“La ofensiva terrestre de Rusia en el este de Ucrania avanza lentamente este verano, con un coste enorme”, escribe esta semana The Economist, que se adhiere estrictamente a la línea oficial ucraniana de resaltar que los progresos son lentos y se producen a costa de una enorme cantidad de pérdidas materiales y bajas de personal. La única evidencia de ese aspecto es la insistencia ucraniana en resaltar que, a pesar de que es Kiev quien persigue reclutas por las calles y sufre evidente escasez de soldados en puntos clave del frente, Rusia pierde incomparables cantidades de soldados más que Ucrania. Incluso Donald Trump se ha unido a esa tendencia y la semana pasada aportó unos datos según los cuales las pérdidas rusas eran 14 veces mayores que las ucranianas, una situación insostenible que ya habría sido detectada por quienes siguen de cerca, en busca precisamente de estas situaciones, la actuación de las tropas rusas. La lentitud de los avances es evidente, como lo es también que no se ha producido la gran ofensiva con los centenares de miles de tropas que presagiaba CNN citando a fuentes conocedoras de la información que Vladimir Putin había dado a Donald Trump en su última conversación. La guerra de desgaste continúa y tiene su foco en Donbass y en Járkov.
Las tropas rusas alejan a las ucranianas de Toretsk y avanzan en Chasov Yar, obligando a Ucrania a reforzar la dirección de Konstantinovka, siguiente obstáculo en dirección a Kramatorsk-Slavyansk. Unos kilómetros más al oeste, la misión de aislar Pokrovsk y Mirnograd progresa lentamente, pero los primeros grupos de sabotaje comienzan a operar ya en la parte urbana al sur de Pokrovsk, antaño nudo logístico y de comunicaciones norte-sur y este-oeste. Los avances rusos en la parte occidental de Donetsk han hecho perder a la ciudad su importancia estratégica para Ucrania en ese sentido, pero no hay que olvidar que la recuperaría automáticamente, aunque en la dirección opuesta, en caso de que cayera en manos de Rusia. En la parte más al norte del frente del este, muy lejos del interés de los medios, los progresos rusos no son ya en la zona de Kupyansk, sino que se aproximan a la propia ciudad, un peligro añadido para Ucrania en uno de los lugares en los que obtuvo una de sus mayores victorias en el otoño de 2022 y donde no esperaba encontrarse nuevamente con serias dificultades defensivas.
Para The Economist, que como otros medios prefiere centrarse en ver las cosas en perspectiva y entender el frente como solo una de las muchas batallas en las que se juega el resultado de la guerra, el principal peligro no es el avance terrestre, sino los éxitos que Rusia está obteniendo en el desarrollo de la principal novedad que aporta esta guerra a la historia militar. “Su creciente campaña con drones contra las ciudades del país es posiblemente una amenaza más grave. Día tras día, los ataques contra la infraestructura civil y militar de Ucrania, por no hablar de las viviendas de la población, están devastando la economía del país y minando su moral. Encontrar formas de bloquear más de ellos es una prioridad urgente”, explica para admitir que, pese al enaltecimiento de los medios y países occidentales al ingenio, la ingeniería y el desarrollo de drones en Ucrania, Moscú supera con creces a Kiev tanto en cantidad como en efectividad. Esto es evidente a pesar de los éxitos objetivos de Ucrania en la Operación Telaraña o los ataques contra infraestructuras energéticas rusas, como los depósitos de petróleo atacados esta semana en el sur de Rusia, el efecto de los drones rusos a diario es incomparablemente más importante para definir el estado de la guerra.
“Enjambres de Geran-2, la versión rusa del dron kamikaze iraní Shahed, están empezando a abrumar las defensas de Ucrania. Hasta marzo de este año, solo entre el 3% y el 5% de los Geran lograban atravesar las defensas. El mes pasado, esa cifra aumentó hasta alrededor del 15% de un número significativamente mayor. Además de matar personas y destruir infraestructuras, los ataques ejercen una presión psicológica implacable. A menudo duran gran parte de la noche. El objetivo es «profundizar la sensación de que no hay seguridad ni confianza en el Estado ni en las fuerzas de defensa», declaró Serhii Bratchuk, portavoz de la División Sur del Ejército ucraniano, a The Kyiv Independent”, añade el medio inglés, cuyos datos multiplican por entre tres y cinco la eficiencia de los drones rusos. La necesidad de Ucrania de mantener su discurso de victoria de las defensas aéreas y de superioridad de las armas occidentales sugiere que los datos aportados subestiman los éxitos de los drones rusos.
El subtexto de este tipo de artículos que admiten la capacidad rusa de desarrollar las armas importantes de esta guerra siempre es el mismo: exigir más armas occidentales, así como financiación y apoyo para la producción nacional de aquellas que pueden fabricarse en el territorio ucraniano incluso durante la guerra. Es el caso de los drones, que como relataba hace unas semanas El País, se producen en cualquier vivienda de cualquier localidad cercana al frente, lo que puede explicar algunos ataques con Geran-2 en lugares poblados, de los que se asume intencionalidad de atacar a la población civil o “cazarla”, como afirmó el lunes Volodymyr Zelensky.
Sea cual sea el resultado del último intento de la Federación Rusa para evitar la imposición de aún más sanciones en su contra y también dirigidas a sus aliados y clientes de su sector energético -India y China-, la necesidad ucraniana de recibir enormes cantidades de armamento y financiación no va a reducirse. Incluso aunque el Kremlin aceptara un alto el fuego, algo que ha rechazado hasta ahora al ver en ello una forma de detener sus avances y un intento de cierre en falso de un conflicto que quedaría cronificado, la intención europea es un proyecto de rearme masivo en su estrategia del puercoespín. La continuación de la guerra requeriría armamento defensivo y ofensivo para su uso inmediato y una apertura a la diplomacia o alto el fuego, ambos menos probables que una fase de escalada, exigiría ese mismo material como paquete de disuasión para evitar un nuevo ataque ruso o para preparar a Ucrania para una posiblemente inevitable reanudación de las hostilidades.
La necesidad de armas para la guerra o para la paz requiere de financiación, planes de desarrollo y producción y, sobre todo, de adquisición y entrega en los que están trabajando los diferentes actores que aspiran a seguir patrocinando, armando y financiando esta guerra mientras sea necesario. Diferentes iniciativas buscan garantizar, a ambos lados del Atlántico, que este conflicto nunca carezca del material con el que seguir luchando, si hace falta, hasta el último ucraniano.
“El 31 de julio, una comisión del Senado de los Estados Unidos aprobó un proyecto de ley de gastos que incluye 1000 millones de dólares en ayuda a Ucrania, a pesar de la promesa previa de la administración Trump de reducir los fondos asignados a la asistencia militar a Ucrania en su próximo presupuesto de defensa”, informaba la semana pasada The Kyiv Independent. “La Comisión de Asignaciones del Senado votó, por 26 votos contra 3, a favor de un presupuesto de 852.000 millones de dólares para el Departamento de Defensa, que incluye 800 millones de dólares para la Iniciativa de Asistencia a la Seguridad de Ucrania (USAI) y 225 millones de dólares para la Iniciativa de Seguridad del Báltico, la mayor parte de los cuales se destinan a apoyar a Kiev”, añadía. Pese a la voluntad de Trump de adjudicar a los países europeos la responsabilidad de correr con gran parte de los gastos de la guerra, Estados Unidos no puede desentenderse completamente de la financiación de las Fuerzas Armadas de Ucrania ni de la logística para suministrar el armamento.
Sin embargo, esas previsiones de gasto contrastan ampliamente con los grandes paquetes de asistencia militar solicitados al Congreso durante la etapa de Biden. Las palabras de Trump sobre no abandonar a Ucrania a su suerte y la voluntad de Estados Unidos de seguir suministrando armas ha provocado un intento legislativo eufemísticamente denominado Peace Act (Ley de la Paz), con la que de dos senadores Republicanos de perfil alto, Roger Wicker y Jim Risch, presidentes del Comité de las Fuerzas Armadas y de Asuntos Exteriores respectivamente, buscan garantizar un mínimo anual que Washington destinaría a asistencia militar.
“Su proyecto de ley crearía un fondo en el Tesoro de los Estados Unidos para aceptar dinero de los aliados. El secretario de Defensa podría entonces utilizar el fondo para pagar a los contratistas para que repongan las reservas estadounidenses, de modo que el Pentágono pueda seguir enviando paquetes de armas a Ucrania sin socavar la propia preparación militar de Estados Unidos, según asesores republicanos familiarizados con la propuesta. Los asesores dijeron que la esperanza es crear una fuente de financiación de entre 5.000 y 8.000 millones de dólares al año. Entre los posibles contribuyentes se encuentran Alemania y el Reino Unido, explicaron”, escribía la semana pasada The Wall Street Journal. Además de una vía para garantizar armas para Ucrania, la propuesta es abiertamente una forma de subvención europea al complejo militar industrial estadounidense, el principal beneficiado de este conflicto que requerirá de grandes cantidades de material incluso más allá de un futuro alto el fuego.
“A través de este enfoque, los aliados de la OTAN esperan proporcionar 10.000 millones de dólares en armas a Ucrania, según ha declarado un funcionario europeo a condición de garantizar su anonimato. No está claro en qué plazo esperan suministrar las armas. «Ese es el punto de partida, y es un objetivo ambicioso por el que estamos trabajando. Actualmente estamos en esa trayectoria. Apoyamos la ambición. Necesitamos ese volumen», afirmó el funcionario europeo. Un alto cargo militar de la OTAN, que también habló bajo condición de anonimato, dijo que la iniciativa era «un esfuerzo voluntario coordinado por la OTAN en el que se anima a participar a todos los aliados»”, añadía Reuters. El objetivo de los países europeos, que son conscientes de que Estados Unidos ha dejado claro que el coste de gran parte de la guerra ha de correr a cargo de los aliados continentales, es garantizar el suministro continuo, aunque sea a costa de actuar de patrocinador de la potencia a la que se han comprometido a adquirir 600.000 millones de dólares anuales más en armamento militar.
“Agradezco a los Países Bajos por tomar la iniciativa y convertirla en apoyo concreto sobre el terreno, siguiendo las medidas adoptadas la semana pasada por Alemania para entregar más sistemas Patriot a Ucrania”, afirmó el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en referencia a la donación a Ucrania del primer lote de armamento adquirido por los países europeos a Estados Unidos para enviar a la guerra. La idea sigue siendo la misma, que Estados Unidos ponga las armas; los países europeos, la financiación y Ucrania, la sangre. Tanto propia como ajena.
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