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La paz y la fuerza

“El nuevo presidente de Estados Unidos asume el cargo prometiendo tender la mano a un enemigo acérrimo. Se compromete a resolver una crisis de larga duración mediante la diplomacia, a pesar del escepticismo generalizado de que sea posible. Cuando sus primeros esfuerzos se estancan, el Congreso -incluidos miembros del partido del presidente- pierde la paciencia y propone sanciones radicales para salir del atolladero. Los aliados europeos también se frustran e imponen nuevas sanciones. Esta es la historia de los primeros meses del segundo mandato de Donald Trump sobre Rusia”, escribe en su última edición un artículo publicado por la influyente revista Foreign Affairs. La visión es simplista y no tiene en cuenta que la continuación de la guerra sin fecha de caducidad era y es la prioridad de los países europeos, aún tratando de buscar su sitio desde el cambio de postura que se ha producido en la Casa Blanca en relación con la guerra de Ucrania. La frustración europea, como la ucraniana, no se debe a la lentitud con la que Trump avanza en la negociación, sino con la negociación en sí. Las capitales europeas y Kiev siempre estuvieron más cómodas en el marco de la escalada progresiva que imperó durante los tiempos de Biden y durante la cual se iban cruzando poco a poco líneas rojas hasta llegar a aprobar bombardeos con misiles occidentales en territorio de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente reconocidas. El rechazo actual no es al lento proceso de negociación sino a la idea de la transición a un modelo de alicientes y amenazas en el que la paz por medio de la fuerza tiene, a ojos de Kaja Kallas, Lindsey Graham, Volodymyr Zelensky o Friedrich Merz, demasiada conversación sobre la paz e insuficiente uso de la fuerza.

Reacio a renunciar a los alicientes en favor de las amenazas, Donald Trump no se ha decidido aún por aprobar las sanciones draconianas por las que presiona Lindsey Graham y que impondrían aranceles del 500% a los países que adquirieran productos energéticos rusos y no apoyaran militarmente a Ucrania, es decir, a China e India. La imposición de esas sanciones haría aún más inviable el actual proceso de diálogo interrumpido en el que, entre bloqueo y bloqueo, Rusia y Ucrania acuerdan un intercambio de prisioneros, entrega de cuerpos de soldados caídos (Rusia ha entregado estos días a Ucrania 4.812 y ha recibido 27 sin que aún nadie en Occidente se plantee cuál es realmente el nivel de bajas ucranianas). “Estábamos cerca de un acuerdo y luego se bombardearon cosas que no se tenían que haber bombardeado”, se lamentó la semana pasada el presidente de Estados Unidos, dando a entender que los bombardeos rusos, respuesta a un fuerte aumento de la guerra aérea ucraniana, que estaba poniendo en peligro la aviación civil en Rusia, habían hecho descarrillar un proceso que solo estaba encarrilado en su imaginación.

Aun así, y pese a la decepción que ha mostrado “con Rusia, pero también con Ucrania”, Trump no ha optado de momento por elevar el nivel de sanciones contra Moscú ni por abandonar a su suerte a Kiev y sus aliados europeos. Trump tampoco protestó ni condenó el ataque ucraniano contra las bases estratégicas rusas, en el que resultaron dañados o destruidos bombarderos nucleares, una parte de la triada nuclear, un evento con el que la Federación Rusa puede activar su doctrina nuclear. Pese a las acusaciones anteriores de que Zelensky estaba “jugando con la tercera guerra mundial”, este acto, sin duda el más peligroso de todos hasta ahora, no mereció más comentario de Donald Trump que dar por hecho que habría una respuesta rusa. El presidente ucraniano, por su parte, sí se ha referido esta última semana a la tercera guerra mundial. En la extensa entrevista concedida a un medio húngaro, Zelensky afirmaba en respuesta a cuánto tiempo puede resistir el pueblo y el Estado ucraniano, que “cada día es muy difícil. Este año está siendo difícil debido a las pérdidas. Los líderes mundiales pueden, por supuesto, especular sobre cuánto tiempo más puede aguantar Ucrania, pero esperamos que el mundo detenga a Putin. Estados Unidos podría imponer sanciones y, junto con Europa, podría averiguar cómo influir en China. No tiene sentido esperar a ver cuánto tiempo pueden resistir los ucranianos. Nadie debe sentarse a esperar, porque nos enfrentamos a una situación que se parece mucho a una transición hacia la Tercera Guerra Mundial”.  El comentario carece de sentido teniendo en cuenta que su denuncia es que los países occidentales no están haciendo lo suficiente por luchar contra Rusia y Ucrania no cesa en su intento de conseguir una implicación más directa en la guerra.

“Debemos trabajar cada día para comunicarnos entre nosotros. Con países poderosos que podrían frenar la economía rusa mediante sanciones y la ruptura de lazos económicos”, continúa Zelensky tras denunciar una guerra mundial que parece que está buscando. Teniendo en cuenta que en la misma entrevista admite abiertamente que la delegación negociadora ucraniana solo está autorizada para dialogar sobre cuestiones humanitarias, la prioridad de Kiev está clara: exigir a sus aliados más implicación en forma de armamento y sanciones y que sean ellos quienes obliguen al Kremlin a aceptar una paz que no se corresponda con la situación en el frente y el equilibrio de fuerzas entre Rusia y Ucrania sino entre Rusia y la OTAN. Ese sueño perdura pese a los tres años de evidencia de que la extrema debilidad del Estado ruso, que colapsaría como un castillo de naipes ante las sanciones, tiene más de propaganda occidental que de realidad.

La continuación de las conversaciones de Estambul, a la que Vladimir Putin se mostró favorable en su llamada del 14 de junio a Donald Trump para, entre otras cosas, felicitarle por su cumpleaños, se produce en un contexto que no podría ser más adverso. En su resumen de la conversación, el presidente de Estados Unidos escribió en su red social personal que el diálogo había tratado brevemente la cuestión ucraniana, aunque no como tema central. Al desinterés de Donald Trump por la guerra de Ucrania se une ahora la posibilidad de una guerra regional prolongada en Oriente Medio, lo que ha provocado el nerviosismo de Zelensky, que busca de sus aliados el compromiso de que una posible guerra regional no implicará la reducción del suministro militar a Kiev. No hay preocupación en Ucrania por ningún otro pueblo agredido que no sea el ucraniano, sino solo por mantener la centralidad en las relaciones internacionales y perpetuar el suministro militar.

Consciente de la escasa importancia que Donald Trump da a la guerra, pero necesitada del apoyo estadounidense, Ucrania mantiene su apariencia de compromiso con el proceso de Estambul, aunque  solo en la medida que pueda lograr ciertos beneficios -recuperar prisioneros de guerra que utilizar como propaganda primero y carne de cañón después- y le permita no ser vista como un obstáculo para una paz que se produciría en condiciones que considera inaceptables. Comunicados como el de la semana pasada tras la reunión de Alemania, Francia, Reino Unido, España, Polonia y Kaja Kallas, que insisten en la integridad territorial de Ucrania como condición para la paz, muestran también cuáles son los intereses de los países europeos, dispuestos a perpetuar el conflicto hasta conseguir objetivos imposibles.

El contexto político mundial es también clave a la hora de analizar las posibilidades de éxitos de una negociación. Desde la caída de Bashar al Assad, el único aliado ruso en Oriente Medio es ahora Irán, que es, además, un proveedor clave de Crudo a China. El ataque israelí de la noche del jueves al viernes se ha convertido ya en un enfrentamiento entre dos países enemigos con el que, a distancia ya que Israel e Irán no comparten frontera, Tel Aviv quiere conseguir un cambio de régimen en Teherán y junto a su aliado norteamericano busca la sumisión por la fuerza del único país de la región que aún no está sometido al dictado estadounidense. Tras dejar claro en su mensaje del viernes que pretendía utilizar el bombardeo israelí, que descabezó la cúpula militar iraní en un solo día, para obligar a Irán a firmar un acuerdo que para cualquier Estado soberano sería inaceptable, Trump insistió ayer en que Estados Unidos no participa en los ataques de Israel, que según esta versión actuaría solo. Esta alegación, acompañada de la amenaza de que Washington impondrá toda su fuerza en caso de ser atacado “de cualquier manera”, responde a las palabras del ministro de Asuntos Exteriores de Irán. “Disponemos de documentos que confirman que las bases estadounidenses en la región apoyan los ataques israelíes contra Irán. Desde nuestra perspectiva, Estados Unidos es socio en estos ataques y debe asumir esta responsabilidad”, afirmó el sábado Abbas Araghchi.

La alegación de Trump de la no participación estadounidense en los ataques -aunque evidentemente sí en la defensa de Israel ante la legítima respuesta iraní, que por dos noches consecutivas ha conseguido superar al supuestamente invencible Iron Dome causando daños en Tel Aviv y Haifa- contrasta con lo publicado por Financial Times, que habla de cómo Estados Unidos mantuvo la ficción de la negociación nuclear mientras en silencio permitía el ataque masivo israelí. En su comunicado sobre la conversación telefónica con Vladimir Putin, Trump escribió que el presidente ruso le llamó “sobre todo, para hablar de Irán, un país que conoce muy bien”. “Él siente, como yo, que la guerra en Israel-Irán tiene que terminar, a lo que yo dije que su guerra también debería terminar”.

Además de adherirse a la máxima occidental de “la guerra de Putin”, en ese mensaje Trump califica ya de guerra la situación entre Israel e Irán que en el resumen realizado por Yuri Ushakov se tata de una manera muy diferente. Rusia insiste en su comunicado en que “Vladimir Putin denunció la operación militar israelí contra Irán y expresó su grave preocupación por la posible escalada del conflicto, que tendría consecuencias imprevisibles para toda la situación en la región de Oriente Próximo”. En su llamada, como había hecho el día anterior con Benjamín Netanyahu, Vladimir Putin se ofreció como mediador en la situación para favorecer el retorno a la diplomacia. Con esa intervención, el presidente ruso busca apoyar a un aliado a la hora de regresar a la mesa de negociación en una posición que no sea la de debilidad absoluta, con la pistola israelí disparando y la estadounidense apuntando en la distancia, forma en la que Donald Trump desea ver a Irán. Esa es también la forma en la que Zelensky desearía que Rusia llegara a la mesa de negociación de Estambul, momento en el que ya no tendría tantos problemas en negociar cuestiones políticas con Vladimir Medinsky o cualquier otro enviado ruso cuya única opción fuera aceptar los términos que se les ofrecieran.

Aunque se trata de dos conflictos muy diferentes, la relación entre Irán e Israel y la guerra de Ucrania cuentan con algunas similitudes, entre las que se encuentra la división del mundo entre quienes se han ubicado rápidamente del lado de Estados Unidos y su proxy y el Sur Global que exige regresar a la diplomacia y condena al agresor y no, como hicieran países como Alemania o Francia, la respuesta iraní que ni siquiera se había producido aún. En ese sentido, es significativo que el artículo de Foreign Affairs citado en el inicio presente como modelo para Donald Trump la negociación del acuerdo nuclear iraní.

“Durante el segundo mandato de George W. Bush, Estados Unidos intensificó constantemente las sanciones contra Irán. Cuando Obama llegó al poder, apostó por la diplomacia y propuso un acuerdo por el que Teherán se desprendería de sus reservas de uranio enriquecido a cambio de combustible nuclear. Sin embargo, a finales de 2009, Irán rechazó la propuesta. El Congreso respondió con una oleada tras otra de sanciones, que culminaron con medidas que devastaron los ingresos petroleros de Irán. Los países europeos también tomaron cartas en el asunto e impusieron un embargo de petróleo. La presión combinada llevó a la economía de Irán a una caída libre, creando las condiciones que finalmente llevaron a Irán a la mesa de negociaciones. Con la política de Trump hacia Rusia en un callejón sin salida, su administración haría bien en aprender de la experiencia de Obama con Irán”, afirma el artículo, proponiendo una negociación a base de amenazas y siempre sin mencionar que Teherán cumplió estrictamente el acuerdo hasta que Donald Trump lo rompió unilateralmente y siguió haciéndolo durante un año más con la esperanza de que los aliados europeos convencieran a Estados Unidos de volver al marco del acuerdo.

“Una lección especialmente importante es que la iniciativa del Congreso -aunque casi siempre mal recibida por el poder ejecutivo- puede ser un ingrediente esencial para el éxito de una estrategia de presión económica. Si Trump se toma en serio poner fin a la guerra en Ucrania, su administración debería colaborar con Graham y otros halcones del Capitolio en lugar de oponerse a ellos”, continúa el artículo, que defiende la vía de la coacción masiva para imponer un acuerdo que pudo obtenerse sin necesidad de amenazas en el momento en el que se retiraron de la mesa aspectos inaceptables que ahora Trump exige como básicos (la renuncia al enriquecimiento de uranio, algo que se pretende prohibir a un único país del mundo, Irán).

Esas lecciones que los expertos quieren dar a Donald Trump para que utilice las amenazas contra Rusia como Obama y sus predecesores utilizaron contra Irán son especialmente importantes en la situación actual, en la que el Gobierno más moderado que Irán ha tenido en décadas confió en que Estados Unidos negociaba de buena fe y no permitiría que Irael atacara mientras continuaba en proceso de negociación. El mensaje que reciben actualmente las partes directa e indirectamente implicadas es precisamente que no puede confiarse en la palabra de Washington ni durante una negociación, ni siquiera una vez firmado un tratado. En realidad, ese tipo de diplomacia es la que espera Ucrania de sus aliados occidentales, una resolución impuesta por la fuerza y que pueda ser manipulada a posteriori.

Pero su hipocresía es demasiado evidente para pensar que Moscú y Beijing, inmersas en sendas negociaciones con Estados Unidos, no hayan tomado nota. Pese a su ingenuidad al creer que Washington buscaba genuinamente un acuerdo con Irán, Teherán comprendió que la única forma de que Trump no violara un acuerdo era que llevara la firma de Donald Trump. Con el precedente del acuerdo nuclear iraní, Rusia entendió también que cualquier acuerdo alcanzado con Estados Unidos es susceptible de ser papel mojado en caso de cambio político en caso de que no todo esté atado y bien atado.

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