“Los atentados del fin de semana no tienen nada de nuevo. Sé que existe la idea de que deberían verse como una respuesta a la Operación Telaraña, pero no es así. La gente que dice esto no entiende que este no es el primer mes de la guerra. Rusia lleva años haciendo esto. Por poner sólo un ejemplo, el día anterior a la Operación Telaraña nos atacaron con 480 drones y misiles”, afirmó Zelensky en una entrevista concedida al medio húngaro Valasz Online. “Están disparando misiles contra objetivos civiles después de que nosotros atacáramos con éxito sus activos militares”, añade el presidente ucraniano. La declaración va en línea con presentar a Ucrania como una víctima inocente que únicamente ataca objetivos militares y que se está viendo saturada por la venganza bíblica de quien, en su barbarie, solo sabe reaccionar a las derrotas atacando a un pueblo pacífico.
Para ello hay que olvidar que los centenares de drones rusos son la contrapartida a los centenares de drones ucranianos contra la Federación Rusa y también reportajes que esta semana pueden leerse en medios tan proucranianos como El País. “Una casa cualquiera de un pueblito cualquiera del entono del frente de Pokrovsk”, comienza un reportaje de Luis de Vega sobre cómo Ucrania ha camuflado su ensamblaje de drones en viviendas residenciales de los diferentes frentes. Haciéndose eco de la noticia, que afirma que este tipo de lugares están proliferando “como setas” y recordando que se trata de información que ya era conocida, el periodista ucraniano en el exilio Anatolij Sharij indica que “cuando los rusos encuentran este tipo de instalaciones”, Ucrania alega que los rusos “vuelan [sus drones] contra zonas civiles”.
El discurso es útil, ya que consolida la imagen de que Ucrania quiere a toda costa la paz mientras que Rusia negocia de mala fe y ataca con todo lo que tiene para evitar que pueda haber progresos en la negociación y contribuye al intento de convencer a Donald Trump de que debe apoyar a Kiev y abandonar el intento de ofrecer a Moscú alicientes para una resolución diplomática. La prioridad ucraniana desde la llegada al poder de Donald Trump ha sido aprovecharse de la visión de alicientes y amenazas de la paz por medio de la fuerza pregonada por el presidente de Estados Unidos para lograr un aumento del suministro militar a Kiev y de las sanciones a Moscú.
Por el momento, han fracasado tanto la idea de la administración Republicana de atraer a Rusia como la europea de sancionar a la economía rusa hasta el desgaste. Ingenuamente, Trump parecía creer que ofrecer a Rusia la reapertura económica de su mercado a las empresas de Estados Unidos iba a ser suficiente para que el Kremlin aceptara cruzar varias de sus líneas rojas -como la presencia de tropas de países de la OTAN en Ucrania como parte de un acuerdo de paz- y detener la guerra. De forma igualmente naif, Ucrania y sus aliados europeos siguen confiando en que, 17 paquetes de sanciones después, la guerra económica conseguirá obligar a Rusia a sentarse a la mesa y aceptar la paz. “Habríamos acabado con todo esto ayer. Así que cada día es muy difícil. Ha sido difícil durante un año debido a las pérdidas. Los líderes mundiales pueden, por supuesto, especular sobre cuánto tiempo más puede aguantar Ucrania, pero esperamos que el mundo detenga a Putin. Estados Unidos podría imponer sanciones y, junto con Europa, podría averiguar cómo influir sobre China”, afirmó Zelensky en su entrevista al medio húngaro adhiriéndose a la idea de Kaja Kallas de que es Beijing quien hace posible que Rusia continúe luchando, o a la de Alexander Stubb, que hace un año afirmaba que “una llamada del presidente Xi Jinping puede resolver esta crisis”. El tiempo transcurrido y la realidad de que solo Ucrania depende de sus aliados para continuar luchando no ha hecho desaparecer el sueño de que Rusia sea la colonia de China que en ocasiones han intentado presentar.
Lo que sí ha funcionado tanto en Kiev como en Moscú es la percepción de la idea de amenazas y alicientes que es el plan Kellogg-Fleitz en el que se basa la política de Trump hacia la guerra. De ahí que ambas capitales hayan visto necesario acudir a las negociaciones de Estambul para que el líder estadounidense perciba que es la otra parte la que sabotea un posible acuerdo. La desconfianza entre las partes es tal que ha costado cinco días que Ucrania acepte recibir los cuerpos de 1.212 soldados ucranianos muertos y cuyos cuerpos habían quedado en territorio capturado por Rusia. Moscú, por su parte, ha recibido de Ucrania 27, siguiendo la línea de un enorme desequilibrio que contradice abiertamente el dogma de que las bajas rusas superan con crees a las ucranianas. Como buen principiante, Donald Trump cometió el mismo error que han incurrido en el pasado todas las autoridades nacionales y supranacionales -entre ellas se encuentra Antonio Guterres-, que han visto en determinados gestos un punto de inflexión que mostraba un cambio de actitud. El presidente de Estados Unidos vio en el primer intercambio de prisioneros, el más grande desde 2014, la posibilidad del inicio de algo grande. Los bombardeos de después, las acusaciones cruzadas, las bronca reacción y la segunda reunión de Estambul, que duró únicamente una hora, han mostrado que sus deseos no eran más que la ingenuidad de quien quiere creer en su capacidad para cambiar el rumbo de un conflicto cuya resolución va a requerir de mucho más trabajo. Así se lo reclama también Volodymyr Zelensky, que en su entrevista concedida al medio húngaro se refirió al proceso de Estambul.
Según Zelensky, Rusia está dilatando las negociaciones “tratando de debilitar las posturas de los socios occidentales”. “Al fin y al cabo”, insiste el presidente ucraniano, “es más fácil así. Son profesionales de esto: son los absolutos campeones del mundo en mentir. En términos diplomáticos, son unos manipuladores. Aquellos con los que negocia nuestra delegación también son así”. Rusia, afirma Ucrania, el país que dilató durante siete años las negociaciones de Minsk afirmando falsamente que defendía los acuerdos firmados -ahora afirma que no iban a ser implementados al ser inviables-, simplemente miente y busca dejar pasar el tiempo. Hay algo de verdad en ello, ya que es Rusia quien avanza en el frente, pero no es menos cierto que tampoco Ucrania desea que prospere una negociación como la de Estambul, con la que Moscú intenta llegar a un acuerdo final que consolide el orden de posguerra de forma definitiva, el escenario más temido por Kiev. La solución siempre es la misma. “Sería bueno si los países mediadores no se centraran en lo que pueden perder con las sanciones -las desventajas económicas a las que se enfrentarían o lo que pasaría con la cooperación espacial o de satélites-“, afirmó Zelensky señalando claramente a Estados Unidos, que aspira a recuperar las relaciones económicas con Rusia como parte de un acuerdo sobre Ucrania, “y se centraran en aquello de lo que van las negociaciones: la guerra, el hecho de que la gente está muriendo. Lo demás se puede discutir en conversaciones bilaterales”.
El discurso ucraniano es claro y busca desanclar el alto el fuego de una resolución más amplia que determine las condiciones de postguerra y, sobre todo, de la situación de seguridad que vaya a quedar en Europa. Esa es la principal baza de Ucrania: tratar de imponer unas negociaciones en las que se traten únicamente los aspectos que le benefician -es Kiev quien tiene problemas para cubrir sus filas y quien más necesita un alto el fuego para recuperarse-, dejando para un futuro incierto y una reunión entre presidentes en la que espera tener la ayuda de sus aliados cualquier otro aspecto. “Si la guerra sigue siendo solo una pieza en un puzle más grande, tu posición se verá debilitada”, insistió. “Mientras esto sea sí, los rusos no cambiarán su agenda o sus mentiras”, sentenció Zelensky, dejando perfectamente claro que la resolución de la guerra no puede ser un acuerdo de seguridad que garantice la paz en el continente, sino un arreglo que implique únicamente a Ucrania. En otras palabras, el presidente ucraniano espera conseguir un acuerdo que se refiera únicamente a uno de los tres aspectos del conflicto, la disputa Rusia-Ucrania, sin cerrar la parte de guerra civil, ya que los territorios quedarían como algo que tratar en el futuro, ni el enfrentamiento Rusia-Occidente, del que depende que Kiev siga siendo una herramienta útil para sus proveedores europeos y norteamericanos.
Para conseguirlo, Zelensky ha limitado notablemente los temas que su delegación enviada a Estambul tiene la capacidad de tratar. “Nuestro memorando es la base de las negociaciones”, afirmó Zelensky sobre un texto tan poco realista como el memorando ruso, calificado de ultimátum inaceptable. “Basado en esto”, continuó el presidente ucraniano, “nuestra delegación tiene el mandato de discutir solo asuntos humanitarios, la cuestión de los prisioneros de guerra y niños secuestrados, o el alto el fuego”. “Pero no tienen el mandato de discutir la soberanía ucraniana ni la integridad territorial. Ese es nuestro propio mandato constitucional”, precisó aferrándose a la idea de posponer hasta el infinito la discusión sobre la cuestión territorial que, aunque no es la más crítica -como lo es la seguridad-, precisa de un entendimiento aunque sea temporal. Sin él, todo acuerdo es inviable y las negociaciones de Estambul seguirán siendo un diálogo breve y tosco sobre intercambios de prisioneros y la exigencia de devolución de los 339 menores que Ucrania ha conseguido poner en una lista tras tres años de hablar de decenas de miles de niños y niñas secuestrados y deportados de las zonas del frente.
El hecho de que el presidente ucraniano haya admitido abiertamente que no ha dado autorización a sus delegados para realizar ninguna negociación política, algo que recuerda especialmente a las conversaciones de Minsk, en las que Kiev rechazaba rotundamente negociar puntos políticos con Donetsk y Lugansk, ha pasado completamente desapercibido en los medios de comunicación occidentales, concentrados, como Ucrania, en alegar que es Rusia quien no quiere negociar. “En una sorprendente confesión, Zelensky declaró al medio húngaro Valasz Online que la delegación ucraniana en Estambul solo ha sido autorizada a tratar cuestiones humanitarias, como los prisioneros de guerra y los cadáveres. Aseguró que las cuestiones relativas al territorio y la soberanía de Ucrania solo pueden ser negociadas entre él y Putin. Pero el propio decreto de Zelensky que le prohíbe hablar con Putin sigue vigente”, comentó el martes el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, uno de los pocos en mencionar las declaraciones.
“Hemos dicho repetidamente que si recibimos las garantías de seguridad adecuadas”, insistió Zelensky, que siempre ha equiparado el término adecuado a garantías similares al Artículo V de la OTAN, lo que hace imposible un acuerdo, “que impidan que Putin continúe la guerra, entonces ya habrá tiempo de decidir sobre las cuestiones territoriales. Por métodos diplomáticos, no con las armas”. En otras palabras, Ucrania solo va a negociar en Estambul cuestiones humanitarias o escuchar que Rusia acepta el alto el fuego incondicional que Kiev trata de imponer, mientras que para el futuro promete una lucha diplomática por recuperar los territorios perdidos. Como siempre ha quedado claro, Ucrania espera conseguir su prioridad absoluta, la cuestión de la seguridad, dejando la puerta abierta a seguir presionando a Rusia para conseguir por la vía de las sanciones lo que no ha conseguido por la vía militar. La suma de la postura ucraniana de rechazo a toda negociación política y las promesas de impedir que se pueda llegar a un acuerdo final hacen prácticamente inviable un acuerdo. Salvo que los aliados de Ucrania, especialmente Estados Unidos, impongan lo contrario.
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