En su parte de guerra de ayer, Ucrania insistía en negar la versión rusa de que las tropas de Moscú mantienen el control de todo el oblast de Kursk. En la ficción ucraniana, que nunca ha admitido la derrota sufrida en territorio ruso, la lucha de sus tropas por mantener las posiciones allí continúa. La presencia en Kursk no se limita a algunas declaraciones políticas de las autoridades, sino que la aventura rusa de Zelensky y Syrsky sigue coleando como arma arrojadiza en las vendettas políticas del estamento militar, único realmente operativo en este momento en el que la guerra es la razón del ser del Estado. Aunque el discurso de unidad sigue formando parte de la narrativa oficial de Ucrania, que prefiere negar públicamente las fisuras internas en vez de tratar de ocultarlas y resolverlas, los reproches hacia los mandos de las Fuerzas Armadas han sido una constante desde que se hizo evidente que la contraofensiva de 2023 no iba a lograr romper el frente y poner a Rusia contra las cuerdas. En agosto de 2024, en una operación que sorprendió a Rusia aunque los movimientos militares en la zona sugerían que era posible, regresó la esperanza de victoria y la capacidad de Ucrania de derrotar a su enemigo en su territorio fue ampliamente enaltecida por la clase política y la prensa occidental.
La forma con la que Rusia reaccionó a la operación ucraniana, que en unas horas demostró un impulso del que las acciones ofensivas de las tropas de Kiev carecían desde 2022 y en pocos días logró el control sobre un área significativa del oblast, es también el reflejo de los cambios que había generado la guerra. En el proceso de aprendizaje de los errores, Rusia ha conseguido mejorar algunos aspectos logísticos, de coordinación y control que lastraron su esfuerzo en los primeros meses. En un primer momento con apoyo de Irán y posteriormente a partir de esa experiencia, Moscú recuperó el terreno perdido en aspectos tan importantes como el uso de los drones, absolutamente básicos en el día a día de este conflicto y su principal innovación. El tiempo y la experiencia ayudaron también a gestionar la actuación de las tropas a la hora de organizar la operación para recuperar lo perdido en su propio territorio. Sin prisas y sin apresurarse a una operación que supusiera una enorme cantidad de bajas para intentar recuperar las localidades y el honor perdidos en el ataque relámpago ucraniano, Rusia esperó a disponer de los recursos necesarios para realizar una ofensiva con garantías.
Durante meses, Volodymyr Zelensky había enaltecido el valor de sus tropas basándose en su actuación en Kursk, principal victoria ucraniana desde las ofensivas de Járkov y Jersón en el otoño de 2022. El líder ucraniano llegó a jactarse -falsamente- de que sus tropas habrían podido fácilmente capturar tanto la capital regional como la central nuclear de Kursk. Protegida por la voluntad de gran parte de los medios de no llevarle la contraria, Ucrania quiso que el discurso oficial fuera el que afirmaba que renunció a un éxito estratégico -capturando las partes más importantes del oblast– para quedarse con uno táctico. Aunque durante meses quedó claro que Zelensky pretendía utilizar las tierras de Kursk bajo su control como baza en una posible negociación, una carta con la que recuperar parte de su territorio perdido (muy posiblemente la central nuclear de Energodar), la derrota que se consumó el pasado mes de abril dejó en nada meses de lucha y un número indeterminado aunque presumiblemente elevado de bajas. Pese a todo, Ucrania sigue manteniendo que la operación de Kursk fue exitosa, algo que solo podría tener un mínimo de credibilidad si el único objetivo era causar bajas a Rusia. En ese caso, admitir que Ucrania únicamente buscaba minar a Rusia consciente de que no conseguiría ni territorio ni control de objetivos estratégicos, implicaría aceptar que fue solo una operación suicida en la que enviar a sus tropas a una probable muerte. Las declaraciones de soldados ucranianos que lucharon en Kursk en la fase final de la derrota ucraniana, y que fueron recogidas incluso por los medios ucranianos, apuntan a esa posibilidad al menos durante las últimas semanas, en las que el éxito ruso era cuestión de tiempo y continuar luchando no era más que un castigo a las tropas propias.
En agosto de 2024, Zelensky había alegado que la ofensiva en territorio ruso buscaba crear una zona buffer para proteger la región ucraniana de Sumi. Si ese era el objetivo, también fue fallido. En el inicio de la operación, no había en los alrededores de Sumi ningún indicio de que Rusia planeara avanzar sobre esa región del norte de Ucrania, mucho más castigada por la artillería, misiles y drones rusos desde que comenzó el ataque ucraniano. Tras la recuperación de los territorios de Kursk inicialmente capturados por Ucrania, fue Rusia quien planteó la necesidad de crear una zona de amortiguación en la región de Sumi con la que conseguir dos objetivos: impedir un nuevo ataque masivo en Kursk y obligar a Ucrania a mantener sus tropas en la región en lugar de poder trasladarlas a otras áreas del frente, fundamentalmente Donbass, donde se concentra gran parte de la batalla.
Incluso ya consumada la derrota, Kursk sigue siendo demasiado importante para Ucrania, que rápidamente comenzó a realizar acciones ofensivas tanto en la zona despoblada de la región, como en la vecina Belgorod. La frontera rusoucraniana es extensa y siempre es posible encontrar puntos en los que sea porosa. El hecho de que no se hayan producido grandes reportajes mediáticos, se hayan publicado imágenes de las tropas ucranianas posando en supermercados rusos o políticos frente a estatuas destruidas de Lenin indica el escaso éxito de estos movimientos. Sin embargo, esas acciones ordenadas por el comando ucraniano sí han obtenido algunas respuestas de la tropa.
“No me sorprendería que encontraran un «chivo expiatorio» en forma de un comandante de brigada, un comandante de una unidad de operaciones especiales o una unidad de fuerzas especiales. El alto mando militar no está acostumbrado a asumir responsabilidades. Y la realidad es esta: casi el 99,9% de las tareas que llegan a los batallones son órdenes directas del Estado Mayor. Qué posición recuperar, qué aterrizaje limpiar: operaciones de asalto completamente populistas, infundadas y sin respaldo, estúpidas o tareas que exponen inútilmente al personal al peligro”, escribió el pasado fin de semana Bohdan Krotevich, exjefe de personal de la Brigada Azov de Denis Prokopenko y uno de los hombres fuertes de la defensa ucraniana de Mariupol, que estos años se ha convertido en una de las figuras más influentes del estamento militar de Ucrania. En su mensaje, Krotevich, se preguntaba “¿por qué? Para que esa persona mire al presidente como si tuviera todo bajo control. De hecho, nada está bajo control. El Comandante en Jefe vive en su propio mundo, donde la principal fuente de información es Anna Malyar. Dios no quiera que sea una agencia de inteligencia, aunque lo dudo también”. El mensaje de Krotevich respondía a lo que ha denunciado estos días otro comandante que participa en la operación de Kursk y que ha dirigido sus quejas directamente a los altos mandos de la cadena de toma de decisión.
Oleksandr Shyrshin, alias Geniy, comandante de la 47ª Brigada Separada Mecanizada Magura se dirigió, en un mensaje publicado en su perfil de Facebook al Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania, al que solicitó ser relevado y al que deseó que los hijos que tengan “estén algún día en la infantería y tengan que cumplir con las tareas que ordenéis”. Sobre la actuación de Ucrania en la frontera rusoucraniana, Shyrshin es aún más claro. “Nunca he recibido órdenes tan imbéciles como en la dirección actual. Algún día os contaré los detalles, pero la estúpida pérdida de gente, temblando ante la estúpida clase de generales no conduce a nada más que a fracasos. Lo único que pueden hacer es reprender, investigar e imponer sanciones”, escribió. La teoría de que Ucrania busca causar bajas ajenas a sabiendas de que no va a conseguir ningún éxito estratégico ni siquiera táctico y sin importar las pérdidas propias adquiere credibilidad con este tipo de testimonios de personas que buscan ser relevadas en su cargo al no aceptar órdenes que no consideran sensatas.
El testimonio y las acusaciones de Shyrshin han adquirido enorme relevancia en Ucrania, donde se suceden los artículos en los que se exponen los errores que condenaron al fracaso final la operación de Kursk y que están causando una cifra de bajas que los comandantes sobre el terreno entienden que son exageradas y, en muchos casos, evitables. “La dimisión del comandante del batallón de la 47ª Brigada somete a un nuevo escrutinio a la cúpula militar ucraniana”, titula un extenso reportaje sobre Shyrshin y su brigada publicado el martes por The Kyiv Independent, que deja en muy buen lugar al comandante dimitido, aunque no tanto a la cadena de mando, especialmente a Oleksandr Syrsky, sobre el que suelen recaer todas las críticas. Las quejas “planteadas anteriormente en una serie de escándalos que han sacudido al ejército ucraniano bajo la dirección del comandante en jefe Oleksandr Syrsky, están estrechamente relacionadas con la percepción de una cultura de mando ineficiente y de estilo «soviético» que ha asolado a las Fuerzas Armadas desde la independencia de Ucrania”, afirma el artículo aferrándose a la habitual excusa pese a que la 47ª Brigada fuera creada por y para un planteamiento occidental.
La importancia del revuelo que han causado las críticas de Shyrshin es precisamente que procedan de una de las brigadas que iban a ser decisivas en la famosa contraofensiva de 2023 en Zaporozhie. Armado y entrenado por Occidente, el grupo debía ser el que, roto el frente, tomara Melitopol, considerada clave para la entrada en Crimea y ciudad a la que Ucrania jamás consiguió acercarse. Planteada como una brigada de intenciones claramente ofensivas, fue posteriormente enviada a otra zona fallida del frente, Avdeevka, donde debía defender la ciudad para evitar perder el último fortín ucraniano en los alrededores de Donetsk. Cualquier queja de esas dos operaciones ha de dirigirse, no a Syrsky, sino al aún adorado Zaluzhny. La operación de Avdeevka, una batalla ya perdida cuando Syrsky tomó el mando, terminó pocos días después con la orden de retirada, sin que Syrsky pretendiera aferrarse a toda costa a la localidad.
La 47ª Brigada ha combatido también en los dos puntos más calientes del frente en el último año, Pokrovsk-Krasnoarmeisk y Kursk, donde ocupaba algunas de las posiciones más alejadas de la ruta de suministros, dificultando aún más la situación de los soldados. “Debido a la actitud de «ni un paso atrás, resistiremos hasta el último soldado» de nuestros generales, sufrimos pérdidas que eran evitables” ha afirmado Shyrshin sobre las órdenes del comando ucraniano en la lucha por Pokrovsk, un nudo logístico y de comunicaciones que Ucrania no puede permitirse perder y que es más importante que la vida de sus soldados. La situación se repitió para la 47ª Brigada en Kursk, donde “fue enviada sistemáticamente a las zonas con los combates más intensos”, lugares de los que Shyrshin afirma que “este sector en particular sólo difiere [del resto del frente] en que es políticamente importante para nuestros máximos dirigentes políticos”.
“Para ellos es crucial mantener esta zona a cualquier precio, y precisamente por eso desprecian el número de pérdidas humanas necesarias para conservar esta tierra, este territorio”, insistió Shyrshin, que finalmente ha percibido lo que era evidente desde el momento en el que Zelensky y Syrsky dieron la orden de ataque en la región de Kursk: el objetivo era más político que militar y el territorio era más importante que las tropas, exactamente el modus operandi del que Ucrania tanto acusa a Rusia.
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