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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, OTAN, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Estados Unidos, la guerra de Ucrania y la subordinación europea

En línea con la vieja lógica de la OTAN en sus momentos de alianza militar de la Guerra Fría y principal instrumento político del sometimiento de Europa a los intereses geopolíticos norteamericanos, Estados Unidos parece seguir interesado en aquella célebre frase de “Russians out, Americans in, Germans down” (los rusos fuera, los estadounidenses dentro y los alemanes abajo). La lógica política de los tiempos más sencillos, con amenazas militares que todavía imperaban respeto, hizo que las dos grandes potencias se enfrentaban en guerras proxy en teatros secundarios, pero nunca en el principal, Europa, único en el que la Guerra siempre fue Fría. La desaparición de la Unión Soviética, único país que contenía las ansias de poder hegemónico de Estados Unidos, modificó automáticamente el tablero de juego, dando a Washington más de una década de liderazgo absoluto, con la capacidad de rehacer las normas a su antojo e imponer una visión del orden internacional basado en sus normas y aplicado selectivamente, siempre a su favor. El retorno de la política de grandes potencias se debe al ascenso de potencias emergentes, especialmente China, y al intento de algunos bloques de países por descentralizar un poder excesivamente concentrado en Washington y sus aliados más cercanos, vencedores de la Guerra Fría, que no quieren ver aún que el momento unipolar terminó y el sometimiento al mandato de Washington no es ya lo automático que fuera en el pasado. Aunque la guerra de Ucrania no es el único conflicto bélico mundial, el que más desplazados ha causado o el que ha causado la situación más dramática para la población civil, el interés y la participación indirecta de Occidente hace que sea un buen ejemplo para observar los cambios que están produciéndose.

En cinco años ya no podremos sancionar a nadie, se lamentó hace unos meses Marco Rubio, el halcón neocon convertido en secretario de Estado del hombre que aspira al Nobel de la Paz. La tristeza de Rubio, que estos días deja de lado su afán pacifista en Europa en favor de su habitual beligerancia amenazando a Venezuela, se debía a la relativa pérdida de centralidad del dólar como moneda de reserva, una de las bases por las que Washington puede permitirse amenazar económicamente a casi cualquier país. Evitar esa tentación estadounidense a la coerción económica contra sus oponentes o enemigos designados, sean o no una amenaza para nadie, ha sido, a lo largo de la última década, la lógica con la que Rusia ha tratado de hacer crecer a los BRICS intentando hacer de este club una alianza económica que comercie en las monedas nacionales. Ese es también el objetivo de la B de BRICS, Brasil, que choca con el interés de otros países, fundamentalmente India, de mantener su posición de cercanía a Occidente. India ha sido, sin embargo, la primera víctima de este grupo de países, castigada por Estados Unidos por su posición en la guerra de Ucrania, que le ha dado la oportunidad de obtener grandes ingresos derivados de la reexportación del crudo ruso. El intento de Estados Unidos de obligar a Nueva Delhi a renunciar a ese beneficio económico ha fracasado por el momento. India no solo ha rechazado esa evidente coerción económica, sino que ha condenado como insultantes las acusaciones de tener las manos manchadas de sangres por parte del principal exportador de armas a la guerra de Ucrania y al genocidio de Gaza. Al anuncio de la primera visita de Modi a China en cinco años y a la defensa férrea que Beijing ha hecho de Nueva Delhi hay que añadir la cooperación industrial y tecnológica que se anunció ayer. No hay nada como ser atacado por el mismo país, Estados Unidos, para que dos vecinos con intereses comunes sean capaces de aparcar temporalmente sus diferencias para cooperar en beneficio mutuo. 

La postura india, china e incluso brasileña -pese a que Lula da Silva haya renunciado hace tiempo a su oferta de mediación entre Rusia y Ucrania para conseguir un final dialogado a la guerra- contrasta con la sumisión absoluta que han mostrado los países europeos, que han optado por aceptar todas y cada una de las exigencias de Donald Trump para conseguir que Estados Unidos se mantenga a su lado en el proyecto europeo estrella en estos momentos, mantener el enfrentamiento con Rusia. Bruselas ha aceptado los aranceles que Trump propuso para lograr el acuerdo comercial, ha realizado compromisos de inversiones en Estados Unidos, promesas de adquisición de miles de millones de dólares en productos energéticos estadounidenses, ha comenzado a costear las armas que entregar a Ucrania, convirtiendo la guerra en una fuente de lucro económico para Washington e incluso ha abierto el mercado europeo a los productos agrícolas estadounidenses, hasta ahora restringido por la contradicción en las regulaciones. A día de hoy, el proyecto geopolítico europeo no depende de su situación económica o su relación con los países cercanos, a los que aspira a absorber, como ocurre en los Balcanes y el Cáucaso; someter, como es el caso de países como Argelia; mantener alejados, especialmente a su población, como ocurre con el África subsahariana; o derrotar militar y políticamente, como trata de hacer con Rusia. La rápida movilización para salvar al soldado Zelensky en la Casa Blanca y mantener cierto control sobre la guerra de Ucrania muestra que el enfrentamiento político, económico y militar con Rusia es la razón de ser de la política exterior de la Unión Europea, un proyecto de construcción continental en el que el establishment político busca mantener a los rusos out y a los estadounidenses in, aunque sea a costa de dejar a los alemanes down.

Berlín, cliente europeo más importante de los productos energéticos rusos hasta la invasión de Ucrania, ha sido la principal damnificada de las sanciones europeas y estadounidenses. Aunque siempre quedó claro que cualquier sanción a la energía rusa era en realidad una medida también contra Alemania, un rival importante para Estados Unidos en materia industrial, tanto el gobierno socialdemócrata como el actual democristiano han aceptado sin rechistar la necesidad de renunciar al gas barato ruso, sacrificando así una parte de la competitividad de su industria, que no solo se deslocaliza hacia China, sino incluso hacia Estados Unidos, algo absolutamente impensable hasta ahora. El sacrificio voluntario, unido al fuerte aumento del gasto militar reduce las posibilidades de gasto en otras partidas y repentinamente, como anunció el canciller Merz el pasado lunes, el estado del bienestar ya no es sostenible y precisa de reformas, eufemismo habitual para anunciar unos recortes que la derecha siempre ha querido realizar y que la coyuntura actual le permite proponer sin que haya grandes riesgos de protestas. Política, militar y económicamente, la guerra y la paz armada que los países europeos desean para el día después del alto el fuego son la prioridad para sus gobiernos, que al presentar el conflicto como existencial para la Unión Europea, han creado las condiciones para justificar tanto la remilitarización del continente como para el sometimiento de sus intereses a los estadounidenses.

Subordinación y dependencia caminan de la mano y se demuestran en el día a día. La visita de Rutte, von der Leyen, Starmer, Macron, Meloni, Merz y Stubb a Washington no solo buscaba proteger a Zelensky de sí mismo y evitar una escena como la del pasado febrero, sino conseguir una serie de concesiones que los países europeos precisan para seguir adelante con su proyecto ucraniano. La realidad de la guerra ya ha dejado lo suficientemente claro que, en las actuales circunstancias, Kiev no va a ser capaz de expulsar a las tropas rusas de los territorios ucranianos bajo control ruso desde antes de 2022, ni siquiera regresar a las fronteras existentes cuando se produjo la invasión rusa. En otras palabras, el sueño ucraniano de recuperar Crimea no es más que una quimera e incluso volver a controlar lo perdido en Jersón y Zaporozhie requeriría de un cambio importante en la dinámica del frente. Pese a las tímidas manifestaciones sobre el aumento de la autonomía estratégica que supondría el rearme anunciado por von der Leyen este pasado mes de marzo, la forma en la que está produciéndose el aumento del gasto militar –en forma de crecientes contribuciones a la OTAN y adquisición de armas en Estados Unidos- indica el efecto contrario, el aumento de la subordinación a Washington, algo que Trump ha comprendido perfectamente autoproclamándose “presidente de Europa”. Cualquier humillación es preferible a la pérdida del control del conflicto ucraniano o el desinterés del país imprescindible, Estados Unidos.

Ayer, un artículo de Politico ahondaba en esta cuestión. Además de un aumento del flujo de asistencia militar, con armamento cada vez más pesado y creciente presencia de armas ofensivas que utilizar en territorio de la Federación Rusa, Ucrania necesita un fuerte aumento de la presión de las sanciones contra Rusia para conseguir equilibrar las fuerzas en vistas a una negociación, a la que actualmente llegaría en posición de debilidad. “La Unión Europea está elaborando nuevas medidas destinadas a presionar la maltrecha economía de guerra de Rusia. Sin embargo, tras haberse comprometido ya a eliminar gradualmente las importaciones de petróleo y gas, el bloque es cada vez más consciente de que es Washington, y no Bruselas, quien está en mejor posición para apretar las tuercas”, escribe el medio, que pese al intento de presentar a la UE como un actor capaz de imponer sus propias medidas, muestra una realidad en la que 18 paquetes de sanciones no han conseguido el objetivo de doblegar a Rusia y cada intento posterior es un recordatorio del fracaso y de la carencia de nuevas ideas más allá de continuar repitiendo lo mismo que se ha hecho hasta el momento. “Según cuatro diplomáticos europeos, a quienes se les ha concedido el anonimato para arrojar luz sobre las discusiones a puerta cerrada, no se espera que la última ronda de sanciones incluya nuevas restricciones importantes sobre las ventas de energía que financian la guerra de Rusia contra Ucrania. El paquete, el decimonoveno que se impone a Moscú desde que lanzara su invasión a gran escala en febrero de 2022, se dará a conocer el próximo mes y se centrará en los buques de la «flota fantasma» y las empresas que ayudan a Rusia a eludir las normas vigentes”, continúa Politico, que posteriormente se centra en la nueva esperanza europea, Estados Unidos y las sanciones secundarias de Donald Trump.

“Las consecuencias más dolorosas para Moscú se producirían si se impusieran sanciones secundarias —a empresas o países que hacen negocios con Rusia—, pero el impacto real de estas vendría de Estados Unidos. Muchos observadores sostienen que el presidente ruso, Vladímir Putin, solo se reunió con Donald Trump en Alaska después de que Washington impusiera aranceles elevados a la India por su compra del sustento económico de Rusia: el petróleo. El siguiente paso dramático sería intensificar sanciones similares para estrangular el importantísimo comercio de Rusia con China”, sentencia el artículo que, al igual que los países europeos, pone sus esperanzas en unas medidas que ya se han demostrado fallidas en el caso de India, un país menos potente económicamente que China y posiblemente más proclive a ceder a los chantajes occidentales para preservar su relación con Occidente. Como escribía ayer Leonid Ragozin, “a pesar de su tono desafiante, el artículo de Politico enlazado a continuación expone el problema clave del actual proceso de paz. La UE ha agotado su capacidad sancionadora contra Rusia, mientras que ella misma sufre las consecuencias de sus propias sanciones. Las sanciones secundarias de Estados Unidos. siguen siendo la gota que colma el vaso, pero el ejemplo de la India sugiere que esto no va a funcionar, especialmente ahora que Trump ha consolidado a los BRICS con su política arancelaria descabellada”. Los países europeos se agarran al clavo ardiendo de sanciones que no han funcionado con el objetivo de mantener la presencia activa de la OTAN y el interés del único actor capaz de hacer escalar la guerra o, en caso de éxito del proceso de paz en los términos que tratan de imponer Kiev y sus aliados continentales, crear una paz armada en la que el conflicto con Rusia siga siendo la razón de ser de la política exterior de la UE.

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