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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, OTAN, Rusia, Sanciones, Ucrania, Unión Europea

Todo para la guerra: recursos, sanciones y referencias históricas

“Cuando Estados Unidos fue atacado en este día de 2001, nuestros aliados de la OTAN nos apoyaron, e incluso invocaron el Artículo 5 para declararnos la guerra contra Al Qaeda y los talibanes. Al menos hoy deberíamos hablar al unísono con nuestro aliado de la OTAN, Polonia. Deberían aplicarse más sanciones a Rusia y más armas a Ucrania”, escribió en las redes sociales Michael McFaul, profesor de Stanford y embajador de Estados Unidos en Rusia durante la era Obama. El objetivo de su sutil mensaje es evidente, utilizar la coincidencia en el tiempo entre la incursión de 19 drones rusos en el espacio aéreo polaco y el aniversario de los atentados de Nueva York y Washington para conseguir sus objetivos políticos. Como un verdadero lobista -McFaul es la mitad del grupo Ermak-McFaul, grupo de presión en busca de la imposición de medidas coercitivas contra Rusia-, el exdiplomático se aferra a un ejemplo que causó solidaridad internacional con Estados Unidos y los 2.997 muertos del 11 de septiembre de 2001 y presenta como positiva la unidad y acción de la OTAN a raíz de aquellos atentados. Cuando el argumento es apelar por una participación directa de la OTAN en la guerra, cualquier argumento es bueno, incluso lo que George W. Bush llamó la “guerra contra el terror”.

“El número total de víctimas mortales de la violencia provocada por las invasiones de Afganistán e Irak lideradas por Estados Unidos, por no hablar de la guerra global contra el terrorismo en general, sigue siendo difícil de determinar”, escribía en 2023 The Washington Post, que añadía que “hace tiempo que ha sido superada por una cifra aún mayor y más opaca: el recuento indirecto de personas que han muerto como consecuencia de los efectos secundarios de largo alcance de los conflictos posteriores al 11-S, como las oleadas de violencia, el hambre, la devastación de los servicios públicos y la propagación de enfermedades”. Aquel artículo hacía referencia a un estudio de la Universidad de Brown, cuyo proyecto “Cost of War” (Coste de la Guerra) indicaba que “se estima que más de 940.000 personas han muerto como consecuencia directa de la violencia bélica posterior al 11 de septiembre en Irak, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán entre 2001 y 2023. De ellas, más de 432.000 eran civiles. El número de personas heridas o enfermas como consecuencia de los conflictos es mucho mayor, al igual que el número de civiles que murieron «indirectamente» como resultado de la destrucción de las economías, los sistemas sanitarios, las infraestructuras y el medio ambiente provocada por las guerras. Se estima que entre 3,6 y 3,8 millones de personas han muerto indirectamente en las zonas de guerra posteriores al 11-S, lo que eleva el número total de víctimas mortales a al menos entre 4,5 y 4,7 millones, y la cifra sigue aumentando”. Según esos datos, la cifra de civiles asesinados por las guerras de unidad de la OTAN tras el 11 de septiembre sería 145 veces superior a las personas asesinadas en aquellos atentados, un ratio superior incluso al de los asesinados por la masacre israelí contra Gaza tras el 7 de octubre (53:1), que está siendo investigada como genocidio.

El camino marcado por Michael McFaul, que no se desvía del de los halcones más beligerantes y que se basa en la mayor implicación de la OTAN en una guerra que insisten en que ha de ser considerada existencial, cuenta con dos aspectos diferenciados: las armas y las sanciones. En Europa, los aliados continentales de Ucrania continúan su trabajo para aumentar el suministro de armas, la producción interna y, sobre todo, esas garantías de seguridad futuras que deben incluir su presencia sobre el terreno, oficialmente a modo de disuasión, pero también como forma de reclamar el territorio como propio, parte de la esfera de influencias de la UE y la OTAN. “Junto con asesores del Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, estamos implementando los acuerdos de la Coalición de Voluntarios alcanzados en París. Esta es una muestra de solidaridad con Ucrania, especialmente ahora que Rusia bloquea cualquier negociación real y no muestra ningún deseo de paz”, escribió ayer Andriy Ermak, que olvidaba que Rusia no puede bloquear una negociación que no existe y que prefiere no admitir que cualquier acuerdo de la Coalición de Voluntarios depende del país que la inventó precisamente para la guerra contra el terror, Estados Unidos.

“Rusia no se detendrá sola. Está librando una guerra contra todo el mundo libre. Solo se puede detener con fuerza colectiva y garantías sólidas. Sólo juntos podremos lograr una paz justa y duradera”, añadió Ermak, insistiendo en la misma idea utilizada por su socio McFaul, la unidad. Como la paz, término utilizado cuando quiere decirse victoria, unidad es también un eufemismo para indicar la participación de Estados Unidos, el país indispensable sin el que no son posibles los planes de lograr que Rusia acuda a una futura mesa de negociación para aceptar los términos negociados por Ucrania y sus aliados.

Sin embargo, los términos que se discuten actualmente van más allá del resultado que vaya a tener la guerra de Ucrania, ya que de ello va a depender la estructura de seguridad europea tras un futuro alto el fuego. Y mientras Rusia exige que se detenga la expansión de la OTAN, la Alianza responde a lo que presenta como una agresión a uno de sus miembros. El viernes, con escasos detalles, Mark Rutte y Alexus Grynkewhich, Comandante Supremo Aliado en Europa, anunciaban su Centinela Oriental, un nombre pegadizo para lo que es, en realidad, la continuación de la militarización constante del este de Europa desde que se decidiera que la arquitectura de seguridad europea debía constituirse, no solo contra lo que la guerra contra el terror llamó “eje del mal”, sino también contra Rusia. En palabras de la OTAN, Centinela Oriental no es una misión ni una operación sino “una actividad militar dirigida a reforzar la postura de la OTAN en el flanco oriental”. Pese al discurso de agresión de toda esta semana, la Alianza no ha apelado al Artículo V de seguridad colectiva ante un ataque, ya que es consciente de que ni siquiera se ha producido y que es del interés de todas las partes que la situación no avance hacia el peligro de choque directo con Rusia. Por el momento, Centinela Oriental se limita a los anuncios del envío a Polonia de dos F-16 daneses, tres Rafale franceses y cuatro Eurofighters alemanes, además de la promesa de Rutte de que “este esfuerzo también incluirá elementos diseñados para abordar los desafíos particulares asociados con el uso de drones”, una nueva movilización de recursos a un país que no ha sido atacado y que busca exagerar el peligro de ataque ruso como argumento para aumentar la asistencia a Ucrania y convencer a Donald Trump de que Rusia de ninguna manera busca la paz sino ampliar la guerra.

“Da la impresión de que los residentes de Londres o Madrid están más seguros que los de Tallin. Eso no es cierto. Los misiles más nuevos de Rusia viajan a velocidades cinco veces superiores a la del sonido y llegan a Londres o Madrid solo cinco o diez minutos más tarde que a Tallin o Vilna”, afirmó en la rueda de prensa Mark Rutte, que criticaba la idea de calificar la frontera exterior de la OTAN como “flanco oriental”, no por utilizar un término abiertamente bélico aunque no se haya declarado la guerra a Rusia, sino por no serlo lo suficiente. “Los misiles rusos llegarán a Londres tan rápido como a Tallín”, sentenció el secretario general de la OTAN con una formulación que da por hecha una futura guerra de agresión de Rusia contra los países de la OTAN, lo que otorga a Moscú unas intenciones que nunca ha mostrado y unas capacidades que no tiene.

En la misma línea, más explícito que la media, Mijailo Podolyak, con la intención de presentar la receta que Ucrania espera aplicar, escribió que “Rusia ha demostrado que atacará a Europa mientras no reciba una respuesta contundente. ¿Qué es una respuesta contundente? Utilización de activos rusos congelados para financiar a las Fuerzas Armadas de Ucrania: aproximadamente 380.000 millones de dólares, de los cuales unos 300.000 millones están en Euroclear. Esto debe hacerse independientemente de la postura de Bélgica sobre los riesgos reputacionales. Financiación de la producción militar, ampliación significativa de las compras europeas de sistemas antimisiles y misiles. Aumento sustancial de los ataques a infraestructuras rusas sensibles que utilizan sistemas ucranianos y de sus socios. Sanciones sin excepciones, cerrando todos los esquemas y rutas de elusión”. En pocas palabras, el asesor de la Oficina del Presidente presenta un escenario de guerra total con amplios y directos ataques contra Rusia y una financiación masiva de la guerra de Ucrania, receta que hace inviable cualquier acuerdo y condenaría al conflicto a una escalada peligrosísima hasta que solo quedara uno.

Como todos los planteamientos que se están realizando actualmente, la solución Podolyak requiere de una activa participación de Estados Unidos en el suministro de armas, permiso para su uso contra territorio ruso e imposición de sanciones. Esa es también la petición de los grandes medios estadounidenses, que no renuncian a continuar la guerra común contra Rusia en Ucrania. “Lo sepa o no, Trump está jugando con fuego. Polonia es un aliado de la OTAN y, como tal, goza de las garantías del tratado. Las garantías no son más que trozos de papel, hasta que se ponen a prueba. Independientemente de si los drones fueron enviados deliberadamente al espacio aéreo polaco, se han convertido en una prueba de la determinación de los aliados. Y la cautelosa retórica de Trump corre el riesgo de suspender esa prueba”, afirmaba el editorial del viernes de The Washington Post, que insiste en que “la OTAN ha dado un paso al frente” y exige a Donald Trump que haga lo propio. “El presidente estadounidense podría ser igual de franco. «La capacidad de llegar al límite sin entrar en guerra es un arte necesario», dijo John Foster Dulles en una famosa frase. «Si no se domina, se acaba entrando inevitablemente en guerra»”, sentencia el medio, que como Michael McFaul, apela a otra figura histórica, en este caso conocida por su ferviente anticomunismo y conocida, entre otras cosas, por las operaciones para derrocar al presidente de Guatemala  Jacobo Árbenzen 1954 o al primer ministro iraní Mohamed Mossadegh en 1953, ninguno de ellos comunista, pero derribados por serlo.

Con ejemplos históricos de acciones que causaron millones de víctimas y buscando una guerra aún más dura, los sectores más duros apelan directamente a Donald Trump, que ayer confirmaba en su red social personal lo que medios como Politico y Financial Times, que está dispuesto a “hacer Sanciones masivas contra Rusia cuando todas las Naciones de la OTAN hayan acordado y empezado a hacer lo mismo y cuando todas las Naciones de la OTAN DEJEN DE COMPRAR PETRÓLEO DE RUSIA”. Como ya se había publicado ya, Trump exige también la imposición de aranceles del 50 o el 100% contra China, un paso que la Unión Europea no puede permitirse, pero que el presidente de Estados Unidos presenta como prerrequisito imprescindible. Como ha ocurrido en el pasado con las armas milagrosas que Ucrania creía que serían definitivas para ganar la guerra o las sanciones de febrero de 2022, que la Unión Europea creía que iban a destruir la economía rusa y hacer imposible que el Kremlin pudiera continuar la guerra, Donald Trump se apunta a su propia quimera. En este caso, se trata de los aranceles contra China, país al que adjudica “un fuerte control e incluso dominio sobre Rusia”, la medida que considera que será definitiva para poner fin a esta “sangrienta pero RIDÍCULA GUERRA”. Sin ninguna idea para lograr el inicio de un proceso diplomático que Estados Unidos no ha sabido gestionar, la Casa Blanca insiste en que esta no es su guerra sino la de “Biden y Zelensky”, culpando a su predecesor y a Ucrania por el inicio de la guerra y a Rusia por su prolongación, y eliminando de su estrategia los incentivos, se centra únicamente en las amenazas, que no solo se dirigen a Moscú, sino también a Bruselas.

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