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Batallón Azov, Biletsky, Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Rusia, Ucrania

Guardianes de la memoria nacionalista

“29 años de la Constitución democrática y popular de Ucrania. Es un símbolo de nuestro estado, de la lucha por la libertad, de la historia y de la independencia. Saludo a los verdaderos defensores de la Constitución: los soldados y todos los ucranianos que, con su propia fuerza y ​​recursos, preservaron nuestro estado. Venceremos”, escribió ayer Andriy Ermak para conmemorar la Constitución de 1996, modificada por necesidades del guion de las familias políticas en el poder en determinados momentos. El último, semanas antes de unas elecciones que Petro Poroshenko sabía que no podía ganar, se produjo en 2019. Fue entonces cuando introdujo en su preámbulo el irreversible camino euroatlántico de Ucrania para abandonar definitivamente la neutralidad que había marcado las dos primeras décadas de la Ucrania independiente.

“Nuestro pueblo está escribiendo las páginas de la historia y llenando de vida las páginas de la Constitución. Con su ejemplo, sus hechos y hazañas. Todos ellos están haciendo más de lo que exige el deber constitucional. Actúan no porque la ley lo exija, sino por el llamado del corazón. Precisamente por eso defenderemos sin reservas nuestro derecho inalienable a la independencia. El derecho a vivir en paz en una Ucrania libre”, escribió Zelensky, que destacó también la primera palabra mencionada en el primer artículo de la Carta Magna: Ucrania. “Y esto refleja nuestro objetivo final, nuestra misión. Ucrania está, y estará, en la tierra. Los ucranianos están, y estarán, en la tierra. Este es tanto nuestro objetivo como nuestro deber común. Es la misión de todos para quienes Ucrania es verdaderamente lo primero: de aquellos que no pueden imaginar su vida sin Ucrania, y sin quienes Ucrania ya no puede ser imaginada”, afirmó el presidente rozando el misticismo de una Ucrania utópica que poco tiene que ver con lo ocurrido durante los últimos once años y medio.

En el Día de la Constitución, Ucrania quiso centrar el discurso en la idea de unidad, obviando que una parte del país optó hace años por mirar a Moscú en busca de protección y que se marchó, llevándose consigo el territorio, sin intención de regresar. Su derecho inalienable a vivir en libertad se había visto usurpado por la obligación de ser ucranianos y hacerlo de tal forma que se adaptara a una nueva definición del país y de lo que se esperaba de su población. Desde el primer momento de la victoria de Maidan, con el derrocamiento de Yanukovich y el caos absoluto en el que sumió el país durante semanas, quedó claro que la nueva Ucrania venía cargada con una agenda nacionalista que rápidamente llamó la atención de la parte de la población que rechazaba esa deriva. Para comprobar esa tesis, no hubo que esperar más que  24 horas desde la moción de censura en la que, bajo presión de la extrema derecha y sin conseguir los votos necesarios, los partidos pro-Maidan retorcieron la Constitución para proclamar el cambio de régimen. La primera medida legislativa propuesta, tan polémica entonces que finalmente fue vetada por el presidente de facto Oleksandr Turchinov, estaba dirigida a la lengua, uno de los tres aspectos fundamentales con los que los gobiernos de Kiev han conseguido desde 2014 modificar el tejido social de Ucrania e institucionalizar el discurso nacionalista como discurso nacional.

Para hacerlo, no ha hecho falta realizar ninguna modificación en la Constitución, celebrada cuando es preciso resaltar la independencia y democracia de Ucrania, pero ignorada cuando sus términos no se corresponden con los intereses de las actuales élites. “Hoy es el Día de la Constitución de Ucrania, cuyo artículo 10 garantiza la protección de la lengua rusa”, escribía ayer la historiadora Marta Havryshko, cuya lengua materna es la ucraniana, pero cuyo hijo sufrió represalias en la guardería por hablar ruso. “Tomemos mi ciudad natal, Lviv, como un claro ejemplo de cómo funciona esto en la práctica hoy en día”, añadía para explicar que no queda una sola escuela (ni siquiera primaria) donde un niño pueda recibir educación en ruso. Ninguna escuela ofrece ruso como asignatura. Ninguna lo permite ni siquiera como asignatura optativa. En algunas escuelas, hay «patrullas lingüísticas» que intimidan a los niños desplazados del Donbás durante el recreo por hablar el idioma «incorrecto». No encontrarás ni una sola librería que venda libros en ruso. Ni siquiera libros publicados en ruso, sino traducciones del ucraniano al ruso. Ninguna. Los académicos tienen prohibido citar fuentes en idioma ruso en sus trabajos académicos. Los justicieros comunes y los autoproclamados patriotas acosan a los ucranianos de habla rusa, llamando a su idioma «lenguaje de cerdos y perros» o «la lengua del enemigo». Los hablantes de ruso son ocasionalmente atacados en espacios públicos, incluidos los hospitales”.

En 2014, el rechazo de una parte sustancial de la población y una advertencia de Vladimir Putin hicieron imposible para Turchinov firmar la ley que retiraba la protección a la lengua rusa, vehicular incluso ahora en una parte importante del país. La cuestión de la lengua sigue coleando como argumento contra Rusia, como herramienta contra la población del este o arma arrojadiza en acusaciones de colaboracionismo. La exigencia de abandono del uso de la lengua rusa fue una de las causas de la muerte de la radical Irina Farion, asesinada a las puertas de su casa por un seguidor del movimiento Azov, procedente del centro y el este rusófono del país y habitual blanco de las críticas de la filóloga. Al contrario que el resto de la población, grupos como Azov, en cuyas filas -aunque no necesariamente entre sus cuadros de mando- el ruso sigue siendo el idioma utilizado, tienen vía libre para obviar las normas con las que el Gobierno trata de imponer poco a poco la lengua ucraniana como única aceptable en el ámbito público. La guerra, con la oleada nacionalista que implicó en 2022, ha sido de gran utilidad para Ucrania a la hora de acelerar la imposición de esas medidas, todas ellas anteriores a la invasión rusa.

La cuestión de la lengua es la que más claramente muestra el intento de la Ucrania de Maidan de transformar el país en clave nacionalista, dejando atrás una concepción del Estado como étnicamente diverso,  la unión de provincias de habla rusa y ucraniana, territorios procedentes del Imperio Ruso, el Austriaco o Polonia, con las diferencias culturales que ello implica, y con una visión muy diferente de valorar el pasado común con Rusia y la Unión Soviética. La sustitución de ese país por uno en el que ser ucraniano es equivalente a ser nacionalista implica intolerancia por el diferente o sugerencias como la que Volodymyr Zelensky planteó a la población que se sentía rusa -cultural o políticamente- y a la que meses antes de la invasión rusa animó a abandonar el país y mudarse a Rusia.

Sin embargo, la reconstrucción nacionalista de Ucrania no solo se limita a la expulsión de la lengua rusa del espacio público y al intento de obligar a la población a renunciar a parte de su cultura y de su identidad. Muchos son los aspectos que pueden destacarse en esta tarea, aunque sin duda destacan dos: la reescritura de la memoria histórica en clave nacionalista y el rechazo a todo elemento común con Rusia, ambos evidentemente vinculados a hacer de Ucrania un país occidental por naturaleza e imponer una barrera económica, social, cultural e incluso familiar con la Federación Rusa.

De esos años de la Revolución Naranja tres ideas comienzan a institucionalizarse como parte del discurso del Gobierno: la demonización de monumentos soviéticos -especialmente las estatuas de Lenin, vandalizadas por grupos vinculados a Svoboda por todo el país tras la revolución de Maidan-, el enaltecimiento de las figuras del nacionalismo ucraniano de entreguerras que lucharon contra la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la apertura real de un camino hacia la integración euroatlántica, especialmente a la OTAN. Todos esos aspectos, que han avanzado de forma desigual desde 2008, estaban presentes en la ideología oficial del Estado antes de la invasión rusa.

En el caso de los dos primeros aspectos -la reescritura nacionalista de la historia, con la destrucción de cualquier reminiscencia de un país en el que el odio de todo lo ruso no era la base de la cultura,  y el enaltecimiento de las figuras que en el siglo XX lucharon contra Moscú- el Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional se ha erigido como la principal institución del borrado de memoria y reposición de los malos recuerdos por unos ideológicamente correctos. Fue así especialmente durante el mandato de Petro Poroshenko, cuyo historiador de cabecera, Volodymyr Vyatrovich llegó a defender los estandartes de la División Galizien de las SS, a cuyos soldados consideraba héroes y luchadores por la libertad de Ucrania, alegando que no se trataba de simbología nazi.

En la misma línea se sitúa el nuevo guardián de la memoria, cuya tarea será continuar demonizando a Rusia y a la odiada Unión Soviética. Ayer, los miembros de Azov y de la Tercera Brigada de Asalto tenían dos motivos de celebración: el nombramiento de uno de los suyos, el negacionista del Holocausto Oleksander Ivantsov, como héroe de Ucrania por su actuación en Azovstal (antes de la división entre el Azov de Prokopenko y el Tercer Cuerpo del Ejército de Andriy Biletsky), y el de otro de sus veteranos al frente del Instituto de la Memoria Nacional.

“Hoy, el Consejo de Ministros ha nombrado a un antiguo oficial de la Tercera Brigada de Asalto, Alexander Alferov, director del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional. Excepcional historiador y erudito en las filas de la brigada, sirvió desde el principio de la invasión a gran escala y fue jefe del grupo de formación humanitaria y apoyo informativo del departamento de apoyo psicológico. Realizó una importante contribución a la formación del personal para su motivación y cohesión”, escribía el viernes el canal oficial de Telegram de la Tercera Brigada de Asalto, heredera directa del Azov que Andriy Biletsky formó en Járkov en 2014, que Avakov y Geraschenko incluyeron como batallón policial en el Minsterio del Interior para su uso contra la población rebelde en Donbass y del que Alferov ya formaba parte entonces. La mención de la Tercera Brigada de Asalto a su labor en la formación del personal apunta a la escuela militar Evhen Konovalets, formada por el movimiento y en la que Azov ha tratado de promover su visión nacionalista y de extrema derecha en una de las instituciones más importantes del Estado desde la victoria de Maidan, el ejército.

A lo largo de estos años, en los que ha realizado las labores de jefe de prensa de Azov y de Biletsky, Alferov ha defendido a su líder de las acusaciones de corrupción y ha ejercido como uno de los enlaces con la extrema derecha internacional, ha sido también una de las figuras encargadas de limpiar la reputación del movimiento de extrema derecha. “En una entrevista concedida a The Canadian Press, Alexander Alferov parecía cansado de defenderse de las acusaciones de que la organización paramilitar ultranacionalista, compuesta exclusivamente por voluntarios, está llena de neonazis y supremacistas blancos radicales”, escribía en 2015 David Pugliese en un artículo en el que presentaba la labor de Alferov como el intento de conseguir que Canadá le ayudara a “contrarrestar la propaganda rusa” contra Azov. “La opinión de que el regimiento Azov es neonazi solo existe en la prensa internacional”, alegaba entonces Alferov. Manipulado el presente y olvidado el pasado, la prensa internacional ha normalizado completamente a las dos versiones de Azov, también a la Tercera Brigada de Asalto, que mantiene, aunque modernizado, el wolfsangel con el que se hizo célebre y cuyos premios también están inspirados en la simbología nazi.

En el mismo artículo, el veterano periodista añadía también que la justificación del ahora director del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional para explicar la presencia de simbología nazi en el regimiento era que se trataba de símbolos eslavos que la Alemania de Hitler se había apropiado. La memoria nacionalista y la reescritura de la historia están en buenas manos.

Durante años, el escaso atractivo electoral de figuras como Andriy Biletsky, Dmitro Yarosh u Oleh Tyahnibok ha sido utilizado como argumento para negar que Ucrania tuviera un problema de crecimiento de la extrema derecha. El hecho de que sus postulados se hayan convertido en la base del discurso nacional contradice esa justificación, como también lo hace la influencia que algunas de sus figuras han adquirido en el país en la última década. Armada, entrenada y con experiencia militar, formando incluso sus propios ejércitos -tanto Biletsky como Prokopenko tienen ya un cuerpo de ejército-, la extrema derecha ha de ser tomada en cuenta como fuerza política organizada. Que personas como Alferov sean nombradas para puestos ideológicos de relevancia solo es la guinda del pastel, el reflejo de que no hay intención de intentar minimizar la influencia de las derechas nacionalistas más radicales, sino de consolidar su presencia en el Estado.

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