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Decepción en Canadá

Confiado en su presencia física como garantía de lograr sus objetivos y acostumbrado a la atención que ha obtenido en cada foro internacional durante los últimos tres años y medio, Volodymyr Zelensky había puesto sus esperanzas en el G7 que se celebra esta semana en un país amigo, Canadá, y en el que participan los principales aliados de Kiev. De todos los foros internacionales, el G7 es el que más claramente se ha alineado estos tres años con los intereses ucranianos. Al contrario que en la OTAN, segunda de las cumbres que Ucrania ha marcado claramente en el calendario, no ha habido en el grupo de siete un solo país que se haya desmarcado de la norma. Así ha sido al menos hasta la llegada de Donald Trump, que con su retórica de paz por medio de la fuerza, tenía la aspiración, ya puede decirse que fallida, de conseguir un rápido final a la guerra de Ucrania. Lo más peligroso para Kiev no es, como suele presentarse en los medios, que su postura supuestamente partidaria de Rusia o a Vladimir Putin obligue a Ucrania a llegar a un acuerdo desfavorable, sino que su desinterés por una guerra en la que ya ha conseguido el beneficio económico que era posible condene al país a luchar sin el apoyo y suministro explícito de Estados Unidos. Resolver esa cuestión era la misión de Volodymyr Zelensky, que con la buena experiencia de la breve pero fructífera reunión del Vaticano, había elevado las expectativas hasta un nivel que solo podía causar decepción.

“Los líderes del G7 expresaron su apoyo a los esfuerzos del presidente Trump por lograr una paz justa y duradera en Ucrania. Reconocieron que Ucrania se ha comprometido a un alto el fuego incondicional y coincidieron en que Rusia debe hacer lo mismo. Los líderes del G7 están decididos a explorar todas las opciones para maximizar la presión sobre Rusia, incluidas las sanciones financieras. El G7 se reunió con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, y el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Mark Rutte, para dialogar sobre su apoyo a una Ucrania fuerte y soberana, incluyendo el apoyo presupuestario de defensa y la recuperación y reconstrucción”, escribió a modo de resumen de su participación el equipo de Volodymyr Zelensky. Nadie podría intuir de ese resumen que, como afirmaba ayer AFP, “Estados Unidos bloqueó una declaración «dura» del G7 sobre Ucrania que habría condenado a Rusia, argumentando que quería preservar su capacidad de negociar”. El comunicado ucraniano es la versión optimista de la visita de Zelensky a Canadá, donde recibió el apoyo explícito de sus socios más cercanos, los países de la Unión Europea miembros del grupo y el Reino Unido, una reafirmación que no aporta nada nuevo ni era necesaria. “Fue genial ponernos al día, Volodymyr Zelensky”, le escribió, por ejemplo, sir Keir Starmer, que insistía en que “el Reino Unido está aumentando la presión sobre Rusia: no debería haber lugar donde esconderse para quienes financian la maquinaria de guerra de Putin. Estamos con Ucrania, siempre”.

A esos mensajes que a día de hoy no significan nada para Ucrania, que considera garantizado el apoyo a largo plazo de los países europeos, comprometidos a continuar sosteniendo al Estado ucraniano y que seguirán invirtiendo en su seguridad apoyando al ejército ucraniano mientras sea útil en su lucha política, económica y geopolítica contra Rusia, hay que añadir el de Friedrich Merz. En su primera aparición en una cumbre del G7, el nuevo canciller alemán no ocultó su postura. “Israel está haciendo nuestro trabajo sucio”, afirmó sin sonrojarse y dejando claro que no solo el conflicto rusoucraniano es una guerra proxy. En su resumen sobre el transcurso de la cumbre, Merz coincidió con Zelensky en mostrar una visión positiva. “Regreso a Alemania con un optimismo cauteloso de que Estados Unidos decida imponer más sanciones contra Rusia. Debemos hacer todo lo posible para poner fin a la guerra contra Ucrania lo antes posible. La pelota está en el tejado de Moscú”, escribió en las redes sociales. Los países europeos no han perdido la esperanza de que la imposición de más sanciones de Estados Unidos, el país que menor comercio con Rusia puede sancionar, vaya a dar la vuelta a la guerra y obligar a Rusia a negociar en las condiciones del “ultimátum definitivo” que Donald Trump confirmó ayer haber dado a Irán, la guerra que hizo que Zelensky no consiguiera el único objetivo de su visita al G7: reunirse con el presidente de Estados Unidos.

 “¿Atacaré Irán? Puede que sí, puede que no”,  afirmó a la prensa sin dejar claro si él mismo sabe cuál será su decisión y presentando la posibilidad de iniciar una nueva guerra contra un país de 90 millones de habitantes prácticamente como un juego. “Nadie sabe lo que voy a hacer”, continuó. Irán, alegó el presidente de Estados Unidos, ha propuesto reunirse. “Puede que nos reunamos”, insistió en la misma comparecencia en la que afirmó haber dicho “a Netanyahu que continúe” bombardeando a Irán. Después de 19 meses de masacre en Gaza, ataques contra Líbano, Siria, Yemen y ahora una guerra aérea abierta contra Irán precisamente para impedir la posibilidad de un acuerdo nuclear, Trump insistió en que el primer ministro israelí es “un buen hombre” que “está siendo muy maltratado en este país”. Irán, cuyo Gobierno ha insistido en que no habrá reuniones con Estados Unidos mientras continúen los bombardeos israelíes pero que ha enviado un avión gubernamental a Omán, donde se estaban celebrando las negociaciones, respondió ayer al presidente de Estados Unidos negando haber solicitado acudir una reunión con Trump e insistiendo en que “no nos humillaremos ante las puertas de la Casa Blanca”.

El peculiar manejo de la realidad de Donald Trump, a quien no parece molestarle la destrucción total de Gaza pero ve por todo el país ciudades ucranianas destruidas y que reprocha a Zelensky jugar con la tercera guerra mundial pero no ve peligro en los ataques a la triada nuclear rusa, dificulta comprender su punto de vista con respecto a los dos conflictos que marcan actualmente las relaciones internacionales. La marcha de Donald Trump antes de finalizar la cumbre del G7, un foro lo suficientemente glamuroso como para que el presidente de Estados Unidos quisiera permanecer como el foco de atención de todos los y las presentes, indica cuáles son actualmente sus prioridades.

Pese al rápido alineamiento de los países europeos con los halcones estadounidenses, que presentan al país agredido como agresor y exigen que Irán vuelva a una mesa de negociación que los bombardeos israelíes hicieron explotar, Trump no ha devuelto el gesto negando a Zelensky y sus aliados europeos una victoria. “Los diplomáticos ucranianos han quedado frustrados -y en algunos casos amargados- por la negativa de Donald Trump a hacer de Ucrania una prioridad después de que Volodymyr Zelensky hubiera volado 8.000 kilómetros hasta la conferencia del G7 en Canadá solo para que el presidente estadounidense regresara a casa la noche antes de que ambos líderes se reunieran. Trump dijo que necesitaba centrarse en el conflicto entre Israel e Irán”, escribía ayer, en tono claro de decepción, The Guardian, que recordaba que “Zelensky había anunciado que la cumbre del G7 era una de las dos oportunidades de oro para ejercer presión colectiva occidental sobre Trump, y para discutir los planes de Ucrania de comprar a Estados Unidos sistemas de defensa antiaérea y armas por valor de entre 30.000 y 50.000 millones de dólares como forma de garantía de seguridad”.

“Es un peligro permanente que Ucrania sea víctima de los acontecimientos y de la corta capacidad de atención de Trump. Vladimir Putin lo sabe, lo que puede ser la razón de que anoche se produjera un ataque tan grande en Ucrania. Había habido todo tipo de promesas para esta cumbre -incluidas nuevas entregas de armas estadounidenses que se ofrecían”, añade el medio británico citando a un miembro de la delegación ucraniana, que aún no puede explicarse cómo Oriente Medio ha vuelto a quitar protagonismo a la guerra en Ucrania y que no quiere ver que la atención que Kiev obtuvo en 2022 no podía durar eternamente.

Las esperanzas de Zelensky están puestas ahora en La Haya. Allí se celebrará la próxima semana la cumbre de la OTAN, en la que Zelensky tratará nuevamente de conseguir su cara a cara con Donald Trump. Sin embargo, el encuentro no se presenta tan prometedor como en años anteriores. Como recogía Marta Havryshko, “Ucrania no será mencionada en la declaración final de la cumbre de la OTAN en La Haya. Y, por supuesto, no será invitada a unirse a la OTAN”. “Estoy seguro de que Zelensky hará pasar esto como otra «victoria táctica» para complacer a su club de fans: aquellos que todavía fantasean con la salvación de la OTAN y logran justificar cientos de miles de soldados ucranianos muertos y mutilados como el noble precio de unirse al «mundo civilizado» que supuestamente está a la vuelta de la esquina”, añadía la historiadora.

Como la actual cumbre del G7, el encuentro anual de países de la OTAN estará marcado por la coyuntura internacional, en la que ya no domina Ucrania, sino la amenaza real de bombardeos masivos de Estados Unidos contra el único de los países de Oriente Medio en el que no tiene presencia militar ni ha bombardeado en la última década. Ahí Zelensky intentará conseguir, con ayuda de sus aliados europeos, lo que no ha logrado en Canadá: presentar a Donald Trump la causa de Ucrania como conflicto imprescindible para la supervivencia europea y exigir lo mismo de siempre, armas para la guerra y sanciones para obligar a Rusia a tener que aceptar el lenguaje del ultimátum.

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