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Armas, Crimea, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Propaganda, Rusia, Ucrania

Obsesión Crimea

Inversamente proporcional a la distancia al frente desde la que se realizan las proclamas, los actores occidentales de la guerra de Ucrania han vuelto a recuperar la idea de victoria y comienzan a soñar con operaciones ofensivas con las que expulsar a Rusia de los territorios ucranianos actualmente bajo su control. Mientras los países europeos insisten en que Moscú no está ganando la guerra, pero no se atreven a dar el paso de proclamar vencedora a Ucrania, desde el otro lado del bonito océano, Donald Trump escribe que, con ayuda de la UE, Kiev puede recuperar su composición original. Y desde más allá del canal de La Mancha, analistas y exoficiales del Reino Unido trabajan para cubrir el vacío que dejó el mensaje del presidente de Estados Unidos, que deseó buena suerte, pero no atisbó cómo puede conseguirse el gran objetivo de liberar los territorios del sur de Ucrania, Donbass y, sobre todo, Crimea, que tendría que ser conquistada por Ucrania contra la opinión de la población, que en los once años de soberanía rusa no ha mostrado, ni siquiera según las encuestas occidentales, arrepentimiento por los cambios que se produjeron en 2014.

Recuperar la península ha sido, desde hace once años, el sueño imposible de Ucrania, que siempre ha considerado ese territorio prioritario sobre otros que, como Donbass, podría a priori haber recuperado por la vía de Minsk. Es más, el hecho de que la hoja de ruta de Minsk, único acuerdo de paz que se ha negociado y firmado a lo largo de este conflicto que dura ya más de una década, no resolviera el asunto de Crimea ha sido uno de los argumentos esgrimidos por Kiev para eximirse de implementar su parte del tratado. De ahí que no sea de extrañar que el estatus de Crimea haya resurgido en la prensa y en los deseos de los halcones europeos desde el momento en el que se ha recuperado, gracias al mensaje de Donald Trump, la idea de una victoria que no se puede conseguir por medio de una negociación, sino que requiere una operación ofensiva a gran escala como las que no se han producido desde el intento fallido de Ucrania en 2023.

“Tanto desde el punto de vista de las fuerzas y los medios como desde el punto de vista del estado moral y psicológico de la sociedad, no estamos preparados para tales operaciones. Hay que vivir en la realidad. A los 23 años ya buscábamos un lugar en las playas de Crimea. La prioridad actual de nuestras tropas es la defensa, que no permitirá al enemigo realizar avances y tomar nuevas ciudades ucranianas. No nos permitirá ir a la retaguardia, ocupar nuestras fortificaciones. Y luego pensar en la ofensiva”, escribió el vienes en su canal de Telegram Maksym Zhoryn. Incluso los miembros de la derecha nacionalista más extrema, luchando contra Rusia en Donbass desde hace once años y que actualmente se encuentra en partes comprometidas del frente muestran una actitud más razonable que los y las dirigentes de los países e instituciones europeas. Sin rebajar un ápice su nacionalismo y su odio a todo lo ruso, personas como Zhoryn o Biletsky son menos reticentes a un alto el fuego que los halcones liberales que, en la distancia, están dispuestos a que se siga luchando hasta el último ucraniano. “No puedo imaginar qué motivos hay para hablar hoy de operaciones ofensivas importantes, especialmente en Crimea”, sentenciaba Zhoryn mientras comienzan a aparecer titulares que lo dan por hecho.

El origen de que una posible ofensiva futura contra Crimea es claro y está en la prensa. “Ucrania podría lanzar un desembarco anfibio en Crimea este año según un analista militar de Sky News”, titulaba, por ejemplo, UNN. “Ucrania está preparando una ofensiva masiva contra Crimea”, alegaba Visegrad 24, una cuenta centrada en la propaganda antirrusa que no se ha molestado en leer los artículos que comenta. Ambos titulares se referían a las informaciones publicadas en el Reino Unido, uno de los aliados más fieles de Ucrania y en el que la paz por medio del compromiso ha sido considerado siempre -después de la invasión rusa, pero también antes- como una concesión inaceptable. En realidad, dos artículos publicados por Sky News y The Telegraph han sido suficientes para devolver a Crimea a la actualidad y dar a entender que existe un plan para que Ucrania recupere la península, un sueño que, a día de hoy, es inviable.

En la primera publicación, Michael Clarke, analista militar de cabecera de Sky News, un medio que no se ha distinguido a lo largo de este conflicto por sus grandes capacidades informativas ni por contar con fuentes de especial fiabilidad, responde a las preguntas de la audiencia, analiza la actualidad militar de Ucrania y se pregunta qué podría hacer Kiev para lograr sus objetivos. A la pregunta de sus lectores sobre qué se podría esperar en términos de ataques ucranianos antes del invierno, Sky News escribe que “Clarke señala que el tiempo se volverá frío, húmedo y fangoso hacia finales de mes, pero cree que los ucranianos aún podrían tener algo bajo la manga. «A los ucranianos les gusta dar sorpresas», afirma. «Saben que eso no solo afecta a los rusos en primera línea, sino también a la percepción que Occidente tiene de cómo le está yendo a Ucrania»”. En las palabras del analista no hay ningún indicio de ser nada más que una especulación, un planteamiento de escenarios posibles, sin querer dar la impresión de que se cuenta con fuentes que apuntan a que se esté trabajando en esa dirección.

“Clarke añade que Ucrania ha atacado recientemente varias estaciones de radar e instalaciones de defensa aérea, especialmente en Crimea. «Se puede crear una brecha en la cortina de defensa aérea y luego aprovecharla para conseguir algo aún más valioso», afirma Clarke. Eso podría ser «algún tipo de gran ataque en Crimea», como un ataque aéreo o un asalto anfibio con el fin de desestabilizar a los rusos en algún lugar, afirma Clarke. Y teniendo en cuenta lo que los ucranianos tienen ahora en términos de ataques profundos, incluso un golpe al puente de Kerch que une Crimea con Rusia podría no ser inconcebible”, continúa Sky News.

Ese es el origen de los titulares que proclaman que Ucrania podría lanzar una ofensiva sobre Crimea, iniciando un torbellino de reacciones mediáticas muy útiles para lograr el objetivo que Kiev busca habitualmente, causar nerviosismo en Rusia, especialmente sensible siempre que las amenazas se refieren a la península del mar Negro, importante por su posición estratégica, por ser sede de la flota rusa y, sobre todo, por haberse convertido en el primer territorio y población recuperadas para Moscú desde la disolución de la Unión Soviética. Un “podría no ser inconcebible” es suficiente para recuperar falsas esperanzas de conseguir rápidamente lo que no se consiguió con la ofensiva de 2023 que Ucrania preparó con sus aliados de la OTAN en Alemania y que debía romper el frente precisamente hacia Crimea.

Hacer más creíble la posibilidad de una ofensiva a gran escala cuyo objetivo sea el más difícil, quizá incluso definitivo, requiere de un plan. Desde el titular, “Putin es un pequeño triste matón. Eso nos dice cómo acabar con él en Ucrania”, el último artículo del exministro de Defensa del Reino Unido, Ben Wallace, deja claras sus intenciones, apostar por la escalada de la guerra para infligir a Rusia la derrota militar con la que el establishment europeo y parte del estadounidense lleva tres años y medio -si no once años, desde el estallido de las protestas en Crimea- soñando. Wallace fue titular de la cartera de Defensa durante el Gobierno de Boris Johnson, a quien se adjudica un papel más importante del que realmente tuvo en la ruptura de las negociaciones de Estambul, y también los dos que le sucedieron, bajo mandato de la breve Liz Truss y Rishi Sunak. En ese tiempo, el Reino Unido se destacó como uno de los líderes de la opción de luchar hasta la victoria final. El polémico viaje del entonces primer ministro Johnson, que continúa ejerciendo labores oficiosas de lobby proucraniano especialmente frente a su amigo Donald Trump desde que abandonó el Gobierno, ha sido considerado uno de los motivos por los que la diplomacia fue abandonada. Según Ukrainska Pravda, las palabras de Johnson, “simplemente vamos a luchar”, fueron definitivas. Aunque no hay que considerar ese mensaje de Johnson a Zelensky una orden para continuar luchando sino el anuncio de que Ucrania dispondría del material y financiación para hacer lo que quería hacer, luchar para conseguir una mejor posición de negociación, la postura del Reino Unido en representación de Occidente es relevante. Los mensajes enviados por Londres desde ese momento, siempre en favor de buscar la derrota completa de Rusia, se han mantenido estables pese a los cambios de Gobierno y de partido gobernante.

La mirada de Wallace, como la de Clarke, se dirige al puente de Kerch, obsesión habitual de analistas, lobistas y políticos occidentales que ven en él un símbolo que minaría la moral de Vladimir Putin y de las tropas rusas. “Ha llegado el momento de hacerle entender a Putin que sí tiene algo que perder. El problema es que Occidente no ha sabido interpretarlo correctamente. Putin es un pequeño matón triste que vive en un mundo de fantasía y romanticismo zarista. Las pistas siempre han estado ahí. Las excursiones de caza a caballo con el torso desnudo en Siberia. El palacio exagerado en el Mar Negro. Los ensayos infantiles sobre el destino de Rusia escritos por él mismo, distorsionando la historia para que se ajuste a su narrativa”, escribe Wallace con la habitual arrogancia del supremacismo occidental, que sigue explotando como argumento las imágenes de las vacaciones de Vladimir Putin en 2017. Aparentemente, en su ceguera de odio y soberbia, la guerra tiene más que ver con humillar al presidente ruso que con la justicia que los países occidentales dicen defender.

Definir el conflicto como “la guerra de Putin”, algo que se ha generalizado en la clase política y mediática europea estos años, es de utilidad para Wallace, que afirma que “si entiendes al hombre, encontrarás la solución a esta guerra”. Esa era también la postura con la que Donald Trump pretendía resolver la guerra en unos días hace ya ocho meses. Y aunque repetir los mismos actos esperando un resultado diferente no es precisamente síntoma de racionalidad o de haber comprendido la situación, Wallace apunta a lo que califica como “la joya de la corona imperial rusa hace tiempo perdida” e insiste en que “mientras Crimea esté segura, Putin está seguro”, por lo que “tenemos que poner en peligro Crimea”.

“Ucrania debería centrarse, casi por completo, en hacer que Crimea sea inhabitable e inviable desde el punto de vista ruso. Ucrania no necesita invadir la península (lo cual, reconozco, sería increíblemente difícil, si no imposible), pero debería asfixiarla hasta matarla”, alega el exministro sin el más mínimo interés por el bienestar de una población que nunca ha interesado a Kiev o a sus aliados occidentales. “El puente de Kerch debe ser finalmente derribado, por lo que los suministros deben atravesar el fuego ucraniano a lo largo del puente terrestre al norte del Azov. Ucrania debe lanzar drones sobre Crimea a diario”, propone con una estrategia muy similar a la de Israel en Gaza, hacer insoportable la vida en Crimea, en este caso sin que importe en absoluto la respuesta que Moscú estaría obligada a dar contra el territorio ucraniano en defensa, no solo de su posición en la península, sino de su población.

Para conseguir el objetivo, Wallace se adhiere a la teoría ucraniana de que todo problema requiere una misma solución, más armas occidentales. “Crimea debe ser el centro de atención. Si es necesario, se deben asumir riesgos en otros lugares. En el Reino Unido debemos ayudar a suministrar los drones, tanto marítimos como aéreos. El canciller alemán, Friedrich Merz, dijo que el misil Taurus, que podría destruir puentes, debía enviarse a Ucrania cuando estaba en la oposición. Debería enviarlo ahora”, insiste para sentenciar que “todo esto es más fácil decirlo que hacerlo, estoy seguro, pero un asedio de Crimea planteará a Putin un dilema estratégico. En última instancia, puede que le haga darse cuenta de que la paz le conviene tanto a él como a nosotros”. Incluso los halcones más radicales son conscientes de que sus propuestas son apuestas suicidas con capacidad de causar más problemas de los que pretenden solucionar.

La más mínima posibilidad de que el plan pueda tener éxito merece la pena. Sobre todo si la población afectada es la de Crimea, que ni siquiera aparece en sus planes. De ahí que la propuesta sea exactamente la misma que se planteó en 2023, cuyo objetivo era avanzar en dirección a la península para poner en peligro el control sobre Crimea, momento en el que Rusia tendría que negociar en posición de debilidad, entre la espada y la pared, y aceptar los términos propuestos por Ucrania. El plan, desarrollado contra una Rusia militarmente mucho más débil que ahora, no funcionó, obligó a Ucrania a tomar la posición defensiva que mantiene hasta ahora y no solo no acercó a los dos países a una negociación, sino que la hizo imposible.

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