“Rusia ha lanzado una lluvia de ataques aéreos sobre ciudades ucranianas a pesar de la presión del presidente estadounidense Donald Trump para que se declare un alto el fuego e incluso mientras se destaca la importancia de poner fin a la guerra, iniciada por su invasión a gran escala en febrero de 2022. El ataque, uno de los más mortíferos en Kiev, provocó un cráter de cinco pisos en un bloque de apartamentos, partiendo el edificio en dos. Los reporteros de AFP observaron a los equipos de rescate llevarse a las víctimas en bolsas para cadáveres mientras rebuscaban entre los humeantes escombros. Se desplegó maquinaria pesada de construcción para retirar los montones de escombros. Las autoridades advirtieron que se creía que varias personas seguían atrapadas bajo el edificio derrumbado”, escribía ayer AFP sobre el bombardeo ruso de Kiev, el más duro de las últimas semanas.
“629 misiles y drones en una sola noche sobre Ucrania: esta es la idea de paz de Rusia. Terror y barbarie. Más de una docena de muertos, incluidos niños. Zonas residenciales e infraestructuras civiles fueron atacadas deliberadamente. Las oficinas de la Delegación de la Unión Europea y del British Council sufrieron daños. Francia condena con la mayor firmeza estos ataques crueles y sin sentido. Todo el apoyo al pueblo ucraniano y la más profunda compasión por todas las familias en duelo”, escribió Emmanuel Macron. Como en ocasiones anteriores, el bombardeo dio rápidamente lugar al cruce de justificaciones y condenas, siempre sin señalar el aspecto más importante, el hecho de que, sin una verdadera negociación política basada en términos realistas, este tipo de sucesos van a continuar ocurriendo periódicamente tanto en Ucrania como en los territorios ucranianos bajo control ruso y en la Federación Rusa.
Pese a las proclamas ucranianas y occidentales prácticamente desde el inicio de la invasión rusa sobre la escasez de misiles en el arsenal ruso, Moscú ha demostrado que su industria, estirada al máximo según Patricia Marins, sigue siendo capaz de suministrar el material con el que atacar regularmente, aunque no en la forma diaria con que actúa el Estado de Israel contra el territorio de Gaza y su población civil. Según la parte rusa, el ataque de ayer buscaba destruir lugares de producción industrial además de bases militares. Sin ninguna prueba al respecto –aunque no sería la primera ocasión en la que un taller de ensamblaje de drones se sitúa en un barrio residencial, como han llegado a admitir abiertamente medios como El País-, Rusia alegaba ayer que incluso en el caso más flagrante de ataque directo en un edificio de viviendas, en el que se produjo el mayor número de bajas, el blanco eran las oficinas de la empresa UkrSpecSystems, dedicada a la producción de drones. Uno de los impactos que Ucrania admite haber sufrido ha sido en una de las factorías de Bayraktar instaladas tras la invasión rusa para aumentar la producción militar. Rusia, que insistió en que su ataque se había producido con armas de alta precisión, tratando así de desmentir las condenas de bombardeos indiscriminados denunció también haber derribado un centenar de drones ucranianos en su territorio.
A pesar de la elevada cifra de víctimas mortales, tres menores entre ellas, una parte importante de las quejas occidentales no se refirieron tanto al edificio residencial derruido como a los daños sufridos por la sede de la Unión Europea. “Acabo de hablar con mis colegas en la Delegación de la Unión Europea en Ucrania en Kiev, después de que nuestro edificio fuera dañado por un ataque ruso. Su determinación de seguir apoyando a Ucrania nos fortalece. Ninguna misión diplomática debería ser jamás un objetivo. En respuesta, vamos a convocar al enviado ruso en Bruselas”, escribió Kaja Kallas en referencia a lo que la UE considera un ataque deliberado de la Federación Rusa en su contra, que no causó heridos. Los cristales rotos, parece evidente que a causa de la actividad de la defensa aérea ucraniana, en la Delegación de Bruselas en Kiev fueron ayer por la mañana uno de los grandes temas de discusión para quienes únicamente condenan los ataques a legaciones diplomáticas propias o de sus aliados, pero jamás las de sus oponentes. “La delegación de la UE en Kyiv resultó dañada por los ataques rusos de hoy contra zonas civiles. Condeno enérgicamente estos brutales ataques, una clara señal de que Rusia rechaza la paz y elige el terrorismo. Nuestra total solidaridad con el personal de la UE, sus familias y todos los ucranianos que sufren esta agresión”, había escrito antes Marta Kos, comisaria de Ampliación de la Unión. “Anoche, sus oficinas se convirtieron en el blanco de otro ataque ruso indiscriminado durante esta agresión sin sentido”, añadió Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo y cuya definición de “indiscriminado” depende de quién sea el atacante. Todos esos discursos siguen la tónica de exagerar los daños y mostrar un horror que las instituciones europeas, al igual que los Estados miembros, están utilizando para volver a exigir más armas para Ucrania, sanciones contra Rusia y un endurecimiento de la presión contra Moscú.
Ejemplo perfecto del discurso europeo es el mensaje publicado por el finlandés Alexander Stubb, posiblemente el líder europeo con mejor feeling con Donald Trump, que en pocas palabras presentó claramente la causa europea. “Los últimos ataques rusos contra objetivos civiles en Kyiv son otro ejemplo de tres hechos simples: 1. Rusia no tiene intenciones de poner fin a esta guerra. 2. Rusia no ha cambiado su principal objetivo estratégico de destruir la independencia, la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. 3. Los ataques rusos contra objetivos civiles son una flagrante violación del derecho internacional. Lo único que entiende el presidente Putin es el poder. Lo único que lo llevará a la mesa de negociaciones es la presión. Finlandia seguirá apoyando a Ucrania con todos los esfuerzos diplomáticos, financieros y militares necesarios. Mientras sea necesario”, escribió en las redes sociales para, sin gran sutileza, volver a las exigencias de más uso de las sanciones y la fuerza contra Rusia. En el actual discurso de paz por medio de la fuerza, el objetivo europeo es el mismo que el ucraniano, que Estados Unidos aumente la presión de las sanciones y que Kiev disponga del armamento necesario para hacer en Rusia lo que se critica en Ucrania y que, incluso sin permiso para utilizar misiles occidentales, las Fuerzas Armadas de Ucrania ya están haciendo con sus constantes y ataques con drones a las infraestructuras energéticas rusas, especialmente los oleoductos y las refinerías. La guerra aérea no se ha detenido en ningún momento y, pese al intento occidental de presentarla de esa manera, no es unilateral. Esa narrativa es útil para que los representantes europeos que más reticentes han sido siempre a la diplomacia, se aprovechen de la coyuntura para tratar de dilapidar cualquier posibilidad de diálogo. Ayer, el canciller Merz daba por hecho que debido al bombardeo de Kiev, no iba a producirse la ansiada reunión entre Putin y Zelensky que ni siquiera ha sido acordada aún.
Combinando discurso de paz con preferencia por el uso de la fuerza, la UE regresa nuevamente a la exigencia de un alto el fuego incondicional según el ultimátum europeo del 9 de mayo, que nunca ha sido viable y que siempre se planteó precisamente porque no lo era. La propuesta muestra de nuevo el compromiso de la UE por hacer lo más difícil posible cualquier intento de diplomacia. Sin embargo, en este contexto en el que las palabras contradicen la actuación política, Kaja Kallas exigía ayer a Rusia que “deje de matar y negocie”.
Como ocurriera el pasado mes de junio en el caso de Irán, la genérica palabra negociar esconde la coletilla de en las condiciones marcadas por quienes ordenan la negociación, en este caso Kiev y la Unión Europea, cuyos intereses son comunes y pasan por imponer la diplomacia desde arriba, a partir de una reunión de presidentes, alto el fuego impuesto a Rusia y posterior negociación futura sin ninguna garantía de que vaya a producirse un acuerdo. “Mientras el mundo busca un camino a la paz, Rusia responde con misiles”, condenaba Kallas, líder de la diplomacia del bloque que más se ha resistido a dar el giro retórico hacia el discurso de paz y que sigue insertada en la lógica de presentar un plan de paz armada posterior a la guerra que hace imposible que pueda haber un acuerdo. Lo extremo de los términos militares que se proponen, las constantes referencias a la recuperación de la integridad territorial –una referencia clara a la principal línea roja de Rusia en Ucrania, Crimea- y la insistencia en la adhesión de Ucrania a la OTAN ha de hacer pensar que se trata de una actuación deliberada de un grupo de países que, salvo las habituales excepciones, está más cómodo con la guerra que con una posibilidad de paz negociada en la que su enemigo ruso no sea completamente derrotado y sometido a la voluntad de Bruselas, Londres, París y Berlín.
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