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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

En el campo de batalla

En el contexto de las primeras conversaciones de paz directas entre Rusia y Ucrania en tres años, ha reaparecido con fuerza una tendencia que, aunque nunca había desaparecido, había quedado en segundo plano con el retorno de Donald Trump y su extraño y en muchos casos incoherente discurso de paz. Sin ninguna posibilidad de paso de la fase bélica a la diplomática, los halcones se habían sentido confiados en que su vía de resolución preferida, la guerra hasta conseguir los objetivos, era la única que se encontraba sobre la mesa. En el otoño de 2022, en el momento de mayor debilidad rusa, cuando Ucrania podría haber logrado importantes concesiones de Moscú, la idea de negociación solo fue planteada por la Federación Rusa y no fue tenida en cuenta por Kiev. En 2023, la contraofensiva de Zaporozhie que debía romper el frente y poner contra las cuerdas el control de Crimea iba a suponer otro momento crítico. Sin embargo, el fracaso ucraniano en la ofensiva terrestre impidió que se produjera el escenario, temido para los más radicales, de una negociación en la que Rusia perdiera gran parte del territorio ganado, pero no todo. Tampoco esa opción, que en realidad nunca se ha dado, era aceptable para quienes, como Lindsey Graham, siempre han querido seguir luchando contra Rusia “hasta el último ucraniano”.

La situación actual es el cúmulo de tres circunstancias: la certeza de que Ucrania no será capaz de lograr sus objetivos por la vía militar, el cambio de postura de la administración estadounidense y la contradicción entre la búsqueda ucraniana de un alto el fuego que le permita reponerse frente a la exigencia rusa de una negociación que trate las causas profundas de la guerra. Miles de millones de dólares en suministro continuo y creciente no han conseguido expulsar a las tropas rusas del sur de Ucrania, Donbass o Crimea y Kiev ha perdido su carta de Kursk, con lo que la iniciativa está firmemente en manos rusas. Esa lógica no ha cambiado incluso a pesar de ataques como el de hace una semana, tras los que la guerra aérea rusa ha continuado.

Frente a la voluntad de la anterior administración estadounidense de apoyar a Ucrania mientras sea necesario, las circunstancias actuales y su manera de ver el mundo hacen que Donald Trump quiera utilizar el conflicto ucraniano para elevar su estatus como pacificador y Washington pueda centrarse en partes del mundo que le son de mayor interés, concretamente el enfrentamiento de grandes potencias con China. Perdida la iniciativa y en duda la continuación de la llegada de armamento estadounidense -ya sea donado o adquirido por vías comerciales gracias a la financiación de la Unión Europea-, Ucrania lleva meses buscando un alto el fuego, tras el que ofrece vagas promesas de negociación, siempre siguiendo una hoja de ruta que no lleve a un tratado final en el que sus pérdidas actuales queden consolidadas.

Frente a esas realidades, una corriente mediática y política trata de convencer a la población y a sus representantes de que la guerra, no solo no está perdida, sino que puede ganarse. “Rusia está empezando a perder la guerra”, alegaba, sin poder dar argumentos convincentes para justificar el titular, Foreign Policy. El argumento económico es también una de las bases de un artículo publicado por Atlantic Council, que la pasada semana defendía, contra toda evidencia desde que el frente se instaló en el bloqueo, que “esta guerra se decidirá en el campo de batalla”. Citando al Centro Davis de la Universidad de Harvard, Brian Whitmore argumenta en el texto que, para Moscú, “la guerra se está financiando en gran medida mediante préstamos en condiciones favorables a los contratistas de defensa a tipos de interés muy inferiores a los del mercado. En pocas palabras, esto no es sostenible a largo plazo”. No se menciona, por supuesto, el hecho de que Ucrania lleve tres años subsistiendo a base de subvenciones y créditos de sus aliados, algo cuya sostenibilidad jamás se cuestiona.

La doble vara de medir es necesaria también a la hora de valorar las capacidades de la industria militar. “Para Ucrania, como siempre, la necesidad se ha convertido en virtud. Ante un posible déficit de armamento, Kiev ha creado una vibrante industria armamentística nacional centrada en la guerra con drones. «En sólo tres años, el ejército ucraniano ha pasado de defenderse con restos de armas soviéticas a ser pionero en un nuevo tipo de guerra», escribe la corresponsal de guerra ucraniana Nataliya Gumenyuk en The Atlantic”, escribe Whitmore sin añadir que la producción de drones de Ucrania, aspecto en el que Kiev se ha autoproclamado potencia mundial, está siendo ampliamente superada por la de la Federación Rusa, que al contrario que su oponente ha demostrado también ser capaz de aumentar su producción de vehículos blindados y misiles.

“Afortunadamente para Ucrania, las armas estadounidenses no son el único factor que ha reequilibrado el campo de batalla en los últimos tres años. A partir de 2024, los drones de fabricación ucraniana cambiaron definitivamente la forma en que ambos bandos libraban la guerra. Para Ucrania, el ajuste no fue sólo táctico, sino una evolución más amplia y doctrinal de cómo luchan sus fuerzas armadas”, continúa el artículo de The Atlantic Council citando nuevamente a Gumanyuk, que olvida que uno de los problemas que está padeciendo actualmente Ucrania es la rápida y eficiente adaptación rusa a ese tipo de guerra. La semana pasada, Kiev y sus aliados alegaban que Moscú había realizado su ataque aéreo más potente de todo el conflicto. Moscú apenas había utilizado una docena de misiles apoyados por centenares de drones, un cambio sustancial desde los tiempos en los que Rusia utilizaba para este tipo de ataques un centenar de misiles. La alegación del bombardeo más duro se repitió el viernes con un máximo de 40 misiles.

A los argumentos económico e industrial, que precisan de evitar la comparación entre Rusia y Ucrania para mantener su verosimilitud, suele añadirse uno más, la obligación moral de los países europeos y Estados Unidos de derrotar a Moscú, objetivo para el que, en ocasiones, se utilizan discursos de civilización contra barbarie en términos que tienden a lo racial. “Durante estos siglos desde que Moscovia cambió su nombre a «Rusia», han perfeccionado un producto de exportación: la barbarie imperial. Una nación tras otra han sucumbido a su insaciable afán de conquista y exterminio cultural”, escribió el pasado sábado la viceprimera ministra de Ucrania Yulia Svyrydenko. “Conocemos el proceso: invadir, asesinar a la población local, exterminar la cultura de quienes sobreviven, llamar a las ruinas Rusia y luego afirmar que SIEMPRE fue Rusia. Pidan pruebas a los vecinos de Rusia, a quienes aún puedan. Demasiados jamás responderán en la lengua de sus antepasados, porque la rusificación erradica las lenguas con la misma eficacia con la que los soldados rusos asesinan civiles. Imperio o federación: la etiqueta cambia, el salvajismo permanece: conquistar, borrar, repetir”, añadió sin que le importara que toda colonización europea, no solo la rusa, se ha basado en la superioridad cultural y, en muchos casos, especialmente el estadounidense, en la masacre y desaparición de los pueblos. Al contario que en ese caso, sin embargo, esos pueblos persisten, como sus lenguas, en la Federación Rusa. Los vecinos de Rusia, por supuesto, podrían responder a cualquier pregunta en su lengua.

El retorcido discurso de Svyrydenko sentencia, con un subtexto que implica claramente la exigencia del aumento de la ayuda occidental en la guerra común contra Rusia, que “el siglo XXI no tiene lugar para el imperialismo medieval de Moscú y Ucrania no tiene planes de ser simplemente otro recluso en la prisión de naciones de Moscú. La paz europea depende de que se detenga la exportación de la conquista genocida de Rusia y el momento es ahora”. Publicado el pasado sábado, 48 horas antes de la segunda reunión directa entre Rusia y Ucrania en lo que Estados Unidos espera que sea un proceso de paz, el mensaje difícilmente puede considerarse compatible con la voluntad de llegar a un acuerdo.

El discurso, en línea con la idea de la extrema derecha de la guerra eterna no solo contra Rusia sino contra la propia idea del Estado o la cultura rusa, es perfectamente coherente con lo argumentado por Brian Whitmore en el artículo de The Atlantic Council. “Cuatro meses de caótica diplomacia itinerante destinada a lograr un alto el fuego en Ucrania, múltiples llamadas telefónicas entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder del Kremlin, Vladimir Putin, repetidos intentos de Estados Unidos de presionar, intimidar y amedrentar al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, para que haga concesiones, no han producido exactamente nada. Lo cual no es en absoluto sorprendente. Porque no se puede llegar a ningún acuerdo con Rusia sobre Ucrania. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá”, afirma Whitmore, que parte de la base de que el objetivo ruso no solo es conquistar toda Ucrania -algo que nunca ha sido posible y para lo que Moscú jamás dispuso de las tropas y recursos necesarios- sino destruir su soberanía y hacerla desaparecer como Estado y como nación.

Desde esa postura inventada para hacer más creíble su argumento, “simplemente no hay fórmula mágica, no hay concesión o gran acuerdo que vaya a satisfacer los objetivos maximalistas y eliminacionistas del Kremlin”. Tampoco va a satisfacer, por supuesto, los que el analista ha inventado para defender que “Ucrania quiere seguir existiendo como Estado soberano e independiente, así que no hay compromiso posible”. No importa que para ello tenga que apelar a fanáticos como Andreas Umland afirmando que “el imperialismo ruso no va a ser neutralizado con negociaciones, compromisos o concesiones”. Sin llegar nunca a admitir que, descartada la diplomacia y agotada la vía militar de guerra bilateral para conseguir los objetivos, solo queda como opción una guerra total en la que participen los aliados occidentales de Ucrania, lo importante es rechazar toda salida negociada y dejar claro que la única resolución aceptable es aquella que se logre por la vía militar. Como suele ocurrir, al final todo depende de Washington. “Así que aquí estamos, después de tres años de guerra y cuatro meses de diplomacia fallida para ponerle fin. Esta guerra se decidirá en el campo de batalla”, añade Whitmore. “Corresponde a Estados Unidos y a Europa decidir si están dispuestos a ayudar a Ucrania a ganarla”, sentencia.

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