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Corrupción, Justicia, Rusia, Ucrania, Unión Europea

Anticorrupción, sociedad civil y los socios extranjeros

“El parlamento ucraniano restableció por unanimidad la independencia de los organismos anticorrupción NABU y SAPO [la agencia y la fiscalía anticorrupción], poco más de una semana después de que la decisión de Zelensky de controlarlos provocara protestas en Kiev y advertencias de los aliados de Ucrania. La democracia ucraniana en acción: la opinión pública importa”, escribió ayer en las redes sociales Yaroslav Trofimov, uno de los corresponsales internacionales más relevantes de Financial Times, que ni siquiera intentaba mantener una cierta compostura de objetividad. La línea oficial de su periódico es que Zelensky cometió un “error no forzado” que ha tenido que rectificar ante la respuesta de la calle y de sus aliados. Esa narrativa no es falsa, pero hace lo imposible por desvincular las advertencias extranjeras de las protestas y de las organizaciones que las promueven. De ahí que su análisis se quede corto y no tenga en cuenta el significado de las instituciones anticorrupción y su evidente línea de unión con los aliados extranjeros que esta semana han demostrado su capacidad de convicción. En esta guerra que habitualmente se presenta como una lucha entre democracia y autocracia, es importante resaltar los valores democráticos de Ucrania. El autoritarismo no se mide en elecciones canceladas u obstaculizadas en partes del país -mucho antes de la invasión rusa y de la llegada del estado de excepción que impide celebrar las presidenciales-, o en partidos políticos prohibidos, en opositores asesinados, expulsados del país o amenazados ni en el trato a las minorías.

La democracia se mide, entre otras cosas, en la presencia política y en el poder que impone la llamada sociedad civil, formada fundamentalmente por grupos y personas vinculadas al complejo de organizaciones no gubernamentales que luchan por aquellas causas que los grandes poderes occidentales, entre ellos la prensa, consideran aceptables. De esa forma, es un signo de democracia que un sector de la población, especialmente la clase media, se haya manifestado a favor de unas instituciones utilizadas para la lucha interna y propensas a las venganzas políticas, pero no las pequeñas manifestaciones que se han producido a lo largo de la última década, por ejemplo, en contra del fuerte aumento de los precios de los servicios básicos o en defensa de las pensiones. En la Ucrania democrática era aceptable que la extrema derecha se manifestara contra la implementación de los acuerdos de paz que Kiev había firmado y que no tenía intención de aplicar, pero cualquier muestra de solidaridad con la población de Donbass era vista como un signo de disidencia con consecuencias serias en forma de agresiones de la extrema derecha o de acusaciones penales.

La ley que exigía a las organizaciones no gubernamentales declarar su financiación extranjera que el Gobierno georgiano aprobó el año pasado y que causó enormes protestas del mismo sector de la sociedad civil que se manifestó la semana pasada en Ucrania es una representación clara del papel que ONG’s, think-tanks y fundaciones de todo tipo han jugado y siguen jugando en el mundo postsoviético en las últimas tres décadas. Almut Rochowanski, activista feminista con años de experiencia en el sector y que explicaba haber ayudado a organizaciones de países como Georgia y Ucrania a obtener subvenciones extranjeras explicaba cuando surgió el amago de Maidan georgiano cómo ese tipo de organizaciones pueden llegar a influir en la legislación del país y cuentan con herramientas para ejercer de grupo de presión en favor de políticas que generalmente favorecen únicamente al capital, especialmente el extranjero. En Ucrania, no se trata únicamente de organizaciones no gubernamentales, sino de la tecnocracia creada desde la victoria de Maidan y en la que todas esas presiones del exterior han creado un ecosistema de activismo íntegramente subvencionado que, casualmente, lucha siempre a favor de las posiciones políticas preferidas por la Unión Europea y, mientras existió, de USAID.

El ejemplo paradigmático es Oleksandra Matviichuk, Premio Nobel de la Paz, e invitada estrella en todo tipo de actos internacionales, que no duda en realizar conferencias junto a conocidas personalidades de la extrema derecha y que se jacta de haber comenzado a exigir armas para Ucrania en el verano de 2014. Era la fase caliente de la guerra de Donbass, cuando Ucrania decidió inventar una operación antiterrorista en Donbass para justificar la utilización del ejército en el territorio nacional, comenzaba el proceso de incluir a grupos como Azov como batallón policial en las tropas del Ministerio del Interior, se daban los primeros pasos para utilizar armas pesadas contra una milicia que aún no tenía forma de ejército, se atacaban parques a plena luz de domingo y se producía de facto el impago de pensiones y prestaciones sociales que Poroshenko haría oficial meses después. Matviichuk, parte del entramado de organizaciones financiadas desde el exterior para seguir avanzando en la construcción de una Ucrania sobre unas bases muy determinadas: enfrentada a Rusia, como reserva de recursos y mano de obra de la Unión Europea y como frontera exterior de la familia europea.

Matviichuk es ahora una persona respetada a nivel mundial y su opinión es buen ejemplo de eso que el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko, sin duda mucho menos aceptado en el país que ha tenido que abandonar, llama las voces ucranianas, un término que asume una uniformidad y que destaca la unidad por encima de todo. Como ocurre con las ONG’s, hay voces aceptables y otras que no lo son, por lo que son silenciadas y difamadas como propaganda rusa. Es la forma de mostrar que la sociedad civil no solo está activa, sino que es participante y, casualmente, se moviliza siempre en favor de las iniciativas defendidas, promovidas y financiadas por Occidente.

El entusiasmo occidental por la participación de la sociedad civil en las movilizaciones es, por lo tanto, directamente proporcional a los intereses invertidos en las diferentes causas. Desarmadas política e ideológicamente todas y cada una de las organizaciones de izquierda, prohibidos los partidos y sin financiación para sus causas -la defensa de los servicios públicos, el único activismo posible en estos once años en Ucrania ha sido aquel facilitado por recursos que han hecho figuras célebres a los y las protagonistas de esas causas. Entre ellas, la causa anticorrupción- con la que en Ucrania se ha justificado absolutamente todo, desde los recortes a la privatización de todo aquello que los diferentes gobiernos desde Maidan han conseguido vender. En este sentido, no es sorprendente que la cuestión anticorrupción, y el juego del Gobierno con las instituciones creadas teóricamente para reducirla, hayan provocado protestas en las que han participado caras conocidas. Sobre la base de una década de trabajo para presentar a esa pequeña parte de la sociedad civil como la representación de todo un pueblo, los medios han sido capaces de relatar las protestas de la última semana como una muestra de democracia. Esa narrativa es también útil para justificar el cambio de rumbo que rápidamente tomó Zelensky al comprender que no podía enfrentarse a quienes patrocinan a la sociedad que se ha manifestado estos días.

“Tras la declaración de Occidente, Zelensky al Parlamento, que está bajo su control, a aprobar su ley. Esto revierte su ley, que se había aprobado y firmado y que ponía bajo su control a las agencias anticorrupción organizadas por Estados Unidos, que habían comenzado a investigar a sus compinches. Esto demuestra la falta de independencia de Zelensky, el Parlamento y las agencias anticorrupción en Ucrania. Pero a nadie le importa. En lugar de eso, a esto se llama independencia y democracia”, escribió el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski, enmarcando las protestas y la rápida rectificación del presidente ucraniano como consecuencia evidente de la dependencia ucraniana de los aliados occidentales. Las muestras de euforia y agradecimiento que se han sucedido desde el extranjero, que contrastan con el intento de la facción política vinculada a Poroshenko de mantener el enfrentamiento político, ya completamente desactivado en la calle desde el momento en que las organizaciones anticorrupción y sus seguidores han conseguido regresar al statu quo, son representativas de ello.

“Felicidades al Presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky y a la Rada por la adopción de la nueva ley anticorrupción hoy. La ley garantiza la independencia de NABU y SAPO y faculta a estas agencias para operar eficazmente. Es un paso verdaderamente importante y lo correcto. Es una victoria en la lucha contra la corrupción”, escribió Gitanas Nauseda, presidente de Lituania. Su mensaje solo es un ejemplo de la satisfacción del establishment político europeo, que ha podido comprobar su capacidad de convicción. Bruselas no ha logrado que China se pliegue a sus órdenes de no inundar el mercado europeos de productos con los que su desindustrializada economía no puede competir ni de abandonar a Rusia para que las sanciones occidentales tengan el efecto deseado y ni ha sido capaz de conseguir un acuerdo comercial digno y viable con Estados Unidos, pero ha comprendido que, al menos en Ucrania, sus palabras son órdenes.

El comentario de Nauseda solo es uno de los muchos publicados a lo largo de los dos últimos días, en los que Zelensky ha recuperado su práctica de retuitear cada comentario de apoyo recibido de autoridades europeas con un agradecimiento. Es significativo que repita la práctica que utilizó tras la debacle de su reunión en el Despacho Oval, en la que fue acusado de no dar las gracias. Uno de los comentarios que apreciaba ayer el presidente ucraniano fue el mensaje de Úrsula von der Leyen, que escribía que “la firma del presidente Zelensky en la ley que restablece la independencia de NABU y SAPO es un paso bienvenido. Las reformas en materia de Estado de derecho y anticorrupción en Ucrania deben continuar. Siguen siendo esenciales para el avance del país en la senda europea. La UE seguirá apoyando estos esfuerzos”. En la misma línea se mostraba Antonio Costa, que añadió que “Las reformas en materia de Estado de derecho y anticorrupción en Ucrania deben continuar. Siguen siendo esenciales para el avance del país en la senda europea. La UE seguirá apoyando estos esfuerzo”. Es evidente que en los mensajes de felicitación hay implícita una orden de mantener el rumbo y la certificación de que unos determinados esfuerzos de la UE, eso que ha solido calificarse como control externo ejercido por quienes sostienen y financian las instituciones que ellos mismos han creado, no solo van a continuar sino que se van a consolidar. Democracia es que la Unión Europea ponga los recursos, pueda dar las órdenes y que el presidente y el Parlamento de Ucrania solo requieran de una llamada telefónica para aprobar una ley  radicalmente contraria a la aprobada apenas unos días antes.

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