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Economía, Ejército Ucraniano, Pobreza, Rusia, Ucrania

La brecha social de la guerra

“El 23 de mayo, en el marco de la segunda Cumbre Ministerial de Política Social, una delegación de más de 20 países europeos visitó el Centro de Resiliencia de Lviv, un espacio abierto en colaboración con UNICEF. La visita fue una oportunidad para que la delegación internacional viera cómo Ucrania está implantando un servicio de fomento de la resiliencia para apoyar a las personas en tiempos de guerra”, explicaba posteriormente el Ministerio de Políticas Sociales de Ucrania. Unidad, resistencia o resiliencia han sido algunos de los términos que el Gobierno ucraniano ha utilizado para definirse a sí mismo y a su población -en la que nunca queda claro si considera también a aquella al otro lado del frente, de la que parece desear únicamente el territorio- a lo largo de los tres últimos años. La guerra implica situaciones dramáticas de desplazamiento de población, huida de las zonas más violentas, pérdida de empleos, colapso económico y fuerte aumento de la pobreza.

Al contrario que otros países actualmente en guerra, con Gaza como el escenario más extremo, Ucrania no ha sufrido en ningún momento un bloqueo que impidiera la llegada de bienes esenciales y de ayuda humanitaria. Un proxy tremendamente exigente, Kiev ha reprochado a sus aliados su asistencia militar, declarándola insuficiente o excesivamente lenta, pero nunca ha podido quejarse de la asistencia humanitaria. Es más, el único bloqueo que se ha producido en esta guerra es el impuesto por Petro Poroshenko en 2015 contradiciendo los acuerdos de Minsk, que exigían la reanudación de las relaciones económicas y de transporte a través del frente. Ese bloqueo, también bancario, no se limitaba únicamente a productos, sino que se extendió al impago de salarios públicos, pensiones y prestaciones sociales a la población de Donbass. Pese a años de plegarias y propuestas, tampoco Zelensky levantó el bloqueo ni reanudó el pago de pensiones en Donbass. La solidaridad en Ucrania ha tenido siempre unos límites claros y se ha centrado únicamente en la población considerada leal.

“En el Centro de Resiliencia, los niños y padres que han sufrido pérdidas, desplazamientos y estrés encuentran un espacio para recuperarse. En este entorno seguro, pueden recibir apoyo integral y servicios sociales. UNICEF apoya este modelo, ya que sitúa a la familia en el centro de la toma de decisiones, allanando el camino para una sociedad más cohesionada y un futuro sostenible”, afirmó en Lviv Munir Mammadzadeh, jefe de UNICEF Ucrania, presentando un recurso al servicio de la población y un país que hace lo posible por mejorar sus vidas. Destacando la necesidad de cercanía a la población y a las comunidades, la ministra de Políticas Sociales de Ucrania Oksana Zholnovich añadió que “no se trata de cambios aislados, sino de construir un sistema sostenible en el que las comunidades dispongan de herramientas, los proveedores de servicios de recursos y las personas de acceso a la ayuda”. Para un país que utilizó el impago de sus miserables pensiones a una parte de su población como medida de ahorro para las arcas del Estado, Ucrania tiene clara cuál es la teoría. Sin embargo, incluso en guerra y en relación con la población más vulnerable, las soluciones “de mercado” nunca están lejos. “Hemos abierto el mercado de los servicios sociales para incluir también a las organizaciones no gubernamentales. Además, hemos observado la eficacia de varios servicios piloto, como la vida con apoyo y la ayuda prestada a través de centros de resiliencia. Los servicios sociales son un recurso para la cohesión, la creación de nuevos empleos y la estabilidad a largo plazo”.

En ese acto, la ministra se refirió también a una resiliencia diferente, la del Estado en su ímpetu por recuperar a parte de la población perdida. Los países europeos aceptaron desde 2022 a millones de personas procedentes de Ucrania, fundamentalmente mujeres, menores y mayores, aunque también a los hombres en edad militar que, legalmente o no, habían logrado abandonar el país. La calurosa bienvenida dada por los países europeos a la población refugiada de Ucrania se ha moderado con el tiempo y varios países han comenzado a plantear vías para favorecer el retorno, pero esos modelos nunca se han puesto en marcha. La guerra en Europa, al contrario que otras como Yemen, Sudán o Congo, es demasiado importante para los países europeos, que no van a deportar a hombres ni mujeres ucranianas a un país sumido en una guerra de alta intensidad. Es más, países como Alemania han rechazado abiertamente los intentos de Ucrania de conseguir que fueran los Estados acogedores de refugiados quienes buscaran la forma de repatriar a esos hombres a Ucrania.

Cerrada esa posibilidad, Kiev ha de buscar nuevas vías para incentivar el retorno voluntario. En el acto de Lviv, Zholnovich se refirió a la necesidad de “empleo y servicios sociales” para que “la gente regrese”. “Estamos trabajando activamente en esto buscando las mejores prácticas y financiación”, añadió. Teniendo en cuenta la situación, no es difícil entender que la vuelta de población al país está vinculada a la necesidad de mano de obra en la industria militar y, sobre todo, a la necesidad de seguir reclutando para las fuerzas armadas. Y en un país que emplea íntegramente su recaudación para el sector militar, hay que entender también que cualquier mención a la financiación se refiere a la que aportan o han de aportar sus socios y proveedores extranjeros. A ellos se les exige asistencia militar y humanitaria, armamento y munición y también inversiones para crear empleo y conseguir el retorno de la población que huyó de la guerra o que actualmente intenta evitar ser reclutada para las trincheras.

Sea cual sea el resultado militar, los conflictos bélicos implican siempre la existencia de ganadores y perdedores, entre los que generalmente destaca el pueblo. Antes de la invasión rusa, sumida en la guerra de Donbass y realizando una serie de reformas para eliminar los últimos resquicios del Estado social del que se independizó en 1991, Ucrania era ya uno de los países más pobres del continente europeo. Esa realidad no ha impedido, sin embargo, que las autoridades y medios ucranianos presenten la guerra como una lucha entre civilización y barbarie, se escriban artículos sobre soldados rusos que robaban lavadoras, que jamás habían visto una televisión o que no sabían lo que era un teléfono móvil. Todo ello mientras la situación del empleo en los dos países, tomaba caminos muy diferentes. La escasez de personal y el aumento del papel del Estado en la economía en forma de keynesianismo militar han hecho aumentar notablemente los salarios reales de la población rusa, mientras que en el caso ucraniano la precariedad sigue siendo la norma.

“Es difícil evaluar la magnitud del impacto, porque las encuestas oficiales sobre las condiciones de vida de los hogares, que son la principal base de información para determinar los indicadores de pobreza, no se realizan desde 2021. Pero según la muestra del Instituto de Demografía y UNICEF, en 2023, el 35,5% de las personas vivían con ingresos inferiores al mínimo de subsistencia real”, afirmó el mes pasado la ministra de Políticas Sociales, admitiendo que más de la tercera parte de la población del país no alcanza el nivel mínimo de subsistencia. Según informa Obozrevatel, más de un millón y medio de personas trabajan en Ucrania percibiendo el salario mínimo, 8.000 grivnas (169€ al cambio actual), 2.600 grivnas por debajo de la cifra que el Ministerio de Políticas Sociales considera el mínimo de subsistencia. Sin embargo, y mostrando cuáles son las prioridades del Estado, en 2025 no han subido ni el salario mínimo ni, como confirmó la ministra en una entrevista “el mínimo de subsistencia, al que están vinculadas las pensiones más bajas y el salario mínimo. No cambiará. Esto se debe a que la principal prioridad del presupuesto es ahora la defensa. Pero entendemos que esto crea riesgos adicionales para el crecimiento de la pobreza”. La preocupación por la población se limita a los actos de propaganda en los que Ucrania puede exigir fondos a sus aliados y con los que puede presentarse como un país que cuida a las personas más vulnerables, a las que posteriormente les niega el pan y la sal.

El empobrecimiento y la miseria de una parte de la población convive con la situación diametralmente opuesta. El componente de clase de la guerra siempre ha estado claro: las personas con más recursos han conseguido las facilidades para salir del país o evitar el reclutamiento y son también empleadas de puestos y empresas que se han visto menos afectadas por el conflicto. La población más necesitada no ha podido evitar las normas a base de talonario y quienes han perdido sus viviendas o sus trabajos se han encontrado en situaciones dramáticas. El aumento de la pobreza es claro, pero también lo es el de los más privilegiados. Según el Servicio Nacional de Impuestos, el número de millonarios aumentó en Ucrania el último año en un 61%. “En 2024, los ucranianos declararon unos ingresos récord de 326.000 millones de grivnas, 107.000 millones más que el año anterior. El número de millonarios aumentó en 6.600, hasta superar los 17.000, con unos ingresos totales de 253.600 millones de grivnas”, escribía el mes pasado Biznes24. “La guerra como negocio lucrativo”, comentaba Ivan Katchanovski. Y como instrumento de aumento de la brecha social.

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