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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Armas, sanciones y garantías de seguridad: la importancia de Estados Unidos

En su carta a Ucrania en conmemoración del Día de la Independencia, Donald Trump insistía en el coraje del pueblo ucraniano, pero también en que “ahora es el momento de terminar esta matanza sin sentido” y precisaba que “Estados Unidos apoya una resolución negociada que lleve a una paz duradera que ponga fin al derramamiento de sangre y  preserve la soberanía y dignidad de Ucrania”. Como era de esperar, Zelensky se ha centrado únicamente en los aspectos positivos y sigue ignorando las evidentes diferencias en la forma en la que los dos países ven los próximos pasos a dar. El presidente ucraniano prefiere también obviar que su definición de paz, que en la escasamente realista versión de Ucrania implica que no haya concesiones a Rusia, tampoco es la misma que la de su homólogo estadounidense.

Zelensky y sus aliados parecen no haber perdido la esperanza de volver a la idea de un alto el fuego impuesto por la fuerza a Rusia, para lo que Ucrania exige el aumento de sanciones y ha intensificado notablemente sus ataques con drones contra objetivos en la Federación Rusa, fundamentalmente refinerías de petróleo y oleoductos. Incluso en la reunión de la Casa Blanca, pese a saber que Donald Trump no quería escuchar ese argumento, el canciller Merz trató nuevamente de sacar el tema. Aunque aparcado actualmente, la capacidad de Trump de cambiar de opinión dependiendo de cuál ha sido la última persona con la que ha hablado hace imposible descartar la posibilidad de que, tras las dos semanas de gracia que ha vuelto a dar a Rusia, Estados Unidos vuelva a exigir el “alto el fuego incondicional” ordenado por el ultimátum europeo del 9 de mayo. Sin embargo, al menos por el momento, Washington apuesta por lograr un acuerdo final que dicte los términos políticos, territoriales y de seguridad para poner fin a la guerra. Durante meses, ese ha sido el escenario más temido por Ucrania y los países europeos, especialmente si llegaba, como aparentó con la reunión de Alaska, por un entendimiento entre Rusia y Estados Unidos en el que quedaran apartadas las voces de Ucrania y los países europeos.

A la espera del paso del tiempo, Ucrania continúa centrada única y exclusivamente en la guerra. El aumento de los ataques en la retaguardia es evidente y merece un análisis en profundidad. Estos últimos días, los ataques se han centrado fundamentalmente en las refinerías de petróleo y los oleoductos. El objetivo es evidente, más allá de la presión militar, Ucrania quiere ejercer la presión económica que exige que su principal aliado inflija. No es casualidad que Ucrania esté atacando actualmente al sector en el que también Estados Unidos ha puesto el punto de mira, el petróleo. Por el mismo motivo por el que Washington luchó contra la construcción del Nord Stream desde el primer momento hasta que Joe Biden admitió -temporalmente- la derrota, Estados Unidos trata de socavar la capacidad rusa de mantener una cuota en ciertos mercados. “Es hora de que nuestros colegas europeos se pongan con su programa o que se aparten”, afirmó hace unos días Scott Bessent. El secretario del Tesoro de Estados Unidos se refería a la cuestión de la adquisición de petróleo ruso. “Siguen diciéndonos «Estados Unidos tiene que hacer esto; Estados Unidos tiene que hacer aquello». El presidente Trump ha impuesto sanciones secundarias y aranceles a la India por consumir petróleo ruso, pero la Unión Europea no ha hecho nada”, insistió. Washington exige que la UE renuncie definitivamente al petróleo ruso, algo que solo puede hacer a costa de su economía, contra el criterio de países como Eslovaquia o Hungría y de forma gradual, y espera también que se una a las sanciones contra Nueva Delhi.

Como explicaba en uno de los episodios más recientes de su podcast, Ones and Tooze, el historiador y economista Adam Tooze, la idea de imponer un tope al que Rusia podía vender su crudo buscaba precisamente que un país como India se beneficiara de la situación. Para mantener su cuota de mercado y los ingresos que implica, Rusia vendería con fuertes descuentos un petróleo que Nueva Delhi podría posteriormente exportar con grandes beneficios económicos y rédito geopolítico. Como reconoció el entonces jefe de la diplomacia europea Josep Borrell, la UE podía así obtener petróleo ruso de forma indirecta y a un precio reducido, beneficiando además a un país que Occidente trata de alejar de Rusia, aliado histórico, y a otros miembros de los BRICS. Las sanciones, que han causado un fuerte enfado en el fervientemente prooccidental y proestadounidense Gobierno indio, obstaculizan notablemente los objetivos por los que se planteó esta política y ya han tenido consecuencias. Si se pretendía promocionar el ascenso indio como contrapeso geopolítico de China en la región más importante del momento, Asia-Pacífico, las sanciones han conseguido exactamente lo contrario. Tras años de frialdad e incluso enfrentamientos, días después de la imposición de sanciones, Narendra Modi confirmó su próxima visita a China, la primera desde 2018.

China, que ha sido muy explícita en sus muestras de solidaridad con India, no ha recibido, al menos de momento, sanciones secundarias por parte de Estados Unidos pese a ser, con diferencia, el principal cliente del petróleo ruso. El hecho de que ese crudo no se utilice fundamentalmente para la reexportación y que China no sea considerada un mercado ya capturado por los clientes occidentales marcan la diferencia. China es, además, un cliente demasiado grande, por lo que expulsar a Rusia de él supondría una inestabilidad en el mercado del petróleo que tampoco es deseable. Como demuestra la exigencia estadounidense de que la UE se comprometiera a adquirir miles de millones en productos energéticos norteamericanos, el objetivo de las sanciones y demandas de un giro comercial hacia sus productos están fundamentalmente dedicados a expulsar a Rusia del mercado europeo. De ahí que Kiev pueda permitirse, por ejemplo, atacar el oleoducto que une Rusia con la Unión Europea y que  incluso ahora, tres años y medio después de la invasión de Ucrania, siga transportando crudo a Eslovaquia y Hungría, dos de los países europeos con los que Donald Trump mantiene una mejor relación.

Pese al fin de semana de reafirmación de su soberanía e independencia, Ucrania depende de mantener una buena relación de trabajo con Estados Unidos, capaz, por medio de una sola llamada, de obligar a Kiev a aceptar condiciones que no son de su agrado. Así ocurrió en la primavera, cuando Washington detuvo temporalmente el suministro de armamento e inteligencia al considerar que el Gobierno ucraniano no estaba lo suficientemente comprometido con la paz. El acuerdo de minerales fue otro ejemplo en el que Kiev tuvo que firmar un documento de naturaleza colonial, que pone en manos de Estados Unidos al menos una parte de sus ingresos futuros de explotación de sus recursos naturales. Pese a que Kiev afirma que el acuerdo es favorable a Ucrania, el hecho de que la Rada tuviera que ratificarlo sin haberlo leído pone en cuestión la palabra de Volodymyr Zelensky o de Yulia Svyridenko, la actual primera ministra que firmó el documento sin el bombo y platillo que se esperaba el día en el que el presidente ucraniano decidió rebatir a Donald Trump y JD Vance y acabó expulsado de la Casa Blanca y apareciendo de urgencia en Fox News para pedir perdón y solicitar otra audiencia con su homólogo estadounidense.

Las posibilidades de Ucrania de conseguir una parte de sus objetivos -mantener el territorio y conseguir unas garantías de seguridad lo más cercanas posibles a la OTAN- pasan por mantener la buena relación con Estados Unidos, lograr no ser vista como el obstáculo para la paz que ha sido desde 2014 y seguir cargando con esa culpa a la Federación Rusa, haya o no movimientos rusos en favor de una negociación. De ahí que la postura estadounidense sea determinante, no solo a la hora de ejercer la presión económica con la que Kiev espera -de forma algo ingenua- que Rusia tenga que negociar entre la espada y la pared, sino especialmente a la hora de definir las garantías de seguridad que se ofrecerán a Ucrania.

Principal preocupación actual de Ucrania, las garantías de seguridad son el elemento clave a la hora de conseguir un acuerdo con Rusia, ya que unas condiciones favorables en el aspecto de la defensa son la única forma con la que Kiev y sus aliados europeos van a aceptar -en lugar de sabotear, como ocurriera durante siete años en Minsk- una salida negociada a la guerra. Tropas, inteligencia y cobertura aérea son, en este contexto, los tres elementos que determinarán el tipo de garantías de seguridad que los países europeos consiguen extraer de Estados Unidos para Ucrania. En todos ellos, el papel determinante es el de Washington, que por activa y por pasiva ha dejado claro que el grueso del coste, logística y ejecución de cualquier misión armada y del rearme del ejército ucraniano tendrá que correr a costa de los países europeos. Los miembros europeos de la OTAN ya han dejado clara su voluntad de costear cualquier intervención y el armamento para Ucrania siempre y cuando Estados Unidos permita que sea adquirido comercialmente. Y a juzgar por el silencio ante las palabras de Scott Bessent sobre cómo el sobrecoste que Donald Trump impone a las armas que Washington vende a la UE para que posteriormente sean entregadas a Kiev puede cubrir parte de los costes de la cobertura aérea, Bruselas parece también dispuesta a pagar a Estados Unidos por su papel en las garantías de seguridad a Ucrania.

Sin embargo, todo indica que, al menos por el momento, la voluntad de Estados Unidos es limitar su participación, no solo su implicación económica. “El máximo responsable de política del Pentágono comunicó el martes por la noche a un pequeño grupo de aliados que Estados Unidos tiene previsto desempeñar un papel mínimo en cualquier garantía de seguridad para Ucrania, lo que constituye una de las señales más claras hasta la fecha de que Europa tendrá que asumir la responsabilidad de mantener una paz duradera en Kiev. Las declaraciones de Elbridge Colby, subsecretario de Política de Defensa, se produjeron en respuesta a las preguntas de los líderes militares europeos en una reunión dirigida por el presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine. Los jefes de Defensa del Reino Unido, Francia, Alemania y Finlandia presionaron a la parte estadounidense para que revelara qué tropas y recursos aéreos proporcionaría para ayudar a Ucrania a mantener un acuerdo de paz con Rusia, según un funcionario europeo y otra persona informada sobre las conversaciones”, escribía la semana pasada Politico. Las palabras sobre las presiones del Reino Unido, Francia y Alemania, los tres países que se habían comprometido a liderar la misión de disuasión indican la escasa confianza europea en su capacidad de organizar ese contingente, equiparlo y dotarlo del material y la inteligencia necesarias para su puesta en marcha. Incluso a la hora de gestionar una misión que se situaría en la retaguardia y actuaría tras un alto el fuego pactado con Rusia, los países europeos necesitan del músculo de su aliado estadounidense para sentirse seguras.

La postura de Colby es coherente con su posicionamiento geopolítico, según el cual Europa ha dejado de ser una región clave para Estados Unidos, que en cualquier caso tiene garantizado que no vaya a constituirse un “bloque contrahegemónico” contra Washington. Colby, que ve en Asia el lugar al que Washington debe dirigir todos sus recursos, es también contrario a la expansión de la OTAN a países difíciles -o caros- de defender y cuya aportación a la seguridad de Estados Unidos es insignificante. Así se explica su intento de suspender el envío de armas tan importantes como misiles Patriot hace unas semanas, revertido por el escándalo mediático creado y por la incapacidad de Donald Trump de mantener una posición coherente. “El Kremlin tiene muchas torres”, suele decirse sobre las diferentes  facciones que rodean en cada momento al presidente ruso, algo que puede aplicarse también a la actual Casa Blanca, lo que hace imposible predecir cuál será el camino que finalmente tome Donald Trump, que el lunes pasado dio a entender que tropas estadounidenses podrían participar en las garantías de seguridad a Ucrania y al día siguiente afirmó todo lo contrario. Lo que sí ha quedado claro es que la actual Casa Blanca responde especialmente bien al argumento del dinero, por lo que el aumento de la adquisición de armas estadounidenses y una buena oferta económica para el pago de los servicios que Londres y Bruselas esperan de Estados Unidos -inteligencia, vigilancia, cobertura aérea y puede que incluso logística- serán los principales argumentos a lo largo de las próximas semanas.

Pese a las proclamas de soberanía de Ucrania y de autonomía estratégica de los países europeos, su posición geopolítica y de defensa sigue dependiendo de Estados Unidos.

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