“Campamento nacionalista en Ucrania enseña a los niños a matar”, titulaba un reportaje de AP en el otoño de 2018, más de tres años antes de la invasión rusa y cuando el foco no estaba puesto en la amenaza rusa, sino en la guerra de Donbass, en la que se concentraba el odio. Desde 2014, cuando la población de la región minera y obrera del este se levantó en armas contra lo que se percibió como un cambio irregular de Gobierno en Kiev, la deshumanización de la población o la comparación con tintes claramente racistas con países africanos (el calificativo de Donbabue y Luganda en referencia a Zimbabue y Uganda para Donetsk y Lugansk) fue una de las constantes del nacionalismo ucraniano. El maltrato no se limitaba a los bombardeos y el bloqueo de la zona, sino también a la discriminación que sufría el pueblo de Donbass que había optado por refugiarse en Ucrania. El fenómeno del desprecio por la población del este tampoco era nuevo y el historiador Tarick Cyril Amar ya lo denunciaba en su monográfico sobre la ciudad de Lviv en su capítulo sobre la Segunda Guerra Mundial en el que cita al político y escritor del oeste de Ucrania Osyp Nazariuk, que califica a la población del este como “criolla”, “salvajes africanos” o “un zoo”. También entonces, el planteamiento se realizaba en términos de la Ucrania europea, en ese momento Galizia, y la población “asiática” que venía del este, en aquel momento población soviética.
Desde esa tradición de reivindicar la unidad de Ucrania pero despreciar como asiática, soviética e inferior a la población del este del territorio, el adoctrinamiento no se limitó durante los años de guerra de Donbass a la población adulta, sino que se sembró la semilla también en la menor de edad. Mucho antes de que los tanques rusos cruzaran la frontera, la implantación del discurso nacionalista como discurso nacional era un hecho que se plasmaba en la política, la cultura y la educación. En paralelo, la militarización de la sociedad que buscaban los sectores de extrema derecha, marginales en aquel momento en términos de representatividad política, pero armados y fuertemente organizados, se realizaba por medio de acciones como el reclutamiento continuo para la lucha contra Rusia o los campamentos de menores en los que se instruía y adoctrinaba a la infancia. “Nunca apuntéis a las personas. Jamás. Pero no consideramos personas a los separatistas, hombrecillos de verde u ocupantes de Moscú”, afirmaba en el vídeo mostrado por AP uno de los instructores, veterano de la guerra de Donbass y miembro de Svoboda. “Así a ellos se les puede apuntar”, sentenciaba. Los campamentos militares de verano para menores organizados por el regimiento Azov, los más conocidos, nunca fueron los únicos.
La invasión rusa de 2022 supuso un punto de inflexión para la guerra, que dejó de ser un conflicto de baja intensidad limitado a una zona reducida para convertirse en una guerra moderna de alta intensidad entre dos ejércitos fuertemente armados y con la percepción de estar luchando una batalla existencial. En las semanas anteriores al ataque ruso, cuando la prensa occidental daba por hecho que la incursión rusa era solo cuestión de tiempo aunque Volodymyr Zelensky y su equipo negaban aún esa posibilidad, se repitió nuevamente la movilización nacionalista que había estallado en 2014 con la creación de batallones voluntarios, mucho menos reticentes a disparar sobre la población civil de Donbass que el ejército regular. Durante aquellas semanas pudo verse en las televisiones de todo el planeta la imagen de una anciana aprendiendo a disparar un arma, pero no fueron muchos los medios que añadieron que esa “instrucción” que mostraba cierta desesperación y escasa confianza en el ejército corría a cargo de la brigada Azov. Desde entonces, la resistencia de las Fuerzas Armadas de Ucrania, espoleada por un apoyo internacional multimillonario y continuado, ha permitido la estabilización del frente en ciertos momentos e incluso la esperanza de victoria en otros.
A la militarización social que implica la movilización, que reduce a los hombres en edad militar a registros de una lista de personas susceptibles de ser reclutadas voluntaria o involuntariamente, en ocasiones por la fuerza, hay que añadir la insistencia general de la extrema derecha en exigir un reclutamiento aún más amplio y una implantación del militarismo a nivel social. El argumento de la movilización general, la instrucción a toda la población y la consideración de la guerra como obligación social ha sido recurrente en el discurso de personas como Maksym Zhorin, comandante adjunto de la Tercera Brigada de Asalto de Andriy Biletsky, ahora convertida en cuerpo del ejército. Este punto de vista tampoco es nuevo y remite a las semanas anteriores a la invasión rusa, cuando medios como The Daily Mail escribían que “escolares de tan sólo cuatro años de edad fueron puestos hoy a prueba en un campo de entrenamiento militar cerca de Kiev, mientras se intensificaban los esfuerzos defensivos de Ucrania para hacer retroceder una invasión rusa. En un campo de entrenamiento intensivo para voluntarios en un bosque nevado a las afueras de la capital, jóvenes y mayores aprendían los rudimentos de las técnicas militares. Los hermanos gemelos Taras y Bohdan, de cuatro años, jugaban con fusiles de asalto de madera mientras hombres y mujeres se preparaban para la guerra real contra Rusia”.
Exponer a la infancia a ejercicios que simulaban la actuación militar ya era un hecho, aunque, al menos en aquella ocasión, se trataba de armas de juguete. Esta semana ha sorprendido, sin embargo, un reportaje publicado por Deutsche Welle, en el que el medio alemán presenta sin la más mínima crítica o cuestionamiento un campamento de instrucción militar de menores. “En Ucrania, incluso niños de 10 años se están preparando para el combate en campos de entrenamiento secretos de estilo militar en caso de que la guerra con Rusia se prolongue durante años”, escribe el medio, que muestra imágenes de niños y niñas de muy corta edad aprendiendo el manejo de armas y disparando. “Si el Estado ucraniano tiene algo que ver con estos campamentos de entrenamiento, está violando sus obligaciones internacionales en virtud de la Convención sobre los Derechos del Niño. Incluso si no los organiza, debería ponerles fin. Pero ¿a quién le importan ya las normas vigentes?”, comentaba el jueves la activista feminista Almut Rochowanski. El comentario apunta a algo importante: este tipo de iniciativas solo pueden producirse bajo la iniciativa o, cuando menos, connivencia del Estado, para el que la guerra contra Rusia se ha convertido en su razón de ser y que está dispuesto a perpetuar como una lucha eterna que vaya más allá del momento en el que se logre algún tipo de acuerdo de paz o de tregua.
En el vídeo se da voz a una menor que afirma que “me matarán por mi país, me lastimarán por mi país». “Pero seguramente los liberales también justificarán esta drástica violación de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño y del derecho internacional humanitario”, escribió en las redes sociales el analista alemán Ingar Solty. El comentario, unido a la preparación para el uso de las armas, remite a las palabras pronunciadas esta última semana por Valery Zaluzhny, actual embajador de Ucrania en el Reino Unido, en referencia a lo que considera “la verdadera cara de la guerra”. “Volvemos a hablar de libertad y elección. Así, la guerra es una elección para tomar dos decisiones importantes. La primera decisión es no tener miedo. No tener miedo a morir. Y eso significa estar dispuesto al autosacrificio. … Pero morir por Ucrania, por tu pueblo, no es suficiente. Necesitas tomar una segunda decisión, también muy difícil. Debes estar listo para matar. Por Ucrania, por tu tierra, por el pueblo, por tu propia familia”. Este discurso nietzscheano de enaltecimiento de la guerra como elemento de purificación y como base fundamental del Estado no es único al estamento militar, sino que se extiende a nivel social, incluso a las personas menores de edad.
Las referencias al volkssturm con el que Hitler esperaba que sus ciudadanos de a pie resistieran a la ofensiva soviética cuando la guerra ya estaba perdida no se limitan a las imágenes de niños y niñas aprendiendo a usar armas y portando parches con águilas similares a las alemanas. Hace unos días, Volodymyr Zelensky anunció la creación de “centros de entrenamiento de resistencia nacional” en todo el país. “La preparación de los civiles para resistir al enemigo es un componente integral de nuestra capacidad de defensa y uno de los factores para disuadirlo. También es un motor de la resiliencia y la unidad social”, afirmó Irina Vereschuk, dando un paso más hacia la militarización social y la visión de la guerra contra Rusia como eje central de la ideología del Estado.
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