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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia, Ucrania

Negociaciones paralelas, planes inviables

Con la agresividad propia de quien aún cree mantener el control de los mares y puede dar órdenes a otros países, Keir Starmer, que prosigue con los planes unilaterales europeos para imponer una misión armada en Ucrania que forme parte de un acuerdo en cuya negociación no está presente, ha exigido a Rusia que debe responder en “semanas no meses”. El premier británico, cuyo gobierno ha anunciado esta semana draconianos recortes en el sistema de prestaciones sociales mientras defiende un fuerte aumento del gasto militar, trata de emerger como líder de una Europa -entendida como los países miembros de la OTAN y la UE- que busca la forma de ser relevante en el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania y que todavía no sabe explicar cómo ha perdido el control de la situación ante un trumpismo que insiste en lograr el final de una guerra que odia al identificarla con la administración Biden.

Manifiestamente molesto por las negociaciones directas que Estados Unidos está realizando con la Federación Rusa, que no se limitan a Ucrania sino que afectan a todo tipo de temas, dejando en evidencia los tres años en los que Kiev y la Unión Europea han insistido en que Rusia estaba aislada, Zelensky intenta equilibrar la participación ucraniana en las negociaciones ordenadas por Trump y las iniciativas europeas que contradicen la idea de una resolución diplomática al conflicto. Tras escucharlo directamente del presidente de Estados Unidos en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Ucrania ha podido comprobar que no tiene cartas suficientes para imponer su postura en unas negociaciones en las que participe también el otro lado de la guerra. La protección europea y la existencia del Formato Normandía, siempre por encima del Grupo Trilateral de Contacto de Minsk, acostumbró a Ucrania a disponer siempre de un hermano mayor que velaba por sus intereses en las negociaciones, algo que ha cambiado con la llegada de Donald Trump.

Estados Unidos ha dejado claro que busca finalizar la guerra y que desea hacerlo obteniendo beneficios de ambas partes. También en ese juego, Moscú cuenta con bazas más tangibles, como la reapertura del mercado ruso, mucho más apetecible que el ucraniano, y, sobre todo, la reincorporación de las empresas estadounidenses a la industria de la extracción de petróleo ruso. Horrorizado, el equipo de Zelensky ha visto cómo lo que se presentaba como una propuesta estadounidense de alto el fuego de 30 días, que Kiev había aceptado presionada por Washington, se convertía en una negociación con Moscú. Al contrario que con Ucrania, Estados Unidos no dispone de herramientas de presión lo suficientemente sólidas como para obligar a Rusia a modificar sus intenciones. Washington puede, como hizo a principios de este mes, detener el suministro de armas e inteligencia a Kiev, pero no puede, sin intervenir militarmente en un enfrentamiento directo, ni cegar los satélites de Moscú ni detener el suministro de su industria militar. Rusia está sola en esta guerra, un lastre en términos económicos, pero también una garantía de que ningún actor externo tiene la capacidad de imponerse en proceso de negociación.

Aislados de la toma de las decisiones importantes, los países europeos y Ucrania continúan con su proceso de negociación interna independientemente de las posibilidades de poner en marcha los planes que desarrollan en las continuas reuniones y actos de relaciones públicas que reafirman la voluntad de mantener el statu quo de imponer el dictado ucraniano independientemente de cuál sea la realidad sobre el terreno. “Hemos acordado celebrar en el plazo de una semana una reunión urgente en Ucrania con algunos representantes de los estados mayores de los principales países que estarán totalmente preparados para el despliegue de tropas en territorio ucraniano. Francia, Gran Bretaña y Ucrania, sin duda, lo estarán. Se trata, digamos, de un triángulo en este asunto”, afirmó Volodymyr Zelensky tras la reunión de París, de la que no salió un consenso ni siquiera entre los países participantes.

Con esta actuación, Ucrania y sus aliados europeos buscan la manera de crear unos hechos consumados que tengan que ser tenidos en cuenta por Estados Unidos, que domina las negociaciones. Se sigue así la lógica del Plan de Victoria de Zelensky, una hoja de ruta de cinco puntos en la que se detallaban las concesiones que Ucrania esperaba de sus aliados. Uno de esos puntos era el de la futura disuasión, que Ucrania esperaba que se plasmara en un gran paquete de misiles occidentales instalados en el país. Actualmente, esa idea se ha transformado en el plan de Starmer, una misión militar de una cantidad de efectivos que sería escasa en caso de una agresión externa, pero que por suponer presencia de la OTAN en el país es suficiente para hacer descarrilar las posibilidades del proceso de diálogo que está produciéndose actualmente y que, pese a su lentitud, es la primera ocasión desde 2022 en la que existe al menos la posibilidad de una resolución diplomática al conflicto. Pero para los países europeos, al igual que para Ucrania, la participación rusa en ese diálogo es una línea roja inaceptable y que ha de ser contrarrestada con una disuasión militar de países de la OTAN que Moscú tenga que aceptar incondicionalmente.

“Starmer enviará jefes militares a Ucrania para elaborar un alto el fuego”, titulaba el viernes The Telegraph que no escondía entre lenguaje diplomático lo que es un ultimátum. “Sir Keir exigió que se le diera a Putin un plazo de «días y semanas» para comprometerse con una paz duradera tras copresentar el jueves en París una cumbre de la «coalición de naciones dispuestas» con Emmanuel Macron. El uso de la voz pasiva delata tanto al medio como al primer ministro británico, que aunque intenta junto a su colega francés imponer unos hechos consumados sobre el terreno, es consciente de que no tiene la fuerza -o las cartas, en palabras de Donald Trump- para imponer por sí mismo ese ultimátum.

“«Si hubiera de nuevo una agresión generalizada contra suelo ucraniano, estos ejércitos estarían, de hecho, bajo ataque y entonces es nuestro marco habitual de compromiso», dijo Macron. «Nuestros soldados, cuando están comprometidos y desplegados, están allí para reaccionar y responder a las decisiones del comandante en jefe y, si se encuentran en una situación de conflicto, para responder a ella»”, escribía el viernes AP para describir las declaraciones del presidente francés sobre la posibilidad de tener que luchar contra Rusia en caso de prosperar la misión militar que prepara con Macron. “De la guerra proxy a la guerra real”, comentaba el académico ucranianocanadiense Ivan Katchanovski. Sin embargo, la ausencia de un claro sí a la pregunta de si los soldados franceses y británicos lucharían conta Rusia -no lo harían, se encontrarían protegidos en la retaguardia del ejército ucraniano, encargado de morir por defenderlos- refleja los problemas de diseño del plan anglofrancés. Como la misión de disuasión, que pese al anuncio de que tendrá efectivos en tierra, mar y aire, aún precisa de las garantías de seguridad de Estados Unidos, las posibilidades de Starmer, Macron y Zelensky de imponer su plan como parte de un acuerdo de resolución de la guerra depende de Washington.

En declaraciones a la prensa, Grigory Karasin afirmó que, tras las 12 horas de negociaciones, no se había producido “ningún avance radical, pero las oportunidades están ahí”. El negociador ruso insistió en que “habría sido ingenuo esperar cualquier avance”. Karasin rebajó también las expectativas en el marco temporal sobre cuándo puede darse un alto el fuego definitivo que, según el oficial ruso, podría producirse a finales de año o incluso el próximo año, no exactamente la rapidez con la que Trump esperaba resolver el conflicto ni las semanas, no meses en las que Starmer exige que Rusia acepte incondicionalmente el plan que se le presenta. Como cada palabra rusa sobre la realidad de la guerra, las declaraciones de Karasin serán utilizadas por Ucrania, Reino Unido y Francia como evidencia de que Rusia no negocia en buena fe, no desea el final de la guerra y únicamente utiliza la diplomacia como señuelo. El objetivo no es otro que conseguir que Trump perciba la realidad de la forma en que Kiev espera que se interprete: Ucrania desea la paz -justa y duradera-, mientras que Rusia es el obstáculo, por lo que no ha de ser tenida en cuenta en el proceso diplomático, que debe limitarse a una negociación interna y la imposición de los términos a Moscú. Con ese objetivo están siendo utilizadas las palabras de Vladimir Putin el jueves, cuando afirmó que un Gobierno provisional gestionado por Naciones Unidas podría hacerse cargo de la gobernanza de Ucrania. Curiosamente, quienes destacan esas palabras no hacen lo propio con las de Zelensky -que provocaron la respuesta de Putin- a medios como Euronews, que insistió en la idea de que “Putin morirá pronto” para negar la importancia a negociar con Rusia.

Esa es también la base de la táctica europea, que pasa por conseguir que Donald Trump se canse de Rusia y acepte apoyar a Londres, París y Bruselas en su intento por imponer la resolución del conflicto ya sea por medio de la guerra eterna hasta que Ucrania pueda negociar en posición de fuerza u obligando a Moscú a aceptar ahora y de forma incondicional unos términos inaceptables y que no se corresponden con la realidad sobre el terreno. “Si los europeos tuvieran un plan alternativo que ofrecer, quizá todo esto tendría sentido. Pero no lo tienen. En lugar de eso, se aferran a argumentos vagos y totalmente genéricos sobre el apoyo a Ucrania durante todo el tiempo que sea necesario, la congelación de Putin durante todo el tiempo que sea necesario, y la espera de una «paz justa». Todo eso suena muy bien si no fuera por el hecho de que una «paz justa», tal como la define Zelensky -una retirada total y completa de las tropas rusas, reparaciones para los ucranianos y oficiales militares rusos sentados en el banquillo de los acusados respondiendo por cargos de crímenes de guerra- es totalmente irreal”, escribe The Telegraph en un artículo en el que proclama que “los europeos no tienen ni idea de lo que están haciendo”. “Esto no es lo que la administración Trump quiere oír. En lugar de obtener el apoyo de los europeos, están obteniendo resistencia. No hace falta ser un genio de la geopolítica como Hans Morgenthau o Henry Kissinger para reconocer que es probable que Trump, un hombre tan seguro de sí mismo como impaciente, vea esta postura como un acto de franco desafío”, sentencia en su cierre.

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