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El orden internacional basado en reglas selectivamente aplicadas

Con indudable talento en el campo de la comunicación al proceder gran parte del equipo de Gobierno del sector del espectáculo y la cultura, el equipo de Zelensky ha sabido siempre navegar en las peligrosas olas de las cambiantes relaciones internacionales en busca de lograr el máximo que podría obtener en cada momento. Durante los años anteriores a la llegada de Zelensky al poder, también su predecesor, Petro Poroshenko, había intentado, con mucho menos brillantez, aprovecharse de la situación de guerra en Donbass para conseguir un trato prioritario de la Unión Europea, las instituciones internacionales y la OTAN. El trabajo realizado en ese periodo para exigir armas a sus aliados, comenzar el proceso de instrucción occidental e integración continental de las Fuerzas Armadas e inicio de la labor ideológica de imponer como oficial el discurso nacionalista antes vinculado únicamente a zonas concretas del país o a los grupos de extrema derecha ha supuesto una base sobre la que Zelensky y su entorno han construido la que quieren que sea la Ucrania del futuro. La invasión rusa, que eliminó cualquier línea roja que Occidente tuviera en relación al uso de Ucrania como plataforma antirrusa,  ha supuesto para Zelensky, no solo un flujo inquebrantable de asistencia militar, humanitaria y financiera con la que sostener al ejército, a la población y al Estado, sino un foco de atención del que se ha beneficiado ampliamente.

En su intervención en el Parlamento español, el presidente ucraniano apeló a Gernika pese a que el país califica por ley como héroes de la libertad de Ucrania a los que durante la Segunda Guerra Mundial lucharon de la mano de quien bombardeó el mercado de Gernika. En el Parlamento griego, Zelensky no buscó equiparar la lucha ucraniana a la del rey Leónidas, pero sí quiso intervenir acompañado de un soldado de origen griego para remarcar un vínculo histórico. Sin embargo, en el país que dejó la icónica imagen de Manolis Glezos, historia del antifascismo, derribando la cruz nazi del Partenón, el líder ucraniano se hizo acompañar por un miembro de la brigada Azov, un grupo con una presencia neonazi y fascista tan importante que, año tras año, la legislación presupuestaria estadounidense prohíbe armar, financiar o instruirlo. Ante la Liga Árabe, tratando de obtener el deseado apoyo que el Sur Global ha negado a Ucrania especialmente ante la falta de solidaridad por el destino de otros conflictos y pueblos no europeos, Zelensky se jactó del reconocimiento ucraniano del Estado de Palestina, algo que, como otras repúblicas postsoviéticas, heredó de la Unión Soviética. Sin embargo, ante sus socios occidentales, tanto Zelensky como su predecesor se han destacado por sus elogios a Israel, un apoyo inquebrantable aún más marcado desde el momento en el que Oriente Medio recuperó, desde el 7 de octubre, la centralidad que había cedido a Ucrania en términos de atención y grandes titulares desde la invasión rusa.

Aunque situaciones muy diferentes, el conflicto rusoucraniano y la agresión israelí contra Gaza y los bombardeos contra Líbano, Siria, Yemen y posteriormente Irán, han causado reacciones similares. En un contexto en el que la hegemonía occidental se encuentra en declive marcado ante el ascenso de potencias como China y alianzas que buscan reducir progresivamente el  uso del dólar, el mundo se ha dividido entre Occidente y el Sur Global, con posturas similares en ambos casos. En Ucrania, sin necesariamente tomar partido por Rusia, aunque China sí ha admitido a la Unión Europea que no quiere verla derrotada en la guerra, el Sur Global prácticamente en pleno ha mostrado una postura constructiva en defensa de la paz. Mientras Occidente apostaba por la vía militar como única salida posible al conflicto, países tan diversos como Brasil, China, Sudáfrica encabezando una delegación de una decena de países africanos, Indonesia o países árabes como Qatar o Emiratos Árabes Unidos han ofrecido sus servicios como mediadores y han tratado de aportar propuestas para ayudar a Europa a conseguir el final de la guerra.

En Oriente Medio, esos mismos bloques se han repetido. Occidente se aferra, incluso ahora, a la idea del derecho a defenderse de Israel tanto el 7 de octubre de 2023 como en los 21 meses que han transcurrido desde entonces con masacres diarias de población palestina en Gaza y bombardeos contra otros países de la región con la intención de imponer un dominio israelí que consolide la hegemonía occidental en la zona. La diferencia entre el bando occidental y el Sur Global se puso de manifiesto nuevamente el 13 de junio, cuando comenzaron a llegar las condenas a la agresión no provocada, injustificada, ilegal y ampliamente hipócrita de una potencia nuclear, Israel, a una que no lo es, Irán. La rutina se repitió diez días después, cuando fue Estados Unidos quien, infringiendo la legislación internacional y el Tratado de No Proliferación, bombardeó las instalaciones nucleares civiles iraníes. Las condenas llegaron únicamente del Sur Global mientras que los países de la Unión Europea, la OTAN y sus aliados -con la notable excepción de Japón, único de los miembros del G7 que, por motivos evidentes, condenó los ataques a infraestructuras nucleares- exaltaban la capacidad de Trump de conseguir la paz por medio de la fuerza.

Como Zelensky ha tratado de resaltar desde su llegada al poder, aunque sin duda con más énfasis desde octubre de 2023, existe entre Tel Aviv y Kiev un vínculo con el que justifica que su causa sea tratada de la misma manera que Occidente trata las necesidades militares de Israel, perpetuamente subvencionado por Estados Unidos y protegido por Washington, Londres y París en las escasas ocasiones en las que sus agresiones obtienen respuestas en forma de contraataque militar. Para insertarse como parte integral de una única causa común de Occidente, Ucrania ha optado por elevar al estatus de alianza la relación entre Irán y Rusia, tan cercana que Moscú cumplió el embargo de armas contra Teherán mientras estuvo activo y que durante años se ha resistido a entregar a Teherán las armas de defensa aérea que Irán evidentemente necesitaba. Pese a las condenas firmes a la actuación estadounidense e israelí, Moscú, como Beijing, no ha ofrecido a Irán asistencia militar en el momento en el que era atacada. Aun así, el discurso ucraniano busca hacer de las dos situaciones militares, la propia y la de Oriente Medio, un conflicto global en el que Occidente se enfrenta a un eje Moscú-Teherán-Pyongyang en el que, dependiendo del momento, incluye también a Beijing.

“La política global es una vasta red en la que se entrecruzan los intereses de doscientas naciones. Sin embargo, cada vez que estas complejas estructuras comienzan a desmoronarse, surge constantemente un actor detrás de la disrupción. Rusia multiplica deliberadamente el desorden, socava el derecho internacional e ignora las normas de las relaciones bilaterales y multilaterales”, escribió la semana pasada Mijailo Podolyak, que añadió que “la cuestión clave hoy no es diagnosticar el problema, sino la disposición de Occidente a aplicar fuertes instrumentos de coerción. Porque sin presión sobre quienes violan el orden global, no habrá retorno a la paz. La pregunta, por lo tanto, no es si debe hacerse, sino cuándo. El caos sembrado por el Kremlin no se disipará así como así. Debe —y puede— superarse mediante la fuerza, aplicada de forma sistemática y decisiva”. La narrativa es clara y pasa por una división del mundo entre el eje que sigue las normas y el que no lo hace y vive de promover la guerra para avanzar sus aspiraciones globales. Desde el país que inventó una operación antiterrorista para justificar el uso del ejército para resolver por la vía militar un problema político, se resalta la actuación de quienes han colonizado el Sur Global o atacaron, invadieron y destruyeron Irak sin justificación razonable como la alianza del orden internacional basado en reglas, concretamente las impuestas por Occidente.

En esa postura, la coordinación de Ucrania con sus socios occidentales es absoluta. Las palabras de Meloni sobre cómo ha de mostrarse contra Rusia “la misma determinación” que se ha demostrado contra Irán es exactamente lo que Kiev esperaba escuchar de sus aliados sobre la forma con la que Estados Unidos e Israel han dinamitado el proceso de negociación en marcha en el momento en el que Washington comprendió que no podía conseguir el tipo de acuerdo que buscaba. Incluso Steve Witkoff, el más cercano a Rusia de los miembros del equipo de política exterior de Donald Trump declaró emocionado que la pacificación de Irán debía entenderse como un signo de esperanza para la guerra entre Rusia y Ucrania. Dinamitar un proceso de negociación al comprender que no se va a conseguir un acuerdo en el que Occidente pueda imponer unos términos de capitulación, bombardear arriesgándose a causar una guerra más amplia y posteriormente exigir de su enemigo unos términos aún más duros no solo es el modus operandi de Occidente contra Irán sino también la esperanza ucraniana de que pueda repetirse contra Rusia.

Aunque actores secundarios en ambos conflictos, los países europeos están jugando un papel clave en el intento de presentar la guerra de Ucrania y la defensa de Israel como una causa común y también en la presión militar y política extrema contra Rusia e Irán. Se ha destacado en esta postura por encima del resto el canciller alemán Friedrich Merz, que se ha tomado a rajatabla la idea de que es cuestión de Estado para Alemania defender al Estado de Israel, pero que no aplica la misma lógica a otras de las víctimas de la Alemania nazi. “Creo que debo aclararlo una vez más. Existe claramente una diferencia fundamental en cómo debemos evaluar la situación en estas dos regiones. Rusia libra una guerra de agresión que viola el derecho internacional, mientras que Israel lleva décadas bajo amenaza. Al menos desde el 7 de octubre de 2023, sabemos que esta amenaza puede convertirse en una terrible realidad. Por eso, para mí, es inaceptable equiparar estas dos situaciones”, ha explicado el canciller Merz, dejando claro que los parámetros que se utilizan para Ucrania no son aplicables a otros pueblos agredidos.

La ocupación rusa es el motivo por el que Ucrania y sus aliados tienen que luchar contra Rusia hasta conseguir el objetivo de derrotar a las tropas de Moscú y justifica que Kiev reciba armamento de largo alcance para atacar el territorio ruso, que asesine selectivamente oficiales rusos -o de Donbass-, que sabotee infraestructuras clave como el puente de Kerch, trenes de pasajeros o que ponga en peligro con sus drones la aviación civil. La ocupación israelí, sin embargo, no solo no es motivo para enviar armas a Palestina, sino que las facciones armadas no tienen derecho a existir, ni tampoco a defenderse. Tampoco lo son los bombardeos diarios, las órdenes de expulsión de zonas de Gaza o el bloqueo humanitario que amenaza con una hambruna general. Aunque la cifra de muertes civiles dada por Naciones Unidas en la guerra de Ucrania, en la que se enfrentan dos ejércitos fuertemente armados en un país mucho más poblado, sea inferior a la de menores asesinados por las fuerzas israelíes en Gaza desde octubre de 2023, Rusia infringe las normas del orden internacional basado en reglas y debe ser castigada por ello, mientras que Israel ejerce la legítima defensa.

“Los tres grandes”, afirmó la semana pasada sir Keir Starmer en referencia al Reino Unido, Francia y Alemania, “tienen grandes planes de despliegue de tropas en Ucrania”. En el contexto de Oriente Medio, esos tres países son conocidos como el E3, los tres países europeos occidentales que participaron en la negociación del acuerdo nuclear iraní alcanzado en 2015 y roto unilateralmente por Donald Trump en 2018. Con la voluntad manifiesta de recuperar el acuerdo, que preveía el levantamiento de las draconianas sanciones con las que Occidente castiga desde hace décadas la política independiente de Irán -en ocasiones escudándose en los derechos humanos, en otras aplicando selectivamente las normas de ese orden internacional que quieren preservar-, Irán cumplió de forma estricta las condiciones del acuerdo durante un año más, dando al E3 un valioso tiempo para forzar a su aliado norteamericano a regresar a un acuerdo que estaba funcionando tal y como debía. Tampoco durante la era Biden hubo retorno al cumplimiento del acuerdo. El mes de junio de este año ha demostrado las intenciones de Estados Unidos y su voluntad de bombardear Irán ilegal e ilegítimamente, sobre la base de premisas absolutamente falsas de peligro inminente, ante su incapacidad de forzar a Teherán un acuerdo de sometimiento a la hegemonía estadounidense a nivel mundial e israelí en términos regionales.

En su visión selectiva de las normas internacionales, los países europeos decidieron que era Israel y no el país bombardeado el que se defendía legítimamente y condenaron -en el caso alemán incluso antes de producirse- la legal y proporcionada respuesta iraní. Manipulando de la misma forma que se ha hecho en el caso de Rusia y Ucrania, en el que no se ha tenido en cuenta que fue Kiev y no Moscú quien envió una delegación con orden explícita de no negociar cuestiones políticas, el E3 ha exigido a Teherán “volver a la mesa de negociación”, esa de la que no se levantó hasta que fue militarmente atacada con la connivencia de la parte con la que debía dialogar.

Al contrario que en el caso ucraniano, en el que todo pasa por imponer a Rusia un alto el fuego incondicional y una hoja de ruta que ni se corresponde con el resultado de la guerra ni cierra el conflicto entre los dos países, en el caso de Irán, el E3 exige a Teherán volver a la mesa de negociación y someterse a un acuerdo en el que no solo pretende incluirse el programa nuclear, sino también el de misiles y, a ser posible, la propia soberanía iraní. En realidad, el E3 funciona como un formato ampliado en el que también participa Kaja Kallas, que en su radicalidad ha llegado a exigir a Irán algo que ni siquiera Trump trata de imponer, acabar con el programa nuclear iraní en su integridad.

La pasada semana, culpando a su oponente por el hecho de que no ha sido capaz de obtener el acuerdo que deseaba,  Donald Trump se apuntó al lenguaje del ultimátum para amenazar a Rusia con sanciones económicas y aranceles secundarios para sus aliados. En la misma línea, el E3, que como Ucrania simula el diálogo para dar una impresión de negociación, anuncia la posibilidad de, alegando que Teherán incumple el acuerdo de 2015 roto desde el momento en el que Estados Unidos lo abandonó, activar el sistema que volvería a imponer automáticamente las sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que, por lo tanto, serían vinculantes y obligatorias también para Rusia o China. La lógica es la misma que utilizó Trump con los bombardeos contra las instalaciones nucleares iraníes y la que Bruselas y el resto de capitales europeas quieren también utilizar contra Rusia: aplicar selectivamente las normas del orden internacional basado en sus reglas y exigir la rendición, una paz a su medida y en ambos casos por medio de la fuerza militar, las amenazas y las sanciones. Y siempre desde la superioridad moral de quien sabe que impone las normas y es capaz de decidir contra quién han de aplicarse.

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