Ayer, Países Bajos, sede que estos días acoge la cumbre de la OTAN, anunció un nuevo paquete militar para Ucrania por valor de 175 millones de euros. Esa próxima entrega incluye radares para identificar drones, actualmente una de las principales armas de la guerra de Ucrania, crecientemente aérea en la retaguardia. Sin embargo, y pese a la importancia que tiene para Kiev disponer de material para luchar contra las aeronaves no tripuladas rusas, que están alcanzando una mucho mayor efectividad a causa de la escasez de sistemas de defensa aérea, se trata de una asistencia limitada y que nada tiene que ver con los grandes paquetes milmillonarios que solían anunciarse en días anteriores a las grandes cumbres internacionales. En otras condiciones, el día de ayer se habría empleado para analizar el estado de la guerra de Ucrania, una de las tres prioridades de la cumbre -además del aumento del gasto militar y de la inversión en industria de defensa- y la amenaza rusa a Europa, discurso que Zelensky trató de repetir en sus intervenciones previas al inicio de una cumbre en la que tampoco tendrá el protagonismo al que se había acostumbrado en años anteriores.
La narrativa de Zelensky sigue funcionando a la perfección con la Unión Europea, pero no tanto en el marco de la OTAN, que trata de rebajar el perfil de la relación con Ucrania para no alienar a Donald Trump. El presidente estadounidense sigue más interesado en Oriente Medio, aunque no ha perdido completamente el interés por una guerra que siempre consideró “estúpida” y que quiere terminar. “¿Necesitas ayuda con Irán?”, le preguntó en su conversación telefónica de ayer Vladimir Putin, ofreciendo la mediación rusa 24 horas después de reunirse personalmente con el ministro de Asuntos Exteriores Seyed Abbas Araghchi. “No, necesito ayuda contigo”, respondió, según relató él mismo, Donald Trump, indicando quizá un nuevo impulso por conseguir que se inicie un proceso de negociación que, hasta ahora, solo se ha limitado a cuestiones humanitarias como los intercambios de prisioneros y entrega de los restos de soldados caídos en el frente. Al contrario que en ocasiones anteriores, la conversación entre los dos presidentes pasó relativamente desapercibida entre la vorágine informativa, diplomática y militar del día de ayer, que comenzó con el anuncio estadounidense de un “acuerdo entre Israel e Irán” para un alto el fuego y, al transcurrir 24 horas, certificar el final de lo que Donald Trump ya ha bautizado como “LA GUERRA DE LOS DOCE DÍAS”.
La formulación del acuerdo entre dos partes que no se han tratado directamente desde hace décadas -y que llevaban casi dos semanas relacionándose únicamente por medio de los misiles y de las llamadas amenazantes de la inteligencia israelí a los generales iraníes dándoles doce horas para grabar su rendición y abandonar Irán o ellos y sus familias serían asesinados- indicaba que había en las palabras de Trump ciertas dosis de ficción. Como se ha podido saber por medio de fuentes afines al trumpismo, fundamentalmente Fox News, el proceso se limitó a un acuerdo entre Washington y Tel Aviv según el cual Israel afirmaría que sus dos objetivos se habían cumplido -la destrucción de los programas nuclear y de misiles, algo que, como atestigua el hecho de que ayer mismo hubiera impactos en Beersheva, es falso. Posteriormente, una llamada a Irán a través de un tercer país mediador, anunció los términos a Irán. Teherán, que durante toda esta odisea de casi dos semanas ha actuado como el actor más racional, se reafirmó con un mensaje de Araghchi en la postura que había mantenido desde el principio: Irán dejaría de disparar misiles contra Israel si Tel Aviv detenía su agresión.
Según ABC, el entendimiento a tres implicaba que el alto el fuego se produciría en Irán a una determinada hora, 6 horas después en Israel y tras otras 12 se produciría la explosión de júbilo final. Para sorpresa de Trump, Israel entendió que esas seis horas de margen eran una vía libre para bombardear Irán sin riesgo de represalias. “Israel, tan pronto como hicimos el trato, salieron y lanzaron una carga de bombas, como nunca había visto antes, la mayor carga que hemos visto”, denunció públicamente Trump, quizá molesto al haber anunciado ya el alto el fuego y sentirse traicionado por un misil iraní denunciado por Israel -y negado por Irán y por los periodistas en Teherán- y utilizado para justificar el último bombardeo, cuyos aviones Donald Trump dio orden de regresar por medio de un post en su red social personal. “Llevan tantos años luchando entre ellos que no saben qué coño están haciendo”, sentenció un visiblemente enfadado Trump.
La guerra Israel-Irán, con participación de Estados Unidos para realizar lo que su proxy de Oriente Medio no tenía la capacidad de hacer, penetrar -con una destrucción incierta, ya que no hay vía de verificación de los daños ni certeza de dónde están los 400 kilos de uranio enriquecido que Irán posee- en las instalaciones nucleares de Fordow, ha sido tan rápida que no ha dado tiempo siquiera de que sea incluido en el orden del día de la cumbre de la OTAN. Trump y su aliado regional, Benjamin Netanyahu, iniciaron la guerra y el presidente de Estados Unidos ha ordenado su final tras una repetición acelerada de lo ocurrido en la guerra de Irak, con una manipulación expresa de un peligro inexistente, un ataque presentado como espectacular e incluso el momento misión accomplished, con el anuncio de la destrucción completa de las instalaciones nucleares iraníes. El hecho de que Israel las bombardeara una día después indica que la destrucción no fue tal como anunció Donald Trump, capaz de confundir la realidad con sus deseos. Sin embargo, a medida que avanzó el día, el alto el fuego pareció consolidarse, como también la certeza de que un proxy no tiene la capacidad de contradecir a su proveedor en las cuestiones críticas, como también ha podido comprender Volodymyr Zelensky, cuya posición es mucho más precaria que la del privilegiado Netanyahu, sorprendido ayer por haber sido públicamente reprendido por su aliado y amigo Donald Trump.
Como hace una semana en el G7, las ambiciones de Zelensky en la actual cumbre de la OTAN han quedado notablemente rebajadas con respecto a otros años. Aunque, como ha insistido expresamente Mark Rutte, el comunicado final hará énfasis en el inquebrantable apoyo de la Alianza a Ucrania, no habrá en esta ocasión mención al “camino irreversible de Ucrania a la OTAN”, como sí había ocurrido en años anteriores. El motivo es el mismo por el que Zelensky no tendrá ya la posición de protagonismo: no molestar a Donald Trump. La postura del dirigente estadounidense parece clara y está basada en el intento de conseguir un trato con Rusia, del que retirar la posibilidad de acceso de Ucrania a la OTAN es parte imprescindible. Sin embargo, la formulación en la que el trumpismo plantea los términos, repetidos de forma muy clara por Keith Kellogg, posiblemente no sea suficiente para Rusia. Como ha indicado en varias ocasiones el general, no hay a día de hoy consenso entre los países de la Alianza para la admisión de Ucrania y Estados Unidos es consciente de que no se cumplen las condiciones. Ese posicionamiento implica que un nuevo presidente podría revocar esa decisión, que sería, en la práctica, una vaga promesa como las que Gorbachov recibió al final de la Guerra Fría. Aunque parece claro que Rusia es consciente de que no alcanzará todos sus objetivos en la guerra, es probable que esta cuestión sea aquella en la que más reticencias tenga a realizar concesiones.
“El consentimiento para llegar a un acuerdo, tanto por parte de Rusia como de Ucrania sigue siendo sutil y ambiguo, abierto a infinitas interpretaciones y vulnerable a presiones populistas o acusaciones de malinterpretación”, escribió ayer Yulia Mendel, portavoz de Zelensky al principio de la legislatura, que añadió que “recientemente, Putin ha indicado que Rusia podría exigir únicamente los territorios ucranianos bajo control de las tropas rusas, posiblemente indicando su disposición a renunciar a las reclamaciones sobre las partes no ocupadas de Jersón y Zaporozhie (esto no significa que esto esté justificado, pero parece ser el acuerdo). Mientras tanto, Zelensky ha reconocido hoy que la adhesión de Ucrania a la OTAN no es posible actualmente, lo que marca el primer indicio público de que Kiev podría retrasar o suavizar esta exigencia. Ambos líderes podrían alegar posteriormente que sus declaraciones fueron malinterpretadas, pero estas señales no pueden pasarse por alto”. Es obvio que Rusia sabe que no va a obtener por la vía diplomática un solo metro de Ucrania que no haya capturado por la vía militar y las palabras de Putin son solo la ratificación de que esa es la parte de su propuesta de máximos que está sujeta a ser eliminada. Sin embargo, la formulación de Ucrania es la misma que la de Estados Unidos, una renuncia temporal a la OTAN a la espera de un momento, con suerte no muy lejano (Zelensky tiende a mirar al día después de la muerte -puede que política o física- de Putin) en el que pueda adherirse a la Alianza.
Aunque aparentemente rebaja sus pretensiones políticas, Zelensky no rebaja las exigencias económicas. “Doy las gracias a todos los países, a todos los líderes, que se han comprometido a dedicar una parte de su gasto en defensa a apoyar a Ucrania. Si todos los países europeos dedican al menos un 0,25% de su PIB para esto -y estamos agradecidos a aquellos países que dedican más, como Países Bajos, Noruega, Suecia y un compromiso tan grande como el de Alemania-, algo bastante razonable, las opciones de paz en Europa se incrementarán”, insistió el presidente ucraniano, que parece eximir del aumento de ayuda a Estados Unidos, que también se ha autoeximido de la exigencia de aumentar el gasto militar al 5% que sí exige al resto.
La exigencia de ayuda militar a largo plazo bajo el compromiso de que cada país europeo contribuya al esfuerzo militar ucraniano está basado en la idea del peligro compartido, una amenaza que Zelensky exagera y en la que no solo incluye a Rusia sino a otras obsesiones de los países occidentales. “Todos entendemos que la fuente de esta guerra y de la amenaza de larga duración contra el modo de vida europeo es Rusia. Pero, en realidad, no nos estamos enfrentando a Rusia sola, nos estamos enfrentando a una red de actores estatales y no estatales que están participando en el proceso de producción de armas”, insistió Zelensky en La Haya en referencia a la República Popular de Corea, Irán y “empresas chinas”. Según esa lógica, Rusia se estaría enfrentado a toda la OTAN y a Corea del Sur, que ni siquiera han donado material, como hacen los países occidentales a Ucrania, sino que sus aportaciones han sido simples transacciones comerciales. El intento de Zelensky de vincular la guerra de Ucrania con la supervivencia de la civilización occidental se limita ahora solo a Europa, especialmente a la Unión Europea, donde su discurso sigue calando. “Estamos integrando nuestras industrias de defensa como si Ucrania estuviera en la UE”, escribió ayer Úrsula von der Leyen, que añadió que “esto es bueno para Ucrania y también para Europa, ya que Ucrania es ahora cuna de una innovación extraordinaria”. Y tirando de la retórica del trumpismo, sentenció diciendo que “al final, la fuerza es la máxima garantía de seguridad”. ´
El discurso ya no funciona tan bien con la Casa Blanca, que prefiere conflictos breves como la “guerra de 12 días” o el reciente enfrentamiento entre India y Pakistán, de cuya resolución Trump se ha jactado exigiendo premios. Los más de cuatro meses de llamadas, gestiones, alicientes, advertencias y amenazas aún no han dado resultado y la OTAN ha optado por esconder ligeramente a Zelensky, que tendrá que conformarse con intentar reunirse brevemente con Trump para ofrecerle la compra de varios sistemas de defensa área a costa de los beneficios que la UE ha obtenido de los activos rusos congelados. El presidente ucraniano ha tenido que pelear por una invitación que finalmente ha obtenido, aunque, como indica Europa Press, “el dirigente ucraniano está relegado, al haberse rebajado a nivel ministerial el Consejo OTAN-Ucrania por las reticencias de Estados Unidos. La estrella de Zelensky aún brilla en la UE, pero no tanto con Donald Trump, de quien dependen las posibilidades de que Bruselas y Londres puedan seguir suministrando a Kiev el material y la inteligencia que necesita para seguir luchando mientras sea necesario.
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