El martes, Finlandia a se unió a los tres países bálticos, vanguardia de la militarización de lo que suelen llamar el flanco del este, y a Polonia en la renuncia a la convención internacional que prohíbe las minas antipersona. Aunque Petteri Orpo, primer ministro finés, precisó que no desplegará minas masivamente sino que quiere reservarse esa posibilidad, los cinco países están un poco más cerca de minar completamente las áreas de frontera, algo que no detendría una invasión extranjera, pero que puede causar heridas graves a la población civil. “Las minas antipersona son armas que, en muchos conflictos, afectan de manera indiscriminada y causan un gran sufrimiento humano, incluso décadas después del fin del conflicto”, denunció tras el anuncio de Finlandia el ministro de Asuntos Exteriores de Noruega Espen Barth Eide. Alexander Stubb anunció la medida en el mismo post que comunicaba el aumento del gasto militar al 3% del PIB. “Este es el tipo de liderazgo audaz y responsable que se puede esperar frente a la agresión y creo que disuadirá futuras agresiones. Felicitaciones al Presidente Stubb y a nuestros amigos y aliados en Finlandia”, se jactó el militarista senador estadounidense Lindsey Graham.
Poco a poco, los países occidentales van eliminando restricciones o retirándose de convenciones internacionales que hace tan solo unos pocos años eran consideradas básicas. La lucha contra las minas antipersona, una causa célebre en los años 90, cuando celebridades europeas daban lecciones a los países africanos sobre el valor de la vida y la importancia de proteger a la población civil, ha quedado olvidada. Hoy son los países antes considerados como tercer mundo, el Sur Global, los que advierten a Europa del peligro que corre. Al final de su mandato, Hun Sen, entonces aún presidente de Camboya, advirtió a Zelensky contra el uso de munición de racimo, otra línea roja que los países occidentales decidieron cruzar infringiendo sus propias normas morales.
Aunque se mueven entre la realidad objetiva de aceptar que hay que “prepararse mentalmente” para recuperar las relaciones con Rusia, como hiciera el primer ministro finlandés apenas unas horas después de anunciar que se retiran del tratado que prohíbe el uso de minas antipersona, medida de quien se prepara para la guerra y no para la paz, la retórica de la fuerza sigue siendo el principal recurso de los países europeos. Líderes de los países europeos y la representación de la Unión Europea insisten a diario en que Ucrania aceptó el alto el fuego, mientras Rusia continúa atacando objetivos. Lo hacen sin precisar que también Ucrania continúa atacando, por lo que cualquier atisbo de alto el fuego existe únicamente en la mente de quien desea creerlo. El objetivo europeo es insistir en la vía de la incondicionalidad y la unilateralidad: Rusia ha de aceptar las condiciones que se le presentan. Para ello, se insiste en la idea de la paz justa, la culpabilidad rusa por todo lo ocurrido los tres últimos años, para lo que hay que olvidar o manipular los siete anteriores, y se añaden las coletillas de la integridad territorial y el camino euroatlántico, que hacen inviable cualquier acuerdo con Moscú. Esa versión de la paz justa es así un eufemismo de la frase más repetida desde 2022, mientras sea necesario. Cualquier guerra es preferible a una paz en la que Occidente no haya impuesto los términos, algo que es común a la Unión Europea y la actual Casa Blanca, cada vez más frustrada con Putin y Zelensky en un enfado que es, en realidad, el reflejo de su propia incapacidad para cumplir lo que ingenuamente había creído posible, una tregua rápida y un acuerdo que diera a su líder el prestigio y los premios que espera.
La diferencia entre Washington y Londres-París-Bruselas no es el objetivo, sino las condiciones que esperan lograr. Para el trumpismo, la guerra de Ucrania no es algo existencial, ni siquiera interesante, sino un conflicto entre dos países que ve como similares y en los que se centra ya en el aspecto económico. Trump, acostumbrado a decorar sus éxitos con creativas historias que exageran su poder, está dispuesto a presentar un acuerdo en el que el frente actual, con ligeros retoques, sea considerado una frontera temporal de facto y la cuestión de la OTAN quede aparcada hasta nueva orden. Sus guionistas podrán fácilmente producir una versión de los hechos en la que haya sido Donald Trump el que detuviera con ese milagroso acuerdo la inminente ofensiva con la que Vladimir Putin pretendía acabar con el Estado ucraniano. Para conseguirlo, ni siquiera tiene que apelar completamente a la imaginación, sino seguir la propia propaganda ucraniana, que nuevamente presagia, sin ninguna evidencia de gran movimiento de tropas rusas, una gran ofensiva rusa a lo largo de todo el frente.
Los países europeos no pueden permitirse el lujo de conformarse con el acuerdo de mínimos según los términos que desde el fracaso de la ofensiva ucraniana de 2023 son inevitables -congelar el frente, aceptar que Ucrania no será invitada a la OTAN por un tiempo y militarizar aún más el país, que quedará económicamente a merced de Bruselas-, ya que en febrero de 2022 optó por presentar el conflicto como existencial no solo para Ucrania, sino también para la Unión Europea. Ese calificativo, además de todos los recursos invertidos, una cantidad muy superior a la entregada por Estados Unidos, hace imposible que la Unión Europea se conforme con un acuerdo entre Rusia y Ucrania mediado por Donald Trump y que exija volver a aceptar a Moscú como actor de las relaciones internacionales. El hecho de que el anuncio de preparación mental para volver a tratar con Rusia venga acompañado de minas antipersona y aumento del gasto militar es representativo de la forma en la que los países europeos aspiran a relacionarse con Rusia tras la guerra.
Sin posibilidad de acuerdo ni voluntad de diálogo alguno sino en el lenguaje del ultimátum, los países europeos ven sus herramientas limitadas a la hora de imponer su voluntad. La actuación europea camina en dos direcciones. La dirección preferente parece ser el proceso en el que los países de la UE y el Reino Unido negocian consigo mismos una presencia militar en Ucrania que depende de las garantías de Estados Unidos y el acuerdo con Rusia. Sin embargo, las reuniones y fotografías de familia solo han producido hasta ahora comunicados finales llenos de frases hechas y escaso contenido. En condiciones normales, enfrentarse a Estados Unidos no sería una opción, pero actualmente es la segunda vía abierta. Los países europeos no solo están molestos por el intento de Donald Trump de lucrarse de su inversión en Ucrania y reintroducir a las empresas estadounidenses en el mercado petrolero ruso, sino especialmente por el hecho de que la negociación esté produciéndose sin que Londres, París, Berlín o Bruselas tengan voz ni voto. Ante la decepción de haber sido excluidas de la frustrante negociación, las capitales europeas han nominado ya a sus dos emisarios, sir Keir Starmer y Emmanuel Macron, que ya conocen cuáles son sus armas y en qué punto la actuación de Trump es vulnerable.
Tras la última reunión directa entre Estados Unidos y Rusia, en la que Moscú planteó sus condiciones para el alto el fuego en el Mar Negro y la recuperación de algo similar al acuerdo de exportación de grano que funcionó entre el verano de 2022 y el de 2023, Marco Rubio confirmó que se estudiaba la posibilidad de rebajar algunas sanciones contra Rusia. El Secretario de Estado se refería a la reconexión del banco agrícola ruso al sistema internacional de pago SWIFT y asistencia para reintegrar en el mercado los productos agrarios rusos y especialmente los fertilizantes rusos y bielorrusos. Pero en esa negociación, los enviados de Trump podrían encontrarse en la situación de prometer algo que no tienen la capacidad de cumplir y en lo que dependen de la odiada Unión Europea, uno de los habituales blancos de la ira del presidente de Estados Unidos. “Europa quiere mantener su influencia mientras el presidente Donald Trump intenta llegar a un acuerdo con Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania. Pero algunas de las principales exigencias de Rusia, como el alivio de las sanciones y el fin de la ayuda militar a Ucrania, requieren la aceptación europea”, escribía ayer The Washington Post. “Los líderes europeos han recurrido a un mantra favorito de Trump, «la paz a través de la fuerza». Macron dijo el jueves que eso no significa «empezar por levantar las sanciones». Dijo que seguirán «transmitiendo nuestra visión» en el diálogo con Estados Unidos, y que «debemos ser capaces de defender nuestros intereses»”, añade el artículo citando a uno de los dos europeos destinados a representar a la UE y el Reino Unido en las negociaciones a las que no han sido invitados.
“Europa controla las sanciones que Rusia quiere que se levanten y que la excluyen del sistema de pagos SWIFT, con sede en Bélgica. Esa medida y otras son revisadas por la Unión Europea cada seis meses y requieren el consentimiento de los 27 miembros del bloque para ser renovadas. Hungría, que mantiene relaciones amistosas con Moscú, ha amenazado periódicamente con bloquear su renovación”, precisa The Washington Post para destacar la fortaleza de la UE que, al margen de las amenazas húngaras, que hasta ahora se han traducido siempre en declaraciones altisonantes y posterior sumisión a las exigencias de Bruselas, es consciente de que tiene el poder de veto en el levantamiento de las sanciones económicas más importantes.
“Los oficiales europeos admiten que la relajación de las sanciones formará parte de las negociaciones, aunque en su visión, primero debería producirse un alto el fuego temporal”, admite el medio estadounidense, mostrando cierta preparación mental para la futura relajación de las sanciones contra Rusia, algunas de las cuales dañan también, quizá más incluso que a Moscú, a los países europeos. Ayer mismo, Javier Blas, columnista de Bloomberg, escribía, por ejemplo, que el depósito de gas más importante de Alemania está vacío.
En referencia a la negativa a plantearse siquiera el levantamiento de ciertas sanciones The Washington Post añade que “los líderes europeos se han mantenido firmes hasta ahora. Como dijo un funcionario, si el Kremlin quiere hablar de sanciones, «todos tendrán que hablar con nosotros». Pero los diplomáticos son cautelosos de ser acusados de bloquear las negociaciones si el equipo de Trump vacila en las sanciones. Eso podría ponerlos en curso de colisión cuando ya están chocando sobre comercio y defensa”. Perdidos en un contexto geopolítico que no entienden y en el que no encuentran su sitio, los países europeos son conscientes de que no podrán decir no a Estados Unidos, un rival al que siguen viendo como su aliado más cercano, pero buscan al menos su puesto en la fotografía de unas negociaciones en las que no creen y de las que siempre han huido.
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