“No tienen tanta fuerza”, ha afirmado Volodymyr Zelensky en relación al ejército ruso en una entrevista concedida esta semana a Bloomberg. Las declaraciones del presidente ucraniano coinciden con un momento difícil para el ejército ucraniano en el frente pese a que Kiev trate de ocultar la realidad. En la versión de Zelensky, Rusia no tendrá “otros argumentos fuertes” una vez que pase el invierno y el uso de la energía como arma se vea reducido. Esa es, al menos, la teoría en la que se basa el discurso ucraniano, que insiste en que todo está bajo control y que tan solo es preciso un poco más de esfuerzo de sus aliados occidentales para conseguir los objetivos. La narrativa de Zelensky pretende hacer olvidar la realidad sobre el terreno como factor importante. La dinámica de la guerra implica crecientes ataques en la retaguardia -que en las últimas horas han dejado situaciones caóticas tanto en Kiev como en Novorosiysk, ya que ambos países tienen capacidad de hacer daño a su enemigo con drones y misiles de largo alcance- y presión en la línea del frente. Siguiendo la práctica habitual de Ucrania, la máxima es ignorar las malas noticias, relativizar las derrotas y prometer victorias que no llegan nunca.
En la entrevista concedida a Bloomberg, Zelensky admite una situación complicada y añade que son los comandantes sobre el terreno los que han de tomar las decisiones sobre una posible retirada. “Nadie les está obligando a morir por aferrarse a unas ruinas”, insistió abriendo por primera vez la puerta a una retirada de Pokrovsk que, en cualquiera caso, llegaría ya con la batalla perdida. “La dirección de Pokrovsk sigue siendo la principal dirección del ataque enemigo. Es allí donde se registra el mayor número de acciones ofensivas rusas durante el día. El enemigo también intenta aprovechar las difíciles condiciones meteorológicas”, afirmó el jueves Oleksandr Syrsky, que increíblemente, añadió que, en los últimos siete días, “se han liberado 7,4 km² del territorio del distrito de Pokrovsk de grupos enemigos de sabotaje y reconocimiento”. Si las cosas van bien, ¿por qué Zelensky menciona ya la posibilidad de retirada de un lugar cuya importancia se exageró mientras Ucrania soportaba el avance ruso y se negó desde el momento en el que la batalla se encaminó al su final más previsible? La disonancia entre la realidad y el discurso ha aumentado de forma proporcional a los avances rusos en Pokrovsk, Kupyansk y Gualiapole, donde el frente amenaza con un colapso local que complique la situación en Zaporozhie, hasta ahora relativamente tranquilo. Esos son los factores fuertes que Rusia tiene en su mano y que Ucrania prefiere ignorar, en ocasiones, con un relato cada vez más difícil de creer, pero en el que no solo insisten las autoridades ucranianas.
Más allá de los lobistas habituales, personas como Anders Fogh Rasmussen, de las que es de esperar el discurso propagandístico al que se han acostumbrado, o figuras como Ben Hodges son la cara visible de la exaltación proucraniana, una sentimiento que puede desarrollarse de forma independiente de los hechos en el mundo real. “Si solo ves vídeos de un puñado de tropas rusas con una táctica similar a la de Mad Max en Pokrovsk, es comprensible que pienses que Rusia está ganando. Pero no pueden aprovechar los avances allí, incluso si finalmente logran tomar la isla. Pero, lo que es más importante, Rusia se está derrumbando”, ha escrito esta semana el excomandante general del ejército de Estados Unidos en Europa. Hodges, que parece haber recogido el testigo de antecesores como Philip Breedlove, continúa insistiendo en la vía militar para conseguir los maximalistas objetivos que incluso Ucrania sabe ya que son imposibles. Reincidente en sus presagios, Hodges es recordado por haber afirmado que Ucrania capturaría Crimea en el plazo de un año. Era agosto de 2022 y Ucrania preparaba sus contraofensivas en Járkov, Jersón y la posterior de Zaporozhie, que debió poner punto final al sueño ucraniano y occidental de derrotar a Rusia en el frente.
El mayor peligro de la propaganda es creerse una versión diseñada para engañar a la población y mantener el control para evitar que los aliados y proveedores exijan un cambio en los objetivos. Es ahí donde aparece el fanatismo. Solo desde esa postura pueden observarse los mapas de seguimiento del control de territorio publicados por los medios tanto rusos como ucranianos y analizar los avances rusos como un colapso. El equilibrio de fuerzas y la participación de Occidente en el suministro de armas y financiación para las Fuerzas Armadas de Ucrania y para sostener al Estado ucraniano y la propia naturaleza de esta guerra han dejado claro que no va a haber una victoria completa rusa, algo que las autoridades ucranianas repiten constantemente, siempre sin añadir que es aún menos viable una victoria ucraniana. Kiev, que ha apostado todo a los ataques con drones y misiles de largo alcance, acompañados de sanciones masivas contra Rusia, prefiere omitir un detalle importante: que negar una victoria completa a Rusia -la captura de toda Ucrania, algo que nunca fue posible y que ni siquiera fue planteado jamás como objetivo real- no implica automáticamente una victoria ucraniana.
En las condiciones actuales, y pese a las declaraciones cruzadas y planes inviables presentados como propuestas de negociación, ha quedado claro cuáles son los objetivos reales de los contendientes en términos territoriales. Como ha dejado claro, Rusia va a luchar hasta las fronteras administrativas de la región de Donetsk. Cualquier avance en oblasts como Dnipro o Járkov es entendido como una forma de mejorar su posición en Donetsk -especialmente en el frente de Járkov, desde donde Rusia podría avanzar hacia Slavyansk- o como herramienta de presión militar contra Ucrania en territorios que devolver posteriormente o con los que conseguir concesiones en otros aspectos importantes de una posible negociación. Ucrania, por su parte, es consciente de que la recuperación de la integridad territorial requeriría el colapso ruso que solo ven personas como Ben Hodges, por lo que consideraría una gran victoria recuperar las fronteras de febrero de 2022, siempre, eso sí, sin aceptar oficialmente ninguna pérdida territorial y manteniendo la esperanza de que Rusia pueda perder la paz de la misma manera que lo hizo en Afganistán. La dinámica es evidente y solo Rusia está en condiciones de argumentar que, con tiempo y una gran cantidad de recursos, podría estar en condiciones de avanzar hacia su objetivo.
Mantener un discurso completamente ajeno a la realidad sobre el terreno permite a Ucrania seguir exigiendo concesiones a Rusia, alegar que todo marcha según el plan y, sobre todo, pedir un esfuerzo más a sus aliados extranjeros. Mantener el apoyo exige perspectivas positivas que, si no existen, pueden simplemente imaginarse. Esta semana, Euromaidan PR, un medio que siempre ha estado dedicado a la consolidación de una determinada narrativa -la del nacionalismo ucraniano-, se ha superado ºen su intento de seguir a rajatabla el ejemplo de Syrsky de negar la realidad y el de Hodges de proyectar en el enemigo los problemas propios.
“La batalla ha evolucionado hacia una guerra de guerrillas a pequeña escala, librada por grupos de dos o tres soldados. El dominio de los drones impide cualquier movimiento a gran escala: las fuerzas principales de ambos bandos permanecen a 10 kilómetros de los límites de la ciudad, incapaces de cruzar terreno abierto sin ser detectadas y destruidas de inmediato” escribe en la única parte del texto que se corresponde con la realidad. “Para Rusia, esto crea una dinámica insostenible: sus unidades, repletas de reclutas a la fuerza y soldados penales, no pueden operar en combate, donde priman la habilidad y la perspicacia sobre la superioridad numérica. Los oficiales privan de paga a los soldados que se niegan a servir y los transfieren a batallones penales, que el mando ruso sacrifica como carne de cañón para revelar las posiciones ucranianas”, añade en su fantasioso relato de una derrota rusa que es fruto de la ficción. “Las fuerzas rusas se están desintegrando en Pokrovsk a medida que los soldados se niegan sistemáticamente a cumplir las órdenes de combate. Vídeos del frente muestran a oficiales grabando a tropas que afirman preferir la cárcel a entrar en la ciudad, que se ha convertido en sinónimo de muerte segura”, añade, describiendo una imagen que contradice abiertamente lo que está viéndose en la batalla por Pokrovsk.
“Los defensores de Ucrania operan con precisión: patrullas guiadas por drones detectan a los infiltrados, los neutralizan y se retiran antes de que los drones rusos puedan responder”, sentencia antes de pasar del triunfalismo a un toque de realidad. “El objetivo estratégico no es controlar cada bloque, sino mantener el control ruso al sur de la línea férrea, preservando así el corredor logístico que permite a Pokrovsk resistir o llevar a cabo una retirada organizada si fuera necesario”, concluye sin necesidad de explicar por qué, si las tropas rusas de desmoronan y la forma de la batalla no es viable para Rusia, es Ucrania quien se encuentra al borde de la retirada.
La negación de la derrota no solo se encuentra en el análisis, sino que se extiende a las soluciones. “No podemos aceptar que Pokrovsk caiga en manos rusas”, escribe Nicolas Tenzer, senior fellow del Center for European Policy Analysis. Bajo el hashtag “esta es nuestra guerra”, el punto de partida del lobista es la solución que busca Zelensky, una mayor implicación de los países occidentales en la guerra. “Los europeos tenemos los medios, si así lo decidimos, para proporcionar asistencia militar decisiva a los ucranianos. Abandonarlos sería una vergüenza y supondría un error estratégico por nuestra parte”, sentencia, ignorando que se ha cruzado ya el punto de no retorno y no hay nada que los países europeos, que no son precisamente potencia mundial en producción de drones ni van a suministrar la infantería que tanto escasea a Ucrania, para salvar Pokrovsk.
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