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Armas, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Volar los puentes

La segunda reunión entre las delegaciones de Rusia y Ucrania en Turquía, nuevamente convocada para hoy por la parte rusa tras anunciar que estaba listo su memorando de paz, la hoja de términos que exigían Ucrania, Estados Unidos y especialmente el general Keith Kellogg, se produce en un contexto de similar, o incluso superior, desconcierto y polémica que la de hace dos semanas y con un único signo positivo, la realización del intercambio de prisioneros más grande desde que comenzó la guerra. Ni siquiera las imágenes de decenas de personas mayores, evidentemente civiles, entregadas por Ucrania como la parte civil del intercambio (en el que Moscú y Kiev han entregado, según ellas mismas han confirmado, el mismo número de civiles que de militares) han manchado un retorno importante de una gran cantidad de soldados, principal avance que supuso el contacto de hace dos semanas en Estambul. Ya sin el recurso de acordar un canje de prisioneros, una herramienta habitual en los momentos en los que las partes han querido escenificar progresos en las negociaciones sin realizar concesiones y sin entrar en cuestiones políticas, la reunión de hoy se produce en un entorno de tensión y presiones para ambas partes.

Las dos últimas semanas han visto una escalada tanto verbal como militar que hace más difícil -y más necesaria- la diplomacia directa y posiblemente también la indirecta. Cada una con sus recursos, y siempre sin olvidar que los éxitos en el frente son la demostración de fuerza más tangible que utilizar como herramienta de presión, Moscú y Kiev han intentado mover sus piezas para llegar a la reunión con el mayor número de argumentos posibles. Las palabras del canciller alemán Friedrich Merz, ambiguo sobre la posibilidad de suministrar misiles Taurus a Ucrania y que agitó el avispero afirmando que Ucrania ya no tiene restricciones para el uso de armamento occidental en la Federación Rusa -algo que realmente se produjo ya el otoño pasado-, son un ejemplo de ello. El rol de Alemania durante este periodo intermedio entre las dos reuniones es representativo del papel europeo y de sus posiciones.

Tras tirar la piedra, Merz quiso esconder la mano sin retirar realmente el escenario de escalada y esta semana se reunirá con Donald Trump en la Casa Blanca para tratar, entre otros aspectos, la cuestión de la ayuda a Ucrania. Pese a la forma en la que Merz elevó la tensión con Rusia la semana pasada, causando declaraciones de advertencia por parte de Moscú, que afirmó que Alemania podría ser objetivo legítimo ruso en caso de suministro de misiles Taurus, de Berlín ha llegado también la admisión de que los objetivos occidentales en Ucrania no eran realistas. Así lo ha confesado el sucesor de Annalena Baerbock, Johann Wadephul, que afirmó que “desde el principio quedó claro que esta guerra probablemente terminaría mediante negociaciones. Una cosa es segura: una derrota total en el sentido de la capitulación de Rusia, especialmente dado su arsenal nuclear, nunca fue una expectativa realista. En ese sentido, ahora estamos siendo un poco más honestos”. Sin embargo, esos objetivos más realistas incluyen todavía la idea de conseguir que Ucrania pueda negociar con Rusia en posición de fuerza, algo que implicaría la escalada militar y económica con la que actualmente se amenaza a Moscú.

Aunque Ucrania ha demostrado su amplia capacidad para hacer daño a Rusia en la retaguardia, la situación en el frente ha demostrado estos días que la iniciativa está firmemente en manos de Rusia. Así lo prueba la capacidad rusa de avanzar en varias direcciones en el frente principal mientras aumenta los ataques en la retaguardia, causando a las defensas aéreas ucranianas unas dificultades de las que carecía hace apenas unos meses. Rusia no cuenta en esta guerra con aliados capaces de ejercer presión sobre terceros países, amenazar con imponer sanciones secundarias, conceder créditos y subvenciones para sostener al Estado eternamente o seguir suministrando armamento con el objetivo de luchar hasta poder negociar en posición de fuerza. El poder blando que Rusia es capaz de proyectar actualmente en Ucrania es prácticamente nulo, por lo que la manifestación de la potencia rusa se limita hoy en día al aspecto militar. De ahí que no pueda haber, como sí las hubo en marzo de 2022, concesiones militares de antemano. En condiciones de inferioridad militar y con la evidente escasez del armamento que hace que los ataques aéreos rusos hagan mucho más daño que hace unos meses, es Ucrania quien exclusivamente se beneficiaría de un alto el fuego temporal como el que exigen Kiev y sus aliados europeos.

Desde la región de Kursk, Vladimir Putin mencionó la necesidad de crear una zona buffer en la región de Sumi. En aquel momento, Ucrania negó toda presencia rusa en el oblast e insistió en su papel en la región de Kursk. Sin embargo, apenas dos días después, las autoridades locales confirmaban la captura rusa de varias aldeas y los progresos de las tropas de Moscú. Al final de la semana, Ucrania daba la orden de evacuación obligatoria de una docena de pequeñas localidades de la zona fronteriza. La actuación rusa no puede considerarse una ofensiva en busca de la captura del territorio, sino un intento de fijar tropas ucranianas y evitar situaciones como la que se produjo en agosto del año pasado en Kursk y que llevó a Rusia meses revertir.

Kursk, que debía ser una carta importante para Zelensky en las negociaciones, se perdió para Ucrania en el momento en el que sus líneas de suministro logístico quedaron minadas por la contraofensiva rusa. Recuperados todas y cada una de las localidades rusas que Kiev había capturado en algún momento, Moscú dio por finalizada la operación ucraniana en la región de Kursk. Pese a esa realidad, el sábado, Volodymyr Zelensky insistía otra vez en que “la guerra debe extenderse al territorio de Rusia… Señalaré en primer lugar los regimientos de asalto que operan en la región de Kursk – son los regimientos de asalto 33º, 225º, 425º. También entre los mejores en este sentido está la 103ª brigada”.

Pese al discurso de paz que ambas partes se ven obligadas a mantener desde que Estados Unidos planteó esa exigencia como base de sus relaciones con Kiev y Moscú, ninguno de los dos países renuncia a la vía militar como herramienta para hacerse fuerte, exigir concesiones a su oponente y negar las que este exige. Ayer, sin apenas interceptaciones, Rusia atacó nuevamente objetivos con un puñado de misiles y varios centenares de drones, uno más de los varios ataques aéreos que han causado la ira de Keith Kellogg, que no se ha cansado de dar órdenes de “alto el fuego ya” en sus posts, y de Donald Trump. El viernes, Trump se mostró decepcionado y sorprendido. “He visto cosas que me sorprendieron mucho: disparos de cohetes contra ciudades como Kiev durante una negociación que sentí que estaba a punto de cerrarse. Íbamos a resolver un problema y, de repente, dispararon cohetes contra un par de ciudades y murió gente. Vi cosas que me sorprendieron, y no me gusta que me sorprendan. Así que estoy muy decepcionado en ese sentido”, afirmó fijándose únicamente en los ataques rusos y no en el igualmente creciente uso de drones ucranianos contra objetivos rusos, no siempre militares.

En su desinterés por el conflicto ucraniano, el presiente de Estados Unidos insiste en buscar una solución rápida que simplemente no es posible. Las palabras de Trump describen una situación en la que la paz estaba a la vuelta de la esquina, descarrilada por una serie de ataques rusos que la han retrasado. Como muestran los diferentes procesos de diálogo que no han llevado a la paz durante los últimos once años -Ginebra en 2014, Minsk entre 2015 y 2022 y Estambul tras la invasión rusa de Ucrania-, ningún acuerdo puede producirse en una única reunión o con la facilidad que Donald Trump esperaba y sigue exigiendo. La desconfianza entre las partes es máxima y no solo se debe a las reticencias occidentales de creer en la palabra rusa, sino que se extiende también a Moscú, que recuerda la experiencia del proceso de Minsk, sus eternas negociaciones y la nula voluntad ucraniana de implementar el único acuerdo de paz que se ha firmado a lo largo de este conflicto.

“La noche del pasado lunes Ucrania volvió a atacar el puente de Crimea (ya lo había hecho en 2022), vital para Rusia, porque la conecta con esa península anexionada. “Volar los puentes”, ¿acaso no es eso lo que estos dos países llevan haciendo desde 2014?”, comentaba en julio de 2023 un artículo de La Vanguardia. Los puentes, físicos y simbólicos, han sido un objetivo habitual a lo largo de esta guerra. En la fase de guerra de Donbass, el derribado puente de Putilovka fue una de las imágenes más conocidas de Donetsk, al igual que lo fue el de Stanitsa Luganskaya, que Ucrania se negó a reparar durante años. El objetivo era doble, ya que el puente no era solo un elemento de unión física entre las zonas bajo control de la RPL o Ucrania, sino que separaba a dos poblaciones que ideológicamente había que mantener separadas.

Frente al puente de Crimea, que Kiev trató de destruir en dos ocasiones, o el Antonovsky, que hacía posible el suministro logístico de las tropas rusas cuando aún permanecían en la margen derecha del Dniéper en Jersón, los puentes sobre el Dniéper nunca han sido atacados. Reanudando su misión de sabotaje, ayer el GUR ucraniano reivindicó la destrucción de un puente en la zona de Melitopol, región de Zaporozhie, un objetivo más cómodo de admitir que los derribos de tres puentes en Briansk y Kursk, donde se produjeron daños importantes y una elevada cifra de víctimas. También allí existe un precedente vinculado directamente a la inteligencia militar de Budanov. En el invierno de 2023, un grupo de soldados de Bratstvo vinculados al GUR fueron emboscados cuando realizaban una operación en la que aspiraban a volar un tren en la región rusa de Briansk. La operación fracasó, aunque los sabotajes han continuado. Ucrania ha llegado incluso a reivindicar la voladura de la línea ferroviaria que une la Federación Rusa y la República Popular de Corea.

Esos precedentes, y el episodio de Zaporozhie admitido por la inteligencia militar de Kiev, hicieron que rápidamente se mirara a Ucrania cuando Rusia anunció ayer tres incidentes ferroviarios, uno en Kursk y dos en Briansk. En la región de Kursk, una explosión derribó un puente sobre el que pasaba un tren de carga, que fue descarrilado. El incidente más grave se produjo, sin embargo, en la región de Briansk, donde una explosión voló un puente bajo el que debía pasar un tren de pasajeros. Las autoridades locales rusas informaron de al menos 69 personas heridas, entre ellas tres menores, y de la muerte de siete civiles. Según las autoridades rusas, el tren de la ruta Klimovo-Moscú transportaba a 388 personas. Aunque en un principio Rusia apuntó directamente a sabotaje enemigo y a ataques terroristas, la terminología se rebajó más adelante a falta de una investigación sobre las causas.

A 24 horas de una reunión ante la que Ucrania había mantenido durante toda la semana la ambigüedad sobre su participación, la escalada militar de ayer es evidente. El ataque del GUR en Zaporozhie y la posible participación ucraniana en la destrucción de puentes ferroviarios en las regiones fronterizas no fueron lo más grave ocurrido el domingo en territorio ruso.

En la operación, reivindicada por el SBU, fueron alcanzadas bases extremadamente importantes para el desarrollo de la guerra como Olenya (Murmansk), donde los daños fueron mayores, Ivanovo y Belaya (Iskutsk, a más de 4.000 kilómetros de la frontera). Según la información que ha trascendido, Ucrania utilizó para el ataque drones FPV lanzados desde un camión en territorio cercano. Las imágenes publicadas muestran impactos directos en la aviación estratégica rusa, un recurso esencial y finito. Aunque las pérdidas aún están por contabilizar, las imágenes dejan claro que fueron muy elevadas. Cualquier destrucción de aeronaves estratégicas -y es evidente que varias aeronaves fueron destruidas- es una pérdida sensible, pero lo es más aún cuando los ataques se producen contra bombarderos estratégicos, parte de la triada nuclear, una escalada considerable en el nivel de la guerra. En la base militar de Engels, todas las aeronaves despegaron para evitar exponerse al ataque de Ucrania, que mostró la relativa sencillez con la que puede atacarse infraestructuras con el uso de sencillos drones FPV y también las carencias rusas a la hora de defender sus bases militares estratégicas.

Orgulloso del éxito de su operación, el SBU reveló ayer por la tarde algunos detalles de una planificación de más de un año y medio. Según la inteligencia civil ucraniana, en primer lugar se transportó los drones FPV a territorio ruso, que posteriormente fueron camuflados en casas prefabricadas de madera cuyos techos cayeron en el momento señalado para dejar volar las aeronaves no tripuladas.

Frente al silencio de las autoridades durante horas, medios como Rybar exigían respuestas y reacción. “Se trata, sin exagerar, de un golpe muy duro para el componente estratégico, provocado tanto por graves errores de cálculo en el trabajo de los servicios especiales como por una actitud descuidada hacia los medios de aviación, que incluso después de todos los ataques permanecieron en campo abierto sin refugios”, escribía para añadir que no se trata del primer ataque a la aviación estratégica. “Recordemos la vieja pregunta: ¿construir un refugio es más caro que construir una aeronave nueva cuya producción lleva mucho tiempo interrumpida? La triste respuesta ya está aquí”, añadía recordando que Rusia debió proteger sus bases miliares hace mucho tiempo.

En una entrevista publicada por Süddeutsche Zeitung, el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania se refería a los ataques híbridos rusos y afirmaba que “evitaría usar el término ‘guerra’, pero ya no estamos en una situación de paz clara. Debemos encontrar nuevos métodos para abordar esto”. Wadephul se preguntaba: “¿tenemos derecho a tomar medidas contra esto? ¿Tenemos derecho a defendernos? Esto debe resolverse. Debemos ser capaces de defendernos plenamente”. Después del durísimo bombardeo de ayer, que se acercó excesivamente a un ataque con capacidad de activar la doctrina nuclear rusa, quizá Moscú esté haciéndose la misma pregunta. El subtexto del ataque ucraniano es una forma de recordar a Rusia que acudió a la guerra alegando que su seguridad estaba siendo comprometida por la expansión de la OTAN y ahora, tres años después, no solo no lo ha evitado, sino que ha demostrado que ha quedado expuesta incluso su triada nuclear.

Si la tensión era ya elevada al comenzar el día, el desarrollo de los acontecimientos presagia un futuro incierto para la guerra y especialmente para la reunión que ha de celebrarse hoy. Por la tarde, Rusia confirmaba que su delegación se encontraba camino de Estambul para participar en el encuentro. Y tras el ataque, sintiéndose militarmente más fuerte, Ucrania confirmó lo que era evidente y su equipo negociador acudirá también a Turquía tal y como ha exigido Estados Unidos.

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