerra como una amenaza a su propio poder”. En referencia a un artículo publicado por The Wall Street Journal, añadía que “según la inteligencia estadounidense, el Kremlin no puede explicar a los rusos las enormes pérdidas y los gastos, por lo que intenta prolongar la guerra lo máximo posible. Cualquier negociación supone un riesgo para Putin. El economista Anders Åslund sostiene que Rusia ya no busca ganar. Una guerra prolongada le beneficia. Si la guerra termina, dos millones de veteranos —entre ellos convictos y prisioneros movilizados a quienes se les prometió la libertad— volverán a casa. Y todos se harán la misma pregunta: ¿para qué sirvió todo esto? El Kremlin no tiene una respuesta convincente. El historiador Mark Galeotti añade que Putin está atrapado entre el miedo y la incertidumbre, y que las iniciativas de paz propuestas por Trump no hacen más que aumentar la presión sobre él. Putin ignoró una regla de oro: no inicies una guerra que no puedas ganar. El Kremlin puede intentar proclamar la victoria ocupando una u otra región de Ucrania, pero eso no será suficiente. Los supuestos objetivos de la “operación militar especial” —la “desmilitarización”, la reducción del ejército y la prevención de la adhesión de Ucrania a la OTAN— son sencillamente inalcanzables. Y el Kremlin, sin duda, lo sabe”. Es evidente que Moscú es consciente de que no va a lograr la victoria completa con la que ingenuamente pudo haber soñado en 2022. Sin embargo, si el punto de partida de las negociaciones es el que afirma Axios, que incluso añade el increíble detalle de que Estados Unidos y los países europeos reconocerían la pérdida de Crimea y Donbass, Rusia aspiraría a unas condiciones más favorables que las presentadas por Witkoff la pasada primavera en lo que se presentó como “propuesta final de Estados Unidos”. El tiempo, la resiliencia pese a las sanciones y los progresos en el frente ponen a Rusia en una situación menos vulnerable que a Ucrania, asediada por los problemas económicos, militares y políticos.
Sin embargo, Kiev cuenta con un activo imprescindible, la asistencia de la Unión Europea y el Reino Unido. Como ayer recogía Reuters, Londres ya ha rechazado la propuesta filtrada por los medios como oferta de Steve Witkoff -y sobre la que Trump aún no se ha pronunciado, dejando en el aire si se trata de una iniciativa conjunta o simplemente de una serie de ideas sobre las que se está trabajando- y exige una paz en la que Ucrania obtenga sus exigencias. De la misma forma, Kaja Kallas declaraba ayer que la Unión Europea aprecia los esfuerzos de Donald Trump y anunciaba que Bruselas siempre ha sido favorable a una “paz duradera, sostenible y justa”. Pese a haber defendido durante dos años la masacre israelí como “derecho a defenderse”, Kallas concluía que el 93% de los ataques rusos se producen contra infraestructuras civiles y que el objetivo de Rusia es aterrorizar a la población. Kallas denunció también el bombardeo ruso de Ternopil, en el que según las fuentes ucranianas fueron asesinadas 26 personas. “Teníamos un muy buen plan para discutir acciones muy específicas contra la flota fantasma”, afirmó la encargada de la diplomacia comunitaria sobre la intención de continuar imponiendo sanciones que nunca han conseguido su objetivo, antes de lamentarse de que, en lugar de eso, el tema de conversación serían “las noticias recientes” sobre el plan de Witkoff. “Para que cualquier plan funcione, necesita la presencia de Ucrania y Europa”, añadió para subrayar lo importante, reivindicar su presencia en la negociación, en la que Bruselas espera lograr lo que ha conseguido hasta ahora, imponer condiciones que hacen inviable cualquier acuerdo. “También tenemos que entender que en esta guerra hay una víctima y un agresor”, añadió notablemente nerviosa, en su habitual estilo de evitar cualquier paz por medio del compromiso, inaceptable tras la invasión rusa, pero también en años anteriores, cuando trataba de reescribirse Minsk para que Ucrania obtuviera sus beneficios sin cumplir con sus compromisos.
“No hemos escuchado ninguna concesión que se pida a Rusia”, sentenció Kallas, cuya contrapropuesta al plan de Wikoff es «un plan de dos puntos: primero, presionar a Rusia; segundo, apoyar a Ucrania». Aunque la última versión del intento de Witkoff de recuperar su plan de la primavera o del pasado agosto está siendo presentado como una capitulación de Ucrania, los detalles filtrados apuntan a concesiones también por parte de Rusia. Así lo comentaba Kevin Rothrock, del medio opositor ruso Meduza, que admitía que, “efectivamente, exige a Kiev entregar la parte no ocupada de Donetsk. Pero lo que también es sorprendente es que Moscú acepte Donbass como zona desmilitarizada y líneas del frente congeladas en Jersón y Zaporozhie”. “Eso no estaba en el ultimátum previo de Estambul”, señalaba, apuntando a cuáles son algunas de las concesiones que se exigiría a Rusia. Incluso aquellas concesiones aparentemente más duras que se exigen a Ucrania han de ser vistas en contexto. “Aunque quedara reducido al 40% de su tamaño actual, el ejército ucraniano seguiría siendo mayor que antes de la invasión a gran escala, cuando logró repeler inicialmente los avances rusos. Además, Ucrania contaría con una reserva de veteranos aún mayor para su movilización”, recordaba el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko.
Aunque debilitada, Ucrania no se encuentra en la situación de colapso que teme Sternenko ni la causa de corrupción va a hacer titubear al Estado ucraniano, que cuenta con la asistencia política, económica y militar de la Unión Europea y el Reino Unido, las armas estadounidenses que la OTAN adquiere en su nombre y que mantiene fuertes aliados dentro de la administración trumpista, entre ellos Marco Rubio y, al menos hasta enero, cuando se anuncia su dimisión, el general Keith Kellogg. Ellos fueron la pasada primavera quienes, en pocos días, consiguieron que la propuesta final de Witkoff, relativamente favorable a Rusia, se convirtiera en la propuesta europea, claramente favorable a Ucrania. Los contrapesos y la presión de la UE apuntan ahora en la misma dirección. Con una propuesta territorialmente más favorable a Moscú, ningún plan puede ser aceptable para Bruselas y menos aún para Kiev, que no se encuentra todavía en una posición de tal debilidad que le obligue a acatar lo que se le ofrezca.
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