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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Alianzas, prioridades y el suministro de armas

“Cuando Zelensky visitó Washington por primera vez, menos de un año después de iniciada la guerra, recibió una bienvenida de héroe, se dirigió a una reunión conjunta del Congreso y el Sr. Biden le prometió apoyo y armamento mientras sea necesario”, recordaba con ayer con cierta nostalgia The New York Times, que se lamentaba de que “ese entusiasmo hace tiempo que ha decaído. Y a medida que se han ido retirando los últimos paquetes de armas que se aprobaron durante la administración Biden, también lo ha hecho el apoyo para enviar más”. Nada dura eternamente y, en ocasiones, las alegrías son verdaderamente efímeras. El martes, el primer ministro de Economía de la era Zelensky, Tymofey Mylovanov, se jactaba de una información de Bloomberg que afirmaba que “actualmente, Ucrania es un centro mundial de innovación militar y fabrica el 40% de sus armas. Los drones destruyen el 70% del equipamiento militar ruso. Y la industria ucraniana puede producir 36.000 millones de dólares en armas al año, pero sólo gasta 12.000 millones de dólares”.

En menos de 24 horas, el exministro, ahora uno de los principales defensores de Ucrania en las redes sociales y los medios internacionales, pasó del orgullo de la industria militar ucraniana a la desesperación por lo que presentaba como “una gran victoria de los aislacionistas en la lucha interna” y destacaba que ese éxito “hace daño a Ucrania”. “Estados Unidos ha detenido la entrega de misiles Patriot y otras armas a Ucrania”, escribía citando el titular de uno de los medios que daban la noticia, The Wall Street Journal. Fue Politico el primer medio que dio la alerta sobre la decisión de Estados Unidos, basada, según la portavoz de la Casa Blanca Anne Kelly, “para anteponer los intereses de Estados Unidos tras una revisión del Departamento de Defensa del apoyo y la asistencia militar de nuestra nación a otros países de todo el mundo”.

“El Pentágono ha interrumpido los envíos de algunos misiles de defensa antiaérea y otras municiones de precisión a Ucrania debido a la preocupación de que los arsenales de armas estadounidenses hayan descendido demasiado. La decisión fue impulsada por el jefe de política del Pentágono, Elbridge Colby, y se tomó después de una revisión de los arsenales de municiones del Pentágono, lo que llevó a la preocupación de que el número total de rondas de artillería, misiles de defensa aérea y municiones de precisión se estaba hundiendo, según tres personas familiarizadas con el asunto”, escribía Politico. La mención a Colby, a quien de ninguna manera puede calificarse de aislacionista, es relevante. Tras meses de bloqueo y serias dudas de que fuera a tomar posesión del cargo para el que había sido nominado, Colby consiguió finalmente ser confirmado por el Senado tras plegarse a las exigencias de los halcones de Oriente Medio y aceptar el discurso del grave peligro que para Israel y Estados Unidos supuestamente supone Irán.

Esa postura es un giro de 180º de su habitual argumentación, que claramente se plasmó en su libro de 2021 The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict, en el que plantea las relaciones internacionales de Estados Unidos en forma de regiones estratégicas en las que Washington debe contar con unas alianzas lo suficientemente fuertes como para que no pueda emerger un bloque contrahegemónico. Según esta argumentación, la existencia de la OTAN impide, sin necesidad de más implicación de Estados Unidos, que los dos candidatos a buscar el rol de hegemón regional -Rusia y, en menor medida por motivos históricos, Alemania- puedan formar una alianza que ponga en peligro las posición de Washington. Según esta visión del mundo, la red de alianzas de Estados Unidos y la hostilidad existente hacia Irán también haría innecesaria la intervención militar en Oriente Medio. Según Colby, la única región estratégica en la que Estados Unidos debería centrarse actualmente debido a la posibilidad de que exista un bloque contrahegemónico, es decir, que no es favorable o sumiso a Estados Unidos, es Asia-Pacífico. Halcón antirruso, Colby ve las relaciones internacionales de Estados Unidos en términos de las posibilidades de un enfrentamiento político, económico o militar con China y es a ello a lo que es preciso dedicar recursos y no a la innecesaria ampliación de la OTAN en Europa o a una guerra inútil contra un país aislado como Irán.

Sin embargo, Estados Unidos no solo ha participado activamente en el suministro de la guerra de Ucrania y las dos batallas activas de Israel -el genocidio de Gaza y su ataque a Irán-, sino que ha bombardeado tanto Irán como, sobre todo, Yemen. En este último caso, Donald Trump alegó la capitulación de los hutíes yemeníes, aunque el cese de los bombardeos se debió realmente al elevado coste en términos de uso de material para los escasos resultados que Estados Unidos estaba obteniendo. Y pese a las alegaciones de la Casa Blanca, que ayer insistía que “la fortaleza de las fuerzas armadas de Estados Unidos sigue siendo incuestionable”, el motivo de la paralización del suministro de ciertas armas se debe a la escasez de ese material en los arsenales estadounidenses. “Solo hay que preguntar a Irán”, afirmó Anne Kelly para defender la fuerza del ejército estadounidense. Esa mención también es interesante, ya que cada vez queda más claro que los daños infligidos por las bombas penetradoras en Fordow, Isfahan y Natanz no consiguieron “obliterar” el programa nuclear iraní como alega repetidamente Donald Trump. Sin embargo, la batalla contra Irán sí ha tenido una consecuencia clara: la escasez de interceptores en los arsenales israelíes, que han de ser repuestos por las entregas o ventas procedentes de Estados Unidos. Los misiles para la defensa aérea son el material más sensible incluido en la lista de armas cuya entrega a Ucrania queda temporalmente paralizada, algo que muestra las limitaciones de los países occidentales a la hora de librar varias guerras a la vez y también las prioridades de Washington. Pese a su constante intento de equipararse a Israel en importancia y valor para Occidente, las prioridades de la Casa Blanca han quedado claras. Esta misma semana, Marco Rubio ha confirmado la venta de un nuevo y millonario paquete de armas para Israel.

“Según oficiales del Pentágono, entre las municiones paralizadas se encuentran interceptores para sistemas de defensa antiaérea Patriot, proyectiles de artillería de precisión y misiles que la fuerza aérea ucraniana dispara desde aviones F-16 de fabricación estadounidense”, escribía ayer The New York Times, que añadía que esas armas han sido “fundamentales en los esfuerzos de Ucrania por contener los ataques cada vez más intensos de Rusia” y que la suspensión de su entrega se produce “en un momento especialmente peligroso en los tres años y cuatro meses transcurridos desde la invasión rusa”. Aunque en la lista de armamento cuyo suministro queda momentáneamente detenido se encuentran también proyectiles de artillería y otro material, la defensa aérea ha centrado en las últimas horas el análisis y la preocupación, ya que no puede ser fácilmente sustituida por los países europeos, ya sea por medio de producción propia o adquisición en el mercado exterior.

“No está claro exactamente cuántas armas se incluyen o con qué rapidez se sentiría el efecto de la pausa en el campo de batalla, aunque algunos funcionarios estadounidenses dijeron el martes que no estaba previsto enviar las municiones a Ucrania hasta dentro de varios meses. Apenas la semana pasada, después de reunirse con el presidente Volodymyr Zelensky al margen de una reunión de la OTAN en La Haya, el Sr. Trump dijo que estaba abierto a vender más armas a Ucrania. Pero para entonces, la pausa ya se estaba planeando en el Pentágono”, añadía The New York Times. El artículo admite que, por el momento, no se conoce la cantidad de armas que está incluida en el paquete de la suspensión de envíos ni “con qué rapidez se sentirá el efecto de la pausa en el campo de batalla”. El medio estadounidense no quiere caer en el alarmismo ni dar a entender que las consecuencias serán inmediatas y automáticas. Sin embargo, el artículo añade que “la señal para el Presidente Vladimir Putin de Rusia puede ser que Estados Unidos está abandonando gradualmente su papel de principal proveedor de armamento avanzado de Ucrania. Eso, a su vez, puede animar a Putin a alargar las conversaciones sobre un alto el fuego, pensando que las fuerzas ucranianas pronto se quedarán sin municiones y sistemas antimisiles”. En otras palabras, aunque las implicaciones de la paralización de la entrega de ciertas armas no deberían notarse a corto plazo, la prensa entiende que será percibido como un indicio para la Federación Rusa de que van a producirse en algún momento. En su intento de presentar los hechos siempre en términos del beneficio que puede obtener Vladimir Putin, los medios han preferido no ver que este tipo de medidas puede ser un paso que acerque a Rusia a aceptar un alto el fuego en lugar de a rechazarlo. “Cuantas menos armas sean entregadas a Ucrania, más se acerca el final de la operación militar especial”, afirmó ayer Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, que siempre ha enmarcado la guerra utilizando factores de seguridad.

La declaración de Peskov -matizada al comprender que la medida solo es temporal ya que “el motivo de la decisión es una vaciado de los almacenes, una escasez de armas en los almacenes”- ha acercado las opiniones de los sectores prorrusos más optimistas y de los proucranianos más pesimistas. “Así que Zelenski hizo todo lo que Trump le pidió: cedió derechos mineros, acordó un alto el fuego incondicional, y aun así, Estados Unidos cortó el suministro de armas previamente financiado, dejando a las ciudades ucranianas indefensas ante los ataques con misiles rusos. Una lección para todos”, escribía, sin esconder su enfado, el periodista de The Wall Street Journal Yaroslav Trofimov. “Amigos, esto es muy importante. Por favor, compártanlo y envíen la información a los medios. Que Estados Unidos detenga el suministro de misiles de defensa aérea y otras armas de importancia crítica es una cuestión de vida o muerte. Si Ucrania se queda sin misiles para sus sistemas de defensa aérea, las ciudades ucranianas no tendrán ninguna protección contra los ataques masivos rusos”, alertaba Anton Geraschenko, exasesor de Arsen Avakov.

Ante la noticia, el Gobierno de Ucrania, que afirmó a Financial Times que “contábamos con muchos de esos sistemas tal como nos prometieron. Eso afecta significativamente nuestra planificación”, admitió no haber sido notificado de la suspensión de las entregas. Horas antes, Andriy Ermak escribía en las redes sociales que solo había que prestar atención a la información oficial, no a “los rumores”. Ante la confirmación de la noticia, un comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores afirmaba que “no es momento de tomar decisiones débiles. Es momento de demostrar fuerza y ​​enviar las señales adecuadas a Moscú”. “La enorme cantidad de drones, bombas y misiles [rusos], especialmente balísticos, demuestra la urgencia de reforzar aún más la defensa aérea de Ucrania. Necesitamos más interceptores y sistemas. También estamos dispuestos a comprarlos o alquilarlos”, insistía. En un momento en el que exige un fuerte aumento del suministro, Kiev se vio sorprendida ayer por la decisión opuesta. Sin más cartas que jugar, Ucrania ha convocado al encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos, principal autoridad estadounidense en el país tras la dimisión de la anterior embajadora, y apela a una campaña mediática de presión a la Casa Blanca para una pronta reanudación de las entregas.

Esa es también la misión de Mark Rutte. Tras su estelar paso por la cumbre de la OTAN, en la que como anfitrión compartió una comparecencia con Donald Trump en la que pronunció la frase más recordada –“a veces, papi tiene que utilizar un lenguaje duro”-, el secretario general de la OTAN se ha visto obligado a reaccionar rápidamente ante las revelaciones de Politico  y otros medios estadounidenses. En el juego del discurso, Rutte ha tenido que maniobrar entre admitir que la OTAN no ha sido notificada oficialmente por Estados Unidos y alegar que no hay nada nuevo en las informaciones publicadas, todo ello tratando de mantener contento a Estados Unidos para conseguir lo que desean los países europeos, el aumento del flujo de armamento a Ucrania. Para tratar de equilibrar complacer al presidente de Estados Unidos y suplicarle que no detenga la ayuda, Mark Rutte eligió la vía más segura para dirigirse a Donald Trump, una aparición en su programa de televisión favorito, Fox & Friends, el matinal de Fox News. En la entrevista, Rutte afirmó entender “perfectamente que Estados Unidos siempre debe asegurarse de que sus propios intereses estén cubiertos, pero cuando se trata de Ucrania a corto plazo, Ucrania no puede prescindir de todo el apoyo que pueda obtener en materia de municiones y sistemas de defensa aérea”.

El discurso de la OTAN intenta explotar la idea de la excepcionalidad de Estados Unidos que tanto repiten sus presidentes, por lo que el secretario general añadió que “no podemos prescindir del apoyo práctico de Estados Unidos”. Dentro de la autonomía estratégica de los países europeos, principales defensores de la idea de continuar luchando hasta que Ucrania se encuentre en posición de fuerza para negociar con Rusia, no cabe la posibilidad de hacerse cargo de la guerra y ser capaces de suministrar el armamento y la inteligencia necesarios para hacerlo con garantías.

“A Estados Unidos también le conviene que Ucrania no pierda esta guerra, y tener una enorme Rusia ahora en la frontera europea (y, por supuesto, una Europa segura también significa unos Estados Unidos seguros), así que todo esto está completamente conectado”, sentenció Rutte, volviendo a introducir el espectro de la seguridad para Europa y para Estados Unidos, argumento que provocó uno de los momentos más tensos de la humillación de Zelensky en la Casa Blanca, cuando el presidente ucraniano alegó que Washington aún no siente el peligro por tener “un bonito océano” como protección, pero que lo sentirá en el futuro. Rutte vuelve a aferrarse a esa idea, aunque quizá esté más dirigida a los países europeos, como una sugerencia de aumentar sus donaciones y aportación militar a Ucrania, que a la propia Casa Blanca, que ya ha demostrado ser inmune a esa falsa alerta de peligro.

“Estados Unidos tiene pocas reservas tras haber apoyado demasiadas guerras. Y en cuanto a prioridades, Ucrania no es una figura destacada en Washington. La única utilidad de Ucrania para las clases dominantes estadounidenses es autodestruirse para debilitar a Rusia, su rival regional. Algún día despertarán”, comentaba el periodista estadounidense Mark Ames. Las guerras no solo son caras, sino que suponen una constante necesidad de recursos que aumenta a medida que lo hace la intensidad de la batalla. Desde 2022, Ucrania ha alegado repetidamente que Rusia comenzaría rápidamente a notar la escasez de misiles en sus arsenales. Kiev, por el contrario, tendría siempre la seguridad de que sus aliados son más numerosos y entre ellos se encuentra la principal potencia militar industrial del planeta. Sin embargo, también esa certeza se tambalea en estos momentos. Al menos temporalmente, hasta que el Pentágono reponga el stock de interceptores y otros proyectiles y pueda reanudar el suministro a Kiev. La pregunta ahora es cuándo y en qué medida afectará esta decisión a Ucrania en la línea del frente y en la retaguardia o si la suspensión se levanta antes de que los efectos sean percibidos.

Por el momento, la atención mediática ya ha conseguido que Estados Unidos reste importancia a la suspensión, dando a entender que los efectos no serán excesivos. Y, por otra parte, Ucrania, que mientras se debate la suspensión de entregas continúa exigiendo un aumento del flujo de suministro de material antiaéreo, se reafirma en su voluntad de adquirir el material previo pago pese a que las armas están ya financiadas con los fondos aprobados por el Congreso durante la fase final de la era Biden. A la desesperada -y siempre con dinero ajeno-, el Gobierno ucraniano está dispuesto a pagar un material cuyo coste ya ha sido sufragado.

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