“Hace un año, la cantidad de drones rusos utilizados en los ataques de anoche contra ciudades de Ucrania se habría considerado un récord. Ahora, está por debajo de la media. La guerra de Rusia se centra ahora plenamente en la población civil de Ucrania, y con un promedio de unos 300 drones y misiles cada día, el ritmo sólo está aumentando. La evidencia diaria muestra la verdad: el plan delirante de Rusia es destruir a Ucrania y a su gente, sin importar cuántos años lleve. Los rusos seguirán asesinando a nuestro pueblo hasta que los detengan”, escribió ayer la viceprimera ministra y ministra de Economía de Ucrania, Yulia Svyrydenko. Su mensaje, evidentemente propagandístico y dirigido a sus aliados extranjeros aunque esté escrito en ucraniano, contiene una serie de manipulaciones y omisiones habituales en el discurso oficial representativas del momento en el que nos encontramos.
Con mucha más capacidad para manejar la narrativa que el Kremlin, Ucrania ha hecho parecer que los ataques con drones y misiles rusos eran -al menos hasta el domingo, cuando el intrépido, ingenioso y audaz ataque contra parte de la triada nuclear fue lo suficientemente exitoso como para utilizarlo como argumento a su favor- la única batalla aérea existente. El inicio de las negociaciones es el momento más peligroso para los diferentes partidos de la guerra, deseosos de continuar luchando hasta conseguir la fuerza necesaria para imponer los términos de la negociación. Y es también el momento de dar el máximo por presentarse en la mesa de negociación con el oponente contra las cuerdas. En ese contexto comenzó el fuerte incremento del uso de drones ucranianos, asediando concretamente los aeropuertos rusos, una infraestructura civil cuyo trabajo buscaban interrumpir coincidiendo con el inicio de la temporada de buen tiempo y el aumento de viajes. El aumento de los bombardeos rusos con drones y misiles, no solo fueron la respuesta al incremento de la actividad aérea ucraniana, sino que se centró en la industria, no en objetivos civiles. Incluso el post de condena de los ataques contra ciudades ucranianas de Keith Kellogg, que ordenó “alto el fuego ya”, venía acompañado con una imagen del bombardeo de la fábrica Antonov, no de un objetivo civil.
Tampoco los 300 drones que menciona Svyrydenko que Rusia puede utilizar en un día son una excepción, ya que es también el volumen que actualmente está utilizando Ucrania. Sin embargo, a juzgar por la cobertura informativa, podría parecer que el único ataque aéreo ucraniano fue el del domingo, un Pearl Harbor elogiado por los grandes titulares, que han olvidado mencionar que esa referencia supone equiparar a Ucrania con un miembro del Eje o que aquel ataque fue calificado por Franklin Delano Roosevelt como “un día que vivirá en la infamia”. Por supuesto, los medios han preferido no calibrar la comparación ni poner en sus grandes titulares que la docena de aeronaves que Rusia perdió el domingo son un golpe a su credibilidad, pero no van a cambiar el signo de la guerra. Como admitía ayer Bloomberg, uno de los pocos medios que incidía en ello, Ucrania no precisa de una gran cantidad de bombarderos para continuar librando la guerra como hasta ahora. Ucrania puede jactarse de sus éxitos en la producción de drones, pero como admiten medios como The Times, Rusia la supera con creces y la diferencia no solo no desciende, sino que aumenta. La consecuencia es que los drones han sustituido en parte a los misiles, por lo que los bombarderos también son ahora menos necesarios que hace un año, cuando Ucrania comenzó a planificar la operación del domingo y los misiles Kinzhal tenían mucha más presencia y las pérdidas de esta semana habrían sido más preocupantes.
Al igual que hace alrededor de un año, cuando Ucrania atacó radares de atención temprana que no tienen incidencia en el actual conflicto pero cuya pérdida minaría a Rusia en un conflicto más amplio con Occidente, la demostración de Occidente no solo busca humillar al Kremlin, sino enviar un mensaje a sus aliados y acreedores. Es posible que Kiev no pueda ganar esta guerra, entendiendo como victoria recuperar gran parte o todos los territorios perdidos, pero quiere presentarse como trampolín en la lucha común contra Rusia. No se trata únicamente de esa defensa de la civilización occidental que Kiev lleva años pregonando para autodenominarse frontera exterior y fortaleza contra la barbarie asiática, sino de ofrecer una contrapartida añadida de debilitar a un enemigo nuclear. En los delirios de grandeza de quien solo se mantiene a flote gracias a créditos y subvenciones de sus aliados, el juego nuclear no precisa de disponer de armas nucleares propias.
Y sin embargo, Donald Trump, que hace tan solo unas semanas acusaba a Volodymyr Zelensky de “jugar con la tercera guerra mundial” no ha reaccionado en más de dos días a un ataque en el que sigue quedando la duda de si Estados Unidos fue o no notificado de antemano. Axios, un medio que generalmente cuenta con buenas fuentes en la administración de Washington, reportó inicialmente que la Casa Blanca había recibido el aviso para posteriormente negarlo. Sin embargo, el silencio de más de dos días de un hombre que acostumbra a realizar gran parte de su trabajo ante los medios y que no ha dudado en escribir en grandes letras mayúsculas sus condenas sobre determinados bombardeos, ha de entenderse, quizá como un signo de aprobación o simplemente de paso atrás. Antes del inicio de la reunión de Estambul, representantes estadounidenses insistieron en la necesidad de concluir un alto el fuego, volvieron a mostrar su hartazgo por la tardanza en lograr un acuerdo y apuntaron nuevamente a Rusia como la causante. Bankova, que al igual que el Kremlin ha presentado un memorando de máximos absolutamente inviable como punto de partida para una negociación, ha tenido también más éxito a la hora de colocar su mensaje en la prensa occidental, siempre dispuesta a ver en Rusia los pecados que no ve en Ucrania.
En cualquier caso, convencer a Donald Trump sigue siendo el principal aliciente de Ucrania, que apenas unos minutos después del final de la reunión, exigió a sus aliados que aprobaran nuevas sanciones contra Rusia a causa del memorando. La realidad es que la confianza entre las partes, que siempre fue extremadamente reducida, se limita aún más en estos momentos de escalada militar y ni siquiera aquellos aspectos que hasta ahora habían funcionado con relativa facilidad pueden darse por hechos. Es el caso de la propuesta de intercambio de cuerpos de soldados caídos en el frente. Tras la reunión, Vladimir Medinsky precisó que no se había acordado un intercambio 6000 por 600 sino que Rusia ofrecía entregar esa cantidad de cuerpos, que serán trasladados en un tren especial y preparado. “Si Ucrania envía algo en nuestra dirección”, afirmó el negociador ruso. “Aceptaremos a nuestros soldados”, añadió dudando de esa posibilidad y dando a entender que Ucrania no cuenta con esa cantidad de soldados o que tratará de hacer pasar soldados ucranianos por soldados rusos. Lo mismo ha sugerido, de forma mucho menos creíble, Volodymyr Zelensky, que ha dado a entender que el desequilibrio entre el número de cuerpos que en este tiempo ha entregado este año Rusia (4421) y el que ha entregado Ucrania (221) se debe a que Rusia envía cuerpos de soldados rusos.
Tras los ataques del domingo, en los que Ucrania atacó, no solo bases militares con presencia de bombarderos nucleares, sino que derribó puentes tanto en Zaporozhie como en Briansk y Kursk, ayer una operación del SBU, que afirmó haber utilizado más de mil kilos de explosivos, intentó sin éxito atacar el puente de Kerch, que une Crimea con la Rusia continental. De una guerra gestionada por Estados Unidos como una escalada progresiva en la que seguir aumentando el suministro militar a Ucrania poco a poco para no provocar un enfrentamiento directo con Rusia se pasó en enero a una fase de amenazas y alicientes en la que Donald Trump creía ingenuamente que su buena relación con Vladimir Putin iba a conseguir hacer desaparecer las contradicciones principales que existen entre Kiev y Moscú, que no pueden desaparecer de un plumazo en una reunión sin un proceso de negociación previa en el que ambas partes tengan que ceder. Fracasada esa vía rápida e imposible a un cierre del conflicto que solo podía ser en falso, la guerra se encuentra ahora en una fase en la que han desaparecido todas las restricciones y las amenazas son más fuertes que los alicientes.
Ese es el objetivo de Ucrania, que ha enviado una delegación liderada por Svyrydenko y Ermak para consolidar su relación con Estados Unidos, garantizarse no ser la parte que sea declarada culpable de la ausencia de avances en la diplomacia y, sobre todo, conseguir que Donald Trump apoye la legislación de Lindsey Graham para imponer sanciones secundarias en forma de aranceles del 500% para los países que adquieran gas, petróleo o uranio ruso. A esos objetivos, Svyrydenko ha añadido “la protección contra la desinformación rusa”. Ucrania, que tanto en estos tres años como en los ocho anteriores, ha disfrutado de la protección de los medios occidentales en bloque, la mayor maquinaria de comunicación del mundo, no solo precisa de armas, munición, inteligencia y financiación para sostener al Estado, sino que exige también el control total de la narrativa.
Comentarios
Aún no hay comentarios.