Con la presencia de un plantel internacional con exoficiales importantes como Boris Johnson o Gabriel Attal, ministras que ya no están en primera línea como Christya Freeland, un único presidente -el finlandés Alexander Stubb- y la visita de incondicionales como el académico Timothy Snyder, Ucrania celebró el fin de semana el foro anual patrocinado por el oligarca Viktor Pinchuk en el que se promete a sí misma que “el año que viene en Yalta”. Desde el exilio de Kiev, el Gobierno ucraniano realiza anualmente este ejercicio de organizar un foro político en el que defensores le felicitan por el gran trabajo y prometen más ayuda para lograr que el acto de “Yalta European Strategy” (YES) pueda, por fin, celebrarse en la península de Crimea, que once años y medio después de su adhesión a Rusia, siguen calificando como temporalmente ocupada. A lo largo de los años, la reunión anual ha ido adaptándose a las circunstancias y ha adecuado su mensaje a la coyuntura política. Con gran presencia de halcones y defensores a ultranza de la solución militar a la guerra, comenzando por el exprimer ministro británico, cuya visita a Kiev en la primavera de 2022 fue el anuncio de que Ucrania iba a disponer de las armas para luchar contra Rusia mientras fuera necesario, el objetivo de este año estaba claro y poco tenía que ver con el título oficial «¿Cómo conseguir el final de la guerra?». Kiev necesitaba de sus aliados destacar sus necesidades, más armas para su ejército y sanciones contra Rusia, siempre sin destacar sus carencias.
En este sentido, el discurso del general Kellogg, enviado de Trump para Ucrania y, sin duda, el más proucraniano de los oficiales de la actual administración estadounidense, fue el paradigma de lo que Kiev esperaba que se dijera. “Esta no es la Rusia, la Unión Soviética, que conocí en plena Guerra Fría. Esta es una Rusia diferente”, afirmó, con una perfecta obviedad, ya que la Rusia moderna jamás ha tenido el potencial político, demográfico, económico y, por lo tanto, militar de la superpotencia soviética. Sin embargo, el comentario pretendía dar un golpe al honor de la Rusia de Putin, de la que el general estadounidense afirmó que “hablan mucho, pero yo estaría muy preocupado si fuera Putin. Putin a veces habla de sus armas nucleares; Estados Unidos, el Reino Unido y Francia también son potencias nucleares”. El tono de amenaza es evidente en el comentario que, sin duda, gustó a Kiev. En la parte más importante de su discurso, Kellogg quiso insistir en dar una visión de la guerra muy favorable a Ucrania. “Si Putin cree que Rusia está ganando, su opinión es muy diferente a la mía. Si Putin estuviera ganando, habría tomado Donetsk, habría tomado Odessa, su gobierno estaría gobernando. Si avanza, avanza en metros, no en millas. Si Putin cree que está ganando, Occidente debe contraatacar y decir: «No, no están ganando». Le dije lo mismo al presidente Trump en la Casa Blanca hace probablemente seis semanas”, insistió, dejando en bandeja de plata el argumento para que fuera recogido por otros participantes a los que su actual puesto no condiciona tanto las palabras que pueden pronunciar en un foro público. Al fin y al cabo, el trumpismo sigue insistiendo en que su objetivo es la paz, por lo que defender la opción de seguir luchando hasta la victoria final, subtexto del mensaje de Kellogg, se puso de manifiesto de forma explícita en boca de otros participantes.
El objetivo del mensaje del enviado de Trump para Ucrania es evidente, sugerir que, si Rusia no está ganando, Ucrania aún puede hacerlo. En la misma línea se mostró Alexader Subb, presidente de Finlandia y compañero de golf de Donald Trump, que insistió en la idea de que Rusia pensaba capturar Kiev “en cuatro días”, algo que siempre fue propaganda británica, para insistir en la necesidad de apoyar a Ucrania en busca de la derrota rusa. Esta forma de discurso, que se está generalizando actualmente, es tan engañosa como peligrosa, ya que prefiere jugar con la dicotomía victoria-derrota siempre sin definir ninguno de los dos términos, siempre sin tener en cuenta las consecuencias de optar por la solución militar como única aceptable. La guerra ha dejado claro que no va a haber derrota completa de ninguna de las partes, por lo que será preciso un proceso de negociación real, en el que, frente a frente, Rusia y Ucrania negocien una solución política que, por el momento, no se vislumbra.
La conversación del campo proucraniano sigue centrada en la negociación interna que Zelensky siempre ha visto como la más importante. Desde el otoño de 2024, cuando comprendió que, fuera quien fuera la persona que sustituiría a Joe Biden en enero de 2025, la situación iba a cambiar para Ucrania. La posibilidad de victoria de Donald Trump, que ya entonces se refería al conflicto como una mala guerra, veía con malos ojos al presidente ucraniano, que en su primera legislatura le había negado el material comprometido con el que acusar penalmente a Joe Biden por su actuación en Ucrania, obligó a Zelensky a incluir la paz en su discurso. En aquel momento, el término buscaba ser un eufemismo para designar la victoria y el Plan de Paz no era más que una lista de tareas que cada uno de los países aliados deberían cumplir para conseguir lo que ya se había planteado en la Fórmula de Paz, que simplemente describía la derrota rusa con la que aún sueñan Kellogg, Stubb o la Oficina del Presidente de Ucrania.
Tan improbable como la deseada derrota es que se cumpla lo que Zelensky espera de las garantías de seguridad occidentales que el presidente ucraniano ha puesto como prerrequisito para proceder en el futuro hacia una negociación con Rusia. Después de meses de negociaciones, países como Francia, Alemania y el Reino Unido siguen insistiendo en la necesidad de una participación externa de Estados Unidos para garantizar la viabilidad de la misión de disuasión con la que pretenden asegurar a Ucrania que no habrá un nuevo ataque ruso. Quienes quieren ser garantes de la seguridad de Ucrania requieren de medidas de un tercer país, una potencia superior, para preservar la suya. Porque, al fin y al cabo, nadie quiere enfrentarse al ejército ruso. De ahí que una de las exigencias de la Coalición de Voluntarios sea precisamente un alto el fuego, es decir, un acuerdo con Rusia, una condición que, en la práctica, da a Moscú el veto que Londres, Berlín y París afirman que el Kremlin no puede tener.
A día de hoy, las garantías de seguridad que Occidente pretende dar a Ucrania pasan por la militarización masiva de aumento del suministro bélico y promoción de la producción militar nacional, sumado a la presencia de tropas extranjeras u otra forma de implicación directa o indirecta de los aliados europeos y norteamericanos. Sin esas condiciones, Ucrania no va a aceptar -salvo militarmente derrotada, circunstancia en la que no tendría la capacidad de negarse- de ninguna manera un acuerdo con Rusia. Sin embargo, las garantías de seguridad implican también algo más que, contra todo pronóstico, ha sido resaltado por Radek Sikorski. Posiblemente la persona de la que menos se podría esperar un mensaje tan honesto, el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, país que ha insistido repetidamente que de ninguna manera está dispuesto a enviar tropas a Ucrania, pronunció en el foro de Kiev las palabras que nadie se había atrevido a decir en voz alta hasta entonces.
“Si damos garantías de seguridad a Ucrania, estamos diciendo que podemos iniciar una guerra contra Rusia. Pero no creo que esto sea convincente ni fiable. Si alguien quiere luchar contra Rusia, puede hacerlo de inmediato. Pero no veo a nadie dispuesto. No hay nada peor en las relaciones internacionales que ofrecer garantías en las que no se puede confiar”, sentenció el ministro polaco. Su intención no era disuadir a los países occidentales de luchar por la victoria de Ucrania, ni llamar a una menor participación de los países occidentales en la guerra. En el mismo discurso, Sikorski apeló incluso a imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania. “Si me preguntan personalmente, deberíamos considerarlo. Técnicamente, nosotros, como la OTAN y la UE, podríamos hacerlo, pero esta es una decisión que Polonia no puede tomar sola, sino solo junto con sus aliados”, insistió, probablemente consciente de que esa medida sería una forma de declarar la guerra a Rusia aún más clara que las garantías de seguridad de las que ahora reniega. Sin embargo, hay una verdad en sus palabras que otros dirigentes han tratado de ocultar: asegurar que intervendrán en caso de ataque ruso es equivalente a prometer a Kiev que Occidente irá a la guerra con Rusia por Ucrania, algo que, como correctamente advierte Sikorski, nadie parece dispuesto a hacer. Y sin embargo, los países occidentales continúan manteniendo la ficción de que es posible un acuerdo en el que Rusia acepte la posibilidad de una guerra con Occidente y que los países europeos y Estados Unidos estén dispuestos a llegar a ese conflicto. Es más, la posibilidad de sumar a Donald Trump al bando de las sanciones y de la guerra mientras sea necesario, es decir, hasta que Ucrania se encuentre en condiciones de negociar en posición de fuerza, no solo no ha decaído, sino que se encuentra en alza. Así lo demuestra, por ejemplo, el discurso de Kellogg, que en Ucrania añadió, para dar a entender la debilidad militar rusa, que Estados Unidos, el país que perdió una guerra contra el talibán afgano, “patearía el culo” del ejército ruso. Como comentaba el columnista de The Times Mark Galeotti en referencia a los países occidentales, quienes defienden la necesidad de seguir luchando hasta la victoria final pero rechazan unirse a la lucha simplemente abogan por “la guerra hasta el último ucraniano”, una opción para conseguir el final de la guerra que ni siquiera debería considerarse.
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