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Realidades de la guerra proxy

“El conflicto en Ucrania no es una «guerra proxy contra Rusia», sino el resultado de la agresión no provocada de Rusia, que culminó con su invasión del país en febrero de 2022, por la que Ucrania recibió apoyo internacional para su autodefensa, de acuerdo con el artículo 51 de la Carta de la ONU. Ucrania no está luchando en nombre de ningún gobierno u organización extranjeros. Es un Estado soberano e independiente con un presidente y un parlamento elegidos democráticamente”, escribía el 30 de julio de 2024 EU vs. Disinfo, un organismo de la Unión Europea para contrarrestar las narrativas oponentes, eufemismo para la lucha contra la desinformación rusa. Pese a que gran parte de los medios rusos, cuya difusión era mínima de por sí, fueron censurados en la Unión Europea en 2022, la batalla unilateral contra la versión rusa de los acontecimientos continúa plenamente activa, en ocasiones chocando con la realidad.

Apenas unos meses después, Boris Johnson, una de las personas más beligerantes en la guerra contra Rusia y que ha presionado para conseguir que Ucrania dispusiera de todo lo necesario para luchar con garantías afirmaba en una entrevista: “Tío, no nos vamos a engañar. Estamos librando una guerra proxy contra Rusia”. El pasado mes de marzo, en una entrevista concedida a Fox News en la que insistía en el estancamiento y defendía la postura de Donald Trump de lograr el final del conflicto, el actual Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, insistía en que “francamente, es una guerra proxy entre potencias nucleares, Estados Unidos, que ayuda a Ucrania, y Rusia”. A excepción de las autoridades de la Unión Europea, cuya intransigente postura se refleja en el hecho de que haya tardado incluso más que Ucrania en virar su discurso hacia un falso pacifismo de resaltar la importancia de la paz pero insistir en que ha de producirse de forma incondicional y sin permitir que Rusia tenga voz en las negociaciones, la naturaleza proxy de la actual guerra es cada vez menos cuestionada.

El reciente artículo publicado por The New York Times, en el que se narra “la sociedad: la historia secreta de la guerra en Ucrania”, el medio neoyorquino detalla “ la historia no contada del papel oculto de Estados Unidos en las operaciones militares ucranianas contra los ejércitos invasores de Rusia”. Como ya ha ocurrido en otros casos en el pasado -como el intento ucraniano de capturar la central de Zaporozhie en un desembarco anfibio de las fueras del GUR de Budanov, que fue considerado desinformación rusa hasta que fue The Times quien confirmó versión que repetía lo que Moscú había denunciado meses antes-, ha hecho falta que un medio occidental escribiera sobre lo que era evidente, que desde 2022 Ucrania ha luchado de la mano de Estados Unidos, para que deje de ser considerado propaganda rusa.

“En cierto modo, Ucrania ha sido, en un lienzo más amplio, una revancha en una larga historia de guerras proxy entre Estados Unidos y Rusia: Vietnam en los años sesenta, Afganistán en los ochenta, Siria tres décadas después”, sentencia The New York Times, que presenta cuatro guerras a miles de kilómetros de las fronteras de Estados Unidos. Aunque tres años tarde, incluso los grandes medios occidentales aceptan ya la naturaleza proxy de esta guerra que siempre fue una batalla común de Occidente contra Rusia.

A pesar de la evidencia, The New York Times insiste en que su investigación “revela que Estados Unidos se entretejió en la guerra de forma mucho más íntima y amplia de lo que se creía. En momentos críticos, la asociación fue la columna vertebral de las operaciones militares ucranianas que, según los recuentos estadounidenses, han matado o herido a más de 700.000 soldados rusos (Ucrania ha cifrado su número de bajas en 435.000). Codo con codo, en el centro de mando de la misión de Wiesbaden, oficiales estadounidenses y ucranianos planificaron las contraofensivas de Kiev. Un vasto esfuerzo de recopilación de información de inteligencia estadounidense guio la estrategia de batalla a gran escala y canalizó información precisa sobre objetivos a los soldados ucranianos sobre el terreno”. “Un jefe de inteligencia europeo recordó su sorpresa al enterarse de lo profundamente implicados que estaban sus homólogos de la OTAN en las operaciones ucranianas. «Ahora forman parte de la cadena de asesinatos»”, añade el medio, cuyo objetivo es resaltar la importancia de la participación estadounidense en la guerra, en la que le adjudica un papel clave en prácticamente todos los éxitos de Ucrania.

“La idea rectora de la alianza era que esta estrecha cooperación permitiría a los ucranianos lograr la más improbable de las hazañas: asestar un golpe aplastante a los invasores rusos. Y en los primeros capítulos de la guerra, golpe tras golpe, gracias a la valentía y destreza ucranianas, pero también a la incompetencia rusa, esa ambición parecía cada vez más al alcance de la mano”, afirma el artículo en su parte inicial, en la que se relatan los éxitos ucranianos, insistiendo siempre en la importancia de las armas, inteligencia y planificación estadounidenses.

“Una de las primeras pruebas del concepto fue una campaña contra uno de los grupos de combate más temidos de Rusia, el 58º Cuerpo de Armas Combinadas. A mediados de 2022, los ucranianos, utilizando información de inteligencia y de objetivos estadounidenses, desataron un aluvión de proyectiles contra el cuartel general del 58º en la región de Jersón, matando a generales y oficiales de Estado Mayor que se encontraban ahí. Una y otra vez, el grupo se instaló en otro lugar; cada vez, los estadounidenses lo encontraron y los ucranianos lo destruyeron”, se jacta, por ejemplo, el artículo.

Sin embargo, tres años después del inicio de la sociedad dirigida desde Alemania y en la que el mando estaba a cargo del general Donahue, más conocido por su imagen como último soldado estadounidense en abandonar Afganistán cuando Kabul había caído ya en manos talibán, es evidente que la guerra proxy no tuvo el éxito que Ucrania, Estados Unidos o la prensa occidental esperaban. “A medida que los ucranianos ganaban mayor autonomía en la alianza, mantenían cada vez más en secreto sus intenciones. Se enfadaban constantemente porque los norteamericanos no podían, o no querían, darles todas las armas y equipos que querían. Los estadounidenses, a su vez, se enfadaban por lo que consideraban exigencias poco razonables de los ucranianos y por su reticencia a tomar medidas políticamente arriesgadas para reforzar sus fuerzas, ampliamente superadas en número”, escribe el artículo. Cuando las cosas no van bien, es inevitable que surja la disputa por quién tiene la culpa.

“Desde el punto de vista táctico, la alianza cosechó un triunfo tras otro. Sin embargo, en el momento posiblemente más crucial de la guerra -a mediados de 2023, cuando los ucranianos montaron una contraofensiva para ganar impulso tras los éxitos del primer año- la estrategia ideada en Wiesbaden fue víctima de la díscola política interna de Ucrania: El presidente, Volodymyr Zelensky, contra su jefe militar (y posible rival electoral), y el jefe militar contra su testarudo comandante subordinado. Cuando. Zelensky se puso del lado del subordinado, los ucranianos vertieron ingentes cantidades de hombres y recursos en una campaña finalmente inútil para recapturar la devastada ciudad de Bajmut. En cuestión de meses, toda la contraofensiva terminó en un fracaso que nació muerto”, afirma The New York Times en relación a la contraofensiva con la que Emmanuel Macron, Rishi Sunak o Antony Blinken afirmaron que se lograría poner al Kremlin entre la espada y la pared.

Para entonces, Rusia se había recuperado de los errores iniciales, había sido capaz de movilizar su industria militar, reclutar a suficientes soldados para compensar el inicial desequilibrio de efectivos y la situación se había complicado notablemente para Ucrania. Como escribió en las redes sociales la activista Almut Rochowanski, “la victoria tiene mil padres, pero la derrota debe haber crecido en uno de esos sombríos orfanatos soviéticos”. Hasta ese punto del artículo, The New York Times había adjudicado los éxitos a la colaboración entre Estados Unidos y Ucrania, aunque dando siempre el papel principal a Washington. A partir del inicio de la contraofensiva, el reportaje gira hacia la negatividad, centrándose en las divisiones internas y especialmente en la insistencia de una parte del mando ucraniano en continuar con un plan con el que Estados Unidos no estaba de acuerdo. El centro de esta parte de la guerra es, sin duda, la batalla por la ciudad de Artyomovsk, Bajmut, perdida por Ucrania unos días antes del inicio de la contraofensiva. Dicha ofensiva siempre llevó el nombre de Oleksandr Syrsky, un hombre siempre cuestionado por sus tropas por su voluntad de enviar grandes cantidades de soldados a luchar incluso cuando la batalla ya está perdida.

“La contraofensiva debía comenzar el 1 de mayo. Los meses intermedios se dedicarían a entrenarse para ella. El general Syrsky aportaría cuatro brigadas aguerridas -de entre 3.000 y 5.000 soldados cada una- para su entrenamiento en Europa; a ellas se unirían cuatro brigadas de nuevos reclutas. El general tenía otros planes. En Bajmut, los rusos estaban desplegando, y perdiendo, un gran número de soldados. El general Syrsky vio la oportunidad de engullirlos y encender la discordia en sus filas. «Llévate a todos los nuevos» para Melitopol, le dijo al general Aguto, según funcionarios estadounidenses. Y cuando Zelensky se puso de su parte, a pesar de las objeciones de su propio comandante supremo y de los estadounidenses, se echó por tierra un pilar clave de la contraofensiva”, escribe The New York Times otorgando la culpa del fracaso de la contraofensiva de 2023, punto de inflexión de la guerra, a Zelensky y, sobre todo, al general Syrsky.

“La semana pasada se habló mucho de Wiesbaden, y con razón. Esta sede se ha convertido realmente en nuestra arma secreta a la hora de coordinar con los socios la planificación operativa y determinar los recursos necesarios para su ejecución”, escribió días después de la publicación del reportaje el ahora excomandante del ejército ucraniano y actual embajador de Ucrania en el Reino Unido. En su post, Valeri Zaluzhny no trata de defenderse, ya que no es a él a quien se dirigen las acusaciones -a pesar de que la contraofensiva o la actuación de sus subordinados, incluido Syrsky, eran su responsabilidad-, pero sí aporta un sutil comentario. Lo hace por medio de una imagen, en la que puede vérsele junto al general Cavoli, máxima autoridad del ejército estadounidense en Europa, tomada en agosto de 2023, cuando ya era obvio que toda la contraofensiva había fracasado.

En una posición más comprometida debido a las acusaciones directas, Oleksandr Syrsky sí ha querido defenderse. En una entrevista concedida a LB.UA, el actual mando supremo de las Fuerzas Armadas de Ucrania ha insistido en lo correcto de la desastrosa batalla por Bajmut, en la que sus tropas diezmaron a Wagner, pero no al ejército ruso, y lo hicieron a costa de elevadas bajas, el uso de una cantidad excesiva de tropas y a costa de operaciones que podrían haber resultado más viables. “Cualquiera que participó en la ofensiva sabe que esto no es verdad”, afirmó Syrsky en referencia a la carga de la culpa que The New York Times adjudica a la lucha por Artyomovsk en el fracaso de la operación estrella que Ucrania y sus aliados norteamericanos había preparado para 2023. “Sí, realizamos una ofensiva al sur de Bajmut. Pero llevamos a cabo operaciones ofensivas con dos brigadas del grupo. Si hubiéramos tenido cinco brigadas, creo que tanto Bajmut como Soledar habrían sido liberadas”, insiste Syrsky tratando de culpar a la falta de recursos por el fracaso de su operación.

Para ello, Syrsky prefiere no tener en cuenta que Rusia se había hecho ya con la iniciativa y que para mayo de 2023, cuando la ciudad quedó en manos de las tropas de Moscú, sus brigadas estaban ya muy desgastadas. Ucrania simplemente no tenía suficientes efectivos para realizar un ataque en dos direcciones como el general sigue insistiendo en que debió hacerse. De haber sido así, asegura Syrsky, Rusia habría abandonado sin más esas ciudades por las que tanto había luchado “porque la idea de esta operación era que hubiéramos cortado las tres carreteras principales que proporcionaban apoyo logístico a este grupo”, añade aportando un nada realista plan de cortar la comunicación entre Artyomovsk y dos zonas calve, Gorlovka y Debaltsevo, algo que nunca fue factible.

“Cuando planeamos estas acciones, comprendimos que nuestras fuerzas no eran suficientes. Tenemos dos brigadas sin municiones adicionales. Es decir, dentro de los límites de lo que se nos suministró para llevar a cabo acciones ordinarias en el modo habitual. Pero contábamos con la sorpresa, con el hecho de que romperíamos la defensa enemiga con acciones no sólo aventureras, sino valientes, teniendo en cuenta el hecho de que no estaba preparada, no era como, por ejemplo, en Zaporozhie. Allí, todas las fortificaciones estaban en un campo ordinario”, insiste Syrsky para reafirmarse en su idea de atacar Artyomovsk pese a ser consciente de que carecía de los recursos necesarios y se agarraba simplemente a un efecto sorpresa que no existía, ya que Rusia siempre esperó un ataque en esa dirección.

Las palabras de Syrsky son relevantes, ya que muestran la actuación general que han seguido tanto Ucrania como Estados Unidos. Subestimar al oponente y sobreestimar las fuerzas propias fue el error inicial de la Federación Rusa, que posteriormente ha repetido Washington con unas expectativas que no se correspondían con la realidad. Cuando esa realidad se traduce en falta de éxitos en el campo de batalla, es más fácil cargar contra el ejército proxy que asumir la parte de culpa.

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