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La Unión Europea, las sanciones contra Rusia y la sumisión a Estados Unidos

“La superpotencia del señor Trump les está haciendo perder el tiempo. Por muy bajas que sean las expectativas, les decepcionará. No permitan que la mala política estadounidense sea su excusa para la inacción. Los europeos, empezando por Alemania, deben actuar”, sentenció, ataviado con una camisa bordada ucraniana el historiador estadounidense Timothy Snyder. Conocido durante décadas como experto tanto en Ucrania como en el fascismo, sus credenciales fueron puestas en cuestión cuando saltó el escándalo de su oferta de una beca doctoral a Olena Semenyaka, la más conocida de las mujeres de la extrema derecha ucraniana. El experto alegó no saber quién era una de las líderes ideológicas del movimiento Azov. En los últimos meses, Snyder ha abandonado Estados Unidos huyendo de la fascistización que observa en los Estados Unidos de Trump y se ha refugiado en Canadá, país cuyo Parlamento ovacionó en pie a un veterano de la Galizien Division de las SS. Las contradicciones de esta guerra no se limitan a la ideología, sino que se suman a la cuestión económica. Las palabras de Snyder, pronunciadas en el Yalta Economic Summit (YES!), muestran el estado actual de la asistencia a Ucrania. Pese a que es Estados Unidos quien tiene la capacidad de suministrar a Ucrania las armas que Kiev exige y de imponer sobre Rusia y sus aliados las sanciones primarias y secundarias por las que Bruselas lleva meses suplicando, las esperanzas no están en Washington sino en los países europeos. Después de los sistemas antitanque Javelin, los lanzacohetes HIMARS, los tanques Leopard y los cazas F-16, la Unión Europea es la nueva arma milagrosa para quienes profesan la fe de continuar la guerra eternamente sean cuales sean las consecuencias para Ucrania.

Sin querer admitir que su receta ha resultado fallida, la respuesta de la UE al ímpetu de continuar repitiendo los mismos pasos esperando un resultado diferente, Bruselas trata de responder a las exigencias. “Moscú cree que puede continuar su guerra. Nos estamos asegurando de que pague el precio. Hoy presentamos nuestro decimonoveno paquete de sanciones. Cada sanción reduce la capacidad del Kremlin para librar una guerra. No dejaremos de presionar a Rusia hasta que ponga fin a su guerra”, escribió ayer la líder de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas para anunciar un nuevo paquete de sanciones, que no será el último. Como en cada ocasión, la exprimera ministra de Estonia insiste en la idea de que “Rusia pague un precio”, una forma de sugerir que Moscú actúa con impunidad que no se corresponde con la realidad.

En estos tres años, Rusia ha perdido el acceso al mercado de la Unión Europea, ha sido desconectada del sistema internacional de pago SWIFT, ha desaparecido toda sensación de seguridad ante la posibilidad de ataques con drones en cualquier parte del país, ha sufrido ataques que pueden calificarse de terroristas -como el asesinato de Daria Dugina, hija del ultranacionalista filósofo Alexander Dugin- y asesinatos selectivos de figuras vinculadas a la guerra, ha recibido la humillante orden de un tope de precio al que puede vender su petróleo, ha sido sometida al aislamiento diplomático del mundo occidental y excluida de todo tipo de actos culturales, sociales y deportivos.

Las ansias del establishment de la Unión Europea por castigar a la población rusa contrasta con el deseo de que sus sanciones, las primeras pese a 23 meses continuados de una masacre que está siendo investigada por genocidio, no afecten a la población de Israel. Esa ha sido la respuesta de la líder de la diplomacia de la UE y vicepresidenta de la Comisión Europea para criticar el anuncio de España de no participar en la próxima edición de Eurovisión si se permite la participación israelí. Al contrario que la población israelí, que ha de ser protegida de las sanciones, que únicamente han de afectar a sus dirigentes, la población rusa merece el castigo colectivo. Tras las sanciones económicas, el próximo paso, para el que ya se está presionando, es limitar al máximo, o incluso prohibir los visados de turista, a la población rusa. Quienes llevan tres años y medio calificando un conflicto que comenzó hace más de once años como “la guerra de Putin”, pretenden que toda la población rusa pague por esta guerra, una actuación que hasta ahora ha conseguido lo contrario de sus objetivos, ya que, ante la percepción de acoso, agravio y agresión a todo el país, la ciudadanía rusa no solo no ha renegado de su Gobierno, sino que ha generado un creciente rechazo a las políticas de Occidente.

El nuevo paquete de medidas económicas para tratar de minar la capacidad rusa de financiar la continuación de la guerra tiene un doble objetivo, como muestran, de forma clara, las medidas que se proponen. La Unión Europea, que en febrero de 2022 decidió ver en la guerra de Ucrania un conflicto existencial en el que su suerte estaba vinculada a la de Washington, no puede conseguir sus objetivos sin la ayuda de Estados Unidos. Esa dependencia se refleja en cada declaración de las autoridades de Bruselas. En los últimos tiempos, la labor de von der Leyen se ha centrado en lograr dos objetivos prioritarios: garantizar que Estados Unidos siga enviando armas a Ucrania y evitar un nivel de aranceles que minara seriamente la ya dañada competitividad de los productos de la Unión Europea. Las posibilidades de la UE de no decepcionar a quienes, como Timothy Snyder han puesto sus esperanzas en Bruselas, pasan siempre por ir de la mano de Estados Unidos. Para conseguirlo, von der Leyen ha optado por una táctica sencilla: dar a Donald Trump exactamente lo que pide siempre que sea posible. Esa voluntad, y también sus limitaciones, se reflejan en la propuesta del nuevo paquete de sanciones, en el que no aparece el paso extra que Washington exige actualmente a los países de la Unión Europea y de la OTAN, la imposición de sanciones secundarias a los países que siguen adquiriendo petróleo ruso. Sin más opción geopolítica que tener en cuenta los intereses de Estados Unidos, la UE acelera el paso para tratar de cumplir con lo que Donald Trump espera de los países europeos. Además de unas sanciones a India y China que la UE no puede permitirse -y que en el caso de China ni siquiera Estados Unidos ha impuesto-, el presidente de Estados Unidos dio a los países europeos la orden de dejar de adquirir productos energéticos rusos.

A lo largo de los últimos tres años, las cifras del peso de Rusia en el marcado energético europeo han descendido de forma dramática. Mucho antes de que Donald Trump ordenara su abandono por medio de un post en su red social personal, la Unión Europea había decidido que la competitividad industrial o limitar la huella de carbono no eran argumentos suficientes para iniciar una desconexión de los productos rusos. Pese a que en aquel momento el discurso pasaba por la promesa de diversificación de las fuentes de energía -entre las que se encontrarían opciones ideológicamente más correctas como Qatar o Azerbaiyán-, el acuerdo pactado por Úrsula von der Leyen y Donald Trump promete a Estados Unidos unas adquisiciones energéticas que implican prácticamente un monopolio estadounidense. Como se encargó de resaltar la UE -aunque no von der Leyen, que ha de mantener las apariencias-, se trata de una declaración de intenciones, una promesa que Bruselas sabe que no puede cumplir. Sin embargo, Donald Trump, en posición de fuerza con respecto a la UE, exige que se cumpla aquello que se le prometió.

Las adquisiciones energéticas son responsabilidad de las empresas de los diferentes países, por lo que las promesas de la UE no pretendían ser más que un brindis al sol para conseguir reducir los aranceles que Washington pretendía imponer a los productos europeos. Pero ante la necesidad de sustituir el gas ruso, no por una serie de proveedores entre los que elegir, sino por el gas natural licuado de Estados Unidos, más caro y menos sostenible que el ruso, Bruselas precisa de medidas más claras. La UE no puede ordenar a los países qué gas natural adquirir en el mercado, pero sí puede proponer, como hace ahora, adelantar la prohibición de adquisición del gas ruso. Las sanciones a más buques de la mal llamara flota fantasma rusa, el veto a las transacciones con Rosneft y Gazpromneft o las sanciones a empresas de terceros países que adquieran productos energéticos rusos apuntan en la misma dirección. Ninguna de las sanciones que von der Leyen propone para el 19º paquete de sanciones va a destruir la economía rusa, pero actuará como un mensaje a la persona más importante para la UE, Donald Trump, la figura imprescindible de la que depende que se mantengan estables las relaciones económicas y, sobre todo, que Estados Unidos siga caminando de la mano con Bruselas en el mantenimiento de la guerra, principal, si no único, proyecto de política exterior de Bruselas. Conseguir que la Casa Blanca siga aprobando la venta a los países europeos del armamento con el que mantener el statu quo de la guerra en Ucrania depende de dar a Donald Trump aquello que ha exigido. Y como el presidente de Estados Unidos dejó claro en su carta a la UE y a la OTAN publicada en su red social, solo así cumplirá los deseos de Bruselas y Kiev de imponer las sanciones contra Rusia y China con las que Occidente sueña que obligarán a Rusia a negociar en posición de debilidad. El superpoder que fanáticos de la guerra como Timothy Snyder ven en la Unión Europea, su esperanza para lograr el objetivo imposible de Ucrania de recuperar sus territorios perdidos, es, en realidad, el compromiso de seguir gastando más allá de lo razonable en gas y armas estadounidenses con la esperanza de que Donald Trump les entregue en bandeja la victoria imposible con la que nunca han dejado de soñar.

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