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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania, Unión Europea

«¿Podría esto llevar a algo grande?»

“Por qué Washington fracasó en su intento de lograr el final de la guerra rusoucraniana”, se pregunta esta semana  el politólogo alemán y propagandista proucraniano Andreas Umland, uno de los mayores expertos de esta guerra en presentar sus deseos en forma de análisis. Tras una insustancial referencia a Clausewitz, Umland afirma que “la invasión militar de Ucrania ha cambiado en estos tres años”. “La guerra en sí ha adquirido una función de estabilización, militarizado la economía y movilizado la sociedad”, afirma sin caer en la cuenta de que esa enumeración define mejor Ucrania desde 2014 que a Rusia desde 2022. “No hay resultados tangibles en las intensas negociaciones trilaterales entre Washington, Moscú y Kiev ni en las interacciones directas entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia”, sentencia sin querer creer -evidentemente por ser contrario a la vía diplomática- que la existencia de negociaciones políticas por primera vez en tres años es, en sí, un resultado más prometedor que el diálogo únicamente por medio de la artillería, drones y misiles. Quizá precisamente por eso, aumentan estos días los argumentos sobre la necesidad de mantener la vía militar como única posible en este conflicto.

“Un intercambio masivo se acaba de completar entre Rusia y Ucrania. Se va a producir en breve. Felicidades a ambas partes de la negociación”, se jactaba ayer en su red social personal Donald Trump que, orgulloso, anunciaba un éxito antes de producirse. El acuerdo sobre el intercambio de prisioneros, el resultado más claro de la primera toma de contacto diplomática en Estambul, supondrá, si los términos se cumplen, la puesta en libertad de 2000 personas a lo largo de los próximos tres días. El anuncio de Trump pone de manifiesto que las palabras del jueves de Andriy Ermak, que confirmaba que Ucrania había entregado la lista de prisioneros que serán intercambiados y exigía a Rusia que acelerara el proceso, eran solo propaganda destinada al consumo interno. Es más, para entonces se conocía ya que Moscú había entregado su lista y había apelado a Ucrania a hacer lo propio. Al fin y al cabo, la labor era mucho más sencilla para Rusia, que dispone de un mayor número de prisioneros que intercambiar que Kiev. “Se llevará a cabo en tres intercambios a lo largo de tres días, con la participación principalmente de militares, pero también de algunos civiles”, escribió poco después el periodista de Financial Times Christopher Miller, dato que se confirmó a lo largo de la tarde. Rusia y Ucrania intercambiaron 270 militares y 120 civiles en la primera de las tres entregas en las que se va a finalizar el proceso.

“¿Podía esto llevar a algo grande?”, se preguntaba en su exultante post Donald Trump que, aún principiante, no es consciente de que los intercambios de prisioneros han sido la herramienta utilizada por las partes en cada ocasión que se ha querido escenificar un paso adelante, sin que posteriormente se haya concretado más avance. Las entregas de soldados capturados, así como la entrega de los cuerpos de militares caídos en la batalla, ha sido desde 2014 el aspecto que, aunque no exento de dificultades y manipulaciones, más sencillo ha resultado a las delegaciones de Rusia y Ucrania e incluso a los comandantes, que desde el terreno han llegado a gestionar intercambios con sus homólogos al otro lado del frente. Pero aunque el actual proceso, el intercambio de prisioneros más grande de esos once años de guerra, no vaya a resultar necesariamente en una rebaja de las tensiones ni suponga un paso hacia el alto el fuego, es en sí un resultado tangible de las negociaciones.

Desde posturas contrarias al injustificado optimismo de Trump y con el objetivo de mantener el statu quo, otros sectores restan importancia al valor de que se haya reiniciado el diálogo, niegan todo avance y buscan la forma de presentar los contactos como la prueba definitiva del fracaso de la diplomacia. “Apaciguar a Rusia hoy es mucho más difícil que obligarla a la paz mediante la fuerza. Putin no muestra abiertamente su disposición a una solución diplomática. Acceder a sus exigencias privaría a Ucrania de su viabilidad, lo que significa que ni siquiera son objeto de debate. Actualmente no hay margen para el compromiso”, escribió ayer Mijailo Podolyak, que añadió que “la estrategia de obligar a Rusia a la paz ya se ha probado con éxito y solo requiere persistencia en su implementación”. El asesor de Andriy Ermak en la Oficina del Presidente acostumbra a ofrecer soluciones de apariencia sencilla para problemas complejos. Según Podolyak, “el suministro de armas debe continuar para que Ucrania pueda seguir infligiendo pérdidas devastadoras a los ocupantes, pérdidas que Putin no puede compensar sin recurrir a una movilización políticamente tóxica”.

Kiev sigue insistiendo en utilizar el reclutamiento como argumento para defender la vía militar como única aceptable para resolver el conflicto a pesar de que es en Ucrania y no en Rusia, donde a diario se producen imágenes de hombres resistiéndose a ser captados forzosamente en las calles. Pese a los constantes anuncios de la inteligencia ucraniana e incluso del mimo Zelensky de inminente decreto de movilización en la Federación Rusa, Moscú no ha necesitado dar ese paso desde la movilización parcial de septiembre de 2022. La arrogancia de la guerra hace que la realidad sea menos importante que el mito de la imbatibilidad de los soldados ucranianos, invencibles siempre que Occidente suministre el armamento necesario. De ahí que Podolyak, reflejando el sentir del Gobierno ucraniano pese a la actual retórica de paz, exija armamento, munición, sanciones y “apoyo a Ucrania en la producción de drones y misiles para atacar la infraestructura enemiga”.

El oficial ucraniano parece mantener la esperanza de que los ataques de larga distancia, que con el uso de drones son diarios y masivos -actualmente con el principal objetivo de impedir el trabajo de los aeropuertos de Moscú-, van a cambiar el curso de la guerra, argumento que ya se utilizó hace un año para conseguir el permiso de uso de misiles en territorio ruso y que no ha cambiado la dinámica del conflicto. La lógica de Podolyak es la misma que la de Andreas Umland, que en su artículo proclamaba que la situación lleva “solo a una conclusión: para conseguir el final de la guerra rusoucraniana, Rusia tiene que experimentar una derrota humillante en el campo de batalla”. Desde la lógica de quien espera un resultado diferente haciendo lo mismo una y otra vez, Umland no explica cómo va a ser capaz Ucrania de infligir esa decisiva derrota a Rusia.

Ese ha sido siempre el objetivo de los aliados europeos de Ucrania y de la anterior administración estadounidense. A ello se debe la enorme movilización de recursos militares y económicos para sostener el Estado ucraniano y posibilitar la lucha contra Rusia hasta el último ucraniano, como han percibido incluso las brigadas más privilegiadas de las Fuerzas Armadas, que denuncian tareas imposibles que han de realizarse a costa de enormes bajas. Al contrario que los comandantes del frente, conscientes de la dificultad de la situación, desde los despachos de Kiev, y especialmente desde los del resto de Europa, continuar luchando sigue siendo la opción prioritaria. De ahí que los países europeos busquen la forma de compensar el descenso de la aportación militar estadounidense y planteen la estrategia del puercoespín y una situación comparable a la del paralelo 38 que separa las dos Coreas ante la posibilidad de un acuerdo de paz. Como ha afirmado repetidamente el canciller Merz, los países europeos seguirán suministrando armamento a Ucrania haya o no alto el fuego o acuerdo de paz. La guerra ha sido la razón de ser del Estado ucraniano desde 2022, si no años antes, una opinión que no se limita al gabinete de Kiev, sino que se extiende a gran parte de las capitales europeas, mucho más temerosas de la paz que de la continuación de la situación actual.

Mirando al futuro, también Valery Zaluzhny, actual embajador de Ucrania en el Reino Unido, ha querido pronunciarse esta semana. “Espero que no haya en esta sala nadie que crea en algún tipo de milagro o maravilla, en un cisne blanco que traerá la paz a Ucrania, restablecerá las fronteras de 1991 o 2022 y supondrá una enorme felicidad después”, afirmó el excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, la intención de Zaluzhny no es abogar por la solución pacífica o la búsqueda de compromiso, sino una guerra a largo plazo que permita a Ucrania hacer lo que exige Podolyak, derrotar a Rusia en la retaguardia. “En mi opinión, mientras el enemigo tenga los recursos, la fuerza y los medios para atacar nuestro territorio e intentar acciones ofensivas localizadas, continuará haciéndolo”, alegó Zaluzhny, cuya receta de futura victoria es destruir completamente la capacidad rusa de luchar. Además de la vía militar por la que aboga Podolyak, la receta de Zaluzhny es también la guerra económica y tecnológica. Su visión, una guerra eterna que va más allá de lo militar, se corresponde perfectamente con la postura del actual Gobierno. “Nuestros niños se deben preparar para la guerra porque va a durar mucho tiempo”, afirmó ayer, según recogía el diario Strana, Irina Vereschuk, jefa adjunta de la Oficia del Presidente.

Para mantener esa guerra es preciso un enorme ejército que disponga del suministro continuo. Aparentemente perdida la esperanza de que Estados Unidos vaya a sostener a las Fuerzas Armadas de Ucrania eternamente, Kiev busca la forma y los argumentos para exigir garantías futuras de financiación. Para ello, el ministro de Finanzas de Ucrania ha propuesto que sean los países europeos los que se encarguen directamente de la financiación del ejército a partir de 2026. “El coste de sostener a las Fuerzas Armadas de Ucrania en beneficio de la seguridad europea supondría solo un pequeño porcentaje del PIB de la Unión Europea”, afirmó sin ruborizarse Serhiy Marchenko, que además de la financiación con la que sostiene al Estado, pretende lograr que Bruselas pague también por mantener al que Ucrania aspira a convertir en el segundo mayor ejército de Europa (solo por detrás del ruso). Esa decisión, supondría, según Marchenko, “una serie de ventajas estratégicas para Ucrania, especialmente mantener la estabilidad financiera en 2026 y más allá”.

Los beneficios no se limitarían a Ucrania sino que, financiar hasta nueva orden una enorme fuerza militar implicaría para la Unión Europea, según esta versión, “garantizar la seguridad de una potencial agresión rusa”. “Marchenko explicó que Ucrania ofrece: participación de los aliados en la financiación de las Fuerzas Armadas de Ucrania e integración del ejército ucraniano en el sistema europeo de defensa”. Ejercitando su capacidad de presentar exigencias como ofertas, Kiev pretende conseguir que los privilegios económicos que ha obtenido de sus aliados durante la guerra se perpetúen más allá de un posible alto el fuego y mantener en el futuro una financiación externa de su ejército como fuerza militar de una guerra proxy eterna contra Rusia.

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