“Todos sabemos lo desagradable que será el próximo acuerdo para quienes fueron engañados sobre el resultado durante todos estos años. Por eso, el empaquetado es de suma importancia. Rutte hace todo lo posible”, escribía ayer en las redes sociales el periodista opositor ruso Leonid Ragozin. Se refería a las palabras del secretario general de la OTAN que, sonriente, afirmó en una aparición en Fox News, el canal favorito de Donald Trump y su entorno político, que “el liderazgo del presidente Trump ha roto el bloqueo” y añadió que “cualquier trato sobre Ucrania tiene que ser duradero” para sentenciar que “admitir la ocupación de Crimea no supone reconocerla legalmente, como los países bálticos en los años 50”. Rutte insistió también en la necesidad de aumentar el gasto militar al 3% del PIB de los países miembros de la OTAN vinculándolo a la “debilidad” rusa, cuyo ejemplo era, en la extraña lógica atlantista, el reciente ataque con misiles rusos sobre Kiev.
En las palabras de Rutte se puede observar cómo el discurso va adaptándose a las circunstancias, en este caso a la posibilidad -o riesgo- de un acuerdo entre Rusia y Ucrania, que en las condiciones actuales implicará una pérdida de territorio que se intenta presentar como temporal y en la que se aporta un ejemplo con final feliz para Occidente, el de los países bálticos y su independización de la Unión Soviética. Para el secretario general de la OTAN, los principales objetivos parecen ser conseguir que no haya reconocimiento estadounidense de la soberanía rusa sobre Crimea y garantizar un fuerte aumento del gasto militar en el continente, sin duda dirigido a la futura paz armada en la que se seguirá luchando contra Rusia a base de presencia militar en Ucrania, lo que implica cierta carrera armamentística, y por la vía económica. De ahí que, desde el punto de vista de la OTAN, que siempre tuvo su razón de ser en el enfrentamiento político con Moscú, un acuerdo de paz que perpetúe el conflicto político no puede considerarse un drama.
Las condiciones en las que vaya a producirse esa fase de guerra fría entre dos bloques fuertemente armados depende en parte de lo que pueda conseguir con Donald Trump el trabajo de lobby que están realizando Keir Starmer y Emmanuel Macron y la presión de Volodymyr Zelensky y de la representación más radical de la Unión Europea. En esa gestión cobra especial importancia la respuesta que Ucrania y sus aliados europeos -Reino Unido, Francia y Alemania- han entregado a Washington tras recibir la oferta final de Estados Unidos. Es evidente con la lectura de ese documento que los objetivos son tres: garantizar que Ucrania reciba el control de posiciones estratégicas y que no tenga que asumir de antemano la pérdida de los demás territorios, evitar el compromiso de levantar las sanciones europeas contra Rusia y recibir el apoyo y asistencia de Estados Unidos para el control y vigilancia de un posible alto el fuego y para la militarización posterior de Ucrania, camuflada en las tan repetidas garantías de seguridad.
Desde hace meses, especialmente desde que Donald Trump anunció su intención de avanzar rápidamente hacia la resolución de la guerra y se desmarcó de forma clara de la participación estadounidense de las garantías de seguridad posteriores al alto el fuego, los países europeos han luchado por encontrar la forma de compaginar un aumento del papel continental con mantener el apoyo de Washington, necesario para poner en marcha la misión de paz que se planteó inicialmente. En esa labor, sir Keir Starmer y Emmanuel Macron, actualmente a la derecha de la OTAN en niveles de beligerancia y rechazo a un acuerdo de paz negociado con la Federación Rusa, han tomado la iniciativa de liderazgo europeo en busca de un endurecimiento de las medidas contra Rusia.
En esa tarea, Francia y Alemania se alinean con los países más radicales del continente, como muestra el hecho de que las presidencias del Comité de Asuntos Exteriores de los parlamentos de Francia y Alemania hayan firmado junto a Ucrania, Chequia, Lituania, Letonia y Estonia, una carta en la que se afirma que “negociar con el criminal de guerra Putin es inútil; su principal objetivo es minar o humillar a nuestros aliado, los Estados Unidos”. En la carta, que califica a Rusia de “régimen terrorista”, exige acelerar la adhesión de Ucrania a la Unión Europea y llama “a Estados Unidos y otros miembros de la OTAN a admitir a Ucrania en la OTAN sin dilación”, se insiste en que “no puede haber compromiso o presión externa sobre Ucrania en su soberanía e integridad territorial”, receta para la guerra eterna que, para ciertos sectores del establishment europeo es preferible a un alto el fuego pactado. Apelando a un símil tan incomparable como abusado, el texto sentencia que “no podemos repetir los errores de Múnich en 1938”. Entre toda esa retórica de exaltación beligerante, el principal mensaje puede ser el que trasluce de la afirmación de que “se necesita también un liderazgo fuerte en los países europeos, junto a una reforzada solidaridad trasatlántica”.
Esa aparentemente inocente frase en un texto marcadamente exaltado refleja una tozuda realidad: los países europeos pueden aspirar a mostrar liderazgo a nivel público y mediático, pero dependen de Estados Unidos para llevar a cabo sus planes políticos y militares. Hasta la reunión de París y la posterior fracasada cumbre de Londres, los países europeos ni siquiera habían sido invitados a la negociación de un acuerdo de paz de cuya posguerra van a tener que ocuparse política, militar y económicamente. El intento de Reino Unido, Francia y Alemania de mejorar notablemente las condiciones del acuerdo que Estados Unidos presentará a Moscú no responde únicamente a defender a Ucrania, sino que tiene también un componente de interés propio. Y es que, pese a periódicas menciones a la autonomía estratégica europea, incluso la más básica misión militar de disuasión que Emmanuel Macron y Keir Starmer llevan meses preparando depende directamente de la participación de Estados Unidos.
“Es probable que Gran Bretaña abandone sus planes de enviar miles de tropas para proteger Ucrania porque los riesgos se consideran «demasiado elevados»”, afirma The Times. Después de meses en los que los países europeos se han jactado de su fuerza y han insistido en que la misión dependía únicamente de la voluntad propia y del permiso ucraniano, la opinión de Rusia y la participación de Estados Unidos han resultado finalmente ser los factores más importantes. “En una aparente suavización de los planes, Gran Bretaña y Europa ya no dispondrían de una fuerza terrestre que custodie ciudades clave, puertos y centrales nucleares para asegurar la paz”, insiste el artículo, que trata de presentar el inicio de la renuncia de la medida estrella del plan Starmer-Macron, que se encontraba “en la fase operacional” de los preparativos, como un gesto de paz y no de falta de autonomía. “Se espera que este cambio en el apoyo militar a Ucrania pueda hacer que Moscú mueva sus líneas rojas para lograr un acuerdo de paz”, continúa el artículo, que informa de que el operativo se limitará, por ahora, al envío de efectivos para instruir y entrenar al ejército ucraniano en el oeste de Ucrania, la zona más segura y alejada del frente. “Gran parte de las cosas que se escuchan de Bruselas, París y Londres a día de hoy son solo control de daño”, comentó Leonid Ragozin.
En lugar de misión de pacificación, mantenimiento de la paz o incluso de disuasión, el nivel más bajo de una presencia militar extranjera, “el compromiso de seguridad con Ucrania se centraría en la reconstitución y el rearme del ejército de Kiev, con protección desde el aire y el mar”, aclara The Times. Todo es coherente con la postura que han mantenido los países europeos, que han apostado por la continuación de la guerra proxy, en la que ponían las armas y la munición y aportaban la financiación para mantener a flote al Estado mientras Ucrania aportaba los soldados y asumía todo el riesgo.
“Las armas del Reino Unido y Europa seguirían fluyendo, por lo que Ucrania estaría en una posición fuerte en caso de que Rusia rompiera los términos de cualquier acuerdo. Todavía no se ha descartado nada y el Ministerio de Defensa tiene claro que Gran Bretaña no estaría dispuesta a abandonar los planes de enviar tropas al país en alguna capacidad”, continúa The Times. En las condiciones actuales, sin la garantía de seguridad de la participación estadounidense, el objetivo europeo es militarizar Ucrania manteniéndose en territorio seguro, aunque sin retirar completamente la opción de la presencia militar, vinculada siempre a la disposición estadounidense.
“Una fuente implicada en las discusiones sobre una «coalición de voluntarios» se refirió a los planes para una fuerza de decenas de miles de tropas terrestres: «Los riesgos son demasiado altos y las fuerzas inadecuadas para semejante tarea”, añade The Times. Cuando las cosas no salen como estaban previstas, siempre es útil buscar un chivo expiatorio. “Esta ha sido siempre la idea del Reino Unido”, afirma el medio citando a una de sus fuentes, “era Francia quien quería una aproximación más musculosa”.
Los países europeos, el Reino Unido y Francia entre ellos, desean que se siga luchando por la integridad territorial y soberanía de Ucrania, pero no quieren correr el riesgo de exponerse a tener que enfrentarse a Rusia sin la imprescindible ayuda de su socio estadounidense.
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