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Alto el fuego, Crimea, Diplomacia, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Jerson, Rusia, Ucrania, Zaporozhie

Elefantes en la habitación

“No es un mal tipo”, afirmó Steve Witkoff, enviado de Donald Trump para Oriente Medio y a día de hoy principal negociador de Estados Unidos con Rusia, en referencia a Vladimir Putin, al que calificó de“gran líder” en busca del final de la guerra. Witkoff pronunció esas palabras en una comentada entrevista concedida a uno de los influencers más seguidos de la derecha trumpista estadounidense, Tucker Carlson, cuyas opiniones sobre Rusia y Ucrania, en línea con las de JD Vance, Donald Trump JR. o Elon Musk y fruto del profundo desconocimiento de ambos países, son cada vez más polémicas. Las palabras de Witkoff son importantes tanto por el medio, uno de los podcasts de mayor difusión, como por el mensaje y el momento en el que se produce, cuando Estados Unidos intenta conseguir pasar de un alto el fuego parcial que solo está cumpliéndose en la mente de Donald Trump a una tregua que dé lugar a una negociación en la que el presidente de Estados Unidos pueda otorgarse el mérito de haber detenido la guerra de mayor intensidad que se ha producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. “Me cayó bien, pienso que estaba siendo sincero conmigo”, explicó Witkoff para revelar sus impresiones sobre la reunión de más de tres horas que mantuvo con el presidente ruso. “Es una situación complicada, esa guerra, y todos los ingredientes que llevaron a ella”, añadió.

En ese ambiente amable en el que los prejuicios no son contra Rusia, como ocurre en la prensa liberal, sino contra Ucrania, Witkoff se permite humanizar al líder ruso. Putin “me contó una historia”, explica, “sobre cómo cuando dispararon al presidente, fue a su iglesia local, se reunió con su sacerdote y rezó por el presidente”. No lo hizo, según Witkoff, “porque pudiera convertirse en el presidente de Estados Unidos, sino porque tenía una amistad con él y estaba rezando por su amigo”. Real o no, el hecho de que la parte rusa transmitiera ese mensaje al enviado de Donald Trump es una muestra de la diplomacia de los gestos y de las relaciones personales que Moscú ha comprendido perfectamente que es una de las claves para mantener el favor del presidente de Estados Unidos. Como comentó Witkoff, Estados Unidos ha apreciado también el detalle de Vladimir Putin de encargar a un reconocido artista ruso un retrato de Donald Trump para entregárselo como regalo. El Kremlin es consciente de que sus posibilidades de lograr un acuerdo que garantice a Rusia una parte importante de los motivos por los que fue a la guerra en 2022 pasan por apelar al ego del presidente de Estados Unidos y su equipo.

“La clave para entender la lógica de Putin es aceptar que no está luchando por el territorio. Considera que la invasión total, que ya ha dado lugar a la ocupación de una quinta parte del territorio ucraniano, es un castigo por el incumplimiento por parte de Ucrania de los acuerdos de Minsk de 2015-2016, que preveían que las dos regiones separatistas, Donetsk y Luhansk, permanecieran bajo control ucraniano formal. La anexión rusa de estas dos regiones, junto a Jerson y Zaporozhie, fue un castigo por el abandono ucraniano de los acuerdos de Estambul”, escribió hace unos días en Al Jazeera el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, que entiende que el objetivo ruso nunca fue territorial (al menos más allá de Crimea y Donbass) sino que se centró siempre en la cuestión de la seguridad. Consciente de que la OTAN no es considerada por el trumpismo como una herramienta de poder blando para extender los valores occidentales sino una alianza militar que es lo suficientemente amplia y no necesita extenderse aún más, Rusia ve en la actual administración de Washington una oportunidad que no puede echar a perder. La humillación pública de Zelensky en la Casa Blanca y las buenas palabras que el equipo de Trump dedica a Vladimir Putin, a quien se percibe como un aliado en cuestión de valores tradicionales además de un líder fuerte, es una oportunidad más que el Kremlin trata de explotar en su beneficio. A todo ello hay que sumar las incoherencias internas y la falta de preparación de una parte importante del equipo de Trump.

“En primer lugar, creo que la clave del conflicto son esas llamadas cuatro regiones, Donbass, Crimea…ya sabes, los nombres”, intentó argumentar en su aparición en el podcast de Tucker Carlson Steve Witkoff, que ante las claras dudas, recibió la ayuda de quien le estaba entrevistando. “Lugansk”, intervino Carlson, que quizá ignore que Lugansk es parte de Donbass, y que tampoco consiguió pronunciar los nombres Jersón y Zaporozhie. “Hay otras dos”, continuó Witkoff, “son de habla rusa, ha habido referendos en los que la gran mayoría de la población ha indicado que quiere estar bajo control ruso. Creo que esa es la cuestión clave en el conflicto”. “De esto queda claro que la única diferencia entre las opiniones de Steve Witkoff y Vladmir Putin sobre la guerra en Ucrania es que Putin, en realidad, conoce los nombres de las cinco regiones ucranianas que quiere conservar”, escribió sobre ese fragmento del discurso el periodista de The Wall Street Journal Yaroslav Trofimov. La ignorancia del enviado de Trump es evidente, pero no solo se refiere a la geografía de las regiones del sur de Ucrania, sino también a la naturaleza del conflicto en sí.

Durante las negociaciones de Estambul de 2022, Rusia ofreció a Ucrania garantías de seguridad que se aplicarían a todo el territorio a excepción de Crimea y una parte de Donbass cuyas fronteras quedaban aún por definir en una reunión entre Volodymyr Zelensky y Vladimir Putin. El hecho de que las garantías de seguridad rusas se extendieran a Zaporozhie en Jersón, región en la que en aquel momento Rusia controlaba también la capital, indicaba la voluntad de Moscú de devolver a Ucrania el control sobre todas esas áreas, prácticamente todo aquello capturado desde el 24 de febrero. Ya entonces, era más importante para Rusia conseguir la neutralidad de Ucrania que una ampliación de su territorio, algo que es aún más evidente a día de hoy, tanto por las capacidades ofensivas rusas -limitadas- como por el aumento de la capacidad ucraniana de atacar a Rusia a larga distancia. Frente a las aspiraciones imperiales de los sectores nacionalistas a la derecha del Kremlin, el presidente ruso ha sido claro y ha marcado Donbass como el objetivo territorial ruso. El discurso de la Federación Rusa, coherente con sus movimientos en el frente, se centra así en sus avances progresivos en Donbass y la exigencia de mantener a la OTAN lejos de Ucrania, ya sea en forma de adhesión o presencia militar de la Alianza o de sus países miembros.

Las palabras de Witkoff o los comentarios de Trofimov son una muestra del rechazo a comprender la naturaleza de la guerra, preocupante en el caso del periodista, que ha de reflejar la realidad, pero aún más en el del negociador, que muestra su completa ignorancia del tipo de conflicto que trata de resolver. Convencido de que la cuestión territorial es la más complicada, el enviado de Donald Trump afirma que “cuando eso se gestione, y estamos teniendo conversaciones muy positivas”, comienza Witkoff antes de ser interrumpido por Carlson, que insiste en que Rusia ya considera esos territorios como propios en términos constitucionales. La cuestión territorial es, para Witkoff, el “elefante en la habitación” del que “nadie quiere hablar”. “En Ucrania hay problemas constitucionales en cuanto a lo que pueden ceder con respecto a ceder territorio. Los rusos controlan de facto esos territorios. La cuestión es si el mundo reconocerá que son territorios rusos. ¿Acabará? ¿Podrá Zelensky sobrevivir políticamente si reconoce esto, que es la cuestión central del conflicto?”, afirma para resumir la cuestión, que aparentemente se limita a qué va a aceptar Ucrania legalmente. Los comentarios de Witkoff, además de escasamente informados, contradicen todo lo que actualmente está planteándose como escenario realista para la resolución del conflicto. Hace unos días, Volodymyr Zelensky insistió en que la línea roja ucraniana es el reconocimiento de cualquier pérdida territorial, que Ucrania siempre va a considerar temporal. No ha habido hasta ahora sobre la mesa ningún escenario en el que las frontera de facto que actualmente supone el frente pudiera ser oficialmente reconocido. Tan solo un medio, Semafor, ha indicado esta última semana que Trump estaría valorando la posibilidad de reconocer oficialmente la adhesión de Crimea a Rusia. El precedente que supondría hace prácticamente imposible que Moscú logre su deseo de que el control efectivo del territorio sea suficiente para reconocer esas cuatro regiones más Crimea como oficialmente rusas.

Frente a la actitud de Witkoff hacia la cuestión territorial, aparentemente más favorable a Rusia de lo que parece realista, su discurso es muy diferente en lo que respecta a la seguridad. Las palabras del enviado de Trump al respecto son claras: está “generalmente aceptado” que Ucrania no puede ser parte de la OTAN si va a haber un acuerdo de paz para terminar la guerra. Esta posición es coherente con lo afirmado por Pete Hegseth en su discurso ante los aliados europeos de la OTAN, que provocó el inicio de la crisis nerviosa que siguen padeciendo los países europeos. “Zelensky y su mano derecha Yermak, creo, han aceptado en gran medida que Ucrania no será miembro de la OTAN”, afirmó Witkoff pese a que ese sigue siendo el principal objetivo del Gobierno ucraniano a día de hoy. Es más, Zelensky ha rechazado de antemano la posibilidad de la introducción de una misión de paz de Naciones Unidas -objetivo ucraniano desde abril de 2014- al aspirar todavía a conseguir un contingente armado formado por países miembros de la Alianza Atlántica, un paso intermedio entre el limbo actual y la adhesión al plazo más corto posible. “Se ha hablado mucho sobre si podrán disfrutar de la denominada protección del Artículo 5”, afirmó Witkoff, “¿Podrá Ucrania conseguirla de algún modo de Estados Unidos o de los países europeos sin ser miembro de la OTAN?”, añadió para introducir la variante que ha propuesto la primera ministra italiana Giorgia Meloni. “Creo que eso está abierto al debate”, sentenció Witkoff, abriendo la puerta a algo que Rusia consideraría sin duda una adhesión encubierta a la alianza y que, más temprano que tarde, implicaría la presencia militar de los países de la Alianza en el país.

Con su discurso, Witkoff muestra una postura estadounidense más cercana a Rusia en la cuestión territorial, pero no en el aspecto de seguridad. Ante todo, las palabras del enviado de Trump prueban el desconocimiento de la realidad que impera en el equipo de política exterior de la Casa Blanca, que ni siquiera ha conseguido comprender que el aspecto territorial será más sencillo de acordar entre las partes -fundamentalmente porque será la línea del frente la que marque, con algunos retoques e intercambios mínimos, las fronteras de facto entre los dos países- que las garantías de seguridad. El rechazo a ver una realidad evidente y que se manifestó, por ejemplo, en la negociación del acuerdo de minerales, en el que Ucrania insistió en introducir garantías de seguridad estadounidenses para Ucrania, pone en duda la capacidad de la Casa Blanca de realizar un proceso negociador competente y con posibilidades de lograr su objetivo de detener la guerra en “semanas, no meses”. La nueva ronda de negociaciones comenzó ya ayer con los contactos con Ucrania y continuará hoy con reuniones con Rusia y, dependiendo de las circunstancias, nuevamente con los representantes de Kiev.

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