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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Corrupción en las armas

El domingo, camino a Oriente Medio para escenificar el acuerdo de alto el fuego que ha calificado como paz pese a no resolver el conflicto y dejar en manos de Israel el 59% de la franja de Gaza, incluidas sus fronteras y tierras fértiles, Donald Trump se refirió a los misiles Tomahawk que Ucrania insiste en que debe recibir. En una de sus comparecencias diarias, en esta ocasión hecha un poco más extraña debido a las luces de neón azules y amarillas que se han añadido a la escenografía, Volodymyr Zelensky prometía Donald Trump que solo serán utilizados contra objetivos militares, una obviedad que no debería tener que ser precisada. Sin embargo, la definición de objetivo militar es cuestionable, ya que Ucrania insiste en que nunca ha atacado objetivos civiles, afirmación que trae a la memoria numerosos ataques que lo niegan, como los sabotajes de trenes civiles o el episodio en el que la artillería ucraniana atacó Belgorod causando una masacre en pleno centro de la ciudad. La actuación ucraniana en los últimos meses apunta a que cualquier arma a su disposición será utilizada contra las infraestructuras energéticas rusas, especialmente las petrolíferas, ataques para los que Kiev no solo tiene luz verde de Estados Unidos, sino su apoyo y participación explícita.

En esos ataques, Ucrania ha utilizado hasta ahora únicamente drones, pero no su arma estrella, el misil Flamingo, cuyas condiciones, si hay que creer las afirmaciones del startup que lo ha diseñado y, supuestamente, producido en serie, serían muy superiores en rango y potencia a las del Tomahawk. Sin embargo, cada vez es más evidente que había mucho de promoción y menos de contenido en los triunfalistas anuncios del gran misil ucraniano, que iba a ser producido en cantidades industriales y con una facilidad que siempre fue una utopía con la que justificar las subvenciones percibidas.

Como explicaba Peter Korotaev en un reciente artículo publicado en su blog, Events in Ukraine¸la empresa en cuestión, Fire Point, cuyo liderazgo no tiene ninguna experiencia en drones -aunque sí en el mundo del espectáculo, incluida la productora de Volodymyr Zelensky, por lo que la propaganda siempre ha sido excelente-, recibe un tercio del presupuesto para drones del Ministerio de Defensa, lo que le hace el principal receptor de fondos públicos de defensa. La empresa ha pasado de unos ingresos de 4 millones de dólares a 100 en solo un año. Fire Point ha recibido también financiación del Gobierno danés y al menos mil millones de dólares en contratos del Gobierno. Esta empresa creada prácticamente de la nada se ha convertido en destino de enormes cantidades de dinero público de diversos países -incluida la Unión Europea como bloque, ya que Bruselas es el principal proveedor de fondos de Ucrania- para la producción de armas presuntamente más potentes que las que Ucrania sigue exigiendo de forma constante.

El caso de Fire Point, que no es el único, es el reflejo del funcionamiento del libertarianismo realmente existente, una forma de Gobierno dispuesta a privatizar absolutamente todo, a eliminar cualquier resquicio de Estado social y a hacer cargar a la población con el aumento de costes de servicios básicos, pero que cuando ha de ser rescatado exige el dinero público de sus aliados. Así ha ocurrido con la Argentina de Javier Milei, que acudió a la reunión  con una copia ampliada del post de Donald Trump en el que se anunciaba la intervención estadounidense en favor de su aliado latinoamericano. Así ha ocurrido también en el caso de Ucrania, cuya dependencia económica de las arcas públicas de sus aliados no parece contradecir la teoría de que el mercado se autorregule.

La desregulación y privatización de todo aquello que se pudiera vender ha sido, desde 2014, la receta principal de Kiev y de sus aliados extranjeros, desde las capitales europeas al FMI. Sin embargo, ese discurso siempre se ha centrado también en la corrupción endémica que esos mismos actores han observado en Ucrania. Que se animara a Ucrania a imponer unos precios para los servicios básicos muy por encima de lo que podría permitirse la empobrecida población nunca ha sido un problema, pero los proveedores sí quieren saber dónde ha ido el dinero que han invertido en la guerra.

“Ucrania ha creado una industria de defensa que fabrica miles de proyectiles de artillería, vehículos blindados y drones en una vertiginosa variedad de modelos y capacidades. En general, se considera un éxito clave en la lucha contra la invasión rusa”, escribía ayer The New York Times en un artículo que informa sobre los resultados de una revisión interna sobre el uso de las donaciones extranjeras dedicadas a la producción de armas. “El gasto secreto de armas en Ucrania se enfrenta a preguntas tras una revisión interna”, titula el medio que afirma que “a medida que miles de millones de dólares fluyen del ejército ucraniano a los fabricantes de armas nacionales, con la ayuda financiera de donantes europeos, gran parte del gasto queda envuelto en el secretismo propio de tiempos de guerra. Esto preocupa a analistas y activistas, que afirman que Ucrania ha avanzado poco en la lucha contra la larga historia de corrupción en la adquisición de material militar”.

“Uno de los motivos de preocupación para los auditores gubernamentales que revisan el gasto militar es la repetida adjudicación por parte de Kiev, sin explicación alguna, de contratos a empresas que presentaron ofertas más altas que sus competidores. Las auditorías internas del Gobierno revisadas por The New York Times muestran docenas de contratos de este tipo firmados en un periodo de poco más de un año, así como casos de entregas tardías o incompletas y pagos anticipados por armamento que nunca llegó”, continúa el medio que, sin embargo, insiste en que “otorgar contratos a las pujas más altas no indica necesariamente corrupción o sobrecostes”. Incluso tras admitir contratos por productos que jamás se entregaron, la prensa occidental no pierde la voluntad de dar a Ucrania el beneficio de la duda.

“Las auditorías rastrearon múltiples contratos que dieron lugar a entregas tardías o incompletas, y casos en los que se realizaron pagos por adelantado pero las empresas no entregaron las armas. Identificaron contratos firmados con empresas sin verificar previamente que los adjudicatarios dispusieran realmente de instalaciones de fabricación, como talleres adecuados en sótanos”, admite el artículo en su parte final, tras toda una sección en la que trata de justificar casos claros de sobrecostes, algo que se ha repetido a lo largo de esta guerra y que costó el puesto al ministro Oleksiy Reznikov. En aquella ocasión, no se trataba de los contratos de armas, sino de los de la alimentación de las tropas.

Al final, el fondo del artículo no es otro que resaltar las grandes capacidades armamentísticas de Ucrania, incluso a pesar de que pueda haber ciertos casos que pudieran parecer corruptos. “Kiev es ahora autosuficiente en casi el 60 % de su armamento, según declaró el mes pasado el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky. Las fábricas del país producen drones letales, robots terrestres y una amplia gama de obuses convencionales, vehículos blindados y otras armas. Ucrania también ha adaptado drones de consumo baratos para misiones, lo que le ha permitido ahorrar grandes sumas de dinero”, sentencia The New York Times, que nunca llega a explicar por qué nuevo y mayor suministro de armas es siempre el primer punto de la agenda ucraniana, como lo es esta semana en el viaje de Andriy Ermak y Yulia Svyrydonova a Washington. Ucrania se jacta de su producción, pero sus famosos misiles producidos en serie desde hace meses no aparecen y, en lugar de ellos, Zelensky coloca luces llamativas en su alocución suplicando a Donald Trump misiles cuyas capacidades son menores que las que, según parece, tiene el Flamingo ucraniano. La teoría de autosuficiencia de Kiev evita también mencionar que ese industria militar que Ucrania mantiene sobrevive exclusivamente a base de las subvenciones extranjeras. Como única industria pública que el Gobierno ucraniano está dispuesto a mantener sin privatizar, en las condiciones actuales solo puede subsistir a base de los ingresos que recibe de Estados extranjeros.

La dependencia presentada como autosuficiencia, una idea que el presidente aspira a perpetuar en el futuro. Zelensky ya ha dejado claro que una de las exigencias de Kiev a la hora de acordar con sus aliados las garantías de seguridad que el país recibirá de sus socios más allá de la guerra -porque las garantías de seguridad no son algo que Kiev vaya a negociar con Moscú, su enemigo, sino con sus aliados- es la financiación a largo plazo de la industria ucraniana de producción de armas. Esas subvenciones que, en ocasiones, van a parar a excolaboradores de la productora han de continuar. En nombre de la defensa colectiva del continente europeo. Y de una nueva oligarquía que se enriquece a base de la industria de la muerte.

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