Durante su visita a Nueva York, en una entrevista concedida a Axios, uno de los pocos medios generalistas que el trumpismo utiliza para filtrar aquello que quiere que sea tema de conversación, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky se refería a la petición que había realizado a su homólogo estadounidense, armas tan potentes que Ucrania quizá no necesitaría siquiera utilizar para causar en Rusia un temor tal que Vladimir Putin acudiera a negociar. Entre los eufemismos habitualmente manidos por el líder ucraniano está el término negociación, una fórmula con la que tanto Kiev como sus aliados europeos quieren decir en realidad negociar en posición de debilidad, según los términos ucranianos. Pese a que una parte de la audiencia pensó rápidamente en armas nucleares -único tipo de armas que obligarían a cualquier país a solicitar la paz-, aún quedaba un paso intermedio entre los ATACMS, F-16 y otras armas estadounidenses y las armas nucleares. Poco después de la publicación de las primeras imágenes anticipo de la entrevista, los comentarios del exministro de Asuntos Exteriores de Lituania, Gabrielius Landsbergis, desvelaban que las armas que Zelensky había solicitado a Trump eran misiles subsónicos Tomahawk, con un alcance de 1.500 millas, es decir, más con un alcance allá de Moscú y San Petersburgo. Con la sonrisa de la guerra en la cara, Landsbergis admitía que se trataba de algo improbable, aunque valía la pena intentarlo. Pedir, al fin y al cabo, es gratis.
En el tiempo transcurrido desde entonces, los comentarios rusos al respecto han sido limitados y han buscado no exagerar ni el peligro ni las posibilidades de Ucrania de obtenerlos. Sergey Lavrov, por ejemplo, destacó que Estados Unidos “no se los da a cualquiera”, mientras que en su aparición en el foro del Club Valdai, Vladimir Putin admitió que su entrega supondría “una cualitativa y completamente nueva escalada”. A juzgar por los comentarios realizados por Donald Trump el lunes por la noche en el Despacho Oval, ese momento parece estar al llegar. “Más o menos he tomado una decisión, más o menos”, afirmó el presidente de Estados Unidos, que a continuación pareció marcar ciertos límites. “A dónde los están enviando, supongo que tendré que hacer esa pregunta. Haría algunas preguntas. No estoy buscando una escalada”, afirmó pese a la certeza que la experiencia dice que supone la introducción de armas aún más potentes. El mecanismo por el que las armas llegarían a Ucrania sería el mismo con el que Estados Unidos está enviando material actualmente, la venta previa a los países europeos de la OTAN.
La situación remite a hace más de un año, Volodymyr Zelensky y sus aliados más cercanos -sir Keir Starmer y Emmanuel Macron- trataban de convencer al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de aprovechar sus últimas semanas en el cargo para garantizar que Ucrania dispusiera de armas que la entonces hipotética llegada de Donald Trump pudiera negar a Kiev. En aquel momento, la mala relación pasada con Volodymyr Zelensky y las constantes promesas de conseguir la paz de forma rápida hacían temer a los sectores proucranianos una actitud prorrusa en caso de llegada al poder del candidato Republicano. La lógica ucraniana en aquel momento en sus súplicas a la Casa Blanca en busca de permiso para utilizar misiles de largo alcance de producción occidental -ATACMS estadounidenses, Storm Shadow británicos y SCALP franceses- recordaba a la estrategia aplicada por Richard Nixon en plena guerra de Vietnam.
En 1972, consciente de que no podría ganar la guerra, Estados Unidos buscaba una salida “digna” con la que salvar su orgullo, poder retirar sus tropas y alegar durante años que aquello no había sido una derrota. La solución que encontró Nixon fue la que ahora busca Zelensky y a la que se ha adherido Trump, el cuanto peor mejor, y la amenaza del uso masivo de la fuerza en caso de rechazar negociar según los términos impuestos por Estados Unidos. En septiembre de 2024, durante el sprint final para conseguir que Joe Biden concediera el deseo ucraniano, un artículo publicado en este blog explicaba que “la forma con la que Nixon logró llamar la atención de su enemigo, las fuerzas de Ho Chi Minh, fue un ultimátum: el presidente estadounidense exigía el inicio de una negociación y daba un plazo de apenas unas horas para su aceptación, tras lo cual comenzaría un bombardeo masivo. Era la estrategia de un país que, en la práctica, estaba derrotado y necesitaba un acuerdo para salvar su imagen después de años de ocupación y masacre. El acuerdo de paz y el mantenimiento de un Vietnam dividido, garantizaba -o eso quiso hacer ver Washington y pronto se vería que era solo de forma temporal- la existencia del Vietnam del Sur en cuya defensa decía haber luchado Estados Unidos. Nixon y Kissinger consiguieron la retirada de las tropas estadounidenses de forma que calificaron de “digna”, algo que no evitó las imágenes del personal que había colaborado con Washington tratando de aferrarse a los últimos helicópteros que partían de Saigón ni la certeza de que Estados Unidos había perdido la guerra”.
En aquel momento, se explicaba también que, en este caso, el objetivo de Volodymyr Zelensky no era evitar la derrota sino avanzar hacia la victoria, entendiéndola en el sentido de obligar a Rusia a aceptar los términos de negociación ucranianos y europeos. Aunque esa era la intención del Gobierno ucraniano, las limitaciones también quedaban claras. “En términos relativos, ni siquiera un permiso para usar las armas de largo alcance, es decir, las que consideramos de largo alcance aunque en realidad son de alcance medio, los ATACMS, que pueden volar 300 kilómetros, resolverá el problema. Porque los rusos están disparando sobre todo misiles de crucero contra Lviv o Kiev, que se lanzan desde bombarderos estratégicos”, explicaba hace un año el diputado Ihor Chernev, líder de la delegación permanente de Ucrania en la Asamblea Parlamentaria de la OTAN. Ni Chernev ni otros representantes ucranianos y occidentales querían admitir el motivo real por el que, como se ha comprobado desde que Biden dio finalmente la autorización, los misiles de largo alcance sobre territorio ruso no iban a ser el arma milagosa que Kiev lleva una década esperando. El equilibrio de fuerzas simplemente no es el que favorecía a Estados Unidos contra el ejército de Ho Chi Minh. La superioridad aérea de Estados Unidos no era completa -como pudo comprobar John McCain, cuya aeronave fue derribada por un misil antiaéreo soviético-, pero sí amplia. El desequilibrio de fuerzas, que en el caso de Ucrania sigue favoreciendo a Rusia, era en el caso de Estados Unidos en Vietnam aún más apabullante.
Exigente y siempre dispuesta a solicitar algo más de ayuda a sus aliados, Ucrania ni siquiera esperó a que se le concediera permiso para utilizar los misiles occidentales de los que ya disponía y pasó directamente a mencionar la que sería su próxima petición. “La respuesta correcta de nuestros socios sería proporcionarnos Tomahawks capaces de volar 2000-2500 kilómetros y alcanzar bombarderos estratégicos en algún lugar de la región de Omsk, en Olenya, desde donde despegan”, afirmaba entonces Chernev. Trece meses después de esas declaraciones, Kiev podría estar a punto de recibir, si no los ha recibido ya, los primeros misiles Tomahawk, la nueva arma milagrosa con la que Zelensky repite el mensaje que transmitió sobre los F-16 que, de llegar a Ucrania, dejarían a Rusia en una situación en la que no tendría nada que hacer. Los términos en los que el presidente ucraniano se refirió a los misiles Tomahawk son ahora los mismos pese a que, hasta este momento, todas las wunderwaffe entregadas por Occidente han fracasado en el intento de convertirse en el punto de inflexión que “acorte” la guerra, es decir, que obligue a Rusia a someterse al a voluntad de Kiev.
Como en un flashback a hace más de un año, aunque utilizando unas armas aún más potentes, Estados Unidos vuelve a presentar a Rusia la opción de negociar en posición de una debilidad que no se corresponde con el equilibrio de fuerzas en el frente o arriesgarse a sufrir las consecuencias de la estrategia de escalada progresiva que Trump ha recuperado de su predecesor. Por el momento, todo indica que la amenaza se limita a los territorios internacionalmente reconocidos como ucranianos. “Si no hay reacción, es posible que se produzcan ataques en la frontera rusa. Si Putin no negocia, se incrementará el radio de destrucción, así como el suministro de misiles a Ucrania”, afirmó Chernev, que un año después ha conseguido su deseo. Por el momento, no se conoce si entre los territorios en los que Kiev tendrá derecho a utilizar los misiles Tomahawk estará Crimea, que durante unos breves días, fue una de las concesiones que el plan Witkoff estaba dispuesto a ofrecer a Rusia. Durante un breve instante, Washington abría la puerta al reconocimiento estadounidense -aunque no europeo- de la soberanía rusa sobre la península. Ahora, sin embargo, el puente de Kerch, mencionado por la prensa británica como objetivo hace ya varios días, parece un candidato claro a ser atacado por misiles Tomahawk. El analista Michael Clarke, que la semana pasada se destacó por especular sobre posibles acciones ofensivas ucranianas, comentó ayer que el Reino Unido podría colaborar con Ucrania aportando datos de inteligencia para futuros ataques. La fijación británica desde el siglo XIX también apunta a Crimea.
Sin embargo, como ya había anunciado Financial Times el pasado 2 de octubre, en caso de entrega de misiles Tomahawk, Estados Unidos aportará la inteligencia necesaria, algo evidente si Donald Trump aspira a una escalada controlada. Esa es la conclusión a la que puede llegarse a juzgar por las palabras del Cherney y, sobre todo, de las declaraciones del presidente de Estados Unidos, que como Biden en el pasado quiere saber contra qué objetivos se van a disparar sus misiles. Por el momento, alegó, el permiso no se extenderá a territorio ruso. “Si no hay reacción, es posible que se produzcan ataques en la frontera rusa. Si Putin no negocia, se incrementará el radio de destrucción, así como el suministro de misiles a Ucrania”, afirmó el diputado, describiendo exactamente el planteamiento previsto hace más de un año por Kellogg y Fleitz en su plan America First para lograr la paz en Ucrania. En este planteamiento de incentivos y amenazas, la entrega de armas a Ucrania estaría supeditada a la voluntad de Kiev de negociar, pero aumentaría en caso de que fuera Moscú quien rechazara la diplomacia.
En el cambio de rumbo de Trump, que ha recuperado la vía de las amenazas y abandonado completamente la vía de negociación sin que se haya llegado nunca a obtener una hoja de ruta sobre la que los dos países enfrentados pudieran dialogar, no solo puede intuirse la mano de Keith Kellogg, el más proucraniano de los miembros de su equipo de política exterior. Según los medios estadounidenses, otra figura clave ha sido Mike Waltz, despojado de su puesto como Asesor de Seguridad Nacional por su excesiva cercanía al Gobierno israelí, pero recompensado con el puesto de embajador de Estados Unidos en Naciones Unidas. Al contrario que Donald Trump, que en aquel momento calificó la decisión de estúpida, horas antes de la victoria electoral Republicana, en una entrevista concedida a NPR, Mike Waltz mostró su opinión favorable a que Joe Biden permitiera el uso de armas de largo alcance estadounidenses en territorio ruso.
Un año después, aunque con menos prudencia y reticencias que su antecesor, Donald Trump recupera paso a paso la táctica de Joe Biden, siempre con el mismo objetivo, que Rusia ceda y tenga que acudir a una mesa de negociación en la que no tenga voz ni voto sino que tenga que acatar los términos ofrecidos. Ante la duda de la cantidad de misiles que Estados Unidos está dispuesto a enviar, ha comenzado también la campaña para exigir que Alemania envíe también sus misiles Taurus, que llegarían previsiblemente con menos restricciones y, quizá, en mayores cantidades. Si la estrategia no funciona, Ucrania alegará, como ha hecho hasta ahora, que el número de Tomahawks (o Taurus) no fue suficiente o que fueron entregados sin la rapidez necesaria. La rueda de las armas milagrosas sigue girando a medida que se olvida que ninguna de las anteriores ha dado resultado y que solo han conseguido aumentar el nivel de destrucción en escaladas progresivas que cada vez son más difíciles de detener.
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