“Rusia no se detendrá hasta que se vea obligada a hacerlo. Representa una amenaza no solo para Ucrania, sino para todos nosotros”, ha declarado esta semana Mette Frederiksen, la primera ministra danesa que en el pasado se ha destacado por la elevada aportación militar a Ucrania en términos de PIB y por su afirmación de que “la paz puede ser más peligrosa que la guerra”, una frase que pasó completamente desapercibida en el clima belicista europeo. Esa posición es ahora incluso más aceptada desde que Donald Trump diera la orden de “pasar a la acción”, confirmara que los países europeos podrán adquirir comercialmente las armas necesarias para continuar la guerra y volvió a abrir la puerta a la posibilidad de victoria ucraniana, un escenario improbable incluso para los convencidos líderes europeos. “Rusia no está ganando y Ucrania no está perdiendo esta guerra. La situación es completamente diferente”, afirmó Macron que, de forma coordinada con dirigentes europeos ha apelado nuevamente a la idea de que Rusia esperaba capturar Kiev en tres días, una idea que salió del general estadounidense Mike Milley y que ha sido utilizada para exagerar el desastre que efectivamente fue la aproximación a Kiev y para adjudicar al Kremlin unos objetivos que solo han existido en la mente de los propagandistas europeos y norteamericanos.
Sin embargo, hay algo importante en las palabras de Macron, que insiste en que Rusia no está ganando la guerra, pero no se atreve a afirmar que Ucrania está venciendo. Durante años se ha hablado de la guerra como bloqueada, algo que actualmente niega el excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Valery Zaluzhny, que presenta una realidad de la guerra mucho más pesimista que la que perciben las autoridades políticas. Rusia sigue avanzando, aunque muy lentamente, de una forma que no va a haber una ruptura amplia del frente u ofensivas a gran escala, enormemente dificultadas por la proliferación de drones de ataque y de vigilancia, que hacen prácticamente imposible la circulación de convoyes blindados imprescindibles para ese tipo de operación. Es evidente que Rusia no está ganando la guerra ni está en posición de hacerlo si se entiende por victoria la captura de todos o gran parte de los territorios y la capacidad de imposición de los términos de un tratado de paz. Pese a las palabras de Trump o los planes de Occidente, tampoco Ucrania está en posición de hacerlo. El hecho de que Moscú no esté ganando la guerra no quiere decir que lo esté haciendo Kiev.
Proxy de Occidente en una guerra que cada vez con más ligereza se concibe como propia, Ucrania cuenta con una carta de la que Rusia carece, la fortaleza que le aportan sus aliados tanto en términos de asistencia militar y salvavidas económico para sostener el Estado como en forma de apoyo diplomático para lograr, si es que en algún momento se llega a una negociación, unas condiciones más favorables a las que en ese momento dicte el frente. En este sentido, las declaraciones que se han escuchado esta semana de los sonrientes dirigentes europeos contrasta con lo publicado por medios occidentales, que han dado cuenta de las dificultades militares que atraviesa Ucrania. Como describía esta semana Financial Times, pese al triunfalismo con el que habitualmente se habla de la capacidad ucraniana de derrotar los ataques con drones y misiles rusos, la tasa de interceptación decae y Rusia está siendo más rápida mejorando sus misiles que Occidente y Ucrania sus interceptores.
Ajenos a las derrotas y a las dificultades, gran parte de los medios prefieren centrarse en los éxitos y en aquello que pueden conseguir gracias a la guerra. “La administración Biden asignó 1.500 millones de dólares en ayuda adicional para los programas de drones y misiles de Ucrania, incluyendo el suministro de componentes clave que no se producían en el país. El entonces presidente Joe Biden informó a Zelensky sobre el alcance de la iniciativa en una reunión celebrada en Washington en septiembre de 2024. «Creíamos que sería estratégicamente importante para Ucrania disponer de un suministro sostenible y masivo de drones eficaces de producción nacional», afirmó David Shimer, que ocupó el cargo de director de política ucraniana en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Biden. «Ahora tenemos la oportunidad de aprender nosotros mismos de las innovaciones de Ucrania»”, escribe esta semana The Wall Street Journal, presentando la guerra como laboratorio de pruebas, objeto de lucro y oportunidad de adquirir material innovador. Tanto es así que el medio explica que Ucrania y Estados Unidos están negociando un trato según el cual “Ucrania aprovecharía su amplia experiencia en la producción y el uso de drones para combatir al ejército ruso. Un equipo de ucranianos, encabezado por el viceministro de Defensa del país, Sergiy Boyev, inició el martes en Washington una serie de conversaciones de varios días con funcionarios del Pentágono y del Departamento de Estado”.
Hace semanas que Volodymyr Zelensky se refiere a la negociación de un acuerdo por valor de 90.000 millones de dólares. Como proclamó en su discurso de la Asamblea General de Naciones Unidas, Ucrania ha abierto su producción militar a la exportación, una forma de resaltar sus éxitos y de esconder que la iniciativa se debe fundamentalmente a la necesidad de obtener financiación propia que no dependa de las condiciones marcadas por sus socios y proveedores. Recientemente, Ucrania se ha lamentado de que la financiación para cubrir los gastos básicos de la población no pueda ser utilizado para gastos militares.
En un contexto de exigencia de aumento del flujo de armamento, anunciar el inicio de exportaciones busca también ofrecer una imagen de fortaleza militar que acompañe al discurso de victoria que Ucrania utiliza desde 2022 independientemente de la situación en el frente y de sus capacidades militares para presentarse como un socio imprescindible con el que realizar un trueque. Porque, en el fondo, con esas ventas y transmisión de una tecnología que es simple, pero que Ucrania es uno de los dos únicos países del mundo que ha desarrollado y probado en condiciones de combate de alta intensidad -el otro, evidentemente, es Rusia, cuyo programa es similar, y a juzgar por los comentarios de las unidades ucranianas en el frente, está aún más desarrollado-, Kiev busca encontrarse en una mejor posición de negociación para conseguir las armas de gran calibre que no puede producir. Al contrario que los talleres de ensamblaje de drones, más sencillos de camuflar, la industria pesada es, además de extremadamente cara, complicada de esconder a los misiles rusos. “El posible acuerdo también tiene importancia política, ya que Kiev busca consolidar sus lazos con Trump, cuyo apoyo a Ucrania ha sido en ocasiones errático. Trump se siente cada vez más frustrado por la decisión del presidente ruso, Vladímir Putin, de intensificar los ataques contra Ucrania y rechazar los llamamientos de la Casa Blanca para negociar un acuerdo de paz, lo que también ha abierto la puerta a una mayor cooperación entre Estados Unidos y Ucrania. El acuerdo sobre los drones surge como parte de un paquete que incluiría un «mega acuerdo» separado en el que Ucrania espera comprar armas por valor de decenas de miles de millones de dólares a Estados Unidos, dijo Zelensky el sábado. Ucrania espera que el acuerdo armamentístico incluya misiles de largo alcance para ampliar su poder de ataque contra Rusia”, añade The Wall Steet Journnal. Como es habitual, la financiación y armas occidentales son la solución a todos los problemas, especialmente aquellos que tratan de ocultarse.
Esta misma semana, un vídeorreportaje del mismo medio se jactaba de que los misiles Flamingo diseñados y desarrollados por la industria militar ucraniana disponen de un alcance de 1.800 kilómetros y son capaces de portar una ojiva de una tonelada. Hace unos meses, cuando esta nueva arma milagrosa se presentó a bombo y platillo en los medios ucranianos y occidentales, la analista militar Patricia Marins se desmarcaba de las triunfalistas expectativas occidentales y escribía que “una cosa es volar drones sobre territorio ruso, que son ligeros y difíciles de identificar, y otra muy distinta es volar con algo de 8 a 12 metros de largo y mucho más visible en el radar”. Las imágenes del artículo de Associated Press, explicaba, mostraban “una línea de producción de fuselajes, donde alguien mencionó que en una de las fotos había un número que indicaba 480 misiles, lo cual no tiene sentido en esta industria. Si la producción llega a 10 misiles al mes, sería una cifra significativa en esta fase inicial, a menos que estos misiles ya vengan prefabricados de otros países, sólo para ser ensamblados en Ucrania”.
“No queríamos hacer esto público, pero parece que es el momento adecuado. Flamingo es un misil de crucero de largo alcance que puede transportar una ojiva de 1.150 kilogramos y volar hasta Rusia, a una distancia de 3000 kilómetros”, alegaba Iryna Terej, directora ejecutiva de la empresa. “Las cosas no suman”, opinaba entonces Marins, que dudaba tanto del rango como de la capacidad del misil. “Teniendo en cuenta los 3.000 kilómetros mencionados por el CEO e incluyendo el peso del combustible, estamos hablando de aproximadamente 2.700 kg solo de combustible, lo que coloca al misil en alrededor de 5-5,5 toneladas y al menos 10 metros de largo, volando a aproximadamente 0,6-0,8 Mach. No hay nada en el mercado, aparte de los misiles antibuque, que se ajuste a esta descripción, y eso se debe precisamente a que un misil de este tipo sería ineficaz. Lo volvería caro, grande, lento y fácil de interceptar”, escribía, añadiendo que, si no había algo oculto -que el prototipo fuera en realidad un misil occidental producido en Ucrania bajo una nueva denominación para evitar infringir tratados-, podría tratarse simplemente de “un farol bien urdido por la inteligencia ucraniana”. Marins ponía en duda también la capacidad ucraniana de producir, como afirmaba, 50 misiles al mes como repetían, sin matices, los medios occidentales.
Sus sospechas se han confirmado ya. En su reportaje, The Wall Street Journal, que sigue enalteciendo las capacidades del misil, admite que Ucrania carece de la financiación para suministrar su programa de misiles. Teniendo en cuenta que Ucrania carece de los fondos para cubrir las necesidades más básicas de su población más vulnerable, la admisión no puede suponer una sorpresa.
“Toda la industria rusa, tras sucesivas inversiones y varios meses, es capaz actualmente de reacondicionar unos 80 motores de turbofán al mes. ¿Cómo podría una startup ucraniana aspirar a reacondicionar más de 50 motores al año? Además, para una empresa recién fundada, 20 unidades es una cifra extremadamente alta. Y Motor Sich ha reducido su tamaño. Se producirán algunas unidades para justificar el dinero invertido, pero el principal punto fuerte de Ucrania seguirá siendo el Neptune, cuya producción también es limitada”, afirma esta semana Marins. En realidad, la admisión de The Wall Street Jounral, que afirma por primera vez lo evidente, que Ucrania no puede producir 50 misiles al mes como prometió, no busca justificar la inversión realizada, sino obtener la inyección financiera suficiente para hacerlo.
Todo en la guerra es un escaparate. Para vender misiles, drones, un país en el que instalar fábricas de material bélico o incluso discursos de victorias tan probables como alcanzar objetivos imposibles de producción.
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