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Alto el fuego, Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania, Unión Europea, Zelensky

Garantías de seguridad y exigencias ucranianas

Con sus prioridades claras -negociar las condiciones de la paz armada posterior a un posible alto el fuego primero con sus aliados y posteriormente, y limitando al máximo el margen de maniobra de Rusia en ellas, con el enemigo-, Volodymyr Zelensky continúa gestionando el día después de la guerra como si las conversaciones con sus socios fueran la parte principal del proceso de paz. “La seguridad de Ucrania”, afirmó ayer Zelensky, “se basa en la fuerza, en su ejército”. “Eso implica que necesitamos más financiación y munición a largo plazo”, añadió por si quedaba alguna duda de que Kiev espera que el flujo de munición, armamento y financiación a las Fuerzas Armadas de Ucrania no disminuya, sino que aumente en caso de alto el fuego. Pero pese a las palabras de Zelensky, la fuerza que Kiev busca no se limita a su ejército, sino a las botas de sus aliados sobre el terreno.

Teniendo en cuenta que el primer objetivo es lograr la presencia de la OTAN en territorio ucraniano que el actual presidente ya deseaba antes de la invasión rusa, una invitación al Reino Unido que fue también una de las causas de la guerra, el grueso de las conversaciones de Zelensky se refieren a la cuestión militar y no a la política, territorial o económica, aspectos esenciales a la hora de hacer viable la Ucrania del futuro. Pese al discurso de guerra de liberación nacional y la insistencia de la propaganda en que Rusia trata de destruir el Estado a base de hacerlo inviable, se trata de cuestiones aparentemente secundarias en estos momentos en los que la guerra y el posicionamiento militar que vaya a resultar de ella es lo único que importa en Kiev. De ahí que las principales reuniones de Zelensky en estos momentos se refieran a la cuestión puramente militar. “Estamos en contacto diario con nuestros socios y aliados, con los que tenemos encuentros y conversaciones” indicó el presidente ucraniano, que añadió que “es importante ser lo más prácticos posible. Es importante que todo sea lo más práctico posible: qué fuerzas se desplegarán en tierra, aire y mar; todo debe estar claramente definido”. Es evidente en las palabras de Zelensky cuáles son las prioridades y, por lo tanto, también quiénes son los interlocutores prioritarios. 

En ese contexto, el líder ucraniano recibió ayer a sir Tony Radakin, jefe del Estado Mayor de uno de los dos patrocinadores de la idea de la Coalición de Voluntarios, el Reino Unido, y a quien será su sucesor, sir Richard Knighton. El encuentro es representativo por ambas partes. No es solo Ucrania la que considera la guerra la razón de ser del Estado, sino que también los países europeos, sobre todo el Reino Unido, especialmente interesado en utilizar la guerra para debilitar al máximo a su enemigo histórico ruso, han optado por ver el conflicto como existencial, centro de la política europea de defensa y de sus relaciones internacionales. Todo actualmente se mira a través del prisma de la guerra en Londres, París, Berlín y Bruselas, aunque esa postura es aún más pronunciada en Kiev, donde en el resultado de la guerra y de la paz se juegan carreras políticas y, lo que seguramente es secundario para Zelensky y su círculo, la calidad de vida de millones de personas.

“Discutimos sobre más apoyo a Ucrania: la situación en el frente, las necesidades de nuestros guerreros y el suministro de armas necesarias, la financiación para la producción de drones ucranianos y proyectos conjuntos. También hablamos sobre los esfuerzos diplomáticos para poner fin a la guerra y lograr una paz real y duradera”, escribió Zelensky en una mención a la diplomacia que es prácticamente una anécdota teniendo en cuenta la rapidez con la que el presidente ucraniano vuelve siempre al aspecto militar. “Debemos intensificar al máximo nuestro trabajo y garantizar la claridad y la transparencia en todo lo relacionado con las garantías de seguridad. Por ello, también analizamos en detalle las iniciativas de los asesores de seguridad nacional en materia de garantías de seguridad para Ucrania y los avances en la Coalición de la Voluntarios”, insistió. El aparente protagonismo europeo en la conversación sobre el envío de tropas a territorio ucraniano en caso de alto el fuego definitivo no puede ocultar que todo depende de cuál será el resultado de esas negociaciones que los socios de Ucrania realizan, no con Kiev, sino con Estados Unidos para preparar el terreno para una presencia militar en la que lo menos importante es si puede hacer imposible una negociación política con Rusia. Imponer hechos consumados a los que Moscú no pueda negarse ha sido siempre el objetivo, por lo que no debe extrañar que Sergey Lavrov haya afirmado repetidamente esta semana que no se han tratado las garantías de seguridad para Ucrania en los contactos mantenidos por Moscú. Evitar que se traten esas cuestiones, especialmente si es de forma bilateral y directa entre Estados Unidos y Rusia, es algo a evitar por parte de Ucrania y sus defensores europeos. Todo lo demás, incluidos los aspectos políticos, económicos y humanitarios de un posible proceso de paz que aún no ha comenzado, puede esperar.

Pese al discurso mediático y político -fundamentalmente europeo, pero también por parte de Trump-, que hace parecer que es exclusivamente Rusia quien retrasa la posibilidad de un alto el fuego o de un acuerdo político para poner fin a la guerra, tampoco Ucrania tiene prisa por reunirse con Vladimir Putin o por iniciar unas negociaciones que pongan negro sobre blanco los términos en los que se intentará hacer la paz. Así lo admitió implícitamente Donald Trump al ser preguntado por si Rusia se niega a reunirse con Zelensky al considerarlo ilegítimo. “Da igual lo que digan. Todos están actuando. Son puras tonterías, ¿de acuerdo? Todos están actuando”, respondió el presidente de Estados Unidos, que sugiere que no hay que tomarse en serio las declaraciones que actualmente están realizando las partes. Todo es parte del teatro político de posicionamiento en el que se busca obtener las máximas concesiones del enemigo ofreciendo siempre lo mínimo posible. En ese juego, con el apoyo absoluto de los países europeos, la confianza en el manejo de la comunicación y la exageración del valor de Zelensky como activo político, Ucrania espera superar las capacidades diplomáticas de Rusia –algo no menor, ya que Moscú, aparentemente aislada, ha conseguido que se le extienda la alfombra roja en territorio estadounidense- para imponer sus términos en la cuestión militar.

“Estamos trabajando de forma muy activa con los estadounidenses. Tras nuestra reunión en Washington, ahora tenemos una nueva base para nuestros esfuerzos conjuntos. Esto es significativo”, afirmó Zelensky en el habitual mensaje en el que anuncia diariamente las novedades a la nación publicado el martes por la noche. En Financial Times, uno de los medios con mejores contactos y más capacidad de acceder a fuentes importantes actualmente, Christopher Miller explicaba ayer cuáles son los últimos avances para perfilar una presencia armada de la OTAN que Ucrania considere suficiente a modo de garantías de seguridad para acceder a un proceso político que pueda implicar un alto el fuego.

“Washington ya suministra a Ucrania misiles Patriot de defensa aérea, pero la ayuda de posguerra incluiría aviación, logística y radares terrestres estadounidenses para apoyar y hacer posible una zona de exclusión aérea y un escudo aéreo para el país implementados por Europa”, afirma Miller con una descripción mucho más detallada de lo que ha dado a entender Estados Unidos, por lo que es probable que las fuentes que hablan de zona de exclusión aérea -que como se vio en Libia no es solo un movimiento defensivo sino fundamentalmente ofensivo- sean europeas e incluso ucranianas. Según el medio, la pasada semana, Donald Trump informó a sus socios europeos de que Estados Unidos participaría en la “coordinación de las garantías de seguridad para la Ucrania de posguerra”. Desde entonces, “oficiales de alto cargo estadounidenses han dicho a sus homólogos europeos en múltiples conversaciones que Washington estaría dispuesta a contribuir con habilitadores estratégicos’, incluyendo inteligencia, vigilancia y reconocimiento, mando y control y activos de defensa aérea para permitir cualquier despliegue liderado por Europa sobre el terreno”. Aunque esa es la propuesta que Ucrania llevaba meses exigiendo de su principal proveedor militar, todo depende de la presencia de tropas europeas sobre el terreno (y, pese a que el artículo no insiste en ellos, de la capacidad de los países europeos de realizar una oferta económica atractiva para Estados Unidos). Según el medio, los países europeos prevén desplegarse en la seguridad de la retaguardia, mientras que tropas de terceros países «neutrales» se encargan de una supuesta zona desmilitarizada, una referencia al escenario coreano, donde la DMZ ha llegado a ser una de las áreas más militarizadas del planeta. Más lejos aún del peligro del frente estarían los efectivos estadounidenses.

“Estados Unidos sigue oponiéndose a desplegar sus propias tropas en Ucrania, añadieron los representantes. Otros oficiales de la administración Trump, entre ellos el secretario Hegseth, se muestran escépticos ante cualquier participación en las garantías de posguerra por temor a que arrastre a Estados Unidos a futuros conflictos” indica el mismo artículo. Demasiado implicada en el conflicto con Rusia como para preocuparse por una guerra directa, Europa trata de evitar que esa postura del líder del Pentágono, marcada por la opinión de su subsecretario de Política de Defensa, halcón antichino que defiende utilizar todos los recursos en Asia-Pacífico, no se convierta en la postura oficial de Donald Trump. Sin embargo, la opinión de una parte del trumpismo no es la única contraria al envío de tropas a Ucrania, ya que, como publicaba ayer The Wall Street Journal, frente a las evidentes ansias de los líderes políticos de varias potencias europeas por contar con un contingente europeo en territorio ucraniano, ni la población francesa ni la alemana lo avalan. Citando la relativamente pequeña mayoría de la coalición gubernamental alemana en el Parlamento, que tendría que aprobar el envío, el medio estadounidense recuerda la posición fervientemente contraria de “la extrema derecha y la extrema izquierda” -poniendo así al mismo nivel a AfD que a Die Linke, difícilmente calificable de radical- y añade que, según una reciente encuesta, el 56% de la población alemana se opone a que su país contribuya a un posible despliegue militar en Ucrania. En Francia, el porcentaje asciende al 67% en caso de alto el fuego y 68% de producirse sin que medie un cese de la guerra. Es especialmente significativo el escaso cambio que supone la variable del alto el fuego, lo que posiblemente puede entenderse como un síntoma de escasa fe en el cese de las hostilidades.

La opinión de las poblaciones europeas es irrelevante para Ucrania -y puede que también para esos gobiernos-, que en declaraciones a Financial Times ha hecho un esbozo de lo que espera de sus aliados continentales. Según Andriy Ermak, cada país de la coalición contribuirá de forma diferente “y al final, el panorama será una mezcla de apoyo militar, político y económico”. Ucrania aspira a obtener cuatro o cinco brigadas europeas (entre 12.000 y 25.000 efectivos) “más los facilitadores estratégicos de Estados Unidos”, es decir, miles de tropas de la OTAN además de una cobertura masiva suministrada por el país sin el que es imposible que Ucrania acepte las garantías de seguridad.

Kiev no se conforma con la presencia sobre el terreno de miles de tropas de países europeos miembros de la OTAN, sino que exige un papel importante de Estados Unidos, que según Andriy Ermak “puede aportar la columna vertebral de todo el trabajo de arquitectura de seguridad y disuasión”. A lo largo de los años, Kiev ha realizado peticiones a diestro y siniestro: armamento pesado, aviación, tropas, una zona de exclusión aérea, misiles con los que atacar Rusia e implicación de Estados Unidos. Ahora, como parte de una negociación “de paz”, los exige todos a la vez. Sea cual sea el riesgo de descarrilar cualquier posibilidad de acuerdo o de aumento del peligro de enfrentamiento directo entre grandes potencias.

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