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Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

«No hay otra opción»: Ucrania y la movilización

“Según una encuesta, solo una cuarta parte de los ucranianos quiere luchar contra Rusia hasta el final, lo que revela la caída en picado de la confianza de la población en la posibilidad de alcanzar la victoria.  Tras más de tres años de guerra, casi el 70% de los ucranianos está a favor de poner fin al conflicto lo antes posible mediante negociaciones, lo que supone un cambio casi total en la voluntad de luchar desde 2022”, escribía ayer el diario británico The Telegraph, cuya línea editorial no difiere en exceso de la de uno de sus antiguos columnistas y corresponsales, Boris Johnson, uno de los arquitectos de la idea de luchar contra Rusia hasta el último ucraniano. La aparente sorpresa que muestran los medios por la falta de voluntad de la población ucraniana de seguir muriendo en el frente solo puede explicarse por el desinterés en comprender la realidad más allá del discurso oficial. La prensa, que ha seguido prácticamente sin excepción la máxima de considerar propaganda cada palabra que llegaba de Moscú y verdad absoluta que no precisa del más mínimo trabajo periodístico de verificación todo lo procedente de Kiev, se ha ceñido al discurso de unidad de la nación, sin siquiera pararse a valorar los resultados de las encuestas realizadas por fuentes occidentales. Ya en 2024, el panel de Gallup arrojaba unos datos que contrastaban abiertamente el triunfalismo del Estado, que seguía insistiendo en su plan de victoria, buscaba armas occidentales de largo alcance para derrotar a Rusia en la retaguardia y se negaba a valorar la posibilidad de una resolución del conflicto que no pasara por recuperar al menos una parte de los territorios perdidos desde la invasión rusa de 2022.

Los acontecimientos han tomado un desarrollo extraño desde la llegada al poder de Donald Trump que, con una retórica de paz, ha hecho la guerra contra Irán, aumentado el apoyo de Estados Unidos a Israel en su fase más cruel contra la población palestina y que, a la vez, se ha jactado de sus capacidades como pacificador y se ha propuesto lograr una paz rápida a esta guerra “de Biden”, que “nunca debió empezar”. El proceso político ha pasado por fases de acusaciones graves contra Zelensky -incluso la de haber comenzado la guerra, necesariamente falsa teniendo en cuenta que el conflicto comenzó cinco años antes de la elección de Volodymyr Zelensky como presidente de Ucrania-, amenazas de abandonar Ucrania a su suerte, suspensión de suministro de armamento e inteligencia, acusaciones contra Moscú e incluso amenazas nucleares. Muchas cosas han cambiado desde que se publicaran los últimos resultados de la encuesta de 2024 de Gallup, entre otras cosas la concesión del deseado permiso para utilizar armamento occidental contra territorio de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente reconocidas o el aumento de la guerra aérea mutua en la retaguardia, pero la tendencia mostrada por los datos no  lo ha hecho. El estupor de los medios al conocer que el 69% de las y los encuestados son partidarios de “buscar una paz lo antes posible”, una negociación que necesariamente implicaría compromisos territoriales, y que tan solo el 24% están dispuestos a seguir luchando hasta ganar la guerra parte de la disonancia entre lo que puede observarse a diario y lo que los medios relatan, generalmente repitiendo los datos y las opiniones oficiales del Gobierno ucraniano.

Los fríos datos estadísticos han de ser completados con las historias que pueden verse a diario. En una de ellas, una conocida activista militar aportaba los datos que el Gobierno prefiere evitar y cifraba en más de 20.000 las pérdidas netas de efectivos del ejército ucraniano al mes teniendo en cuenta las bajas (muertos, heridos, desertores) y las altas por reclutamiento y voluntarios. Esta misma semana, las Fuerzas Armadas de Ucrania se jactaban de que prácticamente la mitad de los voluntarios son extranjeros, una admisión implícita de que el flujo de ucranianos y ucranianas que se alistan por voluntad propia ha caído estrepitosamente desde 2022. Así como en aquel momento, con la ola nacionalista que supuso la invasión, el flujo de voluntarios era fundamentalmente nacional e ideológico, personas que buscaban luchar contra el enemigo ruso hasta la victoria final, en estos momentos se conoce que las llegadas de extranjeros se producen fundamentalmente a través de empresas que gestionan los servicios de mercenarios o soldados de fortuna. El hecho de que cada día puedan observarse más imágenes de personas huyendo de los agentes de reclutamiento, que se esté valorando la posibilidad de trasladar su trabajo a oficinas móviles o que incluso haya aprobación a los ataques rusos a los puntos de movilización es un indicador imprescindible para conocer el estado real de la guerra y de la moral de las tropas y de la población. El seguimiento de esos aspectos hace que no resulte sorprendente que, desde 2022, se haya invertido la proporción de personas que desean seguir luchando o aboguen por una paz rápida aunque implique concesiones.

“Hay que escuchar las voces ucranianas”, comentaba el periodista estadounidense Mark Ames, que añadía que “excepto cuando no quieran seguir muriendo en masa por Bruselas y Washington”. Su apreciación apunta a un dato importante: la voluntad de los medios de comunicación de convertir la narrativa oficial en la opinión generalizada en el país y el rechazo a escuchar a aquellos sectores de la población que la contradigan. Y el Gobierno ucraniano sigue trabajando para mantener el control del discurso y garantizar que cualquier desviación del camino por parte de la prensa sea contrarrestada por una campaña para probar que las acusaciones son solo fruto de la desinformación rusa o de la generalización de las narrativas rusas. Esa ha sido esta semana, hasta que el empuje diplomático de Donald Trump ha roto con la rutina, la labor de las autoridades ucranianas a raíz del artículo publicado por Financial Times, uno de los medios occidentales con mejores fuentes en el establishment ucraniano.

“«La movilización no debería ser un shock para la gente», declaró a los periodistas en junio el comandante en jefe de Ucrania, Oleksandr Syrsky, quien añadió que los centros de reclutamiento «no deberían permitir que se produzcan esos vergonzosos incidentes»”, escribía el medio citando al oficial ucraniano. Syrsky “prometió más transparencia y castigar a los oficiales involucrados en casos en los que se reclutó ilegalmente a hombres para el ejército. Los centros de reclutamiento también han recibido un manual de 50 páginas en el que se destacan las normas de cortesía y los métodos de distensión en sus interacciones con los ciudadanos”, continuaba el artículo, dispuesto a creer las declaraciones de las autoridades militares ucranianas, que han actuado de la misma manera desde que la guerra se instaló en las trincheras y el viaje al frente se convirtió en sentencia de muerte, secando el flujo de voluntarios. Incluso aquellos medios que han tomado partido por Ucrania y desean a toda costa confiar en las buenas intenciones de Kiev se ven obligados a ver la realidad de vez en cuando.

“Pero desde entonces han aparecido más vídeos de este tipo, entre ellos uno en el que se ve a un hombre empujado a una furgoneta sin distintivos en Odessa, lo que obligó al nuevo ministro de Defensa, Denis Shmygal, a responder a las preguntas de los legisladores el mes pasado. Insistió en que la movilización se estaba llevando a cabo «según lo previsto» y afirmó que para poner fin a los casos de movilización forzosa se necesitaría «una gestión de calidad en el ejército, confianza en los comandantes y en los mandos militares». Al mismo tiempo, está aumentando la resistencia e incluso la violencia contra los oficiales de reclutamiento. El viernes se produjo un tenso enfrentamiento en la ciudad de Vinnitsa, en el centro de Ucrania, cuando unas 80 personas se reunieron a última hora de la tarde cerca de un estadio para exigir la liberación de los hombres recientemente movilizados que habían sido llevados allí. Según la policía local, algunos de los manifestantes intentaron irrumpir en el estadio”, admite el medio, que estima en más de 500 las investigaciones por “obstrucción de las actividades del ejército en los primeros seis meses de este año, en comparación con los 200 casos del mismo periodo del año pasado, según la Fiscalía General”.

La resistencia organizada es una novedad que se une a la individual, inherente al reclutamiento obligatorio que impera en el país desde la imposición de la ley marcial y la movilización general. Esta semana, entre los vídeos que han causado sensación está el de un hombre de Odessa que huía en bicicleta de los agentes que le perseguían en vehículo para tratar de movilizarlo. Como en una carrera de obstáculos, el hombre, derribado de la bicicleta, continuaba su camino corriendo hasta distraer a los agentes y subirse al vehículo de otro ciudadano que le ayudó a huir. El ejemplo, que en circunstancias diferentes podría tener algo de cómico, es el reflejo de la desesperación de quienes están dispuestos a arriesgar su vida, o incluso perderla, por evitar ser enviados al frente.

“Entendemos la situación y sabemos qué hay que hacer”, ha afirmado esta semana Oleksandr Syrsky, que continúa ciñéndose a la línea de propaganda habitual de las enormes bajas de la Federación Rusa, aunque admite que el saldo mensual neto del ejército ruso ronda los 9.000 soldados gracias al reclutamiento. “Nuestro oponente aumentará la presión. Nuestra tarea común es impedir que consigan sus objetivos. Conseguiremos ese objetivo”, añadió en unas declaraciones en las que insistió en que “no hay otra opción” y, como titulaba The Kyiv Independent, “Ucrania debe movilizarse para contrarrestar el aumento de fuerzas rusas”. Abiertamente cuestionado por la tropa incluso antes de su nombramiento, excesivamente soviético para el gusto de algunos nacionalistas, sin especial carisma y percibido como el yes, man de Zelensky, un hombre elegido para el puesto precisamente por no ser capaz de negarse a los planes del presidente, la palabra de Syrsky no es suficiente para detener la tendencia crítica nacional e internacional hacia el reclutamiento forzoso.

Ucrania no está acostumbrada a titulares como “Empujados a las furgonetas, pinchando neumáticos: los ucranianos se resisten al servicio militar obligatorio. Los altos mandos de Kiev en el punto de mira por sus violentas prácticas de reclutamiento”, que ha tenido que leer en medios amigos como Financial Times, que ha provocado una respuesta por parte también de las autoridades políticas, necesitadas de mantener una imagen impoluta a nivel internacional, base para poder seguir exigiendo el envío de armamento para continuar luchando mientras sea necesario.

Respondiendo al duro reportaje de Financial Times y a la creciente distribución de imágenes en las que grandes grupos de personas se enfrentan a los agentes de reclutamiento, Mijailo Podolyak escribía que “La movilización es uno de los procesos sociales más complejos”. Su línea es clara y se dirige siempre al mismo destino: Rusia siempre es culpable. “Plantea desafíos no solo organizativos, sino, sobre todo, psicológicos. Naturalmente, la gente no quiere la guerra, ni en Ucrania ni en ningún otro país. Y es evidente por qué la movilización se ha convertido en un tema predilecto de la propaganda enemiga”, escribió para insistir, pese a que las noticias y las imágenes procedentes de residentes de Ucrania grabando a sus conciudadanos huyendo del reclutamiento circulan por las redes sociales occidentales, en que “Rusia invierte enormes recursos en desestabilizar a Ucrania desde dentro, socavando la cohesión social y alimentando el miedo y la desilusión. Los servicios de inteligencia rusos monitorean a diario el espacio informativo ucraniano, detectan y amplifican los escándalos, y exageran los problemas. La mayoría de las historias más sonadas resultan ser desinformación: narrativas colocadas y difundidas por redes de bots y agentes de influencia. Al mismo tiempo, no se ignoran las violaciones reales que requieren la intervención de las fuerzas del orden”. Todo es desinformación rusa, desde las imágenes de ucranianos huyendo de otros ucranianos hasta las encuestas de Gallup que reflejan la voluntad de la población ucraniana de conseguir una paz lo más rápidamente posible en lugar de tener que seguir muriendo en el frente.

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